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Sin ceremonia. Por Guido Asencio

El término “sin ceremonia” lo utilizo como una forma de reflejar un aforismo recurrente en tiempos de pandemia. Pese a que ya ha pasado un tiempo desde que comenzó la crisis sanitaria mundial, para muchos todavía resulta extraño o incómodo no poder llevar a cabo una vida cotidiana “normal” aceptando que el ritual asociado a las celebraciones de festividades y/o conmemoraciones estará aplazada hasta nuevo aviso.

Con frecuencia se ve en los medios de comunicación la indolencia de personas que organizan y/o participan en fiestas clandestinas o actividades masivas, colocando en peligro sus propias vidas y las de los demás, esto constituye ciertamente el reflejo del individualismo que persiste en quienes se sienten protegidos por pertenecer, en su gran mayoría a estratos privilegiados o simplemente han demostrado una nula conciencia ciudadana. Sin embargo, el virus ha demostrado que no distingue edad, estrato social ni ningún otro elemento que permita una inmunidad garantizada.

Las acciones cotidianas que nos acostumbramos a celebrar durante la vida, reconocen que somos seres gregarios y que necesitamos de la interacción permanente - por lo menos de las personas cercanas- por su parte, la mente humana está formada por elementos lingüísticos y simbólicos que trascienden lo racional para asimilar el rol social y político inherente a lo humano. Se han creado signos, textualidades complejas, representaciones, lenguajes sincréticos, ordenes discursivas, filosofías, religiones, en la medida en que la sociedad cambiante evoluciona. El ser humano no está fuera del lenguaje y producción simbólica, esto es lo que permanentemente le da sentido a su existencia.

El ser ritualistas está en la esencia de las personas, cada uno tiene la posibilidad de manifestar o representar a su manera la forma de expresar sus sentidos, lo cual indica que los seres humanos no lo somos por el solo hecho de hablar – como indica Yuval Noah Hariri- ni porque seamos capaces de mentir – como lo menciona Umberto Eco, pues la característica de ser humano se centra en tener la posibilidad de expresarnos ante el mundo, tratando de entenderlo constantemente y, por su puesto, entender a otros reconociendo sus legítimos sentidos. El Principito de Saint Exupery le preguntó al zorro ¿qué es un rito?, este le contestó: “Es lo que hace que cada día sea diferente de los otros días, una hora de otras horas”. Esto explica, la necesidad del rito, pues sin él todas las acciones humanas permanecerían iguales y monótonas.

Con el efecto de la pandemia mundial, se han dejado de lado muchos de los ritos representados por las típicas ceremonias o celebraciones que en la cotidianeidad son fundamentales para nuestra existencia. Ha sido complejo poder asistir a cumpleaños, matrimonios, graduaciones, fechas conmemorativas entre otras acciones que resultan necesarias para la completud humana. Una de las acciones que ha resultado ser más dolorosas, puede estar dada por no poder efectuar velatorios a nuestros seres queridos, puesto que la última despedida es donde todos quisiéramos estar, pero nos hemos tenido que conformar con discretas y breves ceremonias, acatando las restricciones propias de la pandemia.

Las diferentes manifestaciones culturales representan un gesto provisto de sentido ritualístico, que busca lo trascendente de la dimensión de la vida, la sociedad moderna dispone de formas estéticas para expresar y reconocer de manera espontánea lo que se quiere transmitir a otros, un ejemplo de aquello podría ser cuando se aplaude al personal de salud que ha estado presente en la primera línea de la pandemia, esto no es un gesto vacío, sino una forma de representación profundamente humana y simbólica que reconoce la labor de otros en favor de la vida.

Con lo señalado, es evidente demostrar que el ser humano es un ser ritual, a lo largo de su vida necesita dar relevancia a los hechos que signifiquen un cambio de rumbo, como son los ritos de paso, representados en muchos casos por instituciones que tienen sus propios rituales para reconocer y simbolizar el traspaso de una etapa a otra. Lo importante de esto es apelar a que quienes estén dispuestos a vivenciar estos ritos, puedan tener plena libertad de conciencia para decidir estar o no en estas instancias, en la medida de que no represente una obligación o sumisión, de lo contrario, simplemente se transforma en un yugo que atenta más que a la libertad a la dignidad. El comprender cómo son y funcionan las cosas, se traduce en entregarle sentido a la producción humana, lo cual requiere una ubicación temporo-espacial que identifica una identidad que no se asimila a una mera colección de símbolos, sino que a una articulación integrada de significados que aspiran a producir sentido al accionar humano, al ser vacío tal ritual en la sociedad, se transformaría en un vacío personal y colectivo a la vez.

Finalmente, lo expresado en estas líneas demuestra que además de ser seres gregarios, somos ritualistas, lo cual surge de un acto natural del ser humano, pero que debe ser acompañado de sentido. Es de esperar que las restricciones ceremoniales que no hemos podido llevar a cabo en pandemia, sirvan para apreciar aún más el significado de nuestro accionar individual y en sociedad, para darle el sentido que se merece una vida “con ceremonia”.

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