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Republiqueta Republicana. Por Marcelo Saavedra P.

El “domigo 7” de las fuerzas ultraconservadoras y reaccionarias de este fundo inevitablemente evocan el remedo sudaca de una partitura eficaz, por cierto, de una obra puesta en escena cuyo epílogo conmemoró 78 años hace un par de días.

Me imagino un día gris, húmedo y frío de postrimerías invernales en un Berlín convulsionado por años de inestabilidades económicas y políticas, donde lo único predecible era el asomo incipiente pero determinado del lila de los crocus y de los albos lirios del valle o Maiglöckchen, como seguramente los nombraban los niños que, jugando en las cercanías de la Puerta de Brandenburgo, corrían frente al frontis de la Ópera Kroll sin tener idea que en su interior, en alguno de sus amplios salones, una clase política distorsionada promulgaba una ley que pondría la lápida definitiva a la denominada República de Weimar a fines de marzo de 1933. Un mes antes, los mismos que representaban casi la mitad de parlamentarios en ejercicio del epicentro de la política alemana, habían urdido un autoatentado contra el edificio del Parlamento teutón para intencionar el voto favorable a una ley que traspasaba poderes extraordinarios al flamante nuevo Canciller y líder de su partido que, en menos de 10 años se transformó en una de las principales fuerzas políticas, gracias al apoyo de ciudadanos desencantados de las fuerzas políticas tradicionales, agobiados por estrecheces económicas derivadas de la primera gran guerra y ávidos de escuchar las promesas de soluciones a todos sus males pregonadas magistralmente durante años por su líder Adolfo, sus colaboradores estrechos Goebbels o Göring y una legión de militantes que se les hacía fácil pescar consciencias- y votos- en los ríos revueltos de aquellos años.

A 90 años de distancia la fórmula sigue siendo efectiva: pregonar soluciones fáciles a problemas estructurales complejos, acompañado del levantamiento de chivos expiatorios y monstruos imaginarios causantes de todos los males pasados y futuros que golpean a los ciudadanos de bien. Zurdos, inmigrantes, homosexuales, feminazis abortistas, Estado ineficiente y corrupto, extremistas ambientales y terroristas indígenas representan los estereotipos perfectos que explican los portonazos, encerronas y violencia gangsteril que asola desde mar a cordillera al que era el oasis de la región sudamericana y que culminó en la orgía delincuencial octubrista antes que nos fuéramos a cuarentena para protegernos de un virus maoísta que nos tiene aun en estado de alerta.

En el sistema democrático de la Alemania post primera guerra mundial los partidos tradicionales progresistas de izquierdas intentaban llevar adelante sus agendas particulares para tratar de avanzar en sus respectivas cosmovisiones políticas en una Europa convaleciente de una de las conflagraciones bélicas más brutales llevadas a cabo por el género humano, con una flamante revolución triunfante en un país que saltó del feudalismo al socialismo sin escalas intermedias, con una depresión y contracción económica de magnitudes bíblicas que lanzó a las acequias del desempleo a cientos de miles de sobrevivientes de la guerra y sus familias, con una clase dominante monárquica que producto de la derrota militar debió ceder parte de sus privilegios y aceptar nuevas reglas del juego político cristalizadas en una constitución redactada en una de las ciudades emblema de la cultura alemana: Weimar. En este paréntesis de gobernanza política de vida breve, cada fuerza partidaria intentaba llevar agua a sus respectivos molinos. Como cada partido y movimiento político creía que su verdad era más verdad que la del vecino, el archipiélago de fuerzas políticas al interior del joven Parlamento era pródigo en islas e islotes. Así, socialdemócratas, socialistas independientes, espartaquistas y comunistas se enfrentaban en el hemiciclo y en las calles con las fuerzas conservadoras de origen imperial a los que se les unió un nuevo referente político de nombre engañoso que encontró eco en una ciudadanía de necesidades infinitas, desencantadas y dispuestas a beber de tragos desconocidos en botellas de etiquetas iridiscentes. Así, el Partido Nacional Socialista Alemán o partido nazi para los amigos, vendió de manera magistral sus brebajes ideológicos mientras eliminaba a los adversarios políticos uno a uno, hasta llegar al edificio de la Ópera Kroll, donde previa encarcelación de parlamentarios socialdemócratas y comunistas, así como acuerdos espurios con las fuerzas conservadoras tradicionales, lograron la legalización ilegal que permitió el traspaso y acumulación de poderes especiales exclusivos a un cabo austriaco nacionalizado alemán devenido en Canciller, sobreviviente de la primera gran guerra y fanático de la pureza de una raza denostada por franceses, ingleses, bolcheviques y judíos. El resto de esa historia y cómo termina es conocida.

Como la historia rima y contrata a libretistas de primera, la fría noche otoñal del pasado domingo fuimos testigos, como antaño los alemanes de la República de Weimar, de los réditos que otorgan los discursos nacional-chovinistas, la gestión magistral permanente de noticias falsas o impúdicamente distorsionadas, el conservadurismo valórico in extremis edulcorado en frases generales bien moduladas y sin estridencias, así como la supresión y silencio de cualquier tema de visión de país de los triunfadores que el ciudadano carente de reflexión crítica pudiese vincular a su actual condición de consumidor sobreviviente que habita en un Estado subsidiario, injusto y neoliberal.

Dos años después de la asunción en propiedad al poder por parte del partido nazi, el escritor y dramaturgo Bertolt Brecht reflexionaba sobre el ambiente discursivo de ese tiempo en uno de sus poemas: “…Nuestras consignas son confusas /parte de nuestras palabras han sido retorcidas por el enemigo hasta hacerlas irreconocibles/ ¿qué es falso ahora de lo que decíamos ayer? / ¿Algo o todo?/…¿Nos quedaremos atrás sin entender a nadie y sin ser entendido por nadie? / ¿Necesitamos suerte quizás? / Así preguntas. No esperes otra respuesta más que la tuya” (Al vacilante, 1935).

Así, como hace 90 años la incapacidad de un sistema de gobernanza devaluado abonó el surgimiento de monstruos gramscianos que hicieron padecer los peores tormentos a generaciones completas de alemanes; nuestras carencias estructurales provocadas y mantenidas por una clase política-económica-militar y religiosa desde hace más de 200 años e intensificadas durante el último medio siglo, abonan diariamente la creencia de los marginados del sistema que sus abusadores estarán dispuestos a liberarlos de sus carencias cotidianas.

¡Cosas que ocurren en nuestra naciente Republiqueta Republicana!

Marcelo Saavedra P.

Biólogo

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