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Reflexiones post-plebiscito para el Trabajo Social chileno. Por Felipe Saravia Cortés

La derrota del apruebo es un hito histórico para nuestro país en el que el colectivo de trabajo social en Chile debe reflexionar. Sabemos que nuestra labor profesional se encuentra condicionada por la estructura sociopolítica, y que nuestro trabajo ha sido acompañar a las clases populares en las conquistas de derechos sociales, a lo largo de la historia. Por ello, el cambio constitucional que estaba en juego resultaba crucial para nuestro gremio. La nueva constitución aseguraría con un rango jurídico sin precedentes en la historia de Chile, una cantidad importante de derechos sociales, el respeto a la diversidad, a la naturaleza, y profundizaría la democracia, así como la descentralización del país. No obstante, una aplastante mayoría rechazó dicha propuesta. Para ello pueden haber múltiples explicaciones, pero quisiera referirme a lo relativo al trabajo social.

El trabajo social hoy se encuentra desarticulado hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro encontramos un gremio profesional que atraviesa una crisis de conducción política no vista desde hace décadas, que no tiene una agenda pública definida y clara, y que no logra convocar a gran parte de las y los profesionales del trabajo social del país. Adicionalmente, los centros formadores de trabajadores sociales en Chile se encuentran desarticulados. Por un lado tenemos la red de escuelas de trabajo social de universidades pertenecientes al Consejo de Rectores de las Universidades de Chile y, por otro, tenemos la Asociación Chilena de Escuelas de Trabajo Social. Ambos organismos parecieran encontrarse debilitados, sin agenda pública clara, y sin mayor articulación político-académica entre sí.

A esta desarticulación interna se suma el escaso y desarticulado vínculo que la profesión tiene con el mundo popular y los movimientos sociales que dieron inicio al proceso constituyente. Naturalmente, cada escuela de trabajo social podrá dar ejemplos de experiencias de articulación concretas con alguna organización específica, y es cierto que como profesionales gran parte de nuestro trabajo es precisamente con grupos populares. Sin embargo, ello no significa que, en tanto colectivo profesional, tengamos un vínculo sustantivo con el mundo popular.

¿Apoyaba el colectivo profesional de trabajo social una nueva constitución para Chile? No lo sabemos. Es cierto que hubieron colegas que participaron como convencionales constituyentes, ¿pero podemos decir que representaban, al menos en parte, un proyecto ético-político en el que nuestro colectivo profesional tuviera una participación explícita e intencionada?. Es también cierto que colegas aportaron activamente en la campaña del apruebo, pero ¿podemos decir de los organismos oficiales del trabajo social en Chile tuvieron algún posicionamiento oficial respecto de este crucial hito histórico?

No estoy planteando que un comunicado oficial hubiera sido, en sí mismo, una muestra suficiente de apoyo al proceso popular constituyente. Estoy planteando, probablemente, una obviedad: el trabajo social chileno hoy no tiene un proyecto ético-político profesional que se inserte en un horizonte de más largo alcance, con objetivos políticos societales claros. Más bien, parece que estamos afectados por los mismos males que nuestra sociedad en general presenta: fragmentación en vez de unidad, competencia en vez de colaboración, y un pensamiento cortoplacista que no logra identificar las acciones requeridas hoy para proyectarnos como un colectivo profesional que pueda contribuir a las transformaciones sociales que Chile requiere, y que se lograrán solo con trabajo de largo aliento.

El 2025 el trabajo social cumplirá 100 años de trayectoria profesional y disciplinar. Será un hito en el que podremos merecidamente mirar hacia atrás, y poner en valor las múltiples formas en que nuestra profesión ha aportado al desarrollo de Chile y la justicia social. Sin embargo, debe ser también un hito que nos permita mirar hacia el futuro. ¿Qué trabajo social debemos construir para los próximos 100 años? Esta es una pregunta que puede tener múltiples y diversas respuestas. Sin embargo, deberemos conversar abierta y profusamente al respecto si deseamos construir un colectivo profesional que pueda tener real incidencia en los procesos de transformación social que nuestro país está experimentando, los cuales no se han detenido.

Deberemos llegar a acuerdos internos, y dejarnos permear por las luchas sociales populares, para entenderlas, para incidir en ellas, para ocupar el espacio social que se ha ganado nuestro colectivo, no para meramente reproducir lógicas impuestas desde quienes detentan el poder en nuestro país, sino para aportar a la construcción de otros mundos posibles. En concreto, dentro de los próximos años debemos rápidamente resolver los problemas políticos que tenemos en nuestro colegio profesional (no crear otras instancias organizativas, dividiéndonos aún más) y crear instancias formales de vinculación con movimientos sociales y luchas populares; fortalecer nuestras organizaciones académicas y superar su fragmentación, para contar con un solo referente del mundo académico que pueda dialogar tanto con el gremio como con el Estado y los movimientos sociales. Ello debe darse en el marco de una discusión abiertamente política, en la que deberá primar la búsqueda de consensos y construcción de mayorías.

Ante este desafío cabe entusiasmarse y tener esperanza. El resultado de ayer puede, en efecto, habernos golpeado duramente. Sin embargo, mantenemos la convicción de que otro Chile y otro trabajo social son posibles.

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