“Les dije que sí. —También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno. Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina.”
Juan Rulfo, Luvina, en El llano en llamas (1953)
Escribo desde lo incómodo, desde aquello que no siempre se dice en voz alta: la política chilena está atravesada por un síndrome del impostor que mina la confianza ciudadana. Un malestar sordo que crece, porque sentimos que quienes debieran ser alternativa de poder se comportan como si no creyeran en sí mismos. Como si ser gobierno les hubiese quedado grande.
El concepto no es nuevo. Fue acuñado por Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978 para describir esa sensación de no estar a la altura, de vivir con la sospecha de ser descubierto como un fraude. Trasladado a la política, el síndrome del impostor se expresa cuando partidos y dirigentes, en vez de gobernar con convicción, actúan midiendo encuestas, cuidando nichos y temiendo el fracaso electoral más que la derrota de un proyecto de país.
El Frente Amplio, que alguna vez encarnó la promesa de renovación, logró ser gobierno, pero se ha visto de algún modo atrapado en las mismas lógicas que criticó. El Partido Comunista, que hoy lleva sobre sus hombros la responsabilidad de una candidatura presidencial, se permite a ratos a sólo hablarle a su barra brava, lo que parece incomprensible si lo que está en juego es mayor que sus resultados parlamentarios. Mientras tanto, observamos a las élites políticas parecen más preocupadas de administrar su sobrevivencia que de enfrentar lo evidente: recetas añejas, populismos y neofascismos avanzando, mientras el devenir del país se juega en serio.
El problema es que el ciudadano común lo percibe. Y percibirlo duele. Porque cuando las dirigencias se repliegan sobre sí mismas, la política se convierte en un espectáculo de poca monta que desalienta la participación y alimenta el hastío. Como en Rulfo, sabemos que el Gobierno existe, pero no encontramos su madre: ese arraigo humano que nos conecte con un proyecto común.
Y aquí lo incómodo: no estamos en tiempos de “pato cojo”. Lo que se decida ahora marcará los próximos años. El miedo a perder un escaño no puede ser mayor que el riesgo de perder el país. Por eso, tal vez la propuesta suene fuera de tiesto, pero es urgente: necesitamos que los partidos se atrevan a hablarle al país entero, no solo a sus feligreses. Que construyan poder desde la esperanza y no desde el cálculo. Que dejen de ser impostores y asuman, de una vez por todas, que el poder no es solo administración: es también la capacidad de convocar, de entusiasmar, de abrir caminos cuando el horizonte parece cerrado.
Solo así volveremos a creer que este país tiene madre.
Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
