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Septiembre en mi memoria. Por Gustavo Gac-Artigas

¿Dónde está septiembre? Para ser más preciso, ¿dónde está mi septiembre?, ese septiembre tan corto en sus 30 días, tan largo en los recuerdos, ese septiembre, mi septiembre, de juegos infantiles, de risas canto de alegría, de cometas subiendo a jugar con las nubes en el cielo.

Ese septiembre en el sur del Sur, en Chile, deslizándose entre las montañas y el mar, ese septiembre que mojaba sus pies en las olas del océano Pacífico y que paseaba arriba en la cordillera buscando el sueldo de Chile, el sueldo para alimentar el sueño de un Chile más justo, para comprar un medio litro de leche, ¡qué tesoro!, para mojar los labios de nuestras niñas, nuestros niños.

Hermoso septiembre, horrible septiembre resumido en un día, cómo hacer saltar de mi memoria ese día, un 11 de septiembre, 49 años atrás.

Allá, en mi lejano Chile, allá, arriba en la cordillera, un 11 de septiembre del año 1973, un 11 de septiembre que como el teatro de la vida comenzó un día 10 cuando los trabajadores de la mina de cobre de Chuquicamata a las 8 en punto de la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse para dar paso a las estrellas —a las estrellas, no a la noche oscura que se abatió sobre mi país— comenzaron a llenar los asientos del teatro para asistir a lo que fue la última presentación de mi grupo, el Teatro Experimental del Cobre (TEC), conformado por trabajadores, hijos e hijas de trabajadores de la mina de cobre El Teniente.

“Libertad-Libertad,” rezaba el afiche.

Los volantines dejaron de volar por los cielos de Chile, aviones de guerra comenzaron a cruzar los cielos de Chile. Aviones de muerte comenzaron a elevarse en los cielos de Nueva York.

¿Dónde está septiembre?, me pregunté.

Depende de dónde me encontraba, y del año en el cual me encontraba.

Dos memorias se entrecruzan en mi mente, ese día 10 en que salí a presentar a mi grupo a las 8 de la noche arriba en la cordillera, y ese día en que un 11, comencé a temblar por mi hija, por mi hijo, por mi señora, mientras el humo oscurecía el cielo de Nueva York y regresaban a mi mente las imágenes del pasado confundidas con las imágenes del presente.

Hoy, 49 años más tarde, los volantines se elevan danzando en el cielo de Chile, ¡oh!, no todo es fácil, no todo es alegría, no todo son sonrisas, aún quedan nubes que intentan oscurecer el cielo y borrar las sonrisas de nuestras niñas, de nuestros niños, elevando sus volantines o un modesto chonchón hecho de una página de diario, pero no son aviones de muerte, son simplemente nubes de un 10 de septiembre del año 2022, nubes que pueden transformarse en negros nubarrones de un 11 de septiembre si no estamos atentos.

El 11 de septiembre, escalando hacia la noche, dos columnas de luz se elevarán en Nueva York para recordarnos que los 11 de septiembre existieron, que no podemos olvidarlos, que en el cielo deben brillar las estrellas y no negros los nubarrones del odio y la injusticia.

El 11 de septiembre estaré triste, 49 años de tristeza, y sin embargo una brisa de esperanza corre allá lejos, arriba en la cordillera, mientras un humilde volantín eleva vuelo y una sonrisa se dibuja en mis labios.

Gustavo Gac-Artigas es escritor, poeta y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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