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¿Sigue siendo Chile un país de poetas? Una reflexión en voz alta de los resultados PAES y la supremacía exuberante de las matemáticas. Por Carlos Fernández Jopia

Compañeros poetas
tomando en cuenta los últimos sucesos
en la poesía
 _Quisiera preguntar, me urge
(S. Rodríguez)

No dejaba de ser poca cosa – ni menos cierto- el dicho popular que discurría de la siguiente forma; “Chile, país de poetas”. Y es que, un país que nació habitando el fin del mundo, quizás por miedo a no ser escuchado, tuvo la necesidad de mostrarse así mismo en verso. Tuvo que hacer de tripas corazones y volverse amigo de la metáfora para dialogar en su inmaculada soledad.

Y ahí vamos; Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Soledad Fariña, Gonzalo Rojas, Raul Zurita, etc. No fueron simples adornos culturales, sino que fueron alimento para el alma. Pablo Neruda y la Gabriela fueron la poesía amplificada que le decía al mundo que; de aquí somos y aquí estamos. Que existimos.

Sin embargo, en esta sociedad obsesionada con lo medible, donde lo que no produce no es rentable, y lo que no es rentable no sirve, la otrora capacidad de reflexión y creatividad literaria fue cambiada por la eficiencia y eficacia de las planillas Excel. Para el caso, las matemáticas pasaron a ser el idioma con que se pavimentaba el futuro y se cosechaba así la tan anhelada estabilidad económica. La palabra situada, por otro lado, ya sea historia, filosofía, lenguaje y comprensión lectora, fueron excluidas de esta sociedad que cada vez más exige instantaneidad y exactitud. Leer, comprender y reflexionar es un proceso lento que no calza en esta cadena de montaje fordista. Por tanto, la educación, también situado en este modelo, dejó a las humanidades en un rol casi ornamental del curriculum y prefirió reforzar las estrategias de adiestramiento para que los alumnos puedan responder con éxito una determinada prueba. Mejor aún si esta última genera vitrina para presumir resultados generales. Por tanto, dejamos de ser tierra de poetas y pasamos a ser tierra de puntajes. Solidificar esa realidad venia de la mano con la estandarización estudiantil. Es en ese sentido la prueba de ingreso a la universidad no evalúa únicamente aprendizaje, sino que, además y principalmente, establece que tipo de aprendizaje es considerado como importante, logrando establecer una jerarquización del conocimiento “técnico-preciso” por sobre aquellos saberes “reflexivos”.

Cuando el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, parafraseando a Gabo, la lectura y la escritura eran el terreno donde se sembraban y cosechaban las preguntas que le dieron sentido y soporte a la interpretación de la realidad. Pero el mundo lo aceleraron tanto, al punto que, perder un instante de tiempo es perder utilidad. Desde ese escenario, lo que se resuelve en muy poco tiempo tiene mucha mayor importancia que el proceso de formación, comprensión y razonamiento. Esto porque, en esta sociedad hiper acelerada, lo que se logra medir con precisión quirúrgica vale mucho más que lo que toma su tiempo en ser interpretado.

Pero el punto no es enemistarnos con las matemáticas, ni mucho menos rechazarla. El punto es que, lo que era un secreto a voces en nuestro país, con el dicho; “en Chile nadie lee” pasó a materializarse como realidad. Y es que, de los puntajes máximos obtenidos en PAES de este año, dos mil setecientos cincuenta y cuatro alumnos lograron obtener el puntaje perfecto en matemáticas. Sin embargo, en la prueba de comprensión lectora, prueba que, valga la redundancia, busca medir sí el alumno comprende lo que lee, preocupante y tristemente solo quince estudiantes – sí, quince- obtuvieron el puntaje máximo. El año anterior (2024) la cosa no fue distinta; mil ochocientos veintinueve puntajes perfectos en matemáticas y solo tres en comprensión lectora. Entonces, el sistema educativo inserto también en esta vorágine y siendo juez y parte, dejó de entregar razonamiento y pasó al adiestramiento técnico. Bajo dicha lupa, la educación transitó por el camino de optimizar el rendimiento y no por la forma de comprender de mejor forma el mundo. Por tanto, un estudiante ya no lee para entender determinado tema, lo hace para descartar alternativas. Es decir, la lectura se transformó en algo muy prescindible y hasta desechable.

Nuestro país no renunció a ser tierra de poetas por falta de escritores, no. Simplemente se fueron alejando porque nadie está leyendo. Porque hay un sistema educativo y social -valga la redundancia- que alejó a la poesía por no tener esta última rentabilidad de acorde al mercado. Porque para crear hay que partir del ocio y el ocio es criminalizado. Lo absurdo, la metáfora, lo irónico, el sarcasmo, esas formas complejas de pensamiento, no sumarian puntos en esta realidad reinada por el exceso de racionalidad y, frente a la lógica de medición y exactitud, la palabra y reflexión se convierten en estorbos.

Por otro lado, y desde la vereda del frente, las matemáticas ofrecen certezas. Ofrecen un resultado correcto, una solución única, medible y verificable. Y todo lo anterior, en una sociedad actualmente ansiosa, la certeza se vuelve la tabla para el naufrago que está a la deriva.

El problema es cuando despejamos a la lectura de la ecuación. Esto porque, traducir todo a números significa dejar fuera lo humano, marginarlo.

Para todo lo anterior diremos que la PAES no construyó dicho fenómeno, pero si lo sinceró. La mercantilización de la vida también penetró en la escuela, adoptando esta última sistemas de reproducción del modelo acorde a la necesidad. Se prefirió la competencia por sobre la comprensión, la eficiencia por sobre el sentido, el rendimiento medible por sobre el ensayo/error. Había que robotizar al estudiantado para entrar a los determinados rankings y había que homogeneizar la heterogeneidad. Por tanto, el país más Austral del mundo, ese que colinda con el infinito, no expulsó a los poetas, solo les quitó su peso simbólico y los dejó sin un lugar institucional. Sin embargo, en la marginalidad del curriculum, siempre se puede resistir y luchar contra esos molinos de vientos llamados burocracia institucional. Valga entonces la rebeldía de preguntar un “¿Por qué?” cuando la prueba solo exija un “¿Cuánto?”. Esto porque no nos pueden hacer creer que todo el mundo encaja en una sola alternativa correcta.

Quizás sea cierto que ya Chile no sea esa tierra de poetas de antaño, pero maravillosamente lo fue. Y por más que los tecnócratas nos quieran programar para el rendimiento y la productividad, siempre es bueno recordar que los únicos dos premios Nobel que tiene nuestro país provienen de la Literatura y no de los números.

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