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“Renunciar a lo nacional y reconocer lo humano. La senda de nuestra sobrevivencia”. Por Luis Eduardo Thayer Correa

Campaña “La humanidad somos todes”

La pandemia del COVID19 nos ha notificado de nuestra condición global con una contundencia que ningún otro fenómeno lo había hecho hasta ahora. Ni la amenaza del cambio climático, ni las recientes crisis financieras mundiales, ni la expansión en todo el mundo de los flujos migratorios habían logrado despertarnos de una manera tan palpable a la dimensión planetaria de nuestras existencias. A pesar del profundo impacto que todos estos fenómenos tienen sobre sobre nuestras vidas, la pandemia ha encarnado como ninguno el efecto de realidad de la globalización. Mostrando que nuestras acciones están enlazadas de manera necesaria a una cadena de decisiones privadas y públicas que trascienden los contextos cotidianos donde las realizamos.

La claridad con que estamos experimentando esta realidad que ya lleva en marcha décadas, no solo ha puesto en evidencia las limitaciones de un Estado jibarizado por la política neoliberal para enfrentar los desafíos públicos contemporáneos, sino sobre todo ha tensionado al propio Estado nacional como instrumento político para construir las garantías y las certidumbres en la esfera pública. La crisis sanitaria mundial ha abierto un escenario en que la idea de un Estado nacional autosuficiente y soberano sobre su territorio y pero sobre todo sobre su política cae al suelo como un harapo en desuso. Este momento trágico nos arrincona ante la oportunidad de desplazar la discusión clásica entre liberalismo y estatismo de si se requiere “más Estado o menos Estado” hacia la disputa central de nuestro tiempo situada en el eje “este Estado u otro Estado”.

La pertenencia inequívoca a una sociedad global, cuya estructura y reproducción trascienden las fronteras nacionales, nos obliga a pensar una institucionalidad distinta para la política local, pero también nos debe llevar a redefinir los fundamentos de la pertenencia a la comunidad política. Sin una ampliación de los márgenes del reconocimiento que desborde lo nacional, la reforma al Estado será una conquista inocua. Si no avanzamos en desarrollar formas de reconocimiento reciproco que trasciendan los referentes de la cultura nacional anclados en el terruño, la globalización nos va a pasar por encima, y el fracaso en el intento por construir un nuevo Estado será una pequeña raya en el horizonte del fracaso mayor que implicará extinguirnos como humanidad. Ni más ni menos, lo que está en juego con la refundación de los fundamentos del Estado es la posibilidad de sobrevivir como seres humanos. Avanzar por esa senda claro está, es condición necesaria pero no suficiente para postergar ese final.

De manera que el edificio cuyos cimientos hoy empiezan a desplomarse con el impacto de esta crisis no es el del capitalismo, sino el del Estado nacional. Pero su caída no será inmediata pues no proviene de una revolución ni de un estallido, sino de su propio agotamiento, es un final de facto como el de un enfermo terminal o un sentenciado a muerte a la espera de su ejecución. La bala ya salió a su encuentro mientras respira. Este monstruo con pies de barro, se mantendrá vivo un tiempo, sostenido por los refinados sistemas de comunicaciones estratégicas de los gobiernos y el ejercicio de la violencia en contra de las personas como principal mecanismo de gestión pública. Qué señal más clara de la falta total de poder de una institución, que la necesidad de la usar la fuerza a cada paso que da. Tal como nos enseñó Hannah Arendt, cuando el éxito de una decisión pública depende del ejercicio de la violencia, queda de manifiesto que la entidad que toma la decisión es completamente impotente, pues se muestra incapaz de invocar a la voluntad de aquellos a quienes pretende movilizar para ejecutar su decisión. Cuando nuestro Estado insiste en castigarnos para avanzar en una política debemos entender que ha perdido toda capacidad para conducir la acción. La deriva autoritaria que están siguiendo las democracias nacionales muestra que la crisis de este Estado trasciende los modelos de desarrollo, ninguna forma de capitalismo ni de socialismo sobrevivirá en un régimen sostenido en el Estado nacional, a menos que despliegue la violencia en contra del pueblo como principal instrumento de su política.

En este escenario el primer paso adelante es retroceder lo andado para empezar a desplegar formas de reconocimiento que desborden las fronteras de lo habitual, lo conocido y lo cercano. La transformación de los marcos del Estado nacional debe estar antecedida por la redefinición de los términos del reconocimiento entre las personas que forman parte de hecho, de la misma sociedad. Mientras la condición nacional sea el argumento para negarle el reconocimiento al otro y la frontera para proyectar nuestra existencia individual, las interacciones cotidianas seguirán estando sujetas a la violencia y alimentando al racismo nacionalista. La llegada de migrantes en este sentido abre una ventana para que avancemos en formas de reconocimiento que desborden lo nacional. Cuando entendamos que nuestra sociedad emerge de esa interacción y nuestra cultura surge de un acto de refundación a partir de ella, estaremos más cerca de salvarnos como humanidad.

Claro está que este reconocimiento no se reduce a la acción de nosotros frente a ellos ni obvia la relación de poder que media entre unos y otros. Entrar en una relación de reconocimiento con la población extranjera implica enfrentar una disputa que debe comenzar con nuestra renuncia al menos parcial a nuestra posición de poder. Frente al migrante debemos bajar los brazos, cederle la palabra y una vez que lo hagamos y esté se pueda desplegar legítimamente recién ahí debemos comenzar a hablar.

Al final de cuentas el que los migrantes puedan llegar a formar parte de esta sociedad no implica solo garantizar su acceso igualitario a los derechos, sino principalmente construir un contexto institucional, social y cultural que permita que ellos se reconozcan en la sociedad y que nosotros entendamos que somos parte de lo mismo con ellos. Negarnos la oportunidad de renunciar a nuestra condición nacional e insistir en mantenerla como fundamento del Estado allanará el camino primero para la exclusión de los extranjeros, y luego para nuestra derrota definitiva como humanidad. Al contrario empezar a crear espacios para un reconocimiento que trascienda lo nacional y mecanismos para proyectarlo a una institucionalidad política nueva, es el único recurso a mano que tenemos para poder mantenernos en pie luego de esta crisis terminal del Estado nacional.

Luis Eduardo Thayer Correa es sociólogo y académico de la Universidad Católica Silva Henríquez, miembro de la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas Universidad de Chile e Investigador titular del Proyecto ANID-Anillos SOC 180008

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