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Retrocapitalismo: Respuesta a “Una visión renovada del Capitalismo” de Jeannette Von Wolfersdorff. Por Javier Velasco

Este artículo es una respuesta, desde la reflexión que ofrece la izquierda emergente, a la columna de Jeannette Von Wolfersdorff publicada recientemente por El Mercurio, en la cual, siguiendo la línea de diversos referentes de la ideología capitalista a nivel mundial, propone una renovación del modelo vigente, en torno a las consecuencias de la pandemia. Esta renovación se muestra innovadora pero nostálgica, como las playlist LoFi de YouTube, y de la misma forma que en los discursos de Trump o las intervenciones de Mario Desbordes, se deja entrever una derecha que toma distancia de las tres décadas de globalización neoliberal y tecnocracia gerencial, para pedirnos una nueva oportunidad para el capitalismo.

La directora de la Fundación Observatorio Fiscal, inicia su artículo con una cita a Yuval Harari, donde relata cómo el libre mercado era más eficiente organizando el suministro de pan en el Londres de los 80, que el sistema centralizado en los países soviéticos. Con esto, establece los márgenes de la apuesta retrocapitalista que nos ofrece: Por un lado, da por cerrado que el capitalismo es mejor que el socialismo usando un viejo cuento de la guerra fría, al mismo tiempo que se desentiende de los estragos del neoliberalismo, para situarse más cómodamente desde el imaginario de los años mozos del capitalismo, y hacer un llamado al empresariado y las derechas, a echar pie atrás de los excesos del último período, y hacer los ajustes necesarios para mantener las cosas intactas.

No importa el ejemplo, ni el argumento que proponga, la columna sostiene irrestrictamente un argumento que poco tiene de revisión: ante los desafíos que enfrentamos, debemos mantener el sistema, incorporando ajustes que permitan su reproducción. Así por ejemplo, usando como excusa la cuarta revolución industrial, sostiene que “una de las preguntas más estratégicas del momentum es, sin duda, qué ajustes hacer al capitalismo para que sea más justo y sostenible”; a instancias que inmediatamente después, señala que la gran mayoría considera al capitalismo como el “principal responsable frente a importantes malestares de las sociedades modernas –desde desigualdades estructurales y faltas de movilidad social, hasta el cambio climático o el sobreendeudamiento de las clases medias”. Por duras que sean las críticas al modelo, sólo sirven como enganche para reafirmar al capitalismo como única alternativa, a pesar que esa vieja premisa está hoy más en duda que nunca antes.

Lo mismo sucede cuando señala que “es imposible volver al debate del siglo XIX con su dicotomía entre el “capitalismo de libre mercado”, y “la economía planificada”.”, y que por lo tanto, las versiones ortodoxas de ambos paradigmas, “un sistema centralmente planificado” y -parafraseando a la autora- un capitalismo que estructuralmente produce externalidades negativas, son cosa del pasado. Hecho este diagnóstico lapidario respecto de ambos modelos, la autora reitera que la solución es ajustar uno de ellos, el capitalismo. De igual forma, sostiene que el estallido social y la pandemia “No sólo agregaron y profundizaron desafíos sociales, sino que hicieron que el capitalismo desnudara aún más sus fallas estructurales”; pero nuevamente, insiste con en apostar por ajustar el modelo vigente.

Quizás el ejemplo más explícito de esta fórmula, aparece cuando la autora se refiere al problema de la concentración. Señala que “Entre los principales aspectos a reformar del capitalismo destaca su excesiva concentración. En 2019, el FMI ya advirtió sobre el riesgo de una creciente concentración económica a nivel mundial, el que se expresaría a través de mayores márgenes de utilidades de empresas que se explicarían más por posiciones dominantes que por innovación. En otras palabras, la esencia original del Capitalismo –la capacidad de acumular capital para hacerlo llegar de forma competitiva a la economía– es también su mayor debilidad, porque los mercados tienden hacia la concentración. A nivel de las personas, esa concentración se materializa a través de una crónica y excesiva desigualdad patrimonial.”

Lo anterior resulta razonable, como lo es también la hipótesis del carácter autorreforzante del modelo, que la autora explica del modo más sencillo “los que más ganan, más pueden ahorrar también, lo que significa mayores y cada vez mejores inversiones, y así aún más riqueza – un proceso que se puede acelerar aún más durante la (semi)automatización del empleo y la concentración de poder de mercado”. Pero por más que hable abiertamente de “neofeudalismo”, y resulte sencillo comulgar con los diagnósticos, todos los ejemplos y las observaciones se acumulan sin mover un ápice la rígida hipótesis del comienzo: el capitalismo, con ajustes, sigue siendo la única alternativa, a pesar que los “ruidos” que produce su “expresión actual”, “no sólo encuentran eco entre investigadores, filósofos, economistas y algunos CEOs y empresarios, sino ante todo en la propia ciudadanía, y en prácticamente todos los países del mundo.”.

Esta frustrante insistencia continúa a lo largo de la columna, que argumenta contra la excesiva concentración de capital, los sesgos que impiden “invertir capital en emprendedores”, lo absurdo que resulta que “los activos financieros sean mejor compensados que las inversiones productivas y la creación de empleo”, o que “el capitalismo no estaría beneficiando de forma adecuada a grandes fracciones de la población.”. Sostiene que “Especialmente entre millennials o la generación posterior se está instalando la percepción que las instituciones sirven cada vez más a los intereses de unos pocos”, agregando que estas generaciones esperan “un mayor control del gobierno sobre la economía, y avanzar en movilidad social y una red de seguridad más solidaria”; sin embargo, estima que estas demandas, que apuntan a problemas que la misma autora señala como estructurales del capitalismo, se resolverán por la vía de los ajustes.

Esta reafirmación del capitalismo demuestra tener más de retro que de innovadora, y a pesar de los coyunturales consensos que tiene con las nuevas expresiones de la izquierda, sigue sin problematizar el modelo de explotación por encima del cual se despliegan sus críticas y propuestas. Respecto de esta diferencia crucial, resulta esclarecedor lo que apunta la autora cuando sostiene que “Aparte del Ejecutivo, es de esperar que los dueños y administradores de capital entiendan la importancia del momento para impulsar reformas estructurales, y avanzar hacia un debate serio y desideologizado, haciéndose parte de una conversación constructiva. En caso de no crear los consensos necesarios, existe un alto riesgo de que los que buscan un capitalismo más equitativo, puedan presentar propuestas cada vez más radicales y no consensuadas. Esto no solo produciría efectos indeseados, como una acelerada huida de capitales del país, sino ante todo tensionará nuestra democracia y favorecerá a los populismos”. Esta versión más explícita de la propuesta de “ajuste conservador”, aclara que los consensos y cambios se requieren únicamente para descomprimir las demandas políticas radicales, y de esta forma, en combinación con la estabilización económica, garantizar la continuidad del modelo.

La columna cierra en torno a las propuestas de ajuste; señala que se trata, primero de tener una nueva actitud, que debe reflejarse en la conformación de una comisión de justicia económica, integrada por “los gremios tradicionales y el gobierno, así como actores internacionales”. Esta comisión deberá proponer “reformas medibles para avanzar en al menos cuatro conceptos”: una economía “más circular”, un crecimiento “más innovador” y “menos extractivo”, más “movilidad social”, y “una mayor democratización del capital”. La composición de la comisión recuerda al Chile binominal, o al menos, al Chile previo a Octubre de 2019, y al igual que la comisión de expertos que Piñera amenazó convocar para limitar las facultades del Congreso, no menciona a la oposición, no responde a criterios democráticos, ni incorpora a la sociedad organizada que exige participar de los procesos políticos con más fuerza que nunca. Peor aún, todas las propuestas que esboza, son simplemente variaciones de intensidad, limitándose a proponer que ciertas variables del capitalismo sea manifiesten más o menos, de acuerdo a lo que haga falta para descomprimir el malestar social y evitar las propuestas radicales.

Pero esto no significa que esta derecha sea la misma que está instalada en la Moneda. Hoy no existe un solo oficialismo, del mismo modo que no existe una sola oposición. Por más que moleste a los nostálgicos del binominal, hoy en Chile existen múltiples oposiciones representativas de la diversidad política del presente, y así mismo, como apunta Hugo Herrera en una reciente entrevista en El Mostrador , existe una pugna ideológica al interior de la derecha, que responde también al proceso de transformaciones que vivimos como comunidad política, y que da cuenta de una misma descomposición del régimen neoliberal, que se lleva consigo tanto al progresismo como a la derecha que fueron mainstream en los tiempos de la política de los acuerdos.

Esta nueva derecha critica duramente el neoliberalismo que quiere dejar atrás, habla de sindicalismo, se referencia en la democracia cristiana alemana y se aleja de Libertad y Desarrollo, de Larroulet y del “discurso economicista” de los think tanks que sustentan al oficialismo. Esta es una derecha que dice querer volver a la política, y que está dispuesta a problematizar su “tapón hermenéutico”. Es el mismo Herrera quien sostiene en la misma entrevista, que fue la incapacidad comprensiva del Gobierno la que obligó al Congreso a resolver ejecutivamente, y dar una respuesta política al estallido de octubre mediante el acuerdo constituyente, precisamente porque el discurso de gestión del Ejecutivo no era capaz de responder a las demandas estructurales de sus ciudadanos y ciudadanas.

Pero más allá de coincidir en algunos diagnósticos, las distancias entre esta nueva derecha y las fuerzas emergentes de izquierda se hacen patentes a lo largo de la columna. Ambas aparecen con la apertura de período, y se posicionan contra el paradigma excluyente de la democracia limitada, y contra la extrema acumulación de capital y poder de la era neoliberal; ambas posiciones coinciden en que los viejos paradigmas fundamentalistas, del mercado absolutamente libre y la economía totalmente controlada por el Estado, están superados. Pero a diferencia de este retrocapitalismo, que propone simplemente retrotraer los estragos neoliberales por la vía de los ajustes, las fuerzas de la izquierda emergente proponemos dejar atrás por igual el estatalismo y al dogmatismo capitalista, para proponernos un nuevo diseño, donde las comunidades organizadas sean actores colectivos del modelo político, económico y social, haciendo que el poder y la riqueza, hoy fuertemente concentrados entre los ricos y las instituciones, se distribuya equitativamente en la ciudadanía.

Las fuerzas transformadoras de izquierda no queremos un ajuste conservador, sino avanzar a un escenario pos neoliberal, que nos permita superar el capitalismo como forma de producir y reproducir la vida. Si bien esta columna no ofrece nuevas propuestas desde la ideología capitalista al debate, ni convoca a avanzar en conjunto hacia un nuevo escenario nacional que incorpore a los auténticos críticos del modelo, si nos muestra la consolidación de esta nueva derecha, de los Briones, los Desbordes y los Von Wolfersdorff, que parece estar disponible a superar el neoliberalismo como expresión del capitalismo, pero comparte el punto ciego del viejo dogmatismo capitalista, esa barrera ideológica que les impide ir más allá de los ajustes, y pensar por fuera de los márgenes de la continuidad del modelo. En eso, la izquierda emergente mantiene la ventaja de la creatividad.

Javier Velasco
Abogado, Universidad de Chile
Master en Derecho, UC-Berkeley

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