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Septiembre de 1973. Recuerdos del golpe. Por Luis Campos

Este año se conmemora el cincuenta aniversario del golpe de Estado que, sin que los sospecháramos, iba establecer una dictadura militar que duraría 17 años. Pero igualmente une período de resistencia, que continúa hasta hoy día, contra un sistema político y económico que ha conservado muchas de las características del régimen dictatorial, notablemente su Constitución y su modelo económico neoliberal. Todo esto apoyado, no solamente por partidos de derecha y extrema derecha, lo que era de esperarse, si no, también, por movimientos políticos que, en otra época, apoyaron el programa de cambios sociales de Salvador Allende.

Después de tantos años sin duda he olvidado muchos acontecimientos de los cuales fui partícipe y testigo. Un período del cual creíamos que era posible construir una nueva sociedad que terminaría con las injusticias y desigualdades sociales.

Trataré de evocar mis recuerdos de los cuales no tengo dudas que fueron así. Para este texto no he buscado fuentes bibliográficas para confirmar lo que voy a relatar. Por lo tanto pueden haber errores. Evocaré detalles que sin duda muchos testigos que aún viven los han olvidado. Por ello trataré también de entregar un aporte que podría enriquecer este trágico acontecimiento que cambió la vida política, social, laboral y familiar de muchos de nuestros compatriotas.

Los hechos acontecidos durante el mes de agosto, como la represión hacia marinos constitucionalistas, hacia campesinos en el Sur del país, los violentos allanamientos a ciertas industrias ocupadas por sus trabajadores, la segunda huelga de los transportistas y otros hechos muy importantes son ampliamente conocidos. Pero ellos anunciaban ya, la violencia que conoceríamos en septiembre y durante toda la dictadura, incluso más tarde.

Desde 1969 militaba en el MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Desde el año 1965 trabajaba en EMPORCHI, Empresa Portuaria de Chile que explotaba los principales puertos del país. Por lo tanto era funcionario estatal y tuve la posibilidad de estudiar Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad de Chile entre 1968 y 1973.

Egresé con el título de profesor antes del golpe, pero sin ejercer, pues seguí trabajando en EMPORCHI. Mis labores se desarrollaban en los recintos portuarios, en los muelles donde naves provenientes principalmente de Europa, América del Norte, Japón y otros lugares del mundo, descargaban mercaderías que eran depositadas en grandes almacenes hasta que, los importadores, después de pagar derechos de aduana, las retiraban. En tanto que militante del MIR, con otros compañeros portuarios, creamos una base o célula llamada ’’Orilla’’ cuyo actividad política se dirigía hacia los miles de trabajadores que laboraban en el interior del puerto. Por ello, para nosotros, se trataba de un ’’frente sindical’’.

En los meses previos al golpe nuestra actividad política fue intensa. El MIR calificaba el período como pre-revolucionario. Pero todos sabíamos que, después de la tentativa de golpe de Estado militar de junio del 73, inevitablemente otra vendría. Los dirigentes de nuestro partido, en agosto, señalaban que ella se produciría a más tardar el 18 de septiembre. Algunos pensaban que podría ser el 19, durante la Parada Militar. Así, con la detención de Allende y de todos sus ministros, el gobierno quedaría descabezado. No recuerdo bien de los detalles, pero hubo un documento que recibimos en el cual, los análisis del MIR, indicaban ocho hipótesis en torno a lo que políticamente se produciría tras una intervención de las Fuerzas Armadas con el objetivo de interrumpir el proceso de cambios iniciado por la Unidad Popular. Pero la más pesimista entre ellas estuvo lejos de reflejar la violenta represión que conoceríamos a partir del 11 de septiembre.

Como yo trabajaba en el puerto, que era al mismo tiempo mi frente de trabajo político, las discusiones eran permanentes. Yo, como mis compañeros de la base ’’Orilla’’, vendía en el interior del puerto ’’El Rebelde’’, nuestro órgano de agitación y propaganda. Como la mayoría de los portuarios eran simpatizantes de Allende, pasaba mucho tiempo explicando cuáles eran nuestras principales diferencias con los partidos de su Gobierno y cuáles eran nuestros objetivos.

Por estas razones, todos me identificaban como ’’mirista’’, aunque como llevaba el pelo corto, sin barba ni bigote, además mis vestimentas eran más bien tradicionales, algunos me decían que mi apariencia no correspondía a mi militancia. Así era el estereotipo que muchos se hacían de militantes de nuestro partido.

El lugar donde siempre trabajé se denominaba Segunda Sección, lo que correspondía al sitio o muelle N° 2 del puerto comercial de Valparaíso. Eramos unos cuarenta empleados que trabajábamos allí de manera permanente. Por el sistema de rotación que existía, los obreros de EMPORCHI que movilizaban carga cambiaban todos los días, como los empleados de otros sectores de actividad portuaria. Por esta razón puedo afirmar que conocía miles de personas, las cuales, por supuesto, sabían quién era yo políticamente. Por mi parte, como en el puerto muchos militaban en partidos políticos o eran simpatizantes u opositores de Allende, sabía de antemano a quien me estaba dirigiendo. A menudo las discusiones eran bien acaloradas, pero nunca fui agredido verbalmente.

Fue en el curso del año 1973 que la cantidad de simpatizantes hacia nuestro partido fue aumentando de manera notoria. Recuerdo una reunión que tuve menos de una semana antes del golpe con nueve estibadores. Estaba presente conmigo un compañero encargado sindical regional del partido. Recuerdo bien que ellos nos dijeron que, si se acercaban al MIR, era porque nos veían como un partido político-militar capaz de instruirlos con el fin de enfrentar el golpe que todo el mundo veía como inevitable. Bastante lúcidos estos compañeros. Por supuesto, no les dimos ninguna respuesta concreta. En la época yo vivía en Recreo Alto, colina que limitaba con el cerro Esperanza de Valparaíso. Desde allí podía ver el mar y una parte de la ciudad de Viña del Mar.

De manera que, hacia las 18 horas del 10 de septiembre (y no el 9 como algunas publicaciones recientes lo han afirmado), pude ver que todos los buques de la Armada, habitualmente anclados en el puerto de Valparaíso, pasaron navegando frente a Viña del Mar. Me llamó la atención que navegaran muy cerca de la costa. Es evidente que lo hacían con el fin de que el máximo de gente pudiesen verlos. Muchos deben haber pensado que la escuadra se dirigía a un encuentro con naves norteamericanas de la operación UNITAS, ejercicios que todos los años se realizaban en la misma época. Más tarde se supo que, hacia medianoche, ya estaban de regreso.

Ese 10 de septiembre lo recuerdo por un hecho bien personal. Tuve en mi domicilio una línea telefónica y su correspondiente teléfono solicitados por lo menos hacía dos años.

Otro hecho es que, hacia las 20 horas, fui a Playa Ancha al Instituto Pedagógico, pues tenía prevista una reunión. No recuerdo con quien o quienes, pero no llegó nadie. En la mañana me habían entregado, creo, unos veinte ejemplares de El Rebelde para venderlos el día siguiente en el puerto. Por supuesto ese día nada sucedió como yo lo tenía programado. Lo que fue válido para todo el mundo.

El martes 11, como era habitual, encendí la radio para escuchar las últimas informaciones. Noté inmediatamente anomalías, pues cierta emisoras no funcionaban y y otras se escuchaban con frecuentes interrupciones. Como mi trabajo comenzaba a las 8 de la mañana, salí de mi domicilio hacia las 7hrs15, dirigiéndome hacia la Avenida España, vía que comunicaba, como es el caso hasta hoy día,Viña del Mar con Valparaíso, Allí podía tomar un bus de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado o un automotor de Ferrocarriles del Estado. (El transporte ferroviario era muy utilizado por gente que vivía en comunas de interior entre Quilpué y Quillota y que laboraba en Valparaíso). A pesar de la huelga de los empresarios de transportes urbanos, nunca las comunicaciones fueron interrumpidas, de manera que todos podían llegar a sus respectivos trabajos.

Yo llevaba mis veinte Rebeldes repartidos en los bolsillos interiores de mi vestón. La vía más directa para llegar a la Avenida España era bajar por la calle Camino Real donde se encontraba la planta telefónica de la C.T.C. En su entrada se encontraban por los menos tres marinos con cascos y armados como si fueran a un combate. En ningún momento pensé hacerles preguntas. La otra anomalía fue que constaté es que no habían transportes, por lo tanto regresé a mi casa. Escuché emisoras que no daban informaciones muy claras. Podría ser ya el golpe de Estado que se anunciaba, pero como confirmar que las radios que aún transmitían decían la verdad?

Por conciencia profesional y también política, decidí, como muchos lo hicieron, irme a mi trabajo a pié. Para ello me fui caminando por los cerros Esperanza, Los Placeres y Barón. Mucha gante lo hacía como yo, en la misma dirección. Entre ellos Juantok Yanctok, militante del MIR, detenido el 12 de septiembre y hasta el día de hoy desaparecido. Creo que el encuentro se hizo en el cerro Barón. Que yo recuerde, casi no nos hablamos.

En esa época, a la salida de la estación Barón, Av. España con Av. Argentina, comerciantes vendían frutas y verduras. Seguramente se habían instalado allí muy temprano y seguían vendiendo sus productos, a pesar de la presencia de marinos armados, los cuales aún no prohibían este comercio. (Es el mismo lugar donde sería detenido el 8 de mayo de 1975).

En ese lugar, yo y los que estábamos allí, fuimos testigos de que la represión hacia los trabajadores había ya comenzado. Pasó un bus de la ETC, Empresa de Transportes Colectivos del Estado, pero conducidos por un marino. Otros más se encontraban en el interior, pero sobretodo se veían civiles en los asientos destinados a los pasajeros. Uno de ellos, de una manera bien discreta, había colocado un papel en una ventana donde habían solamente tres letras, ’’KPD’’. Era el nombre de la fábrica de casas y departamentos donada por la Unión Soviética e instalada en la ciudad de Quilpué. Como pasaron, siempre en dirección al puerto, otros buses de la ETC, con civiles, tuve la impresión que todos los trabajadores de la KPD habían sido detenidos. Mucho más tarde, este hecho me fue confirmado.

Como era evidente que ese martes 11 los lugares de nuestros respectivos trabajos serían inaccesibles, decidí regresar a casa, siguiendo la misma ruta que de ida y conservando aún un ejemplar del Rebelde en mi vestón. Pero antes, siguiendo los consejos de una compañera de la Universidad que encontré en ese lugar, compré unas lechugas y otras verduras. Recuerdo que me dijo : ’’así tendrás una excusa por si te controlan, saliste hacer compras’’, pues, al parecer, ya habían anunciado ’’toque de queda’’ hasta el día siguiente.

No tuve ningún problema para volver y aún se veía gente en las calles. Además la presencia de uniformados armados se limitaba al paso de algunos vehículos, con ocupantes con actitudes amenazantes. Sin duda para mostrar que una nueva era estaba comenzando.

Creo que llegué a mi casa, en Recreo, después de la 11 de la mañana. Durante todo el día, a través de la pocas radios que transmitían, todas intervenidas, pude escuchar, como todos los chilenos, los acontecimientos bien conocidos : asalto y bombardeo de La Moneda, muerte de Allende, etc. A través de la TV se pudo conocer el rostro de los principales golpistas, es decir, los cuatro miembros de la Junta de Gobierno.

El día 12, sin toque de queda, decidí presentarme a mi trabajo. Como los transportes públicos aún no circulaban normalmente, hice una parte del trayecto a pié. Al pasar por el cerro Barón, desde donde se domina toda la bahía, me llamó la atención la presencia de una nave de gran tamaño con una inmensa torre en el medio y dos más bajas a ambos lados.

Me dio la impresión de que se trataba de antenas de comunicaciones. Solamente hace unos años, gracias a una revista publicada en Francia, conocí su nombre, ’’Glomar Explorer’’. Se trataba de una nave que fue construida por Estados Unidos con el objetivo de recuperar los restos del submarino soviético K-129, hundido accidentalmente al noroeste de las islas Hawaï, a 1500 metros de profundidad.

Por pura coincidencia, el buque espía norteamericano “Glomar Explorer” se detuvo en Valparaíso el 12 se septiembre de 1973. ’’Oficialmente’’ hizo escala para desembarcar a los pilotos chilenos que le permitieron atravesar el estrecho de Magallanes desde el océano Atlántico al Pacífico. Tal vez, antes de las 10 de la mañana ya estaba en el lugar de mi trabajo junto a mis compañeros empleados de la segunda Sección, alrededor de 40 personas. Más o menos la mitad era simpatizantes de la Unidad Popular el resto, por supuesto, opositores, aunque algunos se autocalificaban como ’’apolíticos’’. Pero no estábamos solos, pues había la presencia de marinos armados, tal vez para intimidarnos, o bien, para mostrarnos que ahora eran ellos quienes mandaban. De todas maneras, ese día nadie trabajó. Las actividades portuarias se reanudaron, pero muy lentamente, a partir del día

Como los jefes de cada sección eran designados políticamente, nuestro responsable era militante del partido Radical. No tuvo problemas, pero pocos días después fue remplazado por un funcionario abiertamente pro golpe. Es lo que sucedió en todas las secciones del puerto. El administrador del puerto era comunista. El día del golpe fue detenido y un capitán de la Armada, cuyo nombre no recuerdo, ocupó su lugar. Este no conocía gran cosa del funcionamiento de un puerto, pero, con la colaboración de empleados simpatizantes del golpe, comenzó una represión ’’administrativa’’ que pronto se transformó en física. Puedo citar el ejemplo del jefe de la Primera Sección, Alfonso Aracena, a quien conocía bien. Para todos nosotros, era militante comunista, aunque después tuve dudas pues al parecer era solamente simpatizante. Entonces su cargo era político.

Como todos nosotros, él se presentó a su lugar de trabajo. Los marinos, sin duda bien informados de su militancia, lo llevaron al interior de los almacenes donde se depositaban mercaderías. Lo que allí sucedió lo supimos más tarde a través de un sargento que se nos acercó a nosotros, es decir, a los de la Segunda Sección, y nos dijo más o menos esto ’’Al jefe le están dando duro, lo hacen transportar sacos al hombro de un lugar a otro, para enseguida recomenzar. Esto durante horas. Está totalmente aporreado’’. No nos dijo que lo estaban torturando, pero todos nos imaginaron que sí, pues eso ya era una tortura.

La inquietud se reflejaba en los rostros de nuestros compañeros sin distinciones políticas. Es evidente que se estaba estableciendo un clima de terror. El puerto estaba militarizado. Ya no habían carabineros que controlaban los accesos del puerto, ni vigilantes, ni detectives.

Antes del golpe el molo de abrigo, donde atracaban los buques de la Armada y que había sido un paseo público, era inaccesible para civiles ya antes del golpe. Ahora era todo el puerto que estaba bajo su control. Durante varios meses vehículos ocupados por marinos armados circularon por el interior de puerto, supuestamente vigilándonos o simplemente con el propósito de intimidarnos. En todo caso, actuaban con mucha prepotencia.

Después de varias horas de espera, nos anunciaron que al día siguiente las actividades portuarias serían reanudadas. Sin duda, a causa de mi militancia, muchos imaginaban que yo sería detenido. Pero, a pesar del soplonaje que comenzó a reinar, nadie me denunció.

Durante el tiempo de espera, casi nadie hablaba, salvo un compañero de apellido Bettancourt, quien criticó abiertamente el golpe. Alguien lo denunció, pues más tarde fue detenido. A los dos días regresó al trabajo con signos evidentes de que había recibido una gran paliza. Nunca contó que le había sucedido. Pero este hecho no fue un caso aislado. Al contrario. No tenía posibilidades de reconectarme con el Partido, pero mucho antes del golpe nos habían señalado que todos los militantes debían tener una ’’casa de seguridad’’, es decir un lugar donde refugiarse en caso de necesidad para evitar la represión. Esta no debía ser conocida por ningún miembro del MIR, ni familiares y amigos.

Yo tenía una amiga chilena, que nadie de mis relaciones conocía. Ella, casada con un danés, vivía en Dinamarca, pero antes del golpe, por razones familiares, se vino a vivir a Chile por un año. Para ello arrendó un departamento en el centro de Viña del Mar, muy bien ubicado. Antes del golpe la había contactado, diciéndole si podía acogerme en caso de necesidad. Ella no conocía mi militancia, pero accedió a mi demanda. Entonces, el día 12 en la tarde me fui a su departamento. Y por qué no me fui a mi casa si ya había decidido volver a mi trabajo ? La razón es que, si me detenían allí, habrían muchos testigos, en cambio en mi casa lo sería en la noche, teniendo como testigo solamente a mi familia.

Una vez en mi casa de seguridad tuve dos sorpresas. Una es que se trataba de una residencia donde vivían muchos oficiales de la Marina y por ello estaba custodiada por marinos que hacían rondas permanentemente. La otra sorpresa fue que ya habían dos personas en el departamento de mi amiga. Una señora con su hijo de unos veinte años a quienes nunca había visto. Inevitablemente supe que el joven era militante del Partido Comunista Revolucionario. Y por qué estaban allí ? Nunca lo supe. Tal vez por las mismas razones que las mías. Bien entendido, no había que hacer preguntas indiscretas.

En dicha casa creo que pasé unas seis o siete noches. Viendo que, por el momento en mi trabajo, no existía ninguna amenaza contra mi persona, decidí retornar a mi domicilio, señalando si, que en la población donde vivía todos mis vecinos conocían mi militancia. Mi primera tarea fue ’’limpiar’’ la casa de todo lo que pudiese comprometerme en caso de allanamiento. Fue lo que sucedió, pero solamente después que fuese detenido el 8 de mayo de 1975, sin que nada encontrasen en mi domicilio. El día 13 me presenté a mi trabajo a las 8 de la mañana. Los horarios de los dos turnos de actividades diarias fueron modificados (8 a 18 horas y 18 a 24 horas). A causa del toque de queda, el primer turno era de 8 a 14h30 y el segundo de 14h30 a 21 horas. Pero durante los primeros días se trabajó solamente hasta las 14h30

Como todos los portuarios, empecé a tener novedades visuales e informaciones que circulaban por vía oral, bastante diferentes a las que se recibían por radios, canales de TV y diarios como El Mercurio, todos controlados por los golpistas. Estos citaban los nombres de ciertos personajes públicos detenidos, pero no daban cifras de cuantos eran y donde estaban. Circulaban nombres de portuarios que, ausentes del trabajo, habrían sido detenidos. Al comienzo nadie podía imaginar que los lugares de arresto, interrogatorio y tortura eran muy numerosos en la región ; comisarías, locales de Investigaciones, regimientos, universidades, estadios como el de Playa Ancha.

Dos lugares se hicieron conocidos rápidamente : el Cuartel de la Armada Silva Palma, donde habían torturado a los marinos constitucionalistas, hoy desafectado, y la Academia de Guerra Naval, edificio demolido hace 5 años. Otros los pudimos observar desde el día 13 desde los muelles donde trabajábamos. Esto, frente al molo de abrigo donde habitualmente estacionaba la escuadra. Al comienzo de éste, sólo estaba atracado el buque-escuela Esmeralda que recientemente había regresado de un viaje al extranjero. No recuerdo quien me entregó la información, pero pronto supe que en esa nave habían mujeres detenidas y que sin duda estaban siendo torturadas. Una de ellas, que me fue citada, se llamaba Angélica que yo conocía. Era compañera del MIR y estudiante de la Universidad Católica. Mucho más tarde se supo que en dicho buque fue asesinado el cura Woodward, hasta hoy día desaparecido? Sin duda víctima de las torturas que sufrió.

Antes del 11, cerca de la Costanera, se encontraba un buque mercante de la Compañía Sudamericana de Vapores. Estaba de ’’para’’, esperando ser reparado, pues un incendio había dañado sus máquinas. Se trataba del Lebu, construído en Francia en 1956. Mucho más tarde se supo que, posiblemente antes del golpe, sus propietarios lo habían ya puesto a disposición de la Armada para ser empleado como prisión flotante y para torturar detenidos.

Seguramente el mismo día 11, o tal vez el 10 en la noche, el Lebu fue amarrado al molo. Desde el día13 lo podía ver a una distancia de alrededor de 300 o 400 metros. La distancia era inferior hasta la Esmeralda, pues se encontraba atracada al comienzo del molo a través del cual circulaban constantemente vehículos militares, autos, camiones e incluso buses de la ETC. Obviamente que en ellos se transportaban detenidos. Pienso que los trabajadores de la KPD fueron los primeros en ser encerrados en dicha nave.

Habiendo trabajado en buque mercantes sabía que las condiciones de detención debían ser muy difíciles, pues estas naves tienen acomodaciones para no más de cincuenta tripulantes. Me imaginé bien que los prisioneros eran encerrados en las bodegas destinadas a las mercaderías transportadas. Algunos días más tarde, el Maipo, otra nave de la Cía. Sudamericana, atracó a proximidad del Lebu. Hacía pocos días que éste había llegado desde América del Norte y una vez su cargamento desembarcado, también fue empleado como prisión flotante, para torturar detenidos y como transporte de prisioneros entre Valparaíso y Pisagua. Si mal no recuerdo hizo dos o tres viajes con este fin. Algunos conocidos míos, involuntariamente, viajaron en dicha nave. Uno de ellos era empleado de un agente de Aduana, trabajando en el interior del puerto. Políticamente era demócratacristiano. Es posible que se haya tratado de un error o bien, fue víctima de una denuncia. No hay que olvidar que, durante varias semanas, el canal de TV de la Universidad Católica de Valparaíso mostraba en las pantallas dos números de teléfono para llamar y hacer denuncias anónimas. Tal vez algunos llamaban para denunciar gente por motivos otros que políticos.

En todo caso, pronto estuvo de regreso a Valparaíso, pero nunca contó lo que realmente le había sucedido. Evidentemente la experiencia lo dejó traumatizado. Lo mismo sucedía con todos los que eran detenidos, pero pronto liberados. Menos contaban detalles de las torturas que habían sufrido.

Recuerdo que el nombre de la nave atracada al sitio N° 2 donde trabajaba era ’’Theodor Fontane’’, pero en el sitio N° 3 estaba atracado un buque de Alemania del Este, cuyo nombre no recuerdo, arribado a Valparaíso antes del 11. Ese mismo día 13 pudimos observar un grupo de gente de la Marina, entre ellos algunos equipados para bucear, a proximidad de la nave. Bastante extraño. Pero, que es lo que los buzos buscaban bajo dicha nave ? Nunca se supo, pues, aparentemente, no encontraron nada. Los rumores que circulaban indicaban que, el día 11, los tripulantes habrían arrojado cajones con armas destinadas a las milicias del Gobierno de Allende. Seguramente los tripulantes fueron interrogados y la embarcación registrada hasta el último rincón. Una nave extranjera en puertos chilenos no beneficiaba de inmunidad. Es el caso hasta hoy día. No hay que olvidar que ya se hablaba del Plan Z y los fantasmas entre los golpistas eran numerosos en esos días.

Hace pocos años atrás tuve conocimiento de que un capitán de la Marina que comandaba un buque de la Armada fue detenido pocos días después del Golpe, interrogado y licenciado. La razón : su incapacidad para detener un buque mercante cubano que escapó del puerto el mismo día 11. Lo que recuerdo es que habían muchos buques esperando muelles para descargar mercaderías y es posible que uno de ellos haya sido uno cubano.

En el interior del puerto nuestros guardianes, los marinos, se comportaban como un ejército enemigo en un país que acababan de ocupar, con actitudes de desprecio hacia todos los que no vestían uniforme, es decir, los vencidos. Esto era más notable entre los marinos jóvenes, sobretodo los oficiales.

Habitualmente existían cuatro entradas para acceder a los recintos portuarios. Todos los que trabajaban allí, públicos o privados, poseían una tarjeta profesional, con foto y datos personales. Los que controlaban la entrada eran vigilantes de EMPORCHI, carabineros y también aduaneros, pero estos últimos se ocupaban de controlar lo que se transportaba al momento de salir. Por ejemplo, los marinos mercantes extranjeros salían con objetos que, con frecuencia, debían pagar derechos de Aduana. Pues bien. Con el golpe todo cambió. El personal de dichas entradas fue suprimido y un solo acceso fue conservado que era al mismo para salir. Así, los marinos se transformaron en controladores y aduaneros.

Para mejor controlarnos, la tarjeta de identificación profesional debía ser depositada en mesas con numerosas cajas correspondientes a las diferentes ramas de trabajos o empresas. Como los de EMPORCHI éramos más numerosos, nuestra caja era más voluminosa.

Al salir del puerto cada uno debía recuperar su tarjeta. Si alguien no la encontraba para poder salir, significaba que lo arrestarían. Este sistema permitía a la represión de ahorrar tiempo buscando a alguien de manera discreta, pues el puerto es grande y en la época habían lugares donde ocultarse, al menos, por un tiempo limitado.

Los que eran detenidos en el momento de salir era encerrados en un contenedor o container, de aquellos empleados para transportar mercaderías.

Alguna compañía naviera debe habérselo cedido generosamente a la gloriosa Armada de Chile. Como los contenedores son metálicos, cuando hace calor, la temperatura puede llegar a ser insoportable. Para las necesidades fisiológicas nada estaba previsto en su interior. En resumen, el puerto se había transformado en una verdadera trampa.

Cuando salíamos, era frecuente escuchar voces desde el contenedor que confirmaban que gente allí estaba detenida. Recuerdo que una vez pasé un gran susto, pues no encontraba mi tarjeta. Alguien me la había tomado y depositado en una caja que no correspondía a mi profesión. Como habían, tal vez, más de mil tarjetas, esto me significó unos quince minutos de búsqueda. Este sistema de control fue suprimido a fines de 1973. Pero las cuatros entradas tradicionales continuaron a ser controladas por marinos.

No recuerdo bien si fue ese mismo día 13 o si fue el 14 que me encontré con Nelson Cabrera (muy conocido como Neco, fallecido el 18 de abril último), trabajador portuario y militante de nuestra base ’’Orilla’’. Por supuesto, nos alegramos de constatar que, siendo ampliamente conocidos como militantes del MIR, nadie nos había denunciado cuando otros portuarios militantes de partidos políticos de la Unidad Popular habían sido delatados como tales. Algunos eran detenidos y otros eran simplemente convocados por la nueva Dirección para notificarles que eran licenciados a causas de sus ideologías consideradas peligrosas para la Empresa y el nuevo régimen.

Concluimos que seguramente nos consideraban como ’’miristas buenos’’, es decir, no peligrosos. De todas manera, en esos momentos, estábamos en la incapacidad de responder. Simplemente no teníamos los medios ni las infraestructuras para ello. A pesar de que el golpe no fue una sorpresa para nadie, no habíamos tomados las medidas para comenzar un funcionamiento clandestino como partido.

Para los que conocen Valparaíso saben que, a proximidad del puerto, entre la plaza Echaurren y la plazuela Aduana las calles aledañas no son más de seis. Como muchos porteños circulan por allí, es fácil encontrarse con conocidos. Con Neco nos dijimos ’’cuando salgamos del trabajo veamos si encontramos algunos conocidos y ver que podemos hacer’’.

No recuerdo si fue el 13 o el 14, que en dicho lugar encontramos a varios miristas con el pelo corto, sin bigotes. Por supuesto eran reconocibles fácilmente. En ese perímetro era fácil, en caso de control, pretextar estar esperando una micro, pues, en el sector llamado de la ’’Aduana’’, circulaban transportes hacia todos lo cerros de Valparaíso, Viña y hacia las comunas del interior.

Alguien comunicó una dirección en el cerro de Playa Ancha, donde se haría una reunión con militantes de otros partidos políticos para el día 14 hacia las 4 o 5 de la tarde. Sin tomar muchas precauciones, todos llegamos a la hora fijada. En el salón de una pequeña casa éramos 14 miembros de varias tendencias. Por lo menos tres éramos del MIR : yo Neco y otro al cual le decíamos ’’el Barba’’, aunque ahora ya no la tenía. La reunión duró poco tiempo. No recuerdo que se hayan tomado grandes acuerdos a nivel de base. No contábamos con la presencia de dirigentes de partidos. Eso sí, reconocimos que la lucha contra la dictadura iba ser larga y muy difícil. En esos momento ya sabíamos que, un quiebre en el seno de las Fuerzas Armadas era imposible. Los constitucionalistas habían sido barridos en su interior por los golpistas.

Al término de la reunión se habló vagamente de hacer otra, si la situación lo permitiera, en un lugar y fecha no determinados. Por supuesto, ello nunca ocurrió. Históricamente, para mí, esta fue la última reunión política a la cual participé. También debe haber sido el caso para los otros participantes. Lo positivo fue, que a pesar de que fuimos numerosos al entrar y salir de dicha casa, nadie nos denunció. Los que vivimos aquella época sabemos que las delaciones de vecinos fueron bastante frecuentes. En un mismo barrio todos sabían quien era quien.

Hace solamente unos diez años supe por Neco, que la casa era de un miembro del Partido Comunista que laboraba en Correos de Chile como cartero. Supe que nunca fue detenido. Entonces, los aparatos represivos nunca tuvieron idea de esa reunión.

A su término, yo me fui directamente a mi ’’casa de seguridad’’ en Viña, llegando allí hacia las seis de la tarde. Por esta razón, de la famosa ’’balacera del 14’’, solamente el día 15 me enteré de detalles de lo ocurrido. Pero hasta hoy día subsiste el misterio sobre quienes participaron. Tal vez militante de partidos de la U.P. Que yo sepa, nadie del MIR estuvo allí presente. Por qué nadie, hasta hoy día, se ha identificado como participante de la única acción ofensiva contra los golpistas?. Su aspecto mítico se trasluce a través de varios escritos publicados mucho más tarde que no entregan precisiones ni nombres de participantes.

Lo concreto es que El Mercurio publicó una información al respecto que anunciaba la muerte de veintidós ’’terroristas’’ muertos en dicha acción’’. Hoy se sabe que hubo tiroteos entre miembros de la Fuerzas Armadas que habrían provocado esas muertes.

Personalmente, hace varios años, en el cementerio de Playa Ancha vi las tumbas de dos cadetes de la Escuela Naval fallecidos el 14 de septiembre del 73. En la torre de la Escuela de Medicina de Playa Ancha se podían observar impactos de balas en su parte superior. Más tarde se dijo que allí hubo un francotirador. Puede ser que los marinos dispararon hacia la torre imaginando que ello era efectivo.

En la antigua Intendencia, frente al monumento a Prat, que para el golpe era la sede de la comandancia de la Primera Zona Naval, habían miembros del Ejército y de la Fuerza Aérea. Yo tenía un colega de trabajo, cuya mujer era empleada del Ejército, con el grado de suboficial. Su actividad profesional se desarrollaba en dicho edificio. No se encontraba allí en el momento del tiroteo. Pero al día siguiente le contaron que, el viernes catorce, un automóvil pasó disparando hacia la ex intendencia, lo que produjo un gran pánico entre los marinos que casi se cagaron de susto. Esto me lo dijo su marido. Creo que esto fue verídico. Aunque nunca conocí otros detalles de esta casi mítica acción.

Un hecho que nunca he olvidado ocurrió en el primer o segundo día de retorno a nuestras actividades laborales. Me encuentro frente a frente con un colega, militante del Partido Radical, sin saludarme, muy enojado me dice : ’’Ustedes tienen la culpa de todo’’, es decir el MIR. No era el momento de entablar una discusión política con él, así que preferí no responderle. En cambio, otro colega de su partido me dijo ’’y ahora que van hacer ustedes ?, (es decir los miristas). Le dije que, primero teníamos que reorganizarnos de manera clandestina. Para ello teníamos que adoptar normas de seguridad para resistir la represión. Le dije que íbamos a necesitar ’’ayudistas’’. Estuvo de acuerdo en colaborar. Así que, durante más de un año fue mi enlace que me permitía comunicarme con la estructura partidaria de la cual dependía orgánicamente. Esto se hacía con el empleo de ’’barretines’’, es decir, documentos que eran disimulados en objetos de diversa índole, como cajetillas de cigarrillos, paquetes de galletas, etc. Esto es parte de otra historia que escribiré más tarde.

Recuerdo que, a fines de septiembre, un obrero movilizador, término que designaba a los trabajadores manueles de EMPORCHI, del cual sabía que militaba en el Partido Comunista, me habló para decirme : ’’Ahora tenemos un enemigo común y tenemos que unirnos para luchar’’. Yo le respondí que estaba totalmente de acuerdo. Pero al parecer su partido no, pues más tarde lo vi varias veces, pero nunca más me evocó el tema de la unidad. Era aún muy pronto para ello y la desconfianza era muy grande. No hay que olvidar que antes del golpe éramos acusados de ser agentes de la CIA.

En 1974 hubo una gran represión hacia el PC en toda la región. Militantes comunistas fueron detenidos en el interior del puerto, pero este compañero pudo escaparse. Supe más tarde que obtuvo el asilo político en Inglaterra.

Entre septiembre y diciembre nuestra principal tarea fue reconstruir el partido. Numerosos militantes habían sido detenidos. Otros eran buscados. Otros, como yo y Neco, estábamos pasando piola. Pero dos miembros de la base Orilla habían sido detenidos. Uno, denunciado por un vecino que era sargento en la Marina, estuvo en el Lebu. Una vez liberado, lo encontré casualmente en la calle. Me dijo que no podía volver a su trabajo como estibador y que había decidido embarcarse como tripulante en un buque mercante extranjero. La consigna ’’el MIR no se asila’’ aún no estaba de actualidad.

El otro compañero de nuestra base que estuvo en el Lebu fue detenido porque, por razones profesionales había trabajado, en la misma oficina de EMPORCHI, con uno de los responsables regionales del MIR y que era muy buscado desde el mismo 11. Se trataba de Mario Calderón, hasta hoy desaparecido, figura en la lista de los ’’119’’. Su colega, también militante del MIR, liberado desde el Lebu, decidió retornar a Antofagasta, su ciudad de origen.

Inimaginable reconstituir nuestra antigua estructura. Aunque, por razones laborales, a menudo me encontraba con Neco, en la clandestinidad, los dos militábamos de manera compartimentada, hasta que fuimos detenidos en 1975, pero sin ninguna relación orgánica entre nosotros.

Por mi parte, yo comencé un trabajo político, en el interior del puerto, dirigiéndome solamente a gente que ya conocía antes del golpe y que me identificaban como mirista. Por razones de seguridad, tenía que ser muy cuidadoso al hablar, pues los de izquierda, en el interior del puerto trabajábamos con simpatizantes de la Junta Militar. Muchos de ellos eran simplemente oportunistas que pretendían ocupar puestos de responsabilidad en la nueva administración encabezada por marinos. Es decir, eran arrastrados o chupamedias. Pero en la jerga portuaria el término empleado era ’’coletero’’.

Hubo el caso de un colega, con el cual nunca trabajé, que llegó al puerto vestido con uniforme de oficial, pues era reservista de la Fuerza Aérea. En otras circunstancias, muchos se habrían reído de él en su propia cara. De ninguna manera en esos momentos.

Recuerdo haber visto el Lebu, siempre atracado al molo de abrigo, hasta comienzos del mes de noviembre. Es decir, esta nave continuaba funcionando como prisión flotante. No recuerdo bien, pero fue tal vez a fines de noviembre que, otro buque, también propiedad de la Cía. Sudamericana, atracó (o acoderó como se dice en términos marítimos) a proximidad del Lebu. Era su gemelo llamado Andalién, igualmente construído en Francia en 1956. La diferencia con el Lebu era que se encontraba en buen estado y siempre comercialmente activo.

La razón fue conocida rápidamente. El Andalién debía tranportar prisioneros políticos provenientes de lugares de detención en Santiago, y sin duda, los que aún se encontraban en el Lebu, entre Valparaíso y Antofagasta. Según Manuel Cabieses, director de Punto Final, dicha nave transportó quinientos prisioneros políticos. Desde ese puerto fueron dirigidos hacia la antigua oficina salitrera de Chacabuco, (ya declarada monumento nacional), transformada en un nuevo campo de concentración. Otros prisioneros fuero trasportados hacia el Norte en aviones de la FACH. ’’’’Andalién’’. Nave empleada para transportar prisioneros desde Valparaíso a Antofagasta en noviembre de 1973. Todos destinados al campo de concentración de Chacabuco.

Hace un par de años recibí, por internet, un correo con copia de un calendario del año 1974, de aquellos ilustrados con fotos de paisajes para cada mes del año. En este caso se trataba de uno con doce fotos de Valparaíso. Una de ellas mostraba el molo de abrigo con el Andalién atracado en ese lugar. No hay ninguna duda que el fotógrafo, tal vez involuntariamente, hizo la foto desde el conocido, para los porteños, Paseo 21 de Mayo. Por los datos que he indicado, no hay ninguna duda que ello ocurrió en el mes de noviembre del 73. Pura coincidencia, pues el Andalién estuvo en ese lugar por un tiempo muy breve. Otro detalle curioso. Desde dicho paseo, en esa época estaba prohibido fotografiar hacia el puerto a causa de la presencia en el puerto de buques de guerra de la Armada. Esta prohibición existió hasta el término de la dictadura en 1990. Por esta razón pienso que el fotógrafo debió previamente obtener una autorización de la Marina.

Por una gran casualidad, hacia las 18 horas de un día de noviembre, que no puedo determinar, fui testigo de este hecho. Me encontraba en la Avenida Argentina de Valparaíso por donde deben circular todos los vehículos provenientes de la capital. Por ese motivo pude ver el paso de varios buses de la ETC con civiles en su interior, escoltados por vehículos militares. Ninguna duda de que se trataba del transporte de prisioneros políticos que eran conducidos hacia el Andalién para en seguida llevarlos hacia el Norte. La exposición itinerante sobre el buque prisión flotante que hoy recorre algunos lugares del país, incluye una maqueta del Lebu y numerosas fotos, entre las cuales una del Andalién cuando estaba atracado en el molo en noviembre de 1973.

Yo y Neco, teníamos la preocupación de cómo reconectarnos con nuestro Partido. En el barrio del puerto, (como todo el mundo denominaba el plan de Valparaíso para diferenciarlo de sus cerros), no era raro cruzarse con militantes o simpatizantes del MIR, pero, cómo saber si ya habían sido detenidos ? De ellos empezamos a conocer algunos nombres de algunos que se encontraban detenidos o que habían sido liberados.

Por medidas de seguridad, al verlos en la calle, no nos hablábamos, salvo, y no siempre, de tener la certitud de que no habían tenido problemas. Creo que en octubre o noviembre del 73 ya se empleaba el término ’’porotear’’, es decir, un detenido, de cualquier partido, era sacado a un lugar céntrico para caminar solo, pero discretamente seguido por miembros de los aparatos represivos. Si alguien le hablaba o, simplemente lo saludaba, podía ser arrestado como sospechoso. Hoy sabemos que esta técnica les daba resultados.

Varias veces me encontré con camaradas conocidos en la calle o en buses, sin hacer gestos, indicando que me fuesen conocidos. Misma reacción de la parte de ellos hacia mí.

Supimos el caso de un compañero liceano, al cual todos lo conocíamos por su sobrenombre : ’’el Conejo’’, que había sido detenido en la Academia de Guerra Naval. Muy torturado, en un momento de descuido de sus captores, se arrojó por una ventana de un tercer o cuarto piso. Gravemente herido, más tarde fue liberado. Un día lo encontré en pleno centro de Valparaíso. Vi que había quedado con secuelas, pues cojeaba notoriamente. Después de un breve saludo se despidió, con el puño de su mano derecha bien cerrado, casi gritando me dijo ’’hasta la victoria siempre’’. Un gesto irreflexivo. Más tarde me dijeron que, aparentemente, había quedado con secuelas psíquicas. Estuvo refugiado en Dinamarca, retornando más tarde al país. Falleció hace unos dos años.

A fines de octubre, Neco me dijo que había un contacto con el Partido. Yo debía ir a almorzar a un restaurante del barrio del puerto. Allí debía encontrarme con Carlos Díaz Cáceres, a quien conocía desde 1969. Su chapa era Agustín. Pero no llegó e ignoré la razón. Este compañero falleció accidentalmente, me parece, en 1982.

Solamente en enero de 1974 fui integrado orgánicamente al MIR. Neco igualmente, pero siempre militamos en estructuras diferentes del Partido. Otros acontecimientos sucedidos en el puerto, de los cuales fui testigo directo, conciernen la Armada y que demuestran como sus miembros usufructuaban de los bienes del Estado. Es bien conocido que los marinos confiscaron los vehículos que eran propiedad del Estado para uso personal. Lo mismo sucedió con los automóviles de los detenidos. Pero también confiscaron un buque de EMPREMAR (Empresa Marítima del Estado). Sus naves transportaban carga y pasajeros a lo largo del país. Sobretodo en regiones con pocas o mediocres comunicaciones , como Chiloé, Aysén y Magallanes. Se trataba de un servicio público, como Ferrocarriles del Estado, sin objetivos de lucro. Por lo tanto, las tarifas practicadas eran sumamente baratas.

Como los camiones que iban a Punta Arenas debían pasar por Argentina, para evitar esta situación, EMPREMAR adquirió en Noruega un ferry-boat o transbordador. El objetivo era transportar vehículos por vía marítima entre Puerto Montt y Punta Arenas.

Bautizado con el nombre de ’’Puerto Montt’’, el uso al cual fue destinado nunca se realizó. En realidad, la Armada lo empleó para paseos de oficiales con sus familias. Nunca supe si los suboficiales y tropas con sus familias tenían también este privilegio. En todo caso, la segregación social es una regla bien implantada en todas la Fuerzas Armadas. Todos los portuarios éramos testigos de estos paseos. Varios días a la semana el ’’Puerto Montt’’ salía del puerto en la mañana para regresar en la tarde. Otros de los privilegios concernían los artículos suntuarios importados que debían pagar derechos de Aduana, muy elevados en el caso de los automóviles. Pero, en el caso de los marinos, después del golpe, esto no fue así.

Desde la independencia del país, para la Armada, el Estado compraba naves de guerra de segunda mano, o bien las hacía construir, sobretodo, el Inglaterra. Para que llegasen al país, las tripulaciones, escogidas entre los mejores calificados, debían viajar al extranjero, ganando excelentes viáticos además de sus sueldos. La permanencia podía durar varios meses, pues, como se trataba de embarcaciones no conocidas, debían adquirir nuevos conocimientos y entrenarse.

El gobierno de Allende adquirió dos buques de guerra en Inglaterra. Antes del golpe, las tripulaciones designadas hicieron el viaje a dicho país. Normalmente, cuando una nueva nave llegaba al país, sus tripulantes podían importar artículos suntuarios, pero de un valor limitado. Si eran muchos, tenían que pagar derechos de Aduana como todo ciudadano llegando desde el extranjero. Inimaginable importar un automóvil. Pero, después del golpe, esto cambió radicalmente.

No recuerdo la fecha, pero fue tal vez a fines del 73 que, a proximidad del lugar donde laboraba, atracó un buque arrendado por la Armada. Antes que llegase, pocos sabían que su arriendo, siempre de un costo muy elevado, fue destinado exclusivamente a transportar autos. Todos fuimos testigos de este hecho, pues pudimos ver como eran desembarcados unos 250 automóviles. Todos con el volante al lado derecho.

En esa época, supimos que los marinos no pagaron derechos de Aduana. Antes del golpe, se podían adquirir solamente vehículos armados en Chile. El que compraba uno nuevo en el extranjero, para internarlo tenía que pagarle a la Aduana un doscientos por ciento de derechos sobre el valor de compra. Es decir, si el costo había sido de 10000 dólares, al Estado debía pagarle 20000 dólares. Existían excepciones solamente para las provincias de Tarapacá, Chiloé, Aysén y Magallanes. También para los diplomáticos y agregados militares que regresaban al país.

Estaba claro que los nuevos amos del país se estaban dando privilegios que ningún ciudadano podía tener en Chile. En 1974 llegó al país otra nave, que venía de Inglaterra, con un cargamento similar. Es decir, otros 250 autos fueron importados sin pagarle al Estado ni un veinte de derechos de Aduana. En todos los puertos del mundo siempre han existido los robos de mercaderías de valor. Valparaíso no era una excepción y todo el mundo la sabía. Los marinos también. Antes del golpe, para combatirlos, existía un personal de vigilantes de EMPORCHI, Carabineros que circulaban de civil y una unidad de Investigaciones compuesta por cuatro detectives. Si mal no recuerdo, ella se denominaba ’’Servicio de Investigaciones y Represión de Delitos Portuarios’’. Esta fue disuelta antes del golpe, pues su comportamiento no fue muy honesto. A partir del once, vigilantes y carabineros, con o sin uniforme, cesan en sus funciones. Solamente hay marinos.

Con el golpe, todos pensamos que los robos se terminarían. Pero no fue así, porque ahora, los nuevos ladrones vestían uniforme. Durante el día y la noche patrullaban vehículos, habitualmente con cuatro o cinco tripulantes, entre ello un oficial. Por supuesto, en la noche no habían civiles. Entonces, sin testigos presentes otros que los marinos, se supo que en las noches habían efracciones de cajones con objetos de valor. Una noticia circuló rápidamente entre los portuarios. Un teniente y sus subalternos, miembros de una patrulla nocturna, habían sido detenidos acusados del hurto de una gran cantidad de hojas de afeitar de la marca Gillete, muy conocida en la época. Los envoltorios estaban ilustrados con una publicidad relacionada con el Mundial de Fútbol de 1974.

El error que cometieron estos uniformados fue de venderlas a un reducidor que a su vez las vendió a pequeños comerciantes del barrio del puerto. Esto lo supieron los importadores oficiales que hicieron la denuncia por robo de mercaderías de las cuales ellos tenían la exclusividad para comercializarlas en todo el país. La prueba del robo es que la mayor parte de las hojas de afeitar estaban aún almacenadas en los depósitos del puerto, esperando el término de los trámites de internación. Los importadores tenían que pagar primero los derechos de Aduana correspondientes y después retirarlas de los recintos portuarios para su distribución y venta a nuestros conciudadanos, ya no tan barbudos como antes.

Más tarde circularon rumores que indicaban que, al interior del puerto, se había visto, el ahora famoso teniente, nuevamente patrullando como antes. Lo que hacía pensar que tal vez, en estas indelicadezas mencionadas, hubo complicidad de oficiales superiores. Tengo muchos recuerdos de este período, pero la mayoría de ellos no están muy bien conservados en mi memoria. Otros, seguramente, los he olvidado totalmente.

Obviamente, esperé mucho tiempo para redactar este relato que, como lo indiqué al comienzo, está compuesto por recuerdos exclusivamente personales.

LUIS CAMPOS

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