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Sobre el problema de la Patria: convivir desde el arraigo.Por Alex Ibarra Peña

La periodista Ximena Cortés del Diario de Concepción acaba de publicar una entrevista en la que junto con otros docentes e investigadores nos invitaba a realizar algunas reflexiones en torno al concepto de Patria. Los comentarios de distintos amigos y amigas me motivaron a publicar el texto que desarrollé respondiendo a este debate.

Si es que adivino bien la intención de esta invitación partiría diciendo que “Patria” es un concepto que suele ser usado peligrosamente para justificaciones de ideologías con pretensiones de una versión del nacionalismo de ciertos sectores que representan una retórica conservadora, me rebotan en la memoria esos versos de una canción de Illapu que dice: “dulce patria quien te salvará de tus defensores”. En este sentido “la patria” está cargada de una semántica ideológica que interpela a la emoción de encontrarse con un sentido de pertenencia, un arraigo a un territorio y contexto. En definitiva la conclusión de un proyecto identitario deseado, constitutivo de un anhelado ser nacional que representaría lo que somos. Esto ha sido un recurso explotado por intenciones políticas que han pretendido homogenizar nuestra cultura desde la violencia del no reconocimiento de la diversidad que ha invisibilizado, con pretensión de exterminar, modos de ser que hoy reclaman desde la dignidad su derecho a ser reconocidos desde la participación en la conformación de la convención constitucional demandando la plurinacionalidad.

Cuando el concepto de Patria ya está definido y sobre todo cuando esto ha sido impuesto sin consenso, planificado por la élite dominante a favor de los intereses oligarcas, esta construcción de identidades ha sido inadecuada, también podríamos decir inauténticas. No estaría de acuerdo con este tipo de procesos impulsados en distintos momentos, pero que puede leerse como una variable continua, salvo pequeñas y momentáneas fisuras en nuestra historia. Considero que el movimiento debería ser a la inversa, es decir, que desde las identidades colectivas surja el reconocimiento de lo que somos sin la obligación de alcanzar una homogeneidad, para esto tal vez el concepto Patria no sea pertinentemente significativo para aquello que son las identidades colectivas, no necesariamente por qué sean antagónicas sino simplemente dado que son diferentes y diversas. Así planteado creo que el “carácter nacional” podría ser indagado en variables como lo popular, lo indígena y el paisaje, hipótesis que he venido sosteniendo en mi curso sobre “Poetas, músicos y filósofos chilenos”, analizando productos culturales en esta disciplinas del saber.

Me parece muy sensato que hoy no compartamos como el único sentido nuestro, eso que se nos impuso como “valores patrios” desde la dictadura cívico-militar que sigue estando vigente en los debates y procesos políticos actuales. La imagen del huaso pituco con el poncho de Doñihue que brinda chicha a los militares denigra a una sociedad que ya no sintoniza con esos nefastos clichés. “La patria”, así matriarcal, puede tener vigencia, en cuanto es un proyecto que permite el reconocimiento de distintas demandas sociales territoriales que son un reflejo de diversos modos de ser que han ido concientizando su dignidad. Así dicho consideramos un presente que apunta hacia un futuro. Pero, lo que somos nunca es una renuncia total a lo que fuimos, siendo parte de nuestro patrimonio aquello que persiste en la memoria popular y que ha sobrevivido en ese subsuelo político que sigue resistiendo las violencias de los proyectos dominantes de la élite servil a la oligarquía.

Agrego un apartado, un poco en honor a la amistad con los filósofos argentinos Roberto Follari y Enrique Del Percio. La emoción que provoca el arraigo desde la experiencia de amor al terruño, eso que bien exaltaron los poetas laricos en Chile y la tradición musical argentina expresada en tantas hermosas zambas, es un sentimiento genuinamente amoroso que se reconoce en esas significativas historias de lo que emana de lo que se ha llamado historias mínimas que nada tienen que ver con los patriotismo excluyentes que no aceptan la riqueza popular, indígena o migratoria. Esto tendría que ver con eso que la filósofa Simone Weil ha comprendido como el “echar raíces”. La patria debe ser comprendida como esa “patria grande” que sigue siendo un proyecto de realización política en nuestra américa. La discusión sobre nuestro plurinacionalismo no puede hacernos olvidar nuestra pertenencia al impulso latinoamericanista. Como decía uno de nuestros guerrilleros recogidos en nuestro folclor musical, Manuel Rodríguez al “que mataron camino a Til-Til: “…aún tenemos patria ciudadanos”.

Alex Ibarra Peña.
Doctor en Estudios Americanos.
Docente Instituto de Filosofía-UCSH.

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