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Repensar las clases sociales y sus relaciones. Por Guy Bajoit

«Lo que se concibe bien se expresa claramente, y las palabras para decirlo se encuentran fácilmente» (2).
(Nicolás Boileau: 1636-1711)

Las clases sociales son los actores que realizan las tareas de producir, apropiarse y gestionar la riqueza económica de las comunidades humanas. Por lo tanto, son actores particularmente importantes ya que se preocupan de resolver el primero de los grandes problemas vitales de la vida en común: tener suficientes bienes y servicios para satisfacer todas las necesidades de una comunidad, cualquiera que sea. Lamentablemente, esta actividad tan esencial, más que dar lugar en una colaboración y un buen entendimiento, genera terribles conflictos, luchas sangrientas entre clases sociales, profundas crisis sociales e incluso, revoluciones políticas. Por lo tanto, es fundamental para cualquier comunidad que sepa quiénes son las clases sociales que actúan en ella, cómo se produce allí la riqueza, quiénes se apropian de ella y cómo se gestiona. Para decirlo más brevemente, es vital para el desarrollo económico y social de cualquier comunidad que conozca sus clases sociales y el «modo de producción» que condiciona las relaciones entre ellas. Esto es aún mas vital cuando, con las innovaciones tecnológicas, los modos de producción cambian. Y, precisamente, este cambio del modo de producción dominante es lo que pasó en las últimas décadas del siglo XX en las sociedades industrializadas: el modo de producción del capitalismo ha cambiado de manera muy radical y, con él, las clases sociales y lo que está en juego en sus conflictos (3).

El propósito de este artículo es proporcionar a los lectores un análisis claro y preciso de este cambio fundamental. Para eso, primero debemos proponerles una definición general del concepto de «modo de producción» (punto A); luego recordarles en qué consistía el modo de producción del capitalismo industrial de ayer (punto B); para llevarlos después a un análisis del modo de producción del capitalismo neoliberal que reina en la actualidad (punto C).

A- El concepto(4) de modo de producción

Dada la «división social del trabajo» necesaria para la supervivencia de cualquier comunidad humana, no todos sus miembros pueden dedicarse a producir o generar riqueza económica: hay muchas otras tareas importantes que cumplir. Por lo tanto, algunos de ellos (llamémosles la «Clase P», como Productor) tienen que producir o generar un excedente de riqueza, es decir entregar a la comunidad más riqueza de la que consuman ellos mismos. Para que una clase P esté de acuerdo en hacer semejante sacrificio – porque trabajar para satisfacer las necesidades de los demás es sacrificarse –, debe verse obligada a hacerlo por alguna necesidad vital y legítima. Digo “vital” en el sentido propio de la palabra: significa que si la clase P se negara a hacer este esfuerzo, sus propias necesidades no serían satisfechas, y por ello ¡no sobreviviría! Las necesidades a las que sufre la clase P pueden ser muy diversas: ella puede carecer de dinero, de tierras, de redes comerciales, de medios de producción, de seguridad física, psíquica, religiosa, etc.

Sin embargo, otra categoría social (llamémosla “Clase G”, como Gerente) tiene o pretende tener los recursos que serían necesarios para satisfacer esta necesidad socialmente vital y culturalmente legítima de la clase P. La clase G está dispuesta a poner estos recursos a disposición de la clase P si esta última acepta determinadas condiciones que le impondrá. Entre estas condiciones estará el requisito de producir o generar un excedente de riqueza que esta clase G tendrá derecho a apropiarse y administrar como lo crea conveniente, de acuerdo con sus intereses, y con el cual, se enriquecerá. La clase P, por lo tanto, no tendrá más remedio que acceder a entrar en esta relación, ya que se basa en un “chantaje a su supervivencia” (física, social, psicológica). Tenemos que precisar también que, en ciertos casos, la necesidad vital y legítima de la clase P puede haber sido creada por una manipulación psicológica de la clase G. Esta última puede utilizar los recursos que posee para que la clase P le obedezca y trabaje para enriquecerla (volveremos a este tema con el modo de producción del capitalismo neoliberal).

Lo esencial está dicho en el párrafo anterior: si dos categorías sociales de individuos entran en relacion aceptando estas premisas, la práctica de sus intercambios los convertirá en una clase P y una clase G. Cualquier relación de clases (o modo de producción) reúne dos actores (clase P y clase G) cuya cooperación tiene como finalidad la producción, la apropiación y la gestión de riqueza económica, y cada uno de estos actores aporta su contribución a estos fines: la clase P producirá o generará bienes o servicios de los que se apropiará la clase G; vendiendo o intercambiando estos bienes o servicios, la clase G podrá, por un lado, remunerar el trabajo de la clase P y, por otro lado, tener un excedente para cubrir sus otros costos (los costos de otros factores de producción) y pagar su propia remuneración. Sin embargo, esta relación siempre generará desigualdades entre ellos porque se basa en una coacción: la clase P debe aceptar las condiciones de la clase G porque de ella depende su supervivencia. Por lo tanto, la clase G ejercerá su dominación sobre la clase P y las remuneraciones de ambos serán desiguales.

En consecuencia, para analizar cualquier modo de producción, sea el que sea y saber cuales son las clases sociales y qué se juega en sus relaciones, habrá que plantearse cuatro preguntas:

 la primera se refiere a las finalidades de la relación: cualquier modo de producción incluye un «principio cultural de sentido» sin el cual la cooperación entre clases sería absurda y por lo tanto imposible. ¿Cuál es el principio cultural, común a ambas clases, que legitima su cooperación?

 la segunda es la de las contribuciones: cualquier modo de producción incluye un "modo de extracción del excedente" que obliga a la clase P a cooperar a su creación. ¿Cómo fuerza la clase G a la clase P a generar un excedente?

 la tercera se refiere a la dominación social: cualquier modo de producción incluye un “modo de apropiación del excedente” que genera una desigualdad en el control de las clases sobre el uso (gestión) que la clase G hace del excedente. ¿Cómo obliga la clase G a la clase P a cederle este excedente de riqueza?

 la cuarta es la de las retribuciones: cualquier modo de producción incluye un "principio de reproducción de la desigualdad" entre las clases. La dominación social genera conflictos entre las dos clases y competencia entre los miembros de la clase G. Estos conflictos amenazan la reproducción de la clase G en su posición dominante. ¿Con qué métodos responde la clase G a las amenazas a la reproducción de su posición social?

Esta conceptualización se puede resumir en el siguiente esquema:

Es necesario añadir un matiz importante. Dos o más modos de producción pueden coexistir en diferentes esferas de la economía: la esclavitud coexistió mucho tiempo con la servidumbre, la cual coexistió durante varios siglos con el capitalismo artesanal-mercantil, que a su vez coexistió con el capitalismo industrial en sus primeros tiempos. Hoy, por supuesto, el capitalismo industrial no ha desaparecido por completo: todavía está muy presente en los países y en los campos de actividad económica donde el neoliberalismo aún no lo ha invadido todo. Esta coexistencia no impide que uno de los dos modos sea mas importante que el otro para generar riqueza y que su clase G sea mas potente. Hoy, no es necesario saber mucho sobre la situación económica mundial para darse cuenta que ya no es burguesía industrial la que reina sobre la gestión de la riqueza económica del mundo, sino los capitalistas neoliberales, comerciantes y financieros.

Para permitir a los lectores comparar, y así tomar conciencia de las diferencias entre el modo capitalista industrial y el modo capitalista neoliberal, les propongo ahora analizar estos dos modos de producción con el concepto (es decir, el instrumento analítico) que presenté en este punto A.

B- El modo de producción del capitalismo industrial

Empecemos recordando que el modo de producción del capitalismo industrial es el que Karl Marx analizó en detalle en El Capital: sus clases sociales son la burguesía (clase G) y el proletariado (clase P). Este modo de producción fue objeto de innumerables trabajos posteriores, e inspiró en gran medida las reivindicaciones del movimiento obrero y las políticas de los partidos comunistas y socialistas durante la segunda mitad del siglo XIX y al menos durante los primeros dos tercios del siglo XX. Veamos cuáles fueron las respuestas de Marx a las cuatro preguntas que proponemos para analizar un modo de producción.

1- Finalidades: ¿En qué principios culturales comunes la burguesía y el proletariado han basado su necesaria cooperación para producir un excedente de riqueza?

Lo que dio sentido a la colaboración entre burgueses y proletarios fue el hecho de que ambos creían en el Progreso, definido como la capacidad de mejorar las condiciones materiales y sociales de vida de las comunidades humanas mediante el dominio de la naturaleza por el trabajo, la ciencia y la tecnología. Esta creencia constituyó el principal principio de sentido del modelo cultural de la primera modernidad, llamado por ello el «modelo cultural progresista». Lógicamente, los que creían en el Progreso deseaban disponer de los bienes que les permitían mejorar sus condiciones materiales de vida. Por supuesto, si esta creencia era común a ambas clases, fue interpretada de manera diferente y opuesta por la burguesía (que más bien creía en el progreso técnico) y por el proletariado (que más bien creía en el progreso social). Hay que agregar a ésto que estas dos clases también creían en la propiedad privada y el derecho de cada individuo a decidir libremente cómo usaría su propiedad. Esta creencia, mucho más antigua que el capitalismo, todavía está vigente y está garantizada por la ley.

2- Contribuciones: ¿Cómo obligó la burguesía al proletariado a generar un excedente de riqueza?

El proletario padece una carencia vital: no posee ningún medio de producción, sólo tiene su fuerza de trabajo para sobrevivir él mismo y su familia. Como lo decía Marx es un «trabajador libre»: ya no es ni como el esclavo que no podía disponer de su cuerpo, ni como el siervo que estaba atado a la tierra. Por lo tanto, el proletario tenía que vender su fuerza de trabajo sobre el mercado, y encontrar un burgués que estuviera dispuesto a comprársela, a darle acceso a los medios de producción y a pagarle un salario. Entre las condiciones que imponía el burgués al proletario para contratarlo, dos eran esenciales: el valor del salario y la duración de la jornada de trabajo. Más el salario era bajo y la jornada de trabajo larga, más grande era el excedente (es decir la plusvalía) que el patrón se apropiaba: la plusvalía era, por definición, la diferencia entre el valor de mercado de los bienes y servicios producidos por el proletario, y el valor de mercado de su fuerza de trabajo. De ahí viene la diferencia que hacía Marx entre el “tiempo de trabajo necesario”, durante el cual el obrero producía bienes cuyo valor era igual al de su salario, y el “tiempo de trabajo excedentario” (o sobre-trabajo), durante el cual producía bienes cuyo valor constituía la plusvalía. Estas dos formas de trabajo se desarrollaban durante el mismo proceso de producción, por lo tanto, en el mismo lugar y en la relación con el mismo empleador.

La coacción que obliga al proletario a producir un excedente descansa en su dependencia y en el sistema del trabajo asalariado. En este sistema la fuerza de trabajo es una mercancía como otra: su valor está definido por la ley de la oferta y la demanda. Esto significa que el salario vale la suma de los valores de mercado de los bienes “socialmente necesarios” para su reproducción. Dicho más claramente, el trabajador ganaba lo justo para comer, alojar y vestirse, él y su familia, para descansar unas horas y volver al trabajo al día siguiente. Sin embargo, la expresión «socialmente necesario» es muy importante: el precio dependía del equilibrio de poder entre el vendedor y el comprador, por lo tanto, de la escasez relativa de la fuerza de trabajo, según su calificación, y de la amenaza que representa el proletariado, a través de su acción sindical, para la burguesía. Cada vez que el movimiento obrero conseguía un alza de salario o una reducción de la jornada de trabajo, el tiempo de trabajo necesario aumentaba y el tiempo de trabajo excedentario disminuía, y con ello se reducía la plusvalía. Sin embargo, este precio (el salario) nunca (o muy excepcionalmente) era lo suficientemente alto para que el proletario pueda cambiar de estatus social, ahorrar, adquirir medios de producción y convertirse él mismo en burgués. Y, como lo decía Marx, la “magia” de esta mercancía muy particular que es la fuerza de trabajo es que al consumirse en el proceso de trabajo, generaba un valor de cambio (de los productos o de los servicios) superior a su propio valor de cambio (el salario).

3- Dominación social: ¿De qué manera la clase G obliga a la clase P a cederle el excedente de riqueza?

Puesto que el burgués era propietario privado de todos los factores de producción (los edificios y las herramientas, las materias primas a transformar y la fuerza de trabajo de sus obreros), también era propietario de todos los productos que éstos últimos fabricaban y de los servicios que prestaban. La propiedad privada gozaba de una fuerte valorización cultural. El valor comercial producido por el trabajo excedentario del proletariado erá considerado culturalmente como la propiedad legítima del burgués-propietario: le permitía renovar todos los factores de producción (pagar los gastos de funcionamiento de su empresa, comprar materias primas para procesar, ahorrar para amortizar sus herramientas y renovarlas, y remunerarse a sí mismo y a los demás propietarios del capital de su empresa (los accionistas).

4- Retribuciones: ¿Con qué métodos responde la clase G a las amenazas que pesan sobre la reproducción de su posición social?

El excedente (la remuneración de la burguesía) se veía amenazado por dos lados: por la competencia entre los burgueses y por los conflictos de estos últimos con los proletarios. Por un lado, la competencia tendía a reducir los precios de los bienes y servicios vendidos en el mercado y, por lo tanto, a disminuir la plusvalía. Por otro lado, los conflictos con el proletariado tendían a incrementar los costos de producción: exigían salarios más altos, mejores condiciones de trabajo y reducción de la jornada laboral, lo que conducía al mismo resultado. A la larga, si el patrón capitalista no encontraba una solución, la plusvalía se reducía tanto que acababa desapareciendo y el sistema entero no podía volver a reproducirse. El capitalismo, decía Marx, cavaba «su propia tumba» por la «tendencia a la baja en las tasas de ganancia».

¿Qué ha hecho la burguesía para solucionar este problema? Primero, reprimió al movimiento obrero todo lo que pudo mientras podía justificar esta represión por leyes implementadas por el Estado ("brazo armado de la burguesía"). Reprimía las manifestaciones obreras con mucha violencia, prohibía el sindicalismo y las huelgas, castigaba los dirigentes (prisión, relegación, pena de muerte). También la burguesía se beneficiaba todo lo que podía de la competencia entre trabajadores en el mercado laboral, lo que mantenía los salarios muy bajos: había abundancia de demanda de empleo ("ejército industrial de reserva", decía Marx) y también bandas de «rompehuelgas». Con estos métodos represivos la burguesía era dominante: se negaba a negociar con los trabajadores y defendía sus intereses privados sin preocuparse por el interés general.

Pero, por otra parte, también fue dirigente, es decir que terminó tomando medidas que promovieron el interés común. En efecto, gracias a las innovaciones tecnológicas financiadas por los Estados, pero también por las empresas, la burguesía pudo incrementar considerablemente la productividad del trabajo. Al mismo tiempo, al dividir las tareas (trabajo en línea de montaje), también aumentó la intensidad del trabajo. Estos dos métodos permitieron responder a la amenaza de desaparición de la plusvalía mencionada anteriormente. De hecho, al obtener de los trabajadores una mayor cantidad de bienes o servicios producidos en menos tiempo, los patrones capitalistas recuperaron la reducción de la plusvalía absoluta (la parte de la plusvalía contenida en cada producto) mediante un aumento de la plusvalía relativa (la parte del excedente contenido en el conjunto de la producción). A partir de entonces pudieron, muy paulatinamente es cierto, autorizar los sindicatos, negociar sus demandas, otorgar a los trabajadores mejores salarios, reducir la jornada laboral y hasta un comienzo de Seguridad Social. Además, para reducir los efectos nocivos de la competencia entre ellos, la burguesía liberal acabó aceptando, de nuevo muy lentamente, una cierta regulación política de sus intercambios por parte de los Estados: la vuelta al proteccionismo relativo, el control de cambios, la creación de empresas públicas ...

Todo ello acabó conduciendo, tras dos guerras mundiales y algunas crisis económicas muy duras, en particular la de 1929, a lo que se llamó el estado del bienestar social (o Estado Providencia). Por lo tanto, podemos decir que, gracias al progreso tecnológico por un lado, y a la extraordinaria combatividad del movimiento obrero por el otro, todas estas medidas han transformado el progreso técnico en progreso social, es decir que hicieron el interés general.

Para concluir

He dedicado mucho tiempo a estudiar en detalle el comportamiento de las clases G, desde la de la Antigüedad hasta la de la Edad Media y la de la modernidad. Y lamento tener que sacar la siguiente conclusión: una clase G solo es “dirigente” (5) (cuidando el interés general) cuando se ve obligada a serlo por una clase P lo suficientemente fuerte y organizada como para obligarla a preocuparse de otra cosa que ser “dominante” (perseguir su interés particular)! Lo siento, pero ¡así son los humanos en general! Y mi papel como sociólogo es ¡tomarlos como son, en lugar de como me gustaría que fueran!

Sin embargo, como lo demostró históricamente el movimiento obrero, si no podemos suprimir las clases sociales, es posible obligar a la burguesía a ser más dirigente que dominante, siempre que sea firmemente coaccionada y controlada por un proletariado organizado y poderoso. ¡Esto es lo que me enseño la historia y de lo que estoy convencido!

C- El modo de producción del capitalismo neoliberal

Mi proposición general (6) se puede formular de la siguiente manera: entre la década de 1970 y la actualidad, en las sociedades industriales avanzadas se ha producido una profunda mutación. Este cambio ha sido a la vez tecnológico, económico, ambiental, político, social y cultural. Por lo tanto, defiendo la idea de que la riqueza económica se ha producido de una nueva manera, con un nuevo modo de producción y que pone en relación dos nuevas clases sociales. Por un lado, tenemos una clase G (los capitalistas neoliberales) para quienes lo esencial ya no es saber producir sino saber vender bienes, servicios y dinero; este cambio se explica por los progresos enormes de la productividad y de la robotización del trabajo. Por otro lado, tenemos una clase P (que podemos llamar “consumidores” o “clientes”) que compran estos bienes y servicios, que se endeudan y que trabajan para pagar sus compras y saldar sus deudas. Trataré aquí de convencer a mis lectores de la relevancia de esta proposición, aplicándole el concepto de modo de producción definido anteriormente.

1- Finalidades: ¿En qué principios culturales comunes las clases G y P basan su necesaria cooperación para generar un excedente de riqueza?

Para responder a esta pregunta es necesario entender que, desde 1970 hasta la actualidad, se ha producido en las sociedades una mutación del modelo cultural imperante (es decir, de la concepción del «buen vivir»). Hemos pasado del reinado del modelo cultural progresista de la primera modernidad al del modelo cultural subjetivista de la segunda. La gente creía ayer que la «vida buena» consistía sobre todo en participar en el Progreso (mejorar sus condiciones materiales y sociales de existencia); los de hoy creen que, para llevar una «vida buena», el individuo debe, ante todo, convertirse en Sujeto de sí mismo y en actor autónomo de su existencia personal. Consecuencia: los de ayer encontraron normal adaptarse a las expectativas de los demás (a las normas sociales); los de hoy prefieren obedecer sólo a sí mismos (sus preferencias, sus gustos, sus talentos, sus intuiciones, sus emociones, sus opciones). Quieren que se les reconozca sus derechos y que se les de los medios para “ser sí mismos”, para “elegir su vida”, para “ser felices” en su cuerpo (del que quieren poder disponer libremente), en su mente (tranquila, relajada) y en su corazón. Quieren estar a salvo de los riesgos que les pone la vida social; quieren vivir con seguridad en un mundo social pacífico y un mundo natural sano y seguro, libre de amenazas de contaminación ambiental y de alteraciones climáticas causadas por la actividad humana. Creer en esta concepción de la “vida buena” es un cambio radical comparado al modelo cultural anterior. ¡Cambia todo! (7)

Si cambia todo es porque esta es precisamente la necesidad vital de la gente de hoy: especialmente de aquellos que son más jóvenes, más educados, más urbanizados y menos religiosos (8). Como podemos ver, tal necesidad es más psíquica que física (aunque existen complejas relaciones entre las dos). Lo que interesa la gente de hoy es más una cuestión de identidad personal (pero también colectiva) que de bienestar material: quieren ser reconocidos por su derecho a ser mujer, ser Negro, ser joven, ser mayor, ser discapacitados, ser homosexuales, ser obesos, ser pobres, en fin, quieren ser tratados con respeto, y que se reconozca la dignidad humana de quienes son.

Cada vez más, a medida que la mutación cultural se arraiga en las conciencias, esta concepción del «buen vivir» se difunde en el mundo y es compartida por las dos clases sociales: esto es lo que da sentido a su colaboración. Sin embargo, sus interpretaciones ideológicas son profundamente diferentes. Para la ideología liberal difundida por la clase capitalista, ser Sujeto de uno mismo, significa ser un Consumidor informado e insaciable, un Competidor exitoso y despiadado y un Comunicador incansable, conectado a Internet varias horas al día, con la nariz pegada a una u otra pantalla y ... ¡contando sus supuestos «amigos» en Facebook! Es decir, ser un «individuo CCC» individualista, despolitizado y endeudado cuyas necesidades son manipuladas por el bombo de los innumerables mensajes publicitarios que recibe cada día. De hecho, son estos individuos los que la clase capitalista neoliberal tiene la mayor necesidad de “fabricar” para que funcione «bien» su modelo económico y son los que, efectivamente, “fabrica” con mucho éxito. Por otro lado, para los propios consumidores, al menos cuando no son demasiado víctimas de la alienación provocada por la ideología neoliberal, ser Sujetos es saber conformarse a las metas de la «vida buena» como está concebido por el modelo cultural subjetivista (descrito anteriormente); por lo tanto, quieren desarrollarse plenamente, realizarse como personas y como miembros de una o más comunidades.

2- Contribuciones: ¿Cómo la clase G obliga a la clase P a generar un excedente de riqueza?

Ya no es por la «magia del trabajo asalariado» que la clase consumidora proporciona un excedente de riqueza, sino por la «magia de la publicidad», por lo tanto, mediante la manipulación de las necesidades del consumidor. Los publicistas pueden crear desde cero y renovar a voluntad su deseo irreprimible de poseer una multitud de bienes y servicios que, además, son programados para ser obsoletos. La explotación del trabajo en las fábricas que por supuesto sigue existiendo, pero cada vez más robótica, se ha vuelto menos importante para la producción de riqueza que esta manipulación ideológica frente a las pantallas. Estas dos «magias» sí producen alienación, pero la de la publicidad es particularmente perversa porque hace que los individuos crean que serán Sujetos de sí mismos al comportarse como «individuos CCC»: la mayoría de ellos quisieran «ser» pero se satisfacen con «tener»! Es cierto que sus apetitos no se limitan a eso: también quieren educación, salud, información, comunicación, comodidad, entretenimiento, placer, seguridad y más aún, dignidad… es decir bienes y servicios esencialmente culturales. Por lo tanto, se ven llevado a la tentación de satisfacer deseos constantemente renovados y, para pagar su consumo excesivo, también están tentados a endeudarse y, por lo tanto, a pagar, además de las ganancias comerciales, también intereses financieros. Por lo tanto, la renovación constante de los bienes y servicios vendidos y el deseo de poseerlos es la fuente del excedente.

3- Dominación social: ¿Cómo fuerza la clase G a la clase P a cederle el excedente de riqueza?

Es al comprar bienes y servicios y al endeudarse para comprarlos que la clase consumidora cede a la clase capitalista liberal esa parte de su poder adquisitivo que constituye el excedente de riqueza apropiado por los comerciantes y los banqueros. La forma de este excedente, sin embargo, no es la de una plusvalía sobre el trabajo (un sobre-trabajo) como en el capitalismo anterior. De hecho, todo el mundo es consumidor, algunos más y otros menos. Los que tienen un trabajo y un salario, por supuesto, también lo son, pero el consumidor puede obtener poder adquisitivo de otra manera que no sea a través del trabajo: puede pedir un préstamo, beneficiarse de una indemnización pagada por el Estado o por un fondo de seguro privado, etc. Sin embargo, incluso cuando está empleado en la producción de bienes, la mayoría de las veces, el consumidor no compra los bienes que él mismo produce. Entonces entrega parte de sus ingresos a una empresa o banco para el que no trabaja y del que ni siquiera suele conocer. La forma del excedente (ya sea beneficio comercial o interés financiero), su receptor y el proceso por el cual el capitalista liberal obliga al consumidor a cederlo son muy diferentes de los que en el capitalismo industrial obligan al proletario a ceder el producto de su trabajo excedentario. Por lo tanto, el excedente no es aquí la diferencia entre el precio de venta de los bienes y servicios producidos y el valor de los salarios, sino la diferencia entre este precio de venta y todos los costos de producción de estos bienes o servicios.

En consecuencia, todo depende de los precios. Según la ideología neoliberal, ellos serían fijados por la ley de la oferta y la demanda en los mercados, pero una «mano invisible» protegería los intereses de los consumidores al eliminar a los competidores que producen bienes y servicios demasiado caros y de menor calidad. Por lo tanto, para cualquier emprendedor, ser más competitivo que los otros (ser mejor vendedor) se convierte en la condición sine qua non para la apropiación del excedente comercial o financiero. Y para ser más competitivo que los demás y no ser eliminado por ellos, el debe poder reducir sus costos de producción. Este esfuerzo constante por reducir los costos conlleva la tentación de utilizar métodos incívicos (9), de los cuales abusan la mayoría de los empresarios neoliberales en la actualidad. «Engañan» los consumidores, los trabajadores, los Estados, la Naturaleza, sus propios concurrentes, y poco hacen para ser dirigentes.

4- Retribuciones: ¿Con qué métodos responde la clase G a las amenazas que pesan sobre la reproducción de su posición social?

Las amenazas a la reproducción de la clase capitalista neoliberal son significativas. Por un lado, la lógica de la competencia entre ellos es una lógica implacable: es la ley neoliberal de los más competitivos, los más fuertes, los más hábiles… y los mas engañadores. En cualquier competencia, los más fuertes siempre tienen interés en rechazar las regulaciones políticas, ya que tienen más probabilidades que otros de ganar: por lo tanto, imponen a los más débiles una competencia lo más desregulada posible. Por otro lado, la lógica de las luchas de clases de los consumidores constituye la otra amenaza. En todas partes, en nombre de la legitimidad del modelo cultural subjetivista y de su llamado al derecho de los individuos a tener los recursos necesarios para ser individuos-sujetos-actores autónomos de su existencia, han surgido nuevos movimientos sociales desde el fin del siglo XX. Es cierto que estos movimientos son ambiguos, dispersos, divididos, pero buscan su camino: construyen paulatinamente su solidaridad (su identidad común), identifican a su adversario común, formulan sus reivindicaciones, inventan métodos efectivos de lucha, y declaran sus conflictos.

Las respuestas a estas amenazas parecen ser, cada vez más, por una parte, el endurecimiento de la represión, y por otra, la carrera a la innovación tecnológica al servicio de una lógica de competición cada vez mas desregulada. Como lo hicieron también sus predecesores, los capitalistas neoliberales ¡reprimen e innovan! Saben reprimir (cada vez más) con dureza las manifestaciones de la clase consumidora. Y cuando se reúnen (en Davos o en cualquier otro lugar), saben cómo ser protegidos por fuerzas represivas que desalientan a los manifestantes. La lógica dominante de esta clase involucra principalmente el adoctrinamiento ideológico y la manipulación psicológica. Hoy, las innovaciones tecnológicas permiten saber casi todo sobre cada uno de los consumidores potenciales, y estas informaciones son objeto de un comercio muy lucrativo con las agencias publicitarias que trabajan para las empresas multinacionales. En este mundo donde el tema de la “libertad” parece ser tan importante, estamos cada día mas presos de nuestra supuesta libertad y controlado como nunca lo hemos sido antes. Además, para defenderse de los efectos nocivos de la competencia desregulada, los más competitivos entre ellos corrompen a los Estados, compran los dirigentes políticos, negocian tratados de libre comercio (TLC) y afinan el funcionamiento de los organismos internacionales.

Conclusión

Cuando las clases cambian, los modos de producción también cambian y, por lo tanto, las luchas de clases y sus reivindicaciones también deben cambiar. Es urgente comprender esto. El movimiento obrero nos dejó, después de un siglo y medio de lucha, un legado considerable. A fuerza de sacrificios, los obreros supieron actuar sobre los capitalistas industriales y los líderes políticos de los siglos XIX y XX, y obligarlos a darle un «rostro humano» al capitalismo, sin caer en un régimen económico y político totalitario. Hoy en día, los miembros de la clase capitalista neoliberal me parecen mucho más dominantes que dirigentes: parece ser que lo único que les interesa es enriquecerse. Por lo tanto, tenemos que recomenzar lo que hicieron los obreros, con otro modo de producción y otras clases sociales.

En un mundo donde las desigualdades de desarrollo siguen mas à menos las mismas que hace 70 años (10), pero donde, en el mismo tiempo, la publicidad hace que todos los humanos deseen y esperen un mejoramiento de sus condiciones de vida, por supuesto ¡la gente del Sur sube al Norte! Es hora de retomar el ejemplo del movimiento obrero y reanudar una lucha efectiva, basada en un correcto análisis de las relaciones de clases actuales. Para ello, habría que crear en cada país del mundo de un «movimiento social cívico» (11) que pudiera unir a los movimientos sociales hoy dispersos en torno a un programa común, una identidad común, para obligar el adversario común, la clase capitalista neoliberal, a asumir su responsabilidad por un verdadero desarrollo, que no se reduzca a un crecimiento de riqueza mal distribuida.

1. Profesor emérito de sociología en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y Presidente del CETRI (Centro Tricontinental).
2. Explicar claramente unas ideas complejas es un desafío permanente para un sociólogo.
3. El sociólogo analiza los comportamientos humanos para intentar explicarlos o comprenderlos a través de las relaciones que mantienen los humanos entre ellos. Nunca emite un juicio de valor sobre estos comportamientos (juzgar lo bueno y lo malo no es su rol); tampoco intenta nunca adivinar el futuro (ese tampoco es su rol).
4. Un concepto es un «instrumento de análisis». En principio, el que propongo aquí debería permitir analizar cualquier modo de producción, tanto la esclavitud como el feudalismo, el mercantilismo, el capitalismo, el socialismo, la autogestión o incluso el comunismo (que no es una sociedad sin clases).
5. Retomo aquí la distinción de Alain Touraine entre dos actitudes de cualquier clase G (gerente): puede ser «dirigente» (cuando se toma en serio el interés general del país en el que se encuentra su sede social) y «dominante» (cuando se trata principalmente de la defensa de sus intereses privados particulares).
6. Les recuerdo que una «proposición» es más que una hipótesis (porque hay hechos empíricos que tienden a probar que es verdad), pero es menos que una certeza (porque estos hechos aún no son suficientes para ser completamente convincentes). Por lo tanto, una propuesta tiene que ser debatida.
7. También creen en muchas otras cosas, pero, para no repetirme, remito a los lectores a otros dos artículos en los que he tratado este tema con más detalle: «Unir la izquierda y repensar su proyecto emancipador para el siglo XXI», y «Todo ha cambiado». El lector puede acceder a estos artículos directamente en el sitio de “Le Monde Diplomatique” (edición chilena en español):
 https://www.lemondediplomatique.cl/unir-la-izquierda-y-repensar-su-proyecto-emancipador-para-el-siglo-xxi-por-guy.html ;
 https://www.lemondediplomatique.cl/todo-ha-cambiado-1-por-guy-bajoit-2.html
8. Estos datos empíricos están basados en las «Encuestas de Valores Europeas», realizadas cada 9 años desde 1981, a petición de la Unión Europea. Se refieren a muestras representativas de la población de países de la UE. Los resultados de estas encuestas son procesados por sociólogos de cada país y son objeto de libros, como por ejemplo: «Les Valeurs des Français». Otras investigaciones, como la de Ronald Inglehart, se centran en otras partes del mundo.
9. He descrito estos métodos en: «La lógica perversa de la competencia.» https://www.lemondediplomatique.cl/la-logica-perversa-de-la-competencia-por-guy-bajoit-1.html
10. En 1950, los diez países mas desarrollados del mundo eran 45 veces mas ricos que los diez mas pobres. En 2020, todos eran mas ricos, pero la desigualdad permanecía: los diez países mas desarrollados eran 43 veces mas ricos que los diez más pobres.
11. Hice esta propuesta en : «Mensaje a los Constituyentes»: https://www.lemondediplomatique.cl/mensaje-a-l-s-constituyentes-por-guy-bajoit.html

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