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Ronald McDonald en la Furia del Libro. Por Ignacio Fritz

La presencia de McDonald’s en la reciente edición de la Furia del Libro simboliza cómo el mercado ha terminado imponiendo sus reglas incluso entre los libros de literatura de las editoriales independientes. Realizada en la Estación Mapocho, entre el 28 y el 31 de mayo, hubo estands de editoriales para todos los gustos y presupuestos. Sin embargo, lo que más llamó mi atención no fueron los libros ordenados en los mesones, sino un espacio de McDonald’s destinado a juegos infantiles. La famosa multinacional de las hamburguesas poco o nada tiene que ver con el mundo editorial, ya sea literario o académico; sin embargo, allí estaba. Campante. Colosal.

Harta agua ha corrido bajo el puente desde la aparición de McOndo (1996), la antología preparada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez que ironizaba sobre la influencia cultural estadounidense en América Latina. Tres décadas después, pareciera que McDonald’s hizo lo propio con la Furia del Libro. El cuadro de la escena me llevó a pensar en cómo el mundo de los negocios ha penetrado incluso en aquellos espacios que nacieron como alternativas combativas y plausibles para las lógicas de los mega mercados.

La Furia del Libro surgió hace más de una década como una respuesta a las dificultades de circulación y visibilidad que enfrentaban editoriales independientes y autores fuera de los grandes conglomerados y circuitos. Sin embargo, la realidad sigue siendo compleja. Difícil. ¿Por qué? Pues, que el mercado es ínfimo.

Los chilenos leen poco y —muchas veces— leen mal. Así dicen. Más allá de las estadísticas o los porcentajes, la comprensión lectora suele ser superficial y el hábito lector compite con un modelo de vida donde el tiempo de ocio escasea. Desde que Benjamin Franklin popularizó la idea de que «el tiempo es oro», la productividad se ha convertido en una especie de reglamento profano para llevar el pan a la mesa. Trabajar, cumplir horarios y llegar a fin de mes absorbe gran parte de la energía cotidiana. Leer exige tiempo, concentración y una disposición que cada vez parece más difícil de hallar. En la actualidad, si se lee, es para que sirva de «algo»: de ahí los textos de autoayuda.

En este contexto, la aparición de una franquicia como McDonald’s dentro de una feria del libro no es una anomalía, sino un síntoma de cómo está todo. El financiamiento estatal para iniciativas de fomento lector siempre ha sido insuficiente y el sistema editorial tampoco ha logrado construir mecanismos sostenibles para fortalecer proyectos culturales de largo aliento, como alguna vez se intentó con Quimantú en los años 70.

A fin de cuentas, lo que predomina es la visibilidad. El show. El problema no es solamente escribir un libro, sino «lograr» que alguien lo vea y lo compre. Vivimos en una época donde el espectáculo se ha convertido en el principal recurso económico. En consecuencia, la literatura debe competir con redes sociales, plataformas digitales, espectáculos y estrategias de mercadotecnia cada vez más agresivas y atrayentes. Y, creo yo, ridículas. Aunque no por eso menos entretenidas. Mientras observaba a los niños jugar en el espacio de McDonald’s, pensé en el panorama que encontrarán cuando crezcan. Un ecosistema editorial saturado, donde se publican más títulos de los que pueden leerse; donde las novedades duran apenas unos días; donde muchos libros desaparecen antes de encontrar lectores; y donde la promoción suele pesar tanto como la calidad (subjetiva) de la obra. O, quizá, será peor, tal como lo expuso Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

El libro se parece cada vez más a un Cuarto de Libra: un producto más dentro de un catálogo infinito de productos. Porque hoy todo parece transformarse en mercancía: también la literatura. Por supuesto, seguimos leyendo a autores consagrados como Vargas Llosa, García Márquez o Isabel Allende.

Pero para quienes pertenecemos a la vasta categoría de los escritores del montón, vender un libro implica enfrentarse a una lógica que poco tiene que ver con lo artístico y mucho con la capacidad de posicionar un producto. Ya no basta con escribir y publicar: también hay que llamar la atención. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con quienes no desean hacerlo?

De niño fui retraído. Mis habilidades sociales eran escasas y conversar con desconocidos me exigía un esfuerzo considerable. Incluso hoy, hablar con editores, libreros o potenciales lectores puede resultarme incómodo. Mientras observaba a un niño que permanecía apartado del resto en aquel espacio de juegos, me vi reflejado. Jugaba solo en su mundo privado. No destacaba porque no hacía bochinche…

Algo similar sucede con muchos escritores. Para que un libro venda, pareciera que el autor debe convertirse en showman. Entrar en un circo. Debe exponerse, construir una marca personal, generar contenido, producir polémicas o transformarse él mismo en espectáculo. Pero nada de eso guarda necesariamente relación con la calidad de lo que escribe. Los tiempos en que los libros podían defenderse por sí solos parecen haber quedado atrás.

Mi visión romántica de la literatura choca constantemente con una realidad donde el éxito suele medirse en ventas, alcance y visibilidad. Apenas una minoría de escritores alcanza cifras significativas. ¿Y qué es lo que suele venderse? Lo que llama la atención: pienso en Romina Pistolas.

No se trata de cuestionar trayectorias legítimas ni éxitos merecidos. Se trata de reconocer que el sistema premia cada vez más la capacidad de generar ruido y cada vez menos el trabajo silencioso del narrador que escribe lejos de los focos. Los focos iluminan mientras están encendidos y la ampolleta en algún punto colapsará. Y habrá otra y otra y otra. Quizás por eso la imagen que más recuerdo de esta versión de la Furia del Libro no es la de una portada cool ni la de una firma de ejemplares de mi libro Los hombres de la Rubia de Kennedy (Emergencia Narrativa, 2026): es la de aquel puesto de McDonald’s instalado en un costado de una feria literaria repleta de máscaras. Y egos. De todos los pelajes. Esta es una imagen aparentemente baladí, pero que resume con inquietante precisión el momento que atraviesa la cultura en Chile: incluso los libros deben competir por nuestra atención bajo las mismas reglas que una hamburguesa. La pregunta que resta será: ¿me satisface o no? ¿O todo no es más que supervivencia…? Sí, como alimentarse.

BREVE BIOGRAFÍA Y REDES SOCIALES

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC), con estudios inconclusos de Literatura y Derecho y Comunicación Audiovisual. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa (UDP) y un magíster en Estudios Humanísticos (USS). A los veintitrés años publicó Eskizoides. Fanático del género negro, policial, el terror y la ciencia ficción. Está en redes sociales de Instagram como ignacio¬¬_fritz y en Facebook como Ignacio Fritz.

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