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Sergio Coronado: “No hay que dejarle a la institucionalidad el manejo del momento constituyente” entrevista realizada por Emmanuel Farías Carrión

Sergio Coronado fue diputado de la Asamblea Nacional de Francia. Nació en Osorno en mil novecientos setenta, y a sus cortos tres años ya conoció el exilio. Él y su familia se refugia en Argentina para finalmente llegar a Francia donde obtuvo su nacionalidad. Cuando hago el primer contacto antes de coordinar la entrevista para presentar los objetivos de la conversación, me dice que está viendo la posibilidad de realizar una actividad en París para el veinticuatro de octubre con el fin de rememorar la fecha en que Allende fue reconocido por el congreso como Presidente de la República. Inmediatamente pienso cómo octubre nos sigue, como si la historia tuviese un capricho democrático con nosotros.

En esta entrevista, Sergio aborda el plebiscito y el futuro de la convención constituyente, la resistencia de la derecha, y mira las similitudes de los chalecos amarillos franceses con el estallido social chileno. Desde una mirada bastante crítica, dirá que el plebiscito no es garantía de una carta magna de derechos. El espíritu democrático según él estaría en la capacidad de no dejar a rienda suelta a la institucionalidad chilena.

P: ¿Cómo viste desde Francia el levantamiento del 18-O, el estallido social?

R: Me llamó mucho la atención la rapidez con la cual finalmente la movilización se amplifica, toma una dirección casi insurreccional y con un apoyo popular muy grande. Siendo observador muy cercano de la realidad chilena, me sorprende un país donde la derecha ganó la última elección presidencial, un país que tiene una relación al orden como paz social tan metida en su ADN y, a pesar de los enfrentamientos, de las violencias, de los disturbios, tenga un apoyo popular tan importante, tan rotundo y tan radical. Eso me interroga mucho. Un día después hice un pequeño análisis en mi página Facebook tratando de dar a entender lo que estaba pasando, diciendo que lo que se cuestiona y lo que se combate es claramente - consciente o inconscientemente - el modelo heredado de la dictadura, ese modelo de pobreza y de desigualdad, donde se presenta un país con un modelo económico en el cual no existe ninguna relación con lo público, donde todo es un bien de pago (la salud, la educación, etc.). A partir de un problema de salud pública impresionante como la obesidad y las enfermedades crónicas, de un modelo de desarrollo sustentable que no existe, hice un pequeño análisis de dos o tres página. Chile despertó: no son los treinta pesos, son los treinta años. Me sorprende porque el interés por Chile en Francia es aún muy vigente. Creo que esa página se compartió como doscientas veces y con cuentas que tienen cinco mil seguidores, incluso veinte mil seguidores. O sea la capacidad de irrigación fue muy rápida. Lo que me interesó además, como segundo factor - el cual considero aún más interesante -, es una movilización social masiva, popular, sin ningún tipo de participación institucional de partidos o de sindicatos que pudieron haber jugado un papel importante.

P: ¿La ausencia de una participación institucional juega a favor, en contra?

R: Considero que los estados liberales (sobre todo desde hace diez a quince años) hoy estados neoliberales, y por tanto autoritarios, tienen como consecuencia una participación política ciudadana donde el voto pierde mucho su importancia para una parte importante de la población. O sea, tú votas y no cambia nada. Son las mismas políticas, con actores distintos pero las mismas clases sociales, gente que sale de las mismas universidades, que tienen un perfil sociológico muy parecido. Entonces tienes una democracia imperfecta, donde no hay cambios reales, donde X reemplaza a Y pero sin que cambien el rumbo y la dirección de las políticas que se llevan a cabo. Acabamos de vivir en Francia el movimiento de los chalecos amarillos, que se inició en dos mil dieciocho (un año antes que lo vivido en Chile) y tiene características iguales o muy parecidas. Es una protesta que nace a partir del aumento del precio de la gasolina. Entonces desde el poder, el gobierno y los medios de comunicación, se trató presentar a esos manifestantes, a esos ciudadanos que protestaban como racistas, incultos, que no tenían ningún interés en la transición ecológica, egoístas y responsables de la crisis climática. ¿Y qué vemos durante todo el dos mil dieciocho en Francia? Clases desfavorecidas, que no tienen otra opción de movilidad que el automóvil, y que protestan contra una medida de aumento del precio de los combustibles. Esa medida iba a llevar al presupuesto estatal veintinueve millares de euros, y menos del veinte por ciento de esa suma iba a ser utilizada en dirección de la transición de políticas sustentables. El resto de esa suma finalmente iba a compensar la política fiscal de este gobierno a favor de las clases más favorecidas. Emmanuel Macron suprimió un impuesto a las grandes fortunas. Eso tiene un costo político y económico, y este costo económico lo compensó el aumento de la gasolina, y lo pagaba esa población de las periferias, gente de clase media-baja o ya en la frontera de la pobreza.

Para el caso de los chalecos amarillos franceses, fue una movilización masiva, sin sindicatos, sin organizaciones sociales, sin traducción política, lo que representó a su vez una fuerza y una debilidad. Fuerza porque eso le dio una potencia impresionante, una potencia que no se ha ido frente a la represión policial, que no se dividió, que no trató de negociar y que no se trató de pactar. Se enfrentó a esa movilización sin liderazgo, pudo enfrentar la represión policial y la cual obtuvo diecisiete millares de euros. Hay gente que dice que esa movilización tuvo muchos defectos, una de las debilidades que tuvo fue no tener líderes, porque la representación le hubiese dado una salida política. Pero bueno, ¿qué salida política le hubiese dado? ¿quién puede nombrar un movimiento en Francia que haya ganado y haya obtenido diecisiete millares de euros? Yo no conozco.

Cuando nace o se desarrolla un movimiento de esa naturaleza, de esa potencia, de esa popularidad, es claro que no tenga nada que ver con la representación institucional organizada en una democracia neoliberal. Donde además sindicatos, partidos políticos y organizaciones sociales finalmente terminan jugando el juego de la gobernabilidad. Entonces: ¿cómo ese movimiento que cuestiona la herencia dictatorial, la herencia neoliberal y la herencia institucional se siente en una mesa a ver cómo se arregla esto rápidamente? La respuesta es ¡no!. La herencia dictatorial y neoliberal no se arreglará fácilmente en Chile. Las primeras victimas saben que no se arreglará fácilmente. Habrá violencia, habrá abusos, habrá uso de la fuerza por parte del gobierno. Eso se sabe intuitivamente, eso también pasó en Francia. ¿Por qué pasa así y no pasa de otra manera? ¿Por qué no pasa de manera más clásica? En las democracias occidentales o liberales llevamos quince años de los cuales finalmente los partidos políticos progresistas, los partidos de izquierda, han pactado con las políticas neoliberales lo que ha dado como resultado una perdida en la capacidad de representación.

P: El 15 de noviembre se hizo un acuerdo por la paz y la nueva constitución. Los sectores políticos tradicionales negociaron a espalda de las movilizaciones. Fue la institucionalidad la que invitó al plebiscito. ¿Cómo se miran estás negociaciones?

R: No son temáticas morales de aceptar o no aceptar, está bien o está mal. ¿Qué le queda a la institucionalidad? Ver qué tipo de reivindicaciones aparecen, y ver cómo la pueden recuperar, ver cómo pueden jugar con ella. El plebiscito no decide nada. Es el pie en la puerta de entrada, no es una dirección de salida. Lo más probable es que el plebiscito sea apruebo, ¿pero eso nos da la garantía que la carta magna sea más democrática? ¿que tome en cuenta derechos? ¿acabe con la institucionalidad autoritaria? ¡No! Porque ese justamente es el debate. Chile es un país donde la derecha tiene fuerza política, económica, mediática, y por cierto fuerza electoral. Así el triunfo de Piñera en las últimas elecciones presidenciales fue rotundo. La movilización de la derecha fue impresionante. Es por esto que el visto bueno al plebiscito no significa nada de lo que pasará en los años que vienen, o lo que pasará en la constituyente.

P: Si dices que el plebiscito será un triunfo rotundo para el apruebo, también existiría otra instancia de disputa que sería el momento constituyente. ¿Cómo se piensa el momento constituyente?

R: Lo que quiero decir es que la institucionalidad acepta el plebiscito y acepta abrir un proceso constituyente, y quienes lo “pactan” son las figuras instaladas de la política chilena. Eso no significa que la derecha haya perdido y que la izquierda haya triunfado, y que el movimiento social haya impuesto su visión del Chile futuro, progresista y democrático, que sea la traducción inmediata de la movilización popular. No. Eso es el juego de poderes, donde la institucionalidad está evaluando finalmente seguir conduciendo el proceso. ¿Qué abre el plebiscito? Un momento constituyente. Pero este no está determinado hoy en día. No sabemos cuáles son las opciones que se impondrán. La derecha tiene muchas cartas, muchos naipes en su juego. Tiene poder económico, mediático, político y electoral. ¿Qué pasa? Hoy la constitución chilena fue impuesta por la dictadura militar y expresada como modelo institucional y cultural. En Chile hay pocas fuerzas que finalmente lo han enfrentado frontalmente, muy pocas. Yo no digo que fuese fácil - yo viví por fuera, me crie en otro país -, y seguramente nunca fue fácil pero hay muy poca gente, y menos en política, que dijo que había que acabar con ese modelo. Estos últimos años, poco a poco, se abrió el debate sobre la constitución pinochetista, pero durante muchos años la Concertación gobernó con ese marco institucional. Lo que digo es que el momento que se abre es un momento político. La historia no tiene fin, la historia siempre se desarrolla. El plebiscito y el momento constituyente no acaba con la historia chilena. Hay lideres políticos de derecha que votarán por el apruebo y que van a ir a defender la herencia pinochetista, la herencia del modelo neoliberal y autoritario en el momento constituyente. Por eso digo que las fuerzas políticas, las fuerzas populares y sociales, las asambleas que se han creado hay que mantenerlas. No hay que dejarle a la institucionalidad el manejo del momento constituyente, eso es lo que quiero decir.

P: Si bien hoy la gran mayoría del país estaría por una opción constituyente, sumado a un país que explotó por los abusos de instituciones neoliberales, más una constitución que nace en dictadura, con tecnócratas que le dan un giro neoliberal a la democracia de los años noventa. ¿Cómo se negocia con las fuerzas políticas conservadoras en la constituyente?

R: En Chile ya no hay estadios, ya no hay desaparecidos, ya no hay miles de exiliados. Hay un balance de poder. Una democracia siempre es eso. Se negocia y se trata de tener una balance de poder favorable, y eso le toca a lo que se llama izquierda, lo que se llama movimiento social, lo que se llama progresismo, y también a la gente que quiere salir de la herencia pinochetista, gente que quiere construir un país sobre otras bases, con otro modelo. Un modelo democrático donde la justicia social y las políticas sustentables sean la norma o la regla. Entonces no podemos tomar la opción que fue durante muchos años. La brutalidad de la derecha no es la opción que tomó Chile. La opción que tomó es democrática, con un momento constituyente que se abre el veinticinco de octubre. Lo que digo es que no hay que dejar la institucionalidad sola discutiendo, debatiendo y escribiendo la carta magna, porque fue el movimiento social el que logró impulsar el plebiscito, es el principal factor de apertura de ese momento constitucional y esto fue gracias al movimiento social, no la clase política. Ese movimiento social no tiene que volver a sus casas, tiene que seguir movilizado. Todo lo que se constituyó tiene que seguir vivo: lo que se constituyó como poder popular, como espacios de discusión, de reflexión y también de propuestas tiene que seguir vigente para poder coordinarse y lograr hacer presión. Los representantes políticos más cercanos tienen que impulsar movilización social para que el balance de poderes sea a favor de una opción democrática, asumida durante el momento constituyente, porque la derecha no tiene interés en eso.

P: ¿Pensaste en algún momento que los procesos de transformación vendrían de la calle?

R: Yo tengo una relación bien conflictual con la institucionalidad a pesar de tener cargos institucionales importantes como la diputación o alcalde adjunto en Paris. Si tú no vas con el proyecto de transformación institucional, ella te fagocita, te come, logra neutralizarte fácilmente, y finalmente cuando entras en la institucionalidad, entras con ese dilema. Si tú vas con una posición de enfrentamiento, con tu insurgencia, la institucionalidad se defiende, te marginaliza. Es un juego complicado. Con todo el respeto que le tengo a las nuevas generaciones, que son una consecuencia de una movilización estudiantil importante en Chile, también creo que se han transformado en institucionalidad ellos mismos. Es algo complicado pero vamos a ver como se desarrolla todo. A mi me llamó mucho la atención algunos votos de respaldo de izquierda (Frente Amplio principalmente) con políticas represivas. Eso me llamo mucho la atención, me desagrado mucho. Me pareció una falta de inteligencia política muy grande. Bueno, yo sé la presión política que uno tiene que enfrentar cuando hay eventos que pueden parecer violentos. La presión política que se suma te conduce a votar cosas que no se deberían. Yo tengo la experiencia en Francia de los atentados, con una presión política de una magnitud muy importante donde querían que todos los diputados voten un Estado de Emergencia. Fuimos cinco que pensamos que se podía luchar contra el terrorismo. Ya se había adoptado un Estado de Emergencia, y una prolongación de tres meses significaba un riesgo muy grande para las libertades públicas, el Estado de Derecho y la vida democrática digna de ese nombre.

R: Desde el mundo de izquierdas hasta el centro existe una claridad por votar apruebo al cambio constitucional. Desde la centro derecha hacia su mismo extremo existen posiciones diversas. Eso podría significar que en la constituyente llegue una derecha fracturada, donde algunos resguardaran los viejos enclaves políticos del autoritarismo. ¿En un contexto así, cuáles son las expectativas con la derecha?

P: Yo no cero que la derecha que se haya decidido por votar apruebo sea la menos peligrosa en esta situación. Más que un tema táctico, se aprueba o no, hay que identificar en la derecha responsables, líderes, que quieran romper claramente con la herencia autoritaria del pinochetismo. Quizás con ellos se pueda conversar o pactar. Yo no creo que la decisión de Lavín de votar por el apruebo no sea algo táctico. Él siempre ha defendido la herencia pinochetista. Defender la herencia pinochetista puede ser votando en contra o votando a favor. He visto declaraciones de algunos líderes de derecha que decían: “Tengamos confianza, el chileno sabe lo que debe a los años de dictadura”. Vi declaraciones de Longueira donde dice esto. La capacidad de la derecha está en poder defender la obra política que sigue siendo muy importante en Chile. El movimiento social hoy en día los tiene arrinconados, acorralados, y por eso se dividen en opciones tácticas. Pero cuando se empiece hablar de la escritura de una nueva constitución, vamos a ver líneas de fractura mucho más profundas que un voto táctico sobre un proceso constituyente o no. Yo creo que el hecho de que la derecha este dividida no significa que haya perdido capacidad en influenciar ese momento político. Sin duda están en una situación de debilidad en comparación al pasado. En América Latina, existen momentos, victorias electorales contra la derecha neoliberal durante todos los noventa y los años dos mil. Durante esos veinte años a la derecha latino americana se le bofeteó, el movimiento social lo ha echó del poder. En Chile, no. Los cambios políticos en Chile fueron evidentemente cambios democráticos, electorales, pero no trajeron cambios económicos, ni tampoco cambios políticos profundos. Solo fueron ajustes en un cuadro bien definido.

Es la primera vez que Chile vive un cuestionamiento tan agudo del pinochetismo, sumando a movimientos feministas, movimientos populares, estudiantiles, Juntas de Vecinos, hace muchos años Chile no vivía una euforia democrática y una movilización social de este tamaño, con esta profundidad, con esta radicalidad de cuestionamientos.

P: ¿Los plebiscitos solucionan heridas políticas del pasado?

R: Los plebiscitos hay que enfrentarlos como momentos institucionales, donde se pueden obtener victorias. Recuerdo el plebiscito del ochenta y ocho, recuerdo que en Francia participé en dos o tres eventos de la comunidad chilena donde teníamos intervenciones con un sin fin de personas que decían que el plebiscito no cambiaría nada, pero sí cambió cosas y cambió cosas importantes. Creo que no hay que confundirse entre lo que puede hacer un plebiscito, las consecuencias, y lo que no hace un plebiscito. Un plebiscito no cambia la historia colectiva de un país, no le rinde justicia a víctimas, no restaura la memoria traumática de la dictadura, del exilio, de la represión. Eso no lo hace un plebiscito, eso lo hace una democracia con políticas públicas, con políticas de reparación, con la reintroducción de ese momento histórico trágico en la historiografía oficial, en la educación nacional, en el debate público. Un plebiscito no cambia todo. Cambia cosas de primer nivel muy importantes, ayuda a que esa herencia tan presente en Chile y con esos criminales que aún están en el poder disminuye, y que no tengan la influencia que han tenido. Eso ya es bastante importante. Establecer una memoria histórica que finalmente tome en cuenta un momento mágico que también fue traumático para el país.

P: Desde una mirada progresista, ¿cuál es el espíritu que envuelve un proceso constituyente para finalmente poder emanciparse de enclaves neoliberales?

R: Es difícil, porque no creo que existan momentos institucionales constituyentes que se puedan reproducir en situaciones históricas tan diferentes, sobre todo la novedad para Chile de lo que significa un proceso de esta naturaleza. Lo que creo es que no hay que dejarle las manos libres a la institucionalidad. Creo que el futuro institucional constituyente del país no le pertenece solamente a los representantes políticos, aunque sean progresistas. Le pertenece al país entero y sobre todo a los que han sido excluidos de la representación política, a las víctimas del sistema neoliberal, a los que fueron víctimas también de la dictadura, a la juventud chilena, a la gente que va a construir el país en los próximos veinte y treinta años que vienen. Me parece muy importante que las iniciativas que vienen y que nacieron durante la movilización social (juntas de vecinos o coordinadoras, agrupaciones feministas, indígenas, estudiantiles) siga vigente, que se involucre y que se meta, que milite, que hable, que no se asuste y que tenga esa convicción que el futuro chileno les pertenece, de la misma manera como le pertenece a un diputado, a un senador, a un ministro, a un empresario. Creo que es una condición necesaria, sino la constituyente no será democrática en el proceso de redacción y de debate si eso se hace a puertas cerradas. No hay modelos. Lo que sé es que ese debate no se puede dar a puertas cerradas, y puertas cerradas significa dejarlo en manos solo de diputados y senadores.

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