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Sobre el desconocimiento identitario: una revisión a la entrevista de Paula Escobar a Susan Neiman. Por Camilo Carrasco Medina

En un sugerente tweet, Axel Callís se pregunta, si será acaso el “wokismo” o supuesta primacía de las “políticas identitarias” un empujón dentro del maltrato debilitador de nuestras democracias, aludiendo a una entrevista de Paula Escobar Chavarría, en La Tercera, a Susan Neiman.

En la entrevista, Neiman manifiesta que su posicionamiento en lo que llama la “izquierda” le obligó a tal reflexión, emanando la tesis de que “la izquierda no es identitaria”, que titula su libro “Left is not woke”, que espero leer prontamente. Se confiesa en la descripción de la siempre lúcida y atenta Paula que hay un esfuerzo de diferenciación, una intención de distancia, entre lo que llaman la izquierda tradicional y “el movimiento woke”, desalojado así de su supuesto domicilio.

Poco entrada en una interesantísima entrevista, Neiman manifiesta que es su propia confusión, sumada a una constatación de confusión en sus círculos y círculos satélites, que contrapone un compromiso con quienes se identifican, desde el observador de izquierdas, como sujetos de opresión. Algo extraño había que permitía y, por ende, adobado con la experiencia y pulsión de activismo e intelectualidad, llevaba a una extrañeza, un cuestionamiento, quizá, de si esa opresión era tal, si era material, en la perspectiva de las izquierdas más tradicionales, más arraigadas a la tradición industrial de la elaboración.

Resulta interesante el éxodo que debe habitar Neiman en la publicación del resultado de su intelectualidad, anteriormente difundido, por el miedo, en ella, y otras personas, a que el gancho de la crítica a lo “woke” posibilitara una cooptación de quienes, “woke” mediante, quieren tomar el cuello de la izquierda con las manos y pudiesen ver aquí una apertura; cuestión que, según relata, no ocurrió, ya que ella misma resguardó su presencia en espacios deliberadamente poco serios para el tratamiento de lo político y lo público. Incluso, una crítica que comenta, le sitúa dentro del mismo espacio de ilegitimidad para la intelectualidad de derechas, que cualquier otro estudio, ensayo o tesis que se sitúa en la izquierda. En eso, por lo que comenta, ha podido ser efectiva en ubicarse dentro de la izquierda para hacer su crítica.

Además de un desprecio evidente por lo que describe como una “contaminación foucaltiana” consistente en una negación del progreso; una banalización de los derechos sociales como algo que puede estar legitimado dentro del espacio de debate, no como una realidad material por la que, de hecho, las izquierdas han militado, aunque sea solo dicursivamente, desde la adopción del matarialismo dialéctico como paradigma filosófico en el cual se discute con la sociedad y “el capital” para la “conquista” de dichos derechos. La diferencia, creo, que es parte de un conservadurismo muy presente en las izquierdas, es una demonización de las teorías posmodernas por un rechazo (entendible) a la figura de Michel Foucault, sin embargo, la aportación de la idea del poder también dota a una izquierda progresista, que no deja de ser materialista por serlo, de nociones ambientales para la conquista de los derechos. Quizá el problema radique en que, las izquierdas woke de mayor notoriedad en el mundo sean laxas en lo material producto de sus propias condiciones de privilegio / acceso a derechos producto de sus condiciones materiales, como no tener que trabajar en regímenes como el 996 y poder, así, trabajar en su desarrollo intelectual y militante con el cuerpo en una pieza.

Aquí la dicotomía sobre el derecho y el “no privilegio – no beneficio” que Nieman alude como “La creencia (de la izquierda) de que ciertos derechos, como tener condiciones de trabajo justas, atención médica, educación, acceso a la cultura, son derechos sociales y no beneficios y no privilegios.

Que para tener derechos políticos necesitas una base material. Este es un punto socialista que los distingue de los liberales.” , se instala como una diferenciació material en tanto es ficticia, es “posmo”. Quienes desde los progresismos intelectuales, “wokismos” o la forma despectiva en la que quieran aludirse a las nuevas sensibilidades políticas de las izquierdas (que sufren modificaciones generacionales, económicas, ecosistémicas, como la sociedad misma al insertarse en ella, cuando lo hace) hablan de “privilegio” lo hacen para constatar un asunto que pudiese ser un derecho colectivo pero que no lo es. El privilegio del uso del espacio, del acceso al consumo y creación artística y cultural, el privilegio de una remuneración digna, son privilegios porque ha habido una izquierda que ha fallado, también, en el aseguramiento de esos derechos sociales, falencia que deriva en la instalación de privilegios. Una izquierda, por cierto y vale decir, de constante masacre, según cuenta la historia, como los asesinatos selectivos de la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte. Si una izquierda más joven habla de privilegios y no tanto de derechos materiales, es posible también por el aprendizaje de una perspectiva de distancia respecto a esos derechos. Un derecho, por su naturaleza, se entiende cerca, de ahí que su privación pueda ser tan criminal. Un privilegio es un asunto de acceso tan limitado, que se siente muy, muy lejana. El privilegio de vivir con algún mecenas para el trabajo intelectual, como una academia o universidad, lo es porque no es un derecho. Si se asegura, de hecho, que lo es, podría caerse en al falacia meritocrática que niega, precisamente, las constataciones materiales que ha identificado la izquierda durante toda su existencia para hablar de desigualdad, injusticia, opresión.

Esa izquierda más joven también es, además de excesivamente individualizada por la instalación de una corriente neoliberal individualizante a nivel global, tribal en tanto, su desarrollo de lo comunitario y colectivo es tan primitivo, que la sociedad es también algo que se ve muy lejos. Su construcción, su intervención, en ese sentido, podríamos decir que es también un privilegio, a menos que aceptemos que cuestiones como el voto delegativo es un acto participativo. Al estar tan lejos una sociedad que, además, producto de asuntos evolutivos naturales (como los avances ideológicos históricos propios de distintos momentos de nacimiento de esta generación en relación a las anteriores) se comporta cada vez más neoliberal-individualmente (ver, por ejemplo, el desarrollo de las tecnologías de computación, cada vez más orientadas al consumo personal-no colectivo), mi forma de relación con la sociedad se hará en sus códigos que pueden, además, estar en contradicción con los códigos de mis ambientes. SI son de izquierdas, la inserción en una sociedad neoliberal que constata permanentemente la derrota del proyecto de izquierdas puede ser un evento muy traumático, que por no tener (tanta) pólvora puede verse como menos traumático. La distancia entre las heridas de las izquierdas no se acorta si desde alguna posición se niega la otra.

Una izquierda que enarbola superioridades de vulneración (aludiendo a su propia identidad, concepto clave en la crítica al “wokismo”) que, pudiesen ser ponderablemente efectivas, pueden ser, efectivamente, la generación podada por el golpe de estado, se inserta también en un modelo neoliberal cuando capitaliza ideológicamente una posición, más que entenderla humanamente como herida, la transforma en un búnker, escudo o derechamente, proyectil desde el cual silenciar a quienes no vivieran las mismas atrocidades. Desde abajo, generacionalmente, incluso si el discurso fuese “si, efectivamente, en total reconocimiento de que lo vivido por ustedes en su tiempo es terrible, creemos que esto otro, pasado por los cedazos de la evolución desbarbárica de la humanidad, también puede ser entendido como terrible”, pudiese ser negado por una ilegitimación del sujeto hablante de principio. De principio, temporalmente, al inicio de la interacción, y de principios, por la tergiversación de una sororidad entendible en el desarrollo político y humano de la generación ensangrentada por la acción de los mayores criminales de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país. El tribalismo es también resultado de la instalación del modelo de sociedad, también resultado de la interacción de esa generación con la que le sigue, políticamente.

El llamado a “una carpa lo más amplia posible” en momentos de ascenso del protofascismo como describe Neiman (y con lo que estoy de acuerdo) es el renacer de las recientes interpretaciones de las teorías leninistas, la actualización del “programa en común” que en distintas olas históricas ha sido en desmedro de alguien : de las mujeres, de las diversidades y disidencias sexuales y de género, de las personas racializadas (o, si se desconoce dicho término, de las personas de etnicidad distinta a la caucásica, o la que se identifique en su contexto como la privilegiada apenas se asuma la existencia del racismo),de las otras especies (como el “innegable” progreso a costa de la salud pública y colectiva, como resultado de la depredación medioambiental),

Por poner un ejemplo de la contradicción de la acusatoria, ya consante, desde unas izquierdas materialistas habitadas por personas en su mayoría mayores de cincuenta años, hacia las “izquierdas identitarias” de militancia treintona y veintiañera: el consumo de carne como polémica.

Desde el materialismo puede reconocerse hasta cierto punto la instalación de una industria dañina, quizá por los efectos devastadores a nivel medioambiental (en un acuerdo desbarbarizante que no es ético no saludar) pero difícilmente se dotara de legitimidad al cuerpo animal que es puesto a través de una maquinaria para, sin hipérboles posibles, cultivarle, engordarle, matarle y faenarle. La distancia que se siente con dicho ser (en algunas democracias sujeto de derechos, en otras, como la mía, un mueble) también se materializa en el reclamo y ridiculización constante de los postulados antiespecistas y veganizantes. Esa distancia se replica con los cuerpos que hablan esos postulados, con la diferencia de la legitimidad humana, y de los derechos humanos, por ende, no es una cosa comestible, sino un sujeto que democráticamente puedo ignorar si obtengo mayorías que le excluyan (y aunque no, muchas arrogancias partidarias son excluyentes por fanatismos así, aunque se declaren democráticos y abierto,)

Desde la posmodernidad, la idea de persona ha sido puesta en cuestión, entre otras cosas, por la poca dignidad material que se constata para los cuerpos humanos que habitan las sociedades democráticas ( y las que no, qué decir). De ahí que se pueda pensar en los animales cosificados por la sociedad para ser tratados como mercancía, en una categoría intermedia, quizás, o simplemente polémica, en tanto se rehúsa a la cosificación y es gentil y cautelosa en el uso del término “persona”, aunque en los hechos, aluda a lo que se entiende como la legitimidad de no ser torturado, postulado básico dentro de los derechos humanos, producto de la tendencia de quienes ostentan el poder de defenderlo así en vez de abrirse a probarse intelectualmente discutibles, configurándose élites intelectualmente deshonestas y mediocres. Dicha élite, hereda a su vez generacionalmente formas relacionales a las instituciones y, mediante las instituciones, a las nuevas camadas. De allí que las formas relacionales puedan reproducirse alternando sujetos de persecución, negación, maltrato o derechamente tortura. Foucault se abre a pensar que el poder se ejerce también en la determinación de que alguien está “locx” como declaración de ilegitimidad, y el uso de los manicomios (como alguna vez los sidarios y actualmente las cárceles de prisión política) como espacios de reclusión intelectual. Citaré aquí la redacción de Wikipedia, la enciclopedia libre, sobre dicha definición introductoria a su obra “Historia de la locura en la época clásica”; “Foucault comienza con un análisis de la Edad Media, señalando en particular cómo los leprosos fueron conducidos fuera de la compañía de los sanos.

Existían tal vez 19 000 colonias de leprosos en toda la cristiandad, esta precisión se basa en Mateo de París. Se plantea el problema de quién se convertirá en el leproso, una vez que la lepra haya desaparecido: "[...] se mantienen las mismas estructuras. En los mismos lugares a menudo la exclusión se repetiría, extrañamente similares dos o tres siglos más tarde". A partir de ahí, Foucault traza la evolución de la historia sobre la idea occidental de la enfermedad mental desde el siglo XV, donde el loco era considerado como portador de cierta sabiduría, hasta el momento en que tanto el loco, como el delincuente y todos los marginados de la sociedad van a ocupar ese espacio dejado por los leprosos, de apestados sociales, llevando al aumento de las prisiones en la Francia del siglo XVII. Ejemplo de ello es el dictado de un decreto en 1656 para la construcción de un "Hospital General", que serviría como lugar de internamiento no solo para los tontos, sino también para los pobres y los delincuentes. El lugar será a la vez centro de represión de lo considerado por la racionalidad como irracional, y que no tiene cabida en el mundo planteado por el pensamiento racionalista de la Ilustración.”

Con un honesto esfuerzo de incorporación de nuevas izquierdas, nuevas militancias e intelectualidades que por alguna razón no forman parte ya de las baterías militantes de la izquierda, no se banaliza así a las corrientes de pensamiento. Si observamos sin prejuicios lo que se dice sobre la locura, lo podemos ver, de hecho, aquí, en esta relegitimación de la exclusión de “los locos” que enarbolan tonteras como la identidad, el género más allá de la libertad de transitar el binario, el ecologismo como algo más que la compensación del CO2, la democracia como algo más que la alternancia de académicos, cuadros políticos y oligarcas como hablantes públicos.

De hecho, siguiendo la idea de que “lo woke es reaccionario” planteado por Nieman, se hace un reconocimiento tácito a que lo identitario es materia de discusión política desde siempre, de allí que los derechos se conquisten a través de la discusión de las identidades imperantes. La identidad del político varón conservador cristiano/fundamentalista religioso, que toma fuerza en éstos días, es la identidad que se ve cuestionada cuando la teoría queer dice que eso es mentira, es apenas una performance y que allí no hay una autoridad divina sino una persona común y corriente, igual de legítima para opinar de lo público que una persona trans/travesti pobre y socialista. La reacción es solamente posible en relación a algo sobre lo que se reacciona, por ende, el reconocimiento de la “estructura” identidad hegemónica, dominante, o como acomode a la intelectualidad tradicional, habilita el espacio de la identidad como un espacio de debate político. Al reconocer que ahí está, que ahí ha estado, se entiende porqué se ha de cuestionar, de existir cualesquiera cuestionamiento al modelo en el cual son las cosas. Si nuestro identitarismo es reaccionario, lo es frente a unas condiciones materiales que están tan arraigadas, y son tan evidentes, que tienen identidades frente a las cuales reaccionar. Una izquierda comedora de carne no me va a pedir que traicione a personas, cuerpos e ideales para acomodarme a un programa que nuevamente nos podría poner tras las rejas en la fría Siberia. Si queréis convocar, convocad.

Mi respuesta pública al mencionado inicialmente Axel Callís, en el mismo twitter, fue que “El impulso desestabilizador no es propio del fenómeno, responde al sujeto conservador que se irrita con los avances posmodernos aunque la materialidad siga intacta, porque quieren dictar en nombre de la libertad lo que el resto debe creer. No es propio del woke sino de sus opositores”

Interseccionnalité, Sensibilité, Egalité.

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