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Si el país pudiera hablar. Por Francisco Javier Villegas

La famosa Pandora nos ha dejado una historia y una idea en profundidad mezclada con el “¡qué podemos hacer!”. Y también nos ha brindado un recipiente mitológico. Vaporoso o atmosférico nos ha dejado la indicación de no abrirlo. “Miedo a la libertad”, dirá alguien. “Temor a la rebeldía…” dirá otro mientras nos mira entregado a un gesto penetrante y desbocado. Pero, ya sabemos que los seres humanos somos curiosos y queremos ver el mundo ante toda circunstancia. Es la tentación del fisgoneo o del capricho contingente de ofrecer el oro en el ofertorio de bondades y males más allá del estupor que puede significar el desamparo o la agonía del tiempo. Y como la vida es mitad mito y mitad caricatura, a veces, en esa posibilidad cierta del poder imprudente, hubo algo que a Pandora no le brindaron los dioses sino Hermes: el don de la mentira.

Desde esos tiempos, data lo sometidos que somos los seres humanos ante los artilugios de las propias voluntades terrenales envueltas en preciosos ofrecimientos. Detrás del llamado a elecciones, de segunda vuelta en el país, las personas se debatirán entre los artilugios de uno y otro candidato que, santidades en mano, casi, ofertarán, en estos días, lo suyo como un nuevo tabernáculo. Tanto así que las nuevas asunciones de discursos y las propuestas se obsesionarán cada vez más en mimetizarse con el mercado porque el poder real está allí y no en los gobiernos. Es como preguntarse a qué le temen. O bien, por qué no hay lecturas ni preparación con seriedad. O simplemente, por qué no hay vida de calle pues están inexistentes en el barrio o en la cuadra. No caminan, tampoco, junto a otros, para acceder a un colectivo o a una micro, que es lo que permite llegar a un destino que es “el mismo sin destino”, porque la voluntad no descansa en conocer lo intrincado de la realidad, aquella que va al margen.

La certeza es que estamos torcidos. Porque hay personas y lugares donde no llegará nada, ni beneficios ni migajas solidarias. Menos, arribarán los candidatos. Tampoco se sabrá de la porfía de mis palabras. Ni de los pensamientos de la minoría. Aquella que ni siquiera sale en los pasquines de la prensa o en las estadísticas, como el mejor arte de mentir científicamente. Ni tampoco ya se habla de liberar a aquellos que, por tener ideas y por gritar al viento su exasperación y cólera, de años, tienen que estar con nosotros. Por eso es válida esta voz que es mi propia voz. Porque para todos los anhelos y rabias, como un simple grito enajenado, lo que se observa es que la memoria falla y el entendimiento de la vida, con sufrimientos incluidos, se borra de un plumazo, para dar cabida a “tener el poder para no tenerlo”. Por eso escuchamos, tan insistentemente, aunque nos aburra hasta el paroxismo, que lo que se dice un día a los minutos se cambia para brindar esa inspirada vuelta de carnero en el cotidiano embeber de un país veleta y arribista.

Sin embargo, por una razón u otra, la realidad se encuadra con lo predecible. Que es como esa antigua historia que nos contaban en que el bosque moría cada día y los árboles, en el pasar de su existencia, seguían apoyando y votando por el hacha. Una y otra vez. Y la razón era una sola: única como Pandora. El hacha, muy astuta, por cierto, los había convencido a todos, tanto que, por tener un mango de madera, podía ser considerada una de ellos. Por ese motivo, lo que tiene su razón también tiene su explicación. Y también tiene su soberbia, sus cosas arreglables y todo lo ambiguo del quehacer de los días para excluir a “la sombra de los pueblos”, como bien dijo un poeta.

En todo caso, hay quienes han realizado un mejor análisis de este tiempo y no se origina, precisamente, desde el mundo de la intelectualidad ni menos de los escritores, donde muchos viven en el absoluto Olimpo de las comodidades; sino, que se plasma desde las personas sencillas, de los hijos e hijas anónimos de nuestros pueblos y ciudades que viven sus penas y rumian la peste de este malvivir, trastocado y esperanzador, a la vez, aunque no se sepa hacia dónde vamos. También, en ello, se encuentran algunos poetas, anónimos, porque no buscan ser conocidos ni famosos; y de los miles de seres que viven el día a día aguantando el vendaval de los arriendos, los gastos médicos, los cobros en los colegios, el cuidado de los seres mayores o el pago del kilo de pan.

Es madrugada mientras escribo este texto. La vida tras la vida se les va a muchos en estos instantes mientras divago ideas, entremedio del susto diario. En el intertanto, mientras se leen estas palabras a través de este medio, otros seres ni siquiera alcanzan a vislumbrar su propio horizonte. En la construcción de esta subsistencia, misteriosamente asistimos, inhábiles, a ese reflejo dormido, como apariencia, divagando si habrá realmente un mejor tiempo para el país o una propicia época para liberar la sociedad. Ciertamente, en todas estas indefiniciones, cae el efecto de tanta sospecha de los discursos arreglados, sin mayor claridad, que dejan un espesor bizantino para que los politólogos o analistas se devanen los sesos, todos estos días, dando explicaciones farragosas a lo que sucede en un Chile donde ni la ilusión alivia nuestras manos.

Así, también, los dolores se comparten. Y los borrones de las miradas y juicios pequeños, aunque no cambiemos nada, porque parece, que no es un asunto de lógica o de excesivos raciocinios ya que la comunicación es un arte y también es una displicencia imaginada. Así, también, se comparte esa caja que no tiene margen. Que no nos reconstruye, todavía, porque vivimos en “un horizonte ausente” donde la minoría y otros tienen que inventar su propia causa para huir de tantas cuotas de pago del mes a mes. Pareciera que solo hay un espejo y un solo envés; un solo moralismo, una sola perplejidad emocional entre lo que significa el poder y ese temor de la humanidad chilena ante todo lo que sea afán de cambio, más allá del voto, para recibir lo nuevo como un objeto imposible de superar en el letargo.

Por Francisco Javier Villegas, Escritor chileno

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