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Sobre el nuevo libro De Rodrigo Karmy “Nuestra confianza en nosotros. La UP y la herencia de lo porvenir”. Por Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R.

Karmy. Unidad Popular, pueblos y potencias*.

El corpus argumental de libro de Rodrigo Karmy tiene el mérito de retomar una política de los afectos, subrayando fragmentos y, universos visuales, en los discursos de Salvador Allende. En sus declamaciones, con un halo de porvenir y opereta, queda totalmente eximida la figura de Diego Portales Palazuelos -dispositivo oligárquico- que se mueve entra la ley y la excepción del Constitucionalismo chileno. La UP, en tanto experiencia ontológica, habría sido la apropiación de una potencia de los pueblos -en plural- donde la singularidad (sujetos políticos) se erigen contra el continuum de la dominación. Desde allí se organiza un diálogo intempestivo con la "excepcionalidad" de la Unidad Popular, impugnando el archivo de la post-dictadura que aún permanece en vilo. Existe un zumbido vital en las incisiones Karmynianas, para emplazar los contratos gestionales del pacto oligárquico-transicional (1990-2019), interrogando el golpe de Estado (1973) como diagrama -normalizador- de las narrativas modernizantes del progresismo chileno (gobernabilidad, realismo, consumos).

La Unidad Popular, con su “alegría mundana”, dice Villalobos-Ruminott en el Epílogo del libro, no quiere ser gobierno -“máquina portaliana del orden”-, porque excede las plataformas de gubernamentalidad (Poder). Y pese a que no niega el mandato institucional y los mínimos del orden republicano, se ha inclinado por la potencia, la acumulación de latencias expansivas y, porque no decirlo, en favor de un tiempo acontecimental. La experiencia sensible de los años 70’ encarna una “imagen movimiento”, con vocación de vértigo, que porta una filosofía -del destino- que lleva a la UP a quebrar el pacto con las formas representacionales de la oligarquía (1938-1973). Todo nos lleva a ese deseo, momento dionisiaco, que se expresa en multiplicidades de expresión, estratos y sedimentos posibles de antagonismos y luchas inmateriales como un acervo de insurgencias -relaciones entre pasado y presente- que yacen dinámicamente en la cripta de la Unidad Popular. Karmy subraya que Allende interpreta a la Unidad Popular como una “reactivación de la revolución por la independencia, porque nota que existe un profundo desajuste entre el proceso de democratización.

Y nos recuerda que “La primera independencia habría sido política y se habría gestado entre 1810 y 1818; la segunda concierne a la independencia económica de Chile y encontrará en la experiencia ético-política de la Unidad Popular su realización”. La Unidad Popular se anuda intempestivamente con el pasado y se plantea terminar con lo que los libertadores no pudieron: la relación de dependencia económica”. Habría una tarea pendiente, que pasa por escudriñar resquicios, fugas, fisuras o nodos por descifrar, qua experiencia sensible. La fábula política, la posibilidad de con-fabular es una forma de mantener la latencia de la insubordinación (memorias) que redunda en una poética del desplazamiento. Una tarea mayor, en medio del trauma irrepresentable, ¿cómo nombrar el tiempo que sigue a la dictadura y en cuya sombra aún se habita bajo el nombre de postdictadura?” -se pregunta Miguel Valderrama (2018).

Pese a la estocadas públicas que provee la reflexión pletórica de Karmy, es necesario consignar puntos que no podemos obliterar. Cabe advertir que, cualquier imágen o calco que se precie de reducir una “imago de pensamiento” a mera negatividad, esencialismo, lirismo octubrista, fetiche de rebelión, no sólo, incurre en una pereza respecto del argot Karmyniano (Agamben, Foucault, Nancy, Marchant), sino que olvida aquello que él mismo autor ha calificado como un "trabajo menor" y la Unidad Popular como un Constituyente menor. Si todo régimen escritural -transido de deseo- se debe a la distancia, a la verdad de sus sonidos, al emplazamiento infatigable, ello es de la mayor reciprocidad ante la prosa pública -Karmyniana- que corroe los formatos estandarizados de las ciencias sociales y se mueve en la tensa filigrana de una hipérbole. Con todo, las intervenciones del autor, y su letra discrepante, frente al tiempo homogéneo de las modernizaciones, merecen ser asediadas. Es bueno mantener un litigio abierto.

Dado la distancia que Rodrigo Karmy ha declarado contra la complicidad de las políticas del conocimiento -epistemologías gerenciales e identitarismos disciplinarios- en las ciencias sociales y su mansedumbre ante las oligarquías académicas, esto ha conminado afanes, pasiones, pero también ha despertado una “zona de incordios”, respecto a los mitos de la modernización y sus indicadores de logro (1990-2010). Cuando el autor inscribe operaciones de entrada y salida respecto a la experiencia ético-político de la Unidad Popular, da cuenta de una ontología de la potencia igualitaria que va más allá del aparato politológico afiliado a la inmanencia entre monarquía y república. Las potencias son prácticas escriturales y "nuestra confianza en nosotros" es un gesto para reorganizar el pesimismo que padecen las izquierdas y el partido portaliano, a saber, el progresismo transicional, sus tecnologías de orden y capitalismo académico. Y así, “Nuestra confianza” tiene lugar mediante “una activación de la potencia de los cuerpos antes que la inercialización promovida por el portalianismo histórico: si el fantasma portaliano escinde la vida de la materialidad de su potencia provocando que ésta termine inerte, gobernada bajo el peso de la noche”. En efecto, el despertar de la república de los cuerpos sería una manera posible de enfrentar una subjetivación inercial de tipo portaliana. Por eso Karmy, insiste en la voz perdida de Allende -trenzada de metal- atravesando tiempos y olvidos mientras “La Moneda se desploma en llamas, parece resonar en la revuelta de Octubre bajo otra forma, otros rostros, otros problemas”.

La Unidad Popular es una experiencia empapada de imaginación popular y “secundariamente”, un gobierno del realismo. Una ética de los pueblos (siempre en plural) comprende admitir los enjambres de las luchas populares que se abrieron luego desde los años 30, como así mismo, en la disrupciones del estallido de octubre. Las memorias irredentas, sin domicilio, de antes y después de 1973, irrumpen oblicuamente bajo la imaginación popular del 2019 e interpelan la racionalidad abusiva de las instituciones. Por fin, más allá de una ética de lo testimonial, o bien, un uso instrumental de la memorias del realismo, “lo plural-discordante” de las memorias, no justifica el incesto de la distribución culpógena, a saber, un intercambio de culpas -entre un antes y el después del Golpe- ha formado parte de la conmemoración de los 50 años.

Y sí. Nuestra confianza en Nosotros, sería un borde posible -hilo de voz– contra el actual silencio ensordecedor de las izquierdas. En suma, una posible tensión para intersectar las distopías del presentismo y la dura facticidad de lo real. Por fin, Karmy asestó una interpretación radical y encomiable durante el golpe de desigualdad que habló el 2019. Luego arremetió una tormenta de estetizaciones que gobiernan nuestro presente. Con todo, no hemos dado con un pensamiento que, si se precia de político, debe articular alguna relación -orgánica o hegemónica, u otra- con los mínimos de una teoría post-hegemónica en la era geológica. Karmy avanzó intensamente en la tesis destituyente, pero ahora viene una tarea infinita, heterogénea y colectiva, a saber, emplazar la resaca epocal si (aún) pretendemos reorganizar el pesimismo.

Es radical la deriva inaferrable de la izquierda. En los últimos días no solo el progresismo, cuestión demasiado predecible, sino que una parte del campo crítico ha declarado el trabajo de Daniel Mansuy sobre la Unidad Popular -de méritos innegables- como un texto guía, de referencia obligada, o bien, un oráculo a la hora de repensar los 50 años de la UP. Cuando se honra tenazmente el mérito de Daniel Mansuy, queda develada una pulsión, un síntoma que no es sino, el grado cero de la izquierda chilena.

Mauro Salazar J.
Carlos del Valle R.
Doctorado en Comunicación.
Universidad de la Frontera.

* Nuestra confianza en nosotros. La Unidad Popular y la Herencia del Porvenir. El Fantasma Portaliano II. Ediciones Universidad de la Frontera (2023). El prólogo del libro corresponde a Carmen Castillo y el epílogo a Sergio Villalobos-Ruminott.


PALABRA PLE-BELLA (1)

Post scriptum a “Nuestra confianza en nosotros. La UP y la herencia de lo porvenir” (2)

Por Rodrigo Karmy Bolton
Universidad de Chile

Ah, quedar inmunda de alegría.
Soledad Fariña

Quizás, el epígrafe de Soledad Fariña expresa el nudo fundamental de “Nuestra confianza en nosotros”: quedar inmundos de alegría, atravesar al mundo con un risa tan común y singular a la vez. La propuesta de mi escrito se anuda justamente ahí: la Unidad Popular habría sido un momento cómico en la historia de Chile: “La comedia: la revolución de la edad de los pueblos.” –escribía el helenista Carlo Diano. Momento en el que los sujetos devienen máscaras, donde irrumpe la expresividad antes que la sustancia, y los pueblos cortan el continuum imaginado por la oligarquía. Quedamos inmundos de alegría, extasiados de una fiesta en la que se componían fuerzas, destruían formas y se abalanzaban los que la historia había reducido a su insignificancia.

La comedia, a decir de Diano, es una revolución. Pero una revolución sobre la cual no pesa el horizonte moderno que la concibió como una fuerza universalizante, teleológica y conducida desde una vanguardia pastoral. La comedia puede ser vista, por tanto, como una revolución contra esa forma moderna de revolución cuya matriz última sería trágica pero devenida dispositivo cristiano bajo la noción de “pecado”. En este sentido, la de Diano se trata de una revolución que no se ajusta a los cánones burgueses de la revolución, que no se mimetiza con ella y declara abiertamente su singularidad: la revolución chilena se imaginaba, de hecho, con “empanada y vino tinto”-decía Allende.

Quizás, esto fue la Unidad Popular. Aunque no me interesa ni la figura monumentalizada de Allende, ni el análisis de los partidos políticos que le daban soporte político al proyecto, ambas lecturas demasiado empalagosas, aunque no menos útiles, quiero pensar la Unidad Popular en cuanto experiencia de los pueblos o, si se quiere como acontecimiento de imaginación. En este sentido, contemplamos la Unidad Popular desde la revuelta popular de Octubre del año 2019 como su crisol, en cuanto dos momentos cómicos que dislocan los derroteros históricos del fantasma portaliano.

Si este último se compone de lo que Furio Jesi llamaba en 1965, el “mito tecnificado”, consistente en que: “(…) el pasado que perdura en las imágenes del mito tecnificado no es más que una supervivencia deforme, subjetiva, en el cual los tecnificadores han proyectado sus culpas (…)” y, por tanto, éste nos ofrece nada más que pasiones tristes que solo culpabilizan a los vencidos, tal como Portales consignó la noción del “peso de la noche”, el momento cómico de Chile, en cambio, nos presenta la irrupción de la república de los cuerpos en que las calles se inundan de pasiones alegres y los mitos logran traer consigo el pasado “vivo y genuino” en la medida que responde a una experiencia radicalmente colectiva.

En otro sentido: la masa –nos dirá Andrea Cavalletti- en cuanto sujeto económico producido por la gubernamentalidad portaliana es súbitamente interrumpida por una distensión interna que hace aflorar la clase en la que se anuda la singular revolución de los pueblos que, habrá tenido en la Unidad Popular su expresión políticamente decisiva. Subrayo: el portalianismo como fantasma constituye un “mito tecnificado” que produce culpa y convierte a los pueblos en masas (“masa en reposo”, dice Portales). Pero su forma culpógena no es general, sino orientada culpabilizar única y exclusivamente a los pueblos. No será la oligarquía la que devenga culpable sino solo los pueblos: la idea de que la política debe ser conducida por el pastorado oligárquico es la idea portaliana por excelencia que se anuda en una vasta genealogía que puede alcanzar a Agustín de Hipona y su noción del pecado original: los pueblos latinoamericanos serían constitutivamente pecadores, viciosos, imposibilitados para actuar políticamente, para incidir y construir una república. Por eso, solo los virtuosos pertenecientes a la oligarquía pueden hacerlo vía el autoritarismo de un “gobierno fuerte, centralizador”. Justamente, la Unidad Popular revierte esa condición: en vez de perpetuar la culpabilización de los pueblos, activa sus potencias y logra desarticular los soportes del fantasma portaliano. Democratización política y económica: es posible una democratización política de la sociedad chilena en contra del autoritarismo oligárquico heredado y, a su vez, es posible la desarticulación de los grandes monopolios capitalistas en favor de las grandes mayorías. En otros términos, frente “peso de la noche” producido por el arte de gobierno portaliano, la Unidad Popular habría activado las potencias de los pueblos.

Así, si hay algo así como un legado de la Unidad Popular, éste no se fragua sino en el porvenir que abre y abisma. Si el futuro fue confiscado por la filosofía de la historia donde funcionaba como sinónimo de una dirección asegurada y, por tanto, de la puesta en juego de una técnica pastoral con la que una vanguardia conducía a las masas, lo por venir siempre late en el desgarro que define al presente, pues su textura es la de una potencia que nos abre siempre a la imprevisbilidad de la imaginación.

Me parece que la Unidad Popular porta consigo una herencia. Pero es una “herencia sin testamento” (René Char), una “tradición de los oprimidos” (Benjamin) cuyo legado concierne a una potencia que nos espera como una esperanza despojada de toda ilusión. No hay dirección asegurada, no hay conducción de masas por parte de los que “saben”, pero si hay revolución, deriva anarquizante de pueblos que buscan otras palabras y ritmos.

Podríamos decir que la Unidad Popular es un lugar que aún no tiene lugar en el Chile contemporáneo. Una Tierra mil veces conjurada y mil veces rememorada cuyo peligro consiste justamente en proponer otra experiencia, aquella que destituye la producción de culpa y activa las potencias que nos hacen “quedar inmundos de alegría”. Un lugar a la vez presente y ausente, fuera y dentro, abierta como un pasado que no deja de irrumpir en y como presente. El portalianismo ha orientado históricamente nuestras pasiones hacia la tristeza. La Unidad Popular ha sido uno de los pocos procesos en que dichas pasiones irrumpieron con su fiesta y su “alegría mundana” –escribe Villalobos-Ruminott en el Epílogo- o su “estado amoroso” –dirá Carmen Castillo en el Prólogo. Es precisamente ésta la herencia de lo porvenir: en los subterráneos de la Restauración Conservadora en curso, aquella que intenta axiomatizar el fantasma portaliano para el capitalismo del siglo XXI, emerge una herencia que no es más que la potencia de lo “nunca sido” y que, sin embargo, las derivas del presente ensombrecen por el zarpazo de la reciente derrota “constituyente”.

Pero se trata de una derrota no del todo casual, sino articulada por el doloroso proceso de la expropiación de la lengua en que la agenda, el vocabulario que usamos y las acciones que efectuamos yacen condicionadas por la lengua del Amo. Hablamos la lengua de Otro (imaginario) y nos dejamos permear por su gramática. He aquí el punto necesario a pensar: por un lado, el porvenir designa la interrupción de la hegemonía portaliana; por otro, no hemos constituido el necesario dialecto para recibir dicha herencia pues aún seguimos capturados por la máquina mitológica portaliana y sus dispositivos culpógenos.

El porvenir implica componer no tanto una lengua como un dialecto que resista la expropiación, el lugar sin lugar desde el cual podemos iniciar la composición de otro alfabeto radicalmente diferente a la dominante, en el que una palabra plebeya sea capaz de destituir a la culpógena palabra oligárquica. Plebeya y ple-bella, a la vez; es decir, simultáneamente popular y expresiva; común y sensible. En otros términos, resistir la expropiación de la lengua significa componer nuestro dialecto y danzar en virtud de sus múltiples ritmos. Si se quiere, significa abrir un portal en el que la herencia advenga una ráfaga de porvenir.

Sin embargo, la herencia ple-bella implica resistir a mímesis tal como Allende la resistió cuando estaba en La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973: jamás reconocería a los golpistas pues jamás se sometería a la violencia excepcionalista del fantasma portaliano, nunca se identificará con ella. Para Allende, los golpistas no hacen política. Nunca podría reconocerles como interlocutores válidos de la república: sustraerse a los golpistas, no negociar con ellos, no caer en su gramática significa marcar la diferencia entre opresores y oprimidos, impedir su mímesis y resguardar así el acontecimiento ético y político de la Unidad Popular.

Inventar un dialecto que acribille la gramática del Amo, que sea capaz de profanarle, destituirle, alterarle internamente, y que pueda sostener una palabra ple-bella. Se trata de desoperativizar la máquina mitológica portaliana en cuya desarticulación la fiesta popular haga retroceder a la oligarquía militar y financiera que, desde 1833, no ha dejado de tomarse al país por asalto. He aquí la tarea histórica y política sobre la que tendremos que detenernos a pensar.

Tarea sobre la que habría que insistir hasta quedar verdaderamente “inmundos de alegría” puesto que sin comedia no podría haber revolución. En este sentido, las palabras de Salvador Allende pronunciadas en Naciones Unidas en 1972 y que dan origen al título del presente libro, siguen siendo decisivas, pues, desde la catástrofe que parece devorarnos sin piedad día tras día, ellas reverberan la herencia de lo porvenir: “Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los grandes valores de la humanidad, en la certeza de que esos valores tendrán que prevalecer, ¡no podrán ser destruidos!”

Agosto de 2023

1) Agradezco a Carlos del Valle y Mauro Salazar del Doctorado en Comunicación de UFRO por haber confiado en la publicación de Nuestra confianza en Nosotros. La Unidad Popular y la herencia de lo porvenir, así como de organizar su lanzamiento, tanto en la Universidad de Chile como en la Universidad de la Frontera.

2) Rodrigo Karmy Nuestra confianza en nosotros. La Unidad Popular y la herencia de lo porvenir. Ed. UFRO University Press, Temuco, 2023.

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