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Respuestas colectivas e institucionales a la pandemia: la sobrevivencia del más apto a cooperar. Por María Consuelo Biskupovic

El influyente biólogo chileno Francisco Varela intuía escenarios clave como los que estamos viviendo al plantear que “cada vez hay más evidencia que la sobrevivencia del más apto, es el que es más apto a cooperar”. De la tensión generada por un confinamiento obligado para “salvar vidas” versus un hambre creciente, ha emergido un movimiento territorial cooperativo que muestra lo alejado que está el Estado social. La necesidad de tomar medidas políticas para enfrentar la pandemia que conjuguen la existencia actual, real, efectiva y funcional de redes locales territoriales con la necesidad de mantener el distanciamiento social es urgente.

Las personas actúan antes que las políticas, responden antes que los asistan. Estas respuestas, nuestros comportamientos, son sociales, colectivos, culturales, son locales y globales (o glocales). La manera en que nos estamos comportando, y más específicamente, en que los barrios y comunas más vulnerables están respondiendo a esta crisis, es a través de la rearticulación de redes territoriales. Estas redes no sólo han cumplido un rol fundamental en la historia del país en comunas pobres (ver por ejemplo “Hambre + dignidad = ollas comunes” de Clarisa Hardy, 1986), sino que hoy vemos cómo cumplen una tarea trascendental respecto a los vulnerados y vulnerables de la amplia clase media en Chile. Proyectos como la Olla Común Territorial El Bosque, las Canastas Minga Por Los Pueblos, la Asamblea Territorial Plaza Bogotá, los vecinos del Barrio Yungay, de la Villa Olímpica y miles de otras organizaciones a lo largo de Chile dan cuenta de cómo “el pueblo ayuda al pueblo”.

La organización de estas acciones puede parecer a primera vista “espontánea”, sin embargo las respuestas colectivas han sido fundamentales en la historia del país para enfrentar las crisis, crear respuestas locales y resiliencia en las ciudad. Las ollas comunes, las organizaciones de base, las redes vecinales, los huertos urbanos, el conocimiento local de habitantes antiguos, el trabajo no remunerado de las mujeres cocinando han sido centrales en cuanto a cómo los habitantes crean formas de adaptación frente a la pandemia.

Esta participación política ha mostrado cómo la caridad actúa a destiempo, cómo no basta con “escuchar a la gente” sino que las personas pueden incidir a través de un trabajo de redes que trasciende el ámbito puramente local. No estaríamos pensando y esperando poder votar la nueva constitución si no estuviera claro que la participación política ha cambiado al país.

Como muchas veces en Chile frente a los desastres ambientales, la precariedad queda a la suerte de la solidaridad colectiva. Frente a la emergencia desatada por el COVID, las personas recurren a sus redes de apoyo, vecinales, familiares y a las organizaciones de base. Las respuestas colectivas, ciudadanas, cooperativas nos han caracterizado y sobre todo han sido la reacción a los desastres y crisis que hemos vivido los últimos años. Nos hemos hecho famosos en el mundo con las ollas comunes y la bandera flameando post terremoto 2010. La vulnerabilidad frente a las crisis políticas, ambientales, pandémicas ha dejado una vez más en descubierto la capacidad organizativa en las poblaciones y en los barrios más afectados. Las organizaciones de base, las fundaciones, las mujeres pobladoras le han hecho la pega al Gobierno.

Pareciera que las respuestas institucionales descansan en las respuestas colectivas, tanto por su tardanza como por su inoperancia. Según un reciente informe de la OCDE, hace un par de años sabíamos que, del total de chilenos, el “53% correría el riesgo de caer en la pobreza si tuviera que renunciar a 3 meses de sus ingresos” (OCDE, 2020). Las respuestas institucionales se han caracterizado en Chile por ser más tardías que preventivas. Prueba de ello son los efectos que cada invierno aluviones dejan en el país, incendios forestales que afectan tomas y viviendas precarias y la multiplicación de contagios de COVID-19 en las comunas más precarias. Esta vulnerabilidad tiene múltiples caras: se trata de comunas frágiles económica y materialmente, en que el hacinamiento aumenta las posibilidades de contagio. El COVID ha puesto de manifiesto y acrecentado las desigualdades en el país y en particular en las ciudades. Las personas tienen que hacer filas aun cuando las indicaciones obligan al distanciamiento.

Las capacidades políticas y ciudadanas parecieran invisibles a la hora de tomar decisiones desde el Gobierno. Por ende, es importante que las respuestas colectivas, que han históricamente respondido a los desastres y crisis en el país, logren consolidarse, ser solventadas y permanecer, más allá de la emergencia.

Las ciudades representan un lugar donde las dificultades materiales y las limitaciones institucionales para responder a la crisis se multiplican. El sistema político jerárquico en Chile ha centralizado las decisiones, dejando poco espacio para una planificación urbana y territorial local, interconectada. Por ende, las organizaciones de base son las que lideran la toma de decisiones, los abastecimientos locales, la ayuda a los más vulnerables, en situaciones de crisis. Y, en estos procesos, son principalmente las mujeres las que tienen un rol más activo en los procesos de construcción de la comunidad y en la política comunitaria.

Los expertos señalan que habrá otros eventos como este en los próximos años y que estamos “entrando en el mundo de las pandemias”. Es necesario pensar en temporalidades de acción que sobrepasen la reacción post desastre. Estrategias que apunten al fortalecimiento de las redes locales permitirían, preventivamente, consolidar soluciones que se han construido desde los territorios locales.

Necesitamos políticas públicas que visibilicen y apoyen la participación local, en particular la participación femenina para dar cuenta del rol que desempeñan en las economías comunitarias e informales, en las organizaciones. Una vez más son manos invisibles, mayoritariamente manos de mujeres, que están haciendo que todo funcione (dar comida, cuidar enfermos, coser mascarillas, atender en los supermercados, trabajadoras de la limpieza, cuidadoras de ancianos y niños, matronas). Siguiendo a la socióloga argentina Viviana Zelizer, comprobamos que la asistencia no remunerada está naturalizada y es prácticamente invisible, sobre todo en contexto de intimidad, cuando conocemos a nuestros vecinos a quiénes ayudamos. La economía “solidaria” ha seguido funcionando, no está en cuarentena, los habitantes se están preocupando por sus vecinos. Sólo que estas acciones cotidianas, que están sosteniendo la vida de muchas personas en situación de extrema precariedad, no es pagada, no es visible y no es de interés para los cálculos económicos dominantes. Es urgente consolidar y formalizar las formas de solidaridad y redes locales a través de la planificación de espacios colectivos, consolidando y apoyando las redes transfronterizas.

Los estudios sobre los comportamientos en situaciones de crisis nos indican que las personas vulnerables van a salir a la calle para asegurar su supervivencia (búsqueda de alimentos, remedios, salud, acceso a agua y bienes fundamentales) poniendo en riesgo su vida. Por ende, desarrollar instrumentos que permitan evitar las aglomeraciones (presenciales) pero basadas en las redes comunitarias, serían eficaces. Existen experiencias exitosas de abastecimiento como La Minga Cooperativa, COPAM (Cooperativa Popular de Apoyo Mutuo) así como han existido durante otros momentos difíciles que hemos atravesado. Es urgente apoyar esas cooperativas, tanto de producción de alimentos, distribución, etc. Más que nunca necesitamos potenciar economías rurales cercanas a las ciudades a través de cooperativas agrícolas y desarrollo de huertos urbanos.

Es hora que los políticos empiecen a trabajar en conjunto con los expertos de la sociedad civil, empiecen a mirar lo que se está haciendo, tal como se hace, y no como “debiera hacerse”, pudiendo anticiparse a las catástrofes desde la prevención, construyendo respuestas desde las propias organizaciones, que bastante tienen para proponer. Ya no es necesario que el poder político venga a dar soluciones, es cosa que mire las soluciones que se han estado proponiendo durante años tanto por expertos no gubernamentales como por los colectivos ciudadanos. Es hora de reconocer el trabajo, la atención y el cuidado que realizan estas cooperativas.

María Consuelo Biskupovic Z.
Dra. en Antropología, EHESS, París. Docente Escuela de Antropología UAHC.

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