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Síntomas de un Chile herido… Por Valentina Elisa Hernández Segura

Los resultados de las elecciones del domingo no solo expresan un mapa político momentáneo, revelan un malestar profundo. Una vez más, la extrema derecha avanza con fuerza, y aunque algunos intenten explicarlo desde la contingencia o el cansancio ciudadano, hay un elemento más hondo que no podemos eludir; el daño transgeneracional, tal como lo ha señalado Elizabeth Lira. Los traumas políticos no desaparecen con el tiempo; se heredan. Viajan en los silencios familiares, en la desconfianza hacia la autoridad, en ese mandato de sobrevivencia que dice “no te metas”. Incluso en hogares donde nunca se habló de dictadura, sus huellas siguen marcando las formas de percibir el conflicto y la seguridad o la cuestión del orden social.

Por eso, cuando el país discute temas relevantes, ese trauma emerge. No como memoria consciente, sino como una sensación antigua que busca refugio en discursos que prometen orden y control. No es casual que la frase “Bala o cárcel” se repita como mantra en los debates presidenciales. Pero ¿qué significa realmente ese orden tan anhelado? ¿Quién lo define? Aquí se vuelve evidente lo riesgoso: el negacionismo ya no solo relativiza violaciones a los derechos humanos, sino que se instala como postura legítima dentro del debate público. En una sociedad traumatizada, las respuestas simples a dolores complejos resultan seductoras.

La normalización del fascismo no irrumpe de un día para otro. Se ha construido lentamente desde el orden económico y social heredado de la dictadura, profundizado por décadas de neoliberalismo. Preocupa ver cuántos jóvenes son atraídos por relatos que reivindican la violencia estatal o que convierten la crueldad en autenticidad política. Esa sensibilidad no surge de la nada sino que crece sobre historias que nunca lograron elaborarse.

En las elecciones del domingo no solo se eligieron candidaturas; se mostró cuán lejos o cuán cerca estamos dispuestos a correr los límites democráticos. Cuando la memoria se caricaturiza como obsesión del pasado y la democracia se reduce a un trámite, el problema deja de ser electoral. Se trata de re-pensar ¿Qué Chile realmente queremos? ¿queremos realmente propuestas que no van a “atacar” la base que genera la injusticia social?

No basta con alarmarse. Hay que preguntarse qué heridas abiertas permiten que estos proyectos resulten atractivos. Las elecciones nos recordaron algo incómodo pero necesario, no estamos frente a una anomalía. Estamos frente a un síntoma. Y si no lo leemos en su complejidad histórica y emocional, corremos el riesgo de normalizar lo inadmisible.

Esto no significa desconocer la crisis interna de la izquierda chilena, fragmentada, sin horizonte común. El avance de la extrema derecha no ocurre solo porque golpea la puerta, sino porque otros, desde dentro, ya comenzaron a abrirla. ¿Por qué tantos jóvenes encuentran en estos discursos una promesa de futuro?

Aquí la invitación es clara, leer los programas, revisar la letra chica, dejar de votar desde el miedo y comenzar a evaluar proyectos que fortalezcan la democracia y respeten los derechos humanos. Señora, señor: lo que está en juego no es abstracto. Son sus derechos sociales, económicos, ambientales, de género. También los de sus hijos y nietos.

El problema no es trabajar. El problema son las condiciones bajo las que se trabaja. Y en eso, no da lo mismo quién gobierne. Las diferencias entre proyectos políticos son profundas y sus consecuencias aún más.

Repetir consignas como “comunismo no” sin haber leído jamás el Manifiesto comunista o conocer la historia real del partido en Chile es renunciar a pensar.

Hay candidatos que saben que el miedo moviliza más que los argumentos. Por eso lo utilizan. La invitación es otra, informarse, leer, decidir no desde el terror, sino desde la convicción democrática. Lo que está en juego es demasiado importante como para entregar el voto como un acto de supervivencia.

Lo que está en juego no es una disputa ideológica abstracta. Es la posibilidad misma de vivir en un país donde la dignidad no dependa del miedo ni del silencio. La democracia no se defiende sola, se defiende leyendo, pensando, recordando, recuperando los barrios y votando con la convicción de que nunca más significa nunca más, también en las urnas.

Valentina Elisa Hernández Segura

Trabajadora Social

Mg En Intervención Social Mención Familias

Académica Universitaria

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