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Refundar Santiago. Por Mario Vega H.

El nuevo ciclo político iniciado a partir de octubre de 2019, ha provocado un verdadero proceso de remoción de importantes símbolos de la estructura sociopolítica vigente, significando asimismo, el surgimiento de una perspectiva en la que la necesidad de una mayor inclusión, de prácticas y políticas de reconocimiento hacia sectores sociales tradicionalmente excluidos, han configurado un marco de creciente legitimidad para sus reivindicaciones como resultado, entre otras causas, de la capacidad de agencia que estos sectores han desplegado. Ello ha implicado el surgimiento de una renovada mirada sobre nuestro pasado que busca resignificarlo para intentar comprenderlo a la luz de nuevas categorías de análisis para, por ejemplo, permitir que la conmemoración pública se nutra de nuevos sentidos que nos permitan identificarnos colectiva y pluralmente para asumirlo en su plenitud.

Ejemplo de ello, fue lo ocurrido hace algunos días, en el acto de celebración del aniversario de la fundación de la ciudad de Santiago, ocasión en que la alcaldesa Irací Hassler señaló que “El origen de esta ciudad no puede negar su drama fundacional, sino que debe partir del análisis de nuestras heridas y nuestra historia, para poder avanzar en la construcción de un Chile en que todas, todos y todes nos miremos a los ojos”[1]. Esta es una afirmación que, lejos de rehuir el conflicto que en ella se describe, nos invita a poner en el centro el debate las complejas herencias derivadas de una colonialidad que trascendieron a la formación de las repúblicas latinoamericanas y que pervivieron a través de realidades como la racialización de su población, el subdesarrollo y la violencia. En ese orden, la efeméride es una interesante excusa, para a partir de un amplio diálogo político y social, iniciar el camino de superación de las exclusiones que impiden la existencia en Chile de una mayor cohesión social y territorial.

En esa línea, durante el año pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador, presidió la celebración de los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán[2] en un hecho que, no estuvo exento de controversia, pero que resulta interesante en tanto establecimiento de un punto de referencia distinto para la nación mexicana que entiende a la conquista, no como su hecho fundante, sino como parte de una trayectoria temporalmente más amplia en la que la conquista española, si bien es un proceso de indudable influencia sobre esta, no define totalmente su carácter recuperando el aporte civilizatorio de las comunidades indígenas, nada más y nada menos, al fundar uno de los principales núcleos urbanos del mundo a inicios del siglo XVI.

Careciendo, quizás de este esplendor, Santiago desde su fundación fue pensada como el centro estratégico de un proceso de dominación sobre el conjunto del territorio para su funcionalización económica dentro del marco del Imperio Español. Este rol fue luego heredado por la República, transmutándose en la capital desde la que la oligarquía estructuró su hegemonía política y económica desde la que condujo la construcción nacional en el siglo XIX. En estos tránsitos, el crisol de identidades socioculturales convivió abigarrada y homogeneizada a partir de un discurso que intentó subsumir la pluralidad existente en su población devenida, por ejemplo, del sistemático fenómeno de migración campo-ciudad, una de cuyas huellas se encuentra en la información registrada por el último Censo de Población y Vivienda (2017) respecto de las personas que se consideran parte de los pueblos indígenas, alcanzaban un 31.8%[3] respecto del total de su población.

Los problemas de Santiago, cruzan sus límites y no son otros que aquellos que afectan al conjunto de nuestra sociedad, pero que se representan de manera aguda en su amplia extensión y que se han radicalizado debido a los efectos sociales de la pandemia, así como por el ciclo de inestabilidad económica global que, por su consecuencia, se observa en nuestros días. A estos elementos, se suman a las condiciones estructurales de desigualdad existentes y que hicieron de la capital el punto neurálgico del malestar y profundas aspiraciones de cambio expresadas en el estallido social. Así, por lo tanto, su dramática segregación social, la alarmante inseguridad existente en sus comunas, así como la exposición de sus comunidades a diversos riesgos ambientales, de indudable origen antrópico, sitúan en un plano de urgencia la necesidad de políticas de intervención urbana que atenúen y moderen la sistemática acumulación de los efectos espaciales del neoliberalismo, obstáculo fundamental de todo proyecto en favor de una mayor cohesión social construida sobre una base de sustentabilidad. Lo anterior debe ser abordado, indudablemente, en un plano de integración y equidad territorial a nivel nacional en la línea de lo aprobado recientemente por la Convención Constitucional, particularmente, en el artículo 6° de la propuesta de nueva Carta Fundamental el que señala expresamente que “El Estado garantiza un tratamiento equitativo y un desarrollo armónico y solidario entre las diversas entidades territoriales, (…) estableciendo de ser necesario, acciones afirmativas en favor de los grupos empobrecidos e históricamente vulnerados. El Estado de Chile promoverá un desarrollo territorial equitativo, armónico y solidario que permita una integración efectiva de las distintas localidades, tanto urbanas como rurales, promoviendo la equidad horizontal en la provisión de bienes y servicios”[4]. Aunque pudiera ser considerada una declaración maximalista, lo cierto es que, de ser ratificado este proyecto por parte de la ciudadanía, este enunciado se transformará en un verdadero mandato y en una orientación concreta para las políticas implementadas desde los organismos públicos en esta materia y permitirá saldar, en el mediano y largo plazo, las inequidades establecidas por la tradición centralista sobre la que históricamente se construyó el Estado-nación en Chile. De ese modo, la futura resolución el drama fundacional y de aquel que cotidianamente deriva de la exclusión social y cultural en Chile, nos permitirá reencontrarnos para, mirándonos a los ojos, refundar Santiago.   

      


[1] https://www.munistgo.cl/alcaldesa-iraci-hassler-encabeza-ceremonia-por-los-481-anos-de-la-fundacion-de-santiago-con-llamado-a-reflexionar-en-torno-a-nuestra-historia/

[2] https://elpais.com/mexico/2021-05-13/la-provocacion-historica-de-lopez-obrador-sobre-la-fundacion-de-tenochtitlan.html

[3] https://historico-amu.ine.cl/genero/files/estadisticas/pdf/documentos/radiografia-de-genero-pueblos-originarios-chile2017.pdf

[4] https://www.cnnchile.com/constituyente/conoce-36-articulos-forma-estado-votan-hoy-pleno_20220216/

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