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Respuesta a «Repensar la Constitución. ¿Corregir o superar?» Por Diego Pérez de Arce A.

“Repensar la Constitución. ¿Corregir o repensar?” de José Pérez de Arce https://www.lemondediplomatique.cl/repensar-la-constitucion-corregir-o-superar-por-jose-perez-de-arce.html aporta una interesante reflexión sobre los cimientos para construir una nueva “Carta Fundamental” para Chile. La visión es novedosa porque el punto de observación y la lógica de la reflexión son diferentes a lo que leemos habitualmente. Las referencias intelectuales, y por la tanto valóricas, permiten al autor cuestionar aquellas que dominan el pensamiento de una “Carta Magna” y es de sumo interés en un momento en que Chile tiene la oportunidad histórica extraordinaria, que se presenta por primera vez, de construir un futuro digno, a partir de una asamblea elegida por voto popular. Una oportunidad que no debemos dejar pasar. El tema es colosal y merece la confrontación de ideas venidas de todos los horizontes, y debemos felicitarnos que se esté adoptado el camino de la Asamblea Constituyente que abre esta ocasión. En pocas líneas intentaré dialogar y debatir sobre algunos aspectos que creo que representan el meollo del articulo de José. Dos fuentes paradigmáticas me parece que son los zócalos a partir de las cuales José propone repensar la Constitución: uno está basado en las culturas de los pueblos originarios y el otro en el Arte, con mayúscula. Ambos son no solo respetables, sino necesarios. Pero no deben ser consideradas ni únicos ni dominantes.

Sobre al primer paradigma de José —la referencia a los pueblos originarios—, todos sabemos que los americanos somos una formación social que, con la llegada de los conquistadores hispánicos, conoció un quiebre sistémico total, radical. Nuestra historia registra un quiebre brutal, quedó a jamás estigmatizada por un antes precolombino y un después de dominación conceptual europea. Con la colonización que se inicia en el siglo XVI, el poblamiento del territorio también comienza a cambiar, paulatinamente. En un flujo permanente, hombres en gran mayoría hispánicos, atraviesan el charco y se instalan en este “Finis terrae”. Llegan muy pocas mujeres. Después de la independencia llegan inmigrantes de otros orígenes, europeos esencialmente, pero también de medio oriente y de otras nacionalidades.

Desembarcan pocos inmigrantes en cada puerto, pero el flujo es relativamente continuo y se prolonga por largos periodos. Se va formando en el territorio, progresivamente, un pueblo mayoritariamente mestizo dominado por la idiosincrasia europea. Los pobladores originales son espoliados, marginados, despreciados, algunas comunidades son exterminadas. Durante cinco siglos, los descendientes de esos pueblos originales han sufrido confrontaciones y violencias pero también han ido adoptando, como por capilaridad, modalidades de vida y creencias de origen europeo. Durante el siglo pasado se acelera un proceso de urbanización que, contrariamente a la opinión común que pretende que es una migración de origen rural, proviene de pueblos y de pequeñas ciudades para ir a engrosar las principales urbes y en particular la capital nacional, Santiago. Hoy, la inmensa mayoría de los chilenos y chilenas son mestizos, urbanos y, es importante subrayar, vive en condiciones precarias. Una nueva Constitución que se pretenda democrática debe responder a los anhelos y las inquietudes de esas mayorías y, al mismo tiempo, a aquellos anhelos e inquietudes de las comunidades minoritarias, como son los descendientes de los pueblos originarios.

El segundo paradigma de José —el Arte, que contrapone a la ciencia y, yo agregaría, al pragmatismo dominante— plantea un problema complejo. El arte y la ciencia están imbricados, como se ve en las creaciones que buscan nuevas formas de expresión basándose en los descubrimientos de los científicos. Sin embargo, no me parece abusivo afirmar que la intuición, la inspiración, la espontaneidad son características que se manifiestan comúnmente en el trabajo del poeta, del pintor, del compositor; mientras que el científico basa su labor en la racionalidad, la teorización, la experiencia y la comprobación de los resultados obtenidos en el laboratorio u observados en la práctica.

Tampoco me parece exagerado afirmar que la mayoría de la gente vive bastante ajena a este tipo de consideraciones, y que adoptan una actitud que yo llamaría el pragmatismo dominante, que se condimenta con una buena dosis de materialismo y se complementa, para las cuestiones metafísicas, con creencias y supersticiones. Así como en general el arte se asocia a la diversión, el agrado, el entretenimiento, a la ciencia se le ve más relacionada con la técnica, la practica, lo utilitario. Desde ese punto de vista, pensar una nueva Constitución desde el Arte, es novedoso e incluso puede parecer sorprendente. No obstante, no hay motivo para contraponer lo uno contra lo otro, ambos, el Arte y la ciencia son necesarios para la sociedad.

Poniendo su mirada desde la perspectiva de los pueblos originarios y del Arte, el articulo de José tiene el mérito de hacer ver el interés y la necesidad de incluir esas preocupaciones en la elaboración de una nueva Constitución. Pero, esas miradas deben evitar reemplazar o excluir las otras. La “cosmovisión” de los pueblos originarios no debe reemplazar aquellas que hemos adoptado por siglos que nos llegaron del hemisferio norte. Hay que cuidar de no botar el bebé con el agua del baño. La sociedad es compleja y la carta fundamental que queremos escribir para definir nuestros principios no debe marginalizar a sectores significativos de la sociedad, como lo han hecho en nuestra nación todas las Cartas Magnas anteriores. La Constitución debe ser inclusiva.

Inspirado en lo que ha hecho Ecuador y Bolivia, la Constitución chilena —escribe José— debe inscribir el “Derecho de la Naturaleza”. Más allá de las evaluaciones de la jurisprudencia y la practica desde que se adoptaron esos derechos en Ecuador y Bolivia, que nos permitirán rescatar enseñanzas, el tema sigue planteando una interrogante fundamental. No cabe duda que los seres humanos hemos dañado severamente la naturaleza, de la cual formamos parte, somos un elemento. Esperemos que los daños no sean irrevertibles. Una concepción antropocentrista ha justificado la conducta humana que nos ha llevado a esta situación. Pero no me parece razonable definir una jerarquía entre la naturaleza y el ser humano. Sería como querer jerarquizar el reino mineral respecto del reino animal. Ambos son diferentes partes de la naturaleza, ambos son indispensables. Pero el caso del humano es peculiar, es él, el ser humano quien reflexiona y decide, por ejemplo, escribir el texto que debe regir el derecho de la Madre Tierra. Ella puede enviar mensajes, como el desreglamento climático, pero somos nosotros quienes la interpretamos y quienes mostramos la voluntad y tenemos la capacidad o no de solucionar esos males. Incluso en una situación límite, frente a la disyuntiva de la opción dramática de pensar en dejarnos desaparecer para salvar al planeta, solo los humanos tendríamos la capacidad de plantear la opción. No creo que el concepto jerárquico —basado en un superior y un inferior— se adapte a nuestra relación respecto a la naturaleza a la cual pertenecemos. Pero sí me parece que solo nosotros tenemos el poder de reaccionar sobre ella, en bien o en mal, como lo hemos hecho transformando irreversiblemente los vacunos o el trigo, al punto que, por causa de la selección operada por del ser humano, ya no existen en la tierra especies originales de esos animales o de esas plantas. En filigrana del articulo de José, yo leo un valor esencial que debe articular la Carta fundamental: es el principio de solidaridad. Efectivamente, la solidaridad debe conjugarse en todas las modalidades imaginables, hasta incluso, quizás, incluir nuestra solidaridad con la naturaleza. En cambio, no veo en su articulo ninguna alusión a la necesidad imperiosa de incluir en la Constitución la igualdad de género.

Una Constitución consta de dos elementos: por una parte, los fundamentos “filosóficos” sobre los cuales se piensa la Nación; y, por otra parte, el ordenamiento jurídico y las modalidades esenciales sobre las cuales se organiza el poder, el funcionamiento y el rol del Estado y de la sociedad. José centra su atención en la base ideológica de la Carta. Pero la historia nos plantea permanentemente sorpresas y es porfiada y nos obliga a ocuparnos de aspectos contingentes. En este momento, en Chile, estamos en presencia de una situación que podría ser dramática: mientras seguimos generosamente discutiendo sobre los fundamentos de nuestra futura Constitución, los tenores de los movimientos políticos y sociales se disputan sobre candidaturas a constituyentes y a la presidencia de la república y nos ponen delante de una absurda y siniestra encrucijada. Ocho de cada diez votantes, votamos por una nueva constitución y una Asamblea Constituyente —que no portaba ese nombre para no ofender a los veinte por ciento opositores a los cambios. Si descartamos dos casos menores —de menos de cincuenta electores cada uno— solo tres comunas en todo el país votaron contra las dos opciones: Las Condes, Vitacura y lo Barnechea, precisamente las comunas donde se concentran todos los poderes, financiero, ideológico, mediático, político, etc. Si no logramos acordarnos sobre una plataforma mínima común, los sectores más conservadores y facciosos de la sociedad podrían imponernos una vez más una Constitución hecha a la medida de sus intereses. Es más urgente que nunca buscar los puntos de acuerdo, que los hay por doquier, la gran mayoría compartimos valores como la equidad, la solidaridad, la dignidad. Dejemos de lado los egos, los intereses partidistas, las querellas ideológicas. Chile tiene el deber de construir una Constitución digna para sus mayorías y para las comunidades que siempre han sido marginadas. Hoy tenemos la oportunidad de acerlo.

Diego Pérez de Arce A.
París, 1 de marzo de 2021.
diegoperezdearce@yahoo.fr

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