En kioscos: Octubre 2021
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Seguimos hoy por camino propio: «La historia es nuestra y la hacen los pueblos». Por Alex Ibarra Peña

El segundo triunfo electoral de Sebastián Piñera, sin presagiar su fracaso, llenaba la prensa convencional con la sentencia de la derrota de la izquierda y el triunfo definitivo del neoliberalismo «creado» por Pinochet. Sin duda, este triunfalismo ideológico, es parte del relato de aquellos que se han elevado como «ganadores» de los privilegios del injusto sistema económico-político, haciendo eco de la pseudo teología de la prosperidad.

Por otra parte, la llamada vanguardia y la élite intelectual aceptaban la mirada escéptica y la actitud relativista, haciéndose cómplice de la larga transición democrática, adormecida en la lógica del consumo, como decía el sociólogo Tomás Moulian: «El consumo me consume». El pensamiento débil de la moda posmodernista colaboraba con estos relatos del fin de la historia.

Todas estas concepciones ideológicas confabularon en contra de la memoria histórica propia, postergando el reconocimiento al reclamo social que marginalmente mantenían los sectores populares emblemáticos de la resistencia: los pobladores, los estudiantes, los mapuche y el comienzo de una ampliación del feminismo que sembraba la concientización crítica respecto al orden patriarcal.

Los partidos políticos fueron abandonando la resistencia preocupados de consolidar su estrategia para instalarse en el poder olvidando la vocación por las reales transformaciones sociales y políticas, poco a poco tomaron protagonismo en la administración del poder defendiendo los acuerdos realizados por los operadores de la cúpula.

El relato neoliberal, así las cosas, fue instalando la mirada hacia el futuro perpetuo sin utopía, todo vale a favor del mito del «progreso» moderno revelado en el «milagro» económico. La retórica mediática aportaba lo suyo: ¿para qué seguir estancados en la mirada hacia el pasado? ¿qué «ganamos» sin «consenso»? Mejor borrón y cuenta nueva, así fue el «pacto» político a favor de la amnesia.

Hoy en este incipiente proceso constituyente es pertinente reconocer nuestra historia presente, de ahí la legitimidad de comprender nuestro relato histórico en este desafío por reconstruirlo a partir de la recuperación del encuentro de las tres generaciones que componen el espacio social: abuelos, padres, hijos. En otras palabras, recurrir al sujeto histórico vivo, como bien lo ha señalado la historiadora María Angélica Illanes: «Porque la historia del tiempo presente no ha de tener, a nuestro juicio, como marca o referente algún hecho mundial -generalmente europeo, como a menudo se señala- desconectado de nuestras existencias latinoamericanas sino principalmente las vidas, experiencias y proyectos de las tres generaciones nuestras, quienes desde su simultáneo presente, significan el pasado y futuro vivido y por vivir en nuestros propios mundos y territorios». Teniendo esto en cuenta se justifica la recuperación del proceso de formación de la Unidad Popular (UP) y la superación del trauma de la dictadura como hitos de nuestra historia de tiempo presente, en tanto experiencia y en tanto narrativa.

La UP ha sido estigmatizada por el discurso a favor del neoliberalismo, de esto dan cuenta expresiones clasistas, tales como, la de «upeliento» que es usada para referir a una supuesta forma de vida desfasada en el tiempo o para aludir a alguien que se encontraría atrapado en el «insensato» terreno de la ideología de izquierda, es decir, un nostálgico o un «perdedor» o un «peligro». Este tipo de juicios esconde la idea de que las ideologías son un problema, en cuanto son un elemento dañino para ese tipo de pensamiento que pretende ser «neutro». Sin embargo, las ideologías atraviesan nuestra forma de ser y existir, seamos o no seamos conciente de aquello, sea como sea, aparecen siempre en nuestro pensamiento y en nuestras acciones o reacciones, me sirven aquí las palabras de la filósofa vinculada al Grupo de Estudios Subalternos de la India, Gayatri Spivak, cuando nos advierte: "Por supuesto, uno no puede «decidir» salirse de la ideología. La «decisión» más responsable parece ser conocerla lo mejor posible, reconocerla lo mejor posible y, a través de la propia, necesariamente inadecuada interpretación, esforzarse por cambiarla, por reconocer el desafío de que «los hombres hacen su propia historia, pero no eligen el guión»".

Los años sesenta están marcados por una contienda ideológica atribuida a la Guerra Fría, pero lo determinante para un Chile impregnado con un sentido histórico latinoamericanista, es el triunfo de la Revolución Cubana, acontecimiento significativo no sólo para las fuerzas políticas de izquierda sino que también para toda esa clase social que venía luchando por dignidad frente a la disminución humana producida por la explotación capitalista de la primera mitad del siglo XX. La crítica al ideal político conservador de la oligarquía y al liberalismo republicano tuvo su principal manifestación en la clase explotada que siempre había sido maltratada por las élites del poder.

La UP es el proceso de la transformación que comienza a gestarse en la década señalada. Esta valoración por el establecimiento de la dignidad usurpada desde la conciencia incubada en la lucha de clases, es la que motivará distintas reflexiones críticas en esta década, por ejemplo, recojo un pasaje del libro «El punto de vista de la miseria» (1965) del filósofo chileno Juan Rivano que apunta a una utopía liberadora: «(...) con el propósito de apuntar sobre las condiciones de la injusticia y suscitar en nuestro pueblo la voluntad de liberarnos de la miseria». Esta es la sensibilidad popular de los sesenta que incluso logra integrar a la clase intelectual latinoamericana, como lo ha descrito el argentino Oscar Terán: «...se trata en suma, de unos actores intelectuales constituidos por una coyuntura histórica, por una colocación institucional y social, y por una discursividad». La UP es un momento propio y original de nuestra historia presente, que supo reunir las demandas de distintas conformaciones populares que buscaban un proyecto que hiciera frente al capitalismo, así lo describió otro filósofo chileno, Sergio Vuscovic: «...el pluripartidismo que se expresa a través de la Unidad Popular, va más allá de las fronteras orgánicas de los partidos obreros. Es un amplio movimiento que integra a marxistas y cristianos, a racionalistas e independientes, que se unen para liberar a Chile del imperialismo, terminar con la oligarquía financiera y agraria y abrir el camino al socialismo en nuestro país, dentro del concepto de Estado de Derecho».

Este es el proyecto que lideró Salvador Allende quien en distintos momentos pronunció las frases contenidas en el título de esta presentación: «Seguimos hoy por camino propio» y «la historia es nuestra y la hacen los pueblos». Figura relevante la del compañero Presidente que se constituye en sujeto paradigmático para liderar este proceso con plena conciencia histórica hacia una utopía vuelta hacia el presente. Sugerentes son estas preguntas del poeta e historiador de las ideas José de la Fuente: «¿Qué grado de sensibilidad, de madurez efectiva, talante, aplomo personal y sentido de la historia había en él, cuando le habla al mundo y a los chilenos atónitos, desde el Palacio de Gobierno bombardeado e incendiándose, esa mañana del 11 de septiembre de 1973, escenario dramático de la esperanza agredida de todo un pueblo? ¿Entre esos anuncios de muerte nacía unos de los próceres de la historia de América Latina del siglo XX?».

Es este el líder que supo dar cauce a una idea de América Latina y a un proceso revolucionario a partir del socialismo a la chilena que pugna con la avara oligarquía y con la herencia colonial acuñada por la élite criolla. La síntesis de la apuesta de Allende está en estas frases del mencionado José de la Fuente: «Su tesis es la transformación del país al socialismo por la vía pacífica-electoral, con respeto a las demás concepciones políticas, ideológicas o religiosas». O como lo dice el filósofo Miguel Orellana Benado en su libro «Allende, Alma en pena (una mirada libre)»: «La ideología de Allende heredó los ideales ilustrados en la versión masónica que, en Chile, son un hilo de continuidad desde los próceres de la Independencia y la República autoritaria, en la primera mitad del siglo XIX, hasta el Partido Radical en la segunda. Esto es, la confianza en la razón y la educación; la valoración de la igualdad y de la ley; y, finalmente, una concepción humanista de la política que desemboca tanto en el nivel individual como en el nivel social».

Otro ejemplo claro de la sensibilidad de la época y del pluripartidismo de la UP es la integración del movimiento Cristianos por el Socialismo. Desde su perspectiva latinoamericanista, Allende lo expresa así: «Desde otro enfoque filosófico, concordamos plenamente con este pensamiento de Camilo Torres (...) la fuerza política que hoy gobierna a Chile es la culminación de una alianza permanente, férrea e inquebrantable entre cristianos y no cristianos, entre hombres de distinto signo ideológico que han entendido con precisión que el verdadero conflicto de nuestro tiempo (...) es entre el imperialismo y los países dependientes, y en el interior de estos, entre la gran burguesía explotadora y la inmensa masa de los explotados». Se evidencian aquí los planteamientos de la ciencia social económica proveniente de la CEPAL. Este compromiso de los movimientos cristianos a favor de la justicia se verá reconfirmada, principalmente en reacción a los duros procesos de tortura y de repesión de los organismos de seguridad de la dictadura cívico-militar desde el Comité por la Paz en Chile formada por las iglesias católica, metodista, evangélica luterana, metodista pentecostal y la comunidad israelita. Incluso figuras de la eclesialidad jerárquica como el Cardenal Silva Henríquez asumirán la denuncia del régimen injusto y la defensa de los Derechos Humanos.

Frente a esta revolución vino el zarpazo violento de militares y civiles de la oligarquía sometidos y amparados en el respaldo internacional capitalista. Se impuso la violencia sanguinaria que permitió el experimento neoliberal. La derrota de la vía chilena al socialismo será el punto de inicio de la catástrofe a favor del neocapitalismo global. La violencia sistemática del Estado quiebró la unidad del pueblo y el terror apagó la llama que alimentaba el sueño colectivo. De lo terrible no haré mayores descripciones dado que lo grotesco, además de repugnancia, en este caso nos llena de escenas de dolor propias de las peores tragedias que acontecen en la historia. Menciono uno de los tantos registros de la violencia el excelente libro de la escritora Cherie Zalaquett que recopila ocho testimonios de campesinos que sobrevivieron al fusilamiento.

La violencia del Estado intervenido por los golpistas no terminó totalmente con la experiencia colectiva, en la década del 80 en pleno fracaso económico de la dictadura encabezada por el dictador Augusto Pinochet, el movimiento popular vuelve a organizarse sobre todo en las poblaciones urbanas, reconstruyendo los espacios de organización que permiten el surgimiento de una resistencia de pobladores y movimientos radicalizados como el FPMR que llegó a realizar un atentado que casi logró la muerte del tirano. Lugares de resistencia de pobladores activos políticamente, hasta el día de hoy, colocan su nombre en la historia social: La Victoria, Villa Francia, La Legua, Lo Hermida, Villa La Reina, etc. Territorios que octubre 2019 revelaban que siguen siendo protagonistas de la historia y que incluso en pandemia han sufrido la represión. El historiador Mario Garcés se ha referido así a estos territorios organizados: "...la organización fue también la principal forma de dar vida colectiva y comunitaria a las nuevas ’poblaciones’ constituyéndose ellas en espacio de participación y toma de decisiones. La organización entonces se revela en una doble perspectiva: como un «instrumento de lucha» pero, al mismo tiempo, como un espacio para la construcción de un «poder local comunitario». Este es el pueblo organizado que pone su confianza en lo deliberativo social y popular.

El pueblo organizado delibera, esa forma deliberativa es la que han recuperado los estudiantes chilenos durante todos estos años de lucha social por una educación gratuita y sin lucro, lo mismo aparece en los movimientos por la demanda de viviendas, la demanda de las pensiones y salud de calidad, y en la demanda por la recuperación de la tierra del pueblo-nación mapuche. Así describe María Angélica Illanes esta forma de organización popular: «La clave de estas asambleas es la deliberación y la toma de decisiones horizontal y con paridad de género; la asamblea colectiva es un solo cuerpo-sin partes, que ejerce su poder como democracia directa». Esta es la forma de organización en los territorios y organizaciones autoconvocadas que fueron surgiendo y reestableciéndose en la revuelta manifestando su soberanía que sigue sin ser reconocida por la clase política que hoy se encuentra desesperada por lograr una convención constituyente que permita mantener, aunque sea parte, de la Constitución ilegítima de Pinochet pactada por los partidos políticos durante la transición.

Se puede advertir que aparece manifiesta la tensión entre el Estado-Nación junto a las fuerzas políticas que lo representan, y la fuerza política constituyente territorial-popular que recuperan su protagonismo histórico, esto sería la superación a lo que el historiador Indio Dipesh Chakrabarty considera como la ideología del historicismo universalista, cuando escribe: "El historicismo no ha desaparecido del mundo, pero su «todavía no» se encuentra actualmente en tensión con esta insistencia global en el «ahora» que caracteriza a todos los movimientos populares a favor de la democracia". Podemos observar en distintos países de nuestra América que la resistencia al capitalismo vuelve a organizarse, el enfrentamiento dialéctico provocará la síntesis que le corresponde cuando nuestra utopía vuelva a estar volcada a su momento presente.

Alex Ibarra Peña.
Dr. Estudios Americanos.
Instituto de Filosofía. UCSH.

Compartir este artículo