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Resignificar el valor del vino en la cultura. Por Alex Ibarra Peña

El vino chileno tiene una larga historia, sus orígenes son previos a la formación del Estado Nación y sin duda, junto al pisco, merece un reconocimiento social, cultural y político. Además de esa historia estamos llenos de relatos no contados que pueden ser parte de los hechos o de los mitos aportando otras narrativas diferentes a esas que han aportado los historiadores. La literatura ha sido una de las principales fuentes que ayudan a fortalecer la idea de que el vino es cultura,pero otras artes también, entre ellas la pintura, la fotografía y el cine,

Hace unos meses atrás conversando con el cineasta Silvio Caiozzi reflexionábamos sobre este idea de que el vino es cultura, en ese diálogo me recordaba una escena en donde un personaje que representa la oligarquía del campo chileno en un arrebato lanzaba la copa de vino a una pintura de un antepasado familiar. Esto no era lo más interesante de la conversa, en esa oportunidad salió la anécdota de que la filmación de esa película, en cierto sentido, fue vigilada por los organismos de inteligencia de la Dictadura, que asistían cada noche a las grabaciones en donde para distender el trabajo se les daba vino a estos funcionarios del régimen totalitario de esa época.

El vino es cultura puede parecernos una frase casi evidente, sin embargo, dada la imagen comercial imperante, poco contenido tiene esa afirmación, por eso la importancia de resignificar el valor del vino chileno. En estos días los principales discursos se afirmaron en esta idea de que el vino es parte de nuestra cultura y que por lo tanto es parte de nuestra identidad. Dada esta evidencia se celebraba la creación de la "bancada del vino" en el parlamento. Cuestión que puede ser una buena noticia, pero que sin embargo no alegra a mucho de los productores de vino que no se sienten representados en esta iniciativa, cuestión que deja claro que este acto político no nace como una representación para todos, es decir es una representación para algunos, así las cosas resulta ser algo excluyente y no democrático.

Si el vino es cultura, no se puede eludir la dimensión política, de ahí que sea necesario considerar esa dimensión, a fin de cuentas el agro debería interesarnos a todos. La cuestión de la tierra es un asunto político como bien lo sostenía nuestra madre intelectual Gabriela Mistral en varios de sus textos donde entregaba su visión del agrarismo. Este planteamiento nos presenta una escena en donde el vino no solamente se bebe sino que también es algo de lo que podemos hablar. El Día Nacional del Vino activa algunos debates que son propios de las tensiones agrarias frente a ciertos criterios en donde la tierra y el vino aparecen reducidos a los "mercaderes".

Resignificar el valor del vino, considerando sus dimensiones culturales y políticas es parte del ejercicio democrático que permite el fortalecimiento de nuestra voluntad colectiva de ser y estar. Manifestaba Claudio Orrego el interés del Gobierno Regional que representa por convertirse en una capital mundial del enoturismo, cuestión que tira a tierra los esfuerzos de varios otros valles del país que en este último tiempo tratan de adjudicarse más o menos todos con las mismas estrategias sin mucha diferenciación entre ellos.

Vuelvo a una imagen de compartir el vino como alimento en la mesa, pero hablando también sobre el vino, compartir eso que de alguna manera somos junto a otros, intercambiar opiniones, bebiendo de manera conciente, vinos limpios con sabor a fruta y a tierra, compartir comidas chilenas que parecen darle una mayor expresión al vino. Así lo pudimos hacer en José Ramón 277 que tuvo su celebración especial dedicada al Día Nacional del Vino, ahí hablamos de filosofía chilena, de música chilena, con los nuevos amigos Vincent Paladines y Robert Gillmore, otra amiga Pamela Porma y mi viejo amigo Mauricio Sulantay. Rodeados de ese grato ambiente bohemio que es parte de la identidad del Barrio Lastarria.

Este Día Nacional del Vino sirve, sin duda para visibilizar este producto que forma parte de la historia de nuestros quehaceres, esa producción que es propia de cada cultura y que son motivos de la generación de un producto cultural como bien entendió el historiador Michel De Certeau, o por otra parte recuperar esa imagen del campesino que trabaja la vid, lejos de las celebraciones de las instituciones haciendo parte de esa historia de "la gente poco corriente" como lo visualizó otro gran historiador que es Eric Hobsbawm. El trabajo y los trabajadores poseen un germen político que merece un mayor protagonismo dado el aporte que hacen a esa cultura nacional que este mes se busca exaltar.

Estas últimas imágenes en que relevo el trabajo agrícola y la mesa del bar son espacios que contribuyen a la resignificación del vino que podemos beber o sobre el cual podemos hablar, cuestiones que fortalece ese planteamiento de que los mostos junto al pisco deben ser reconocidos como nuestras bebidas nacionales. Este es el énfasis que podría generar una imagen colectiva de identidad dándonos un sentido común, en tiempos en que la tempestad azota a la nación.

Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra

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