Quisiera comenzar leyendo la palabra que hoy ocupa el centro de la portada de Le Monde Diplomatique en Chile: RESISTIR. Es un título inquietante, que nos obliga a pensar el tiempo que nos toca y el que se avecina, pero que, a la vez, expresa la genealogía del proyecto que este periódico ha encarnado durante un cuarto de siglo. En un texto conmemorativo, su director, Víctor Hugo de la Fuente, escribió algo que hoy resuena como advertencia y legado, “Si tuviéramos que resumir en una palabra la existencia de nuestro medio, ésta sería resistir” (Le Monde, 25 de septiembre 2025).
Resistir la concentración mediática. Resistir el empobrecimiento del debate público. Resistir la reducción del pensamiento a consignas virales. Resistir, también, a veinticinco años de una frágil democracia marcada por tensiones no resueltas y por una creciente normalización de discursos autoritarios. Que Le Monde Diplomatique cumpla veinticinco años en Chile demuestra que todavía existe una comunidad que defiende el pensamiento crítico, el análisis profundo y colectivo. La edición chilena nació el 1 de septiembre del año 2000 a través de un gesto político y cultural muy significativo porque su primer número abrió con un texto de Gabriel García Márquez titulado “El enigma Chávez”. Esta decisión editorial fue un manifiesto. Era decir que su punto de partida sería América Latina y el Caribe, no la periferia ni la nota al margen. Este comienzo con la voz de García Márquez situó a Le Monde en el corazón de nuestro continente y sus disputas. Una señal temprana de que la edición chilena apostaría desde el inicio por conectar Chile con las dinámicas históricas y geopolíticas del continente y del mundo. Ese fue, quizás, su primer acto de resistencia.
Apareció en medio de un país que aún se movía en el estrecho pasillo del “consenso” transicional postdictatorial. Era el momento en que la prensa se reordenaba en torno a la lógica empresarial y en que el neoliberalismo se naturalizaba como único horizonte. En ese contexto, este periódico emergió casi como un contrasentido, como un medio que no quería competir con la inmediatez ni con la agenda, estaba interesado precisamente en desbordarlas. A lo largo de este cuarto de siglo, Le Monde Diplomatique en Chile se ha consolidado como un archivo vivo de los movimientos sociales y de los grandes ciclos de protesta que han estructurado la vida política del país. En sus páginas se inscriben las luchas estudiantiles, el movimiento mapuche, la disputa por la transformación de la Constitución heredada de la dictadura, la marea feminista, la revuelta popular de octubre, las movilizaciones ambientales y territoriales, las críticas al sistema de AFP, los debates sobre los tratados de libre comercio y las discusiones en torno a la violencia estatal, el negacionismo y el avance de la ultraderecha. Se trata de una memoria que se escribe mes a mes y que permite leer los procesos de largo aliento que subyacen a cada crisis.
Desde ese número fundador, se definió esta publicación mediante tres principios que siguen siendo esenciales hoy, la independencia total, el rigor crítico y una vocación de mirar los procesos locales dentro de tramas y geopolíticas globales. Este gran proyecto, hay que decirlo con claridad, tiene dos pilares humanos que han sido fundamentales, Víctor Hugo de la Fuente y Libio Pérez.
Víctor Hugo, director y fundador de la edición chilena, ha sido la brújula del periódico, su biografía está marcada por el exilio, por los años en París y por más de una década de trabajo en el servicio para América Latina de Radio Francia Internacional, además de su paso por la revista Análisis, uno de los proyectos emblemáticos de la resistencia cultural a la dictadura. Su experiencia encarna la idea de que la prensa es un oficio de memoria, de rigor y de obstinación ética. Víctor volvió a Chile convencido de que el país necesitaba un espacio de pensamiento que escapara a la velocidad y la superficialidad que promovían los grandes medios. Y junto a él, desde los primeros años de Le Monde, está Libio Pérez, editor general del periódico, proveniente también del centro del periodismo crítico chileno. Libio trae consigo la experiencia de Análisis, Página Abierta, La Época y La Nación, además de un largo trabajo en investigación y análisis político. Si el periódico tiene columna vertebral, es porque ambos la sostienen junto a un equipo amplio de personas que han diagramado, diseñado y cuidado su identidad visual.
El trabajo de Dominique Monteau, responsable de la iconografía del periódico, ha sido fundamental, pues ha creado una estética, una densidad simbólica y una identidad gráfica propias de cada número, acompañando la reflexión crítica con un lenguaje visual que amplifica y dialoga con los contenidos. Su labor, silenciosa pero decisiva, forma parte de la arquitectura intelectual y visual que sostiene este proyecto editorial. Gracias a la composición de cada página, la selección de imágenes y la coherencia gráfica, cada edición se presenta como un objeto cultural, un gesto visual y político. A ese lenguaje visual se han incorporado, a lo largo de los años, colaboraciones artísticas que han contribuido a consolidar una identidad reconocible, entre ellas la obra de Federica Matta, cuya presencia ha dialogado de manera central con la vocación política del periódico.
Desde la primera publicación el proyecto se ha expandido también en el ámbito editorial con su editorial “Aún Creemos en los Sueños”, que ha publicado más de 250 libros y superado el millón de ejemplares circulando.
Víctor Hugo ha dicho más de una vez y sin miedo, que publicaron el primer número sin estudios de mercado, sin respaldo empresarial y sin promesas de publicidad estatal. Lo hicieron porque creían que Chile necesitaba una herramienta para pensar. Y porque confiaban en que habría lectoras y lectores capaces de sostener un espacio independiente, riguroso, crítico y profundamente plural. Si hoy celebramos veinticinco años de esta aventura editorial es, en buena medida, porque él sostuvo el timón con una tenacidad discreta, con una ética de trabajo casi artesanal y con un compromiso intelectual que honra a la tradición del periodismo de ideas en este país.
En su reflexión en torno a estos 25 años, Víctor Hugo fue muy claro respecto a la economía política del medio, comentando cómo la concentración del avisaje privado y estatal hace prácticamente imposible la supervivencia de la prensa independiente en Chile. Aun así, este periódico ha continuado mes a mes gracias al apoyo directo de quienes lo leen. Según sus propias cifras, cada número impreso llega a cerca de treinta mil personas, y la editorial complementa esa circulación con sus colecciones temáticas. Frente a ese paisaje, un medio que defiende la temporalidad larga del análisis, que se rehúsa a renunciar a la complejidad, que conecta procesos locales con corrientes globales, se vuelve indispensable. No para resistir por nostalgia, sino para resistir pensando, que es la forma más profunda de defensa democrática.
También es necesario reconocer la realidad estructural de los medios de comunicación en Chile. En un país sin una ley de medios que garantice el pluralismo informativo, con un sistema profundamente privatizado y altamente concentrado, la supervivencia de proyectos periodísticos independientes no ha sido el resultado de una política pública deliberada, sino más bien de la persistencia de comunidades lectoras y de esfuerzos editoriales sostenidos en condiciones adversas. Le Monde Diplomatique no ha resistido gracias al Estado, sino a pesar de su ausencia en este ámbito, demostrando que el pluralismo informativo no es un lujo cultural, sino una condición básica de la vida democrática y un derecho que hoy permanece desprotegido. Sostener un medio independiente por veinticinco años en este país es un acto de ficción política. Pero Le Monde Diplomatique lo ha hecho con dignidad, con modestia y con una fe profunda en sus lectoras y lectores. Es, literalmente, un periódico sostenido por la comunidad que lo lee, al igual que lo fueron las primeras publicaciones periódicas realizadas desde las izquierdas en América Latina y el Caribe desde la segunda mitad del siglo XIX.
Hoy, además, celebramos este aniversario en un contexto regional y global marcado por el avance de las extremas derechas, por la normalización del odio, por el negacionismo y por una acelerada degradación del debate público. En este escenario, un medio que se toma el tiempo para ir a las raíces de los problemas se vuelve indispensable. Le Monde Diplomatique trabaja por la memoria y por la comprensión profunda de los procesos históricos. Ignacio Ramonet lo expresó hace poco refiriéndose a la edición chilena, comentando que este periódico mantiene intacta la vocación de “no conformarse con la superficie, de buscar las raíces de los problemas y atreverse a imaginar alternativas”.
Quisiera cerrar con un homenaje explícito a Víctor Hugo, porque sé, y muchos lo sabemos, que este aniversario lo emociona de manera especial. Hace pocos meses, en una conversación, dijo: “A mi edad, lo único que espero es que esto siga. Que siga más allá de nosotros, porque lo necesitamos para imaginar un país distinto”. Me quedé con esa frase porque recoge la esencia de lo que celebramos hoy, la persistencia de un proyecto que no es solo periodístico, sino profundamente ético y político.
Entonces, además de un festejo, esta instancia es una invitación a reconocernos como parte de esta historia como lectoras y lectores que no renuncian al derecho a comprender, como militantes, académicas, periodistas o escritoras que siguen alimentando este espacio, como una comunidad crítica que defiende los bienes comunes de la inteligencia y del pensamiento.
Termino con esa palabra que hoy encabeza la portada del mes de noviembre: “Resistir”. Resistir a la simplificación. Resistir al olvido. Resistir al cinismo. Resistir con inteligencia, con memoria, con imaginación política. Resistir no solo es sobrevivir, es defender la posibilidad de comprender. Y comprender es, en sí mismo, un acto de emancipación. Por eso esta celebración no es solo un homenaje al pasado, es un compromiso con el porvenir. Porque, como nos recuerda el nombre de la editorial que acompaña a este periódico, Aún Creemos en los Sueños. Y porque, incluso en estos tiempos difíciles, sabemos, con la calma de quienes leen y la convicción de quienes piensan, que otro mundo es posible.
Mia Dragnic García es Doctora en Estudios Latinoamericanos
