En las últimas décadas, la izquierda a nivel global ha experimentado una mutación ideológica profunda. El eje histórico de su propuesta -articulado en torno a la contradicción capital-trabajo y la redistribución material- ha sido progresivamente desplazado o subordinado por las llamadas políticas de la identidad. Este giro culturalista, si bien emergió como una legítima agenda de reconocimiento para “minorías” históricamente subyugadas (género, etnia, diversidades sexuales), hoy enfrenta una severa crisis de rendimientos decrecientes y un desgaste estratégico visible.
El presente análisis examina este fenómeno bajo un enfoque escalar, desde su génesis y crisis en el plano global hasta su manifestación concreta en el contexto local sudamericano y chileno. Se argumenta que la hiperfragmentación identitaria no solo ha erosionado la capacidad de la izquierda para construir mayorías transversales, sino que ha facilitado una contraofensiva cultural de las nuevas derechas radicales, las cuales han sabido capitalizar el resentimiento de las clases trabajadoras desafectadas por el discurso de la corrección político-ética. De la Emancipación a la Fragmentación Para comprender el desgaste actual, es imperativo dividir el fenómeno global en tres vectores fundamentales; el quiebre histórico posGuerra Fría, la privatización de la utopía colectiva y el engranaje del capitalismo corporativo con las demandas de la diversidad. La genealogía de este desgaste se remonta a la crisis de los grandes relatos emancipatorios. Con la caída del Muro de Berlín y el colapso del bloque soviético, la izquierda tradicional perdió su horizonte de alternativa sistémica al capitalismo. Ante el triunfo ideológico del libre mercado, la izquierda gubernamental occidental (el laborismo británico de Tony Blair, los demócratas con Bill Clinton o la socialdemocracia alemana) operó una rendición en el plano económico, aceptando las premisas básicas de la desregulación financiera y la flexibilización laboral.
Al quedarse sin un proyecto de transformación de las estructuras materiales (la producción, la propiedad, los impuestos redistributivos), la izquierda se desplazó hacia la superestructura cultural. La lucha ya no sería por abolir o regular drásticamente los mercados, sino por asegurar que nadie fuera discriminado dentro del mercado. El concepto de justicia social mutó, ya no significaba una sociedad más igualitaria económicamente, sino una sociedad donde las jerarquías socioeconómicas estuvieran proporcionalmente integradas por “minorías” (mujeres, minorías raciales, diversidades sexuales). La política identitaria originalmente concebida por los movimientos de derechos civiles de los años 60 y 70 tenía una vocación institucional y universalista, buscaba ampliar el concepto de ciudadanía para incluir a los excluidos. Sin embargo, al trasladarse a las academias universitarias y al debate público global en el siglo XXI, sufrió una distorsión dogmática.
La política pasó a centrarse en la subjetividad y la pureza “evangélica” del lenguaje. Se consolidó una retórica basada en el “privilegio” y el “trauma” , donde el objetivo ya no es construir coaliciones amplias a través de lo que tenemos en común, sino subrayar de Sobre la izquierda identitaria manera infinita lo que nos separa. Esto produce una paradoja de fragmentación celular, el sujeto colectivo unificado (el pueblo o la clase trabajadora) se atomiza en subcategorías identitarias específicas. Bajo la lógica de la hiper-interseccionalidad mal entendida, la posibilidad de empatía trans-grupal se cancela, “si no compartes exactamente mi identidad y mi opresión vivida, tu opinión carece de validez epistémica” . La consecuencia directa es la incapacidad estructural para construir mayorías estables, transformando a la izquierda en una coalición de minorías agraviadas que desconfían entre sí.
Quizás el síntoma más agudo del desgaste global de esta agenda es su asimilación absoluta por parte del poder financiero transnacional, un fenómeno que Nancy Fraser denomina “neoliberalismo progresista” . Fraser explica que el capitalismo global descubrió que la política identitaria no solo era inofensiva para sus intereses materiales, sino que resultaba altamente rentable y servía como una perfecta pantalla de legitimación ética. Las grandes corporaciones de Silicon Valley o Wall Street pueden financiar desfiles del orgullo, implementar cuotas de género en sus directorios ejecutivos y utilizar lenguaje inclusivo en sus campañas de marketing, mientras en paralelo subcontratan mano de obra precarizada en el “Sur Global” , destruyen sindicatos y evaden impuestos en paraísos fiscales. Esta domesticación de la identidad despojó al progresismo de su filo crítico. Al convertirse en la ideología oficial de las élites educadas y globales, la política identitaria comenzó a ser percibida por las clases trabajadoras desindustrializadas no como una herramienta de liberación, sino como el código moral y aristocrático de los ganadores de la globalización.
Reconocimiento vs Redistribución
Para rastrear el desgaste epistemológico de la izquierda, es necesario examinar cómo operó el tránsito desde una ontología materialista a una idealista o discursiva, y por qué ambas dimensiones entraron en un aparente callejón sin salida. Fraser plantea que la economía y la cultura son dos esferas con lógicas operativas distintas, lo que genera un dilema estructural en las soluciones que la izquierda propone. Por una parte la lógica de la redistribución (economía), que busca la abolición de las diferencias socioeconómicas. El objetivo último de una política de clase es que la clase trabajadora deje de existir como tal, eliminando la brecha entre explotadores y explotados. Su remedio es la reestructuración económica (impuestos progresivos, propiedad pública, fin de la precarización).
En cuanto a la lógica del reconocimiento (cultural), busca la valoración y preservación de las diferencias grupales. El objetivo no es abolir la identidad, sino celebrar su especificidad y otorgarle igual estatus social. Su medicina es el cambio cultural-valórico. El desgaste actual proviene de que la izquierda contemporánea ha intentado resolver problemáticas que son de carácter redistributivo (caída de salarios, costo de la vivienda) Sobre la izquierda identitaria utilizando herramientas exclusivas del reconocimiento (paridad de representación en directorios corporativos o cambios semánticos). Al hacerlo, confunde la injusticia económica con un mero prejuicio cultural susceptible de ser “educado” o “cancelado” . De la explotación al “privilegio” . Este desplazamiento teórico implicó cambiar el concepto marxista de explotación por el concepto liberal-académico de privilegio. Esta mutación altera drásticamente la naturaleza de la acción política.
En el paradigma de la explotación, el problema es el sistema económico, el capitalista extrae plusvalía del trabajador debido a una asimetría en la propiedad de los medios de producción. La solución es colectiva y estructural (organización sindical, disputa del poder estatal). En el paradigma del privilegio, la opresión se desplaza hacia la conducta individual y la subjetividad. El “privilegio” se convierte en una propiedad casi metafísica e invisible que ciertos individuos poseen (por ser hombres, blancos, heterosexuales o cisgénero) y que deben “revisar” o “internalizar” mediante el autoexamen moral. La consecuencia política de este giro es devastadora para la izquierda, al sustituir en un primer momento la solidaridad por la culpa, la política deja de ser un espacio de construcción de alianzas para transformarse en un tribunal ético secular, donde los militantes se dedican a fiscalizar el lenguaje ajeno. Asimismo, invisibiliza la clase, un minero desempleado o un trabajador informal de la construcción es catalogado como “privilegiado” en virtud de su género o raza, ignorando que sus condiciones materiales de existencia son de absoluta desposesión. Esto genera una profunda enajenación y resentimiento en la base popular histórica de la izquierda.
Para Zizek, la obsesión de la izquierda por las políticas identitarias y el multiculturalismo es el síntoma definitivo de su derrota ideológica frente al capitalismo global. Al no poder alterar el curso de la economía financiera ni desafiar el poder de las transnacionales, la izquierda se refugia en una pseudo-actividad, la batalla cultural permanente. Zizek argumenta que el multiculturalismo es la forma ideológica perfecta del capitalismo globalizado actual. El capital no tiene patria ni cultura, es intrínsecamente tolerante con todas las identidades locales siempre y cuando estas no interfieran con la libre circulación de mercancías y la acumulación de ganancias. De este modo, la izquierda identitaria termina siendo perfectamente funcional al status quo, fragmenta la resistencia en micro-luchas canibalísticas, mientras las estructuras macroeconómicas globales operan con total impunidad. Sobre la izquierda identitaria La identidad invertida.
El colapso del discurso de la izquierda tradicional no produjo un votante apático o desmovilizado, produjo un votante profundamente agraviado que encontró en las nuevas derechas una narrativa de validación existencial y económica. Para comprender cómo la derecha radical colonizó las bases de la izquierda, Chantal Mouffe, aporta un concepto clave, la crítica a la pospolítica.
Tras el fin de la Guerra Fría, los partidos de centroizquierda y centroderecha convergieron en el consenso neoliberal. Se decretó que las grandes decisiones económicas ya no eran objeto de debate político, sino de gestión técnica (tecnocracia). La política, por ende, quedó vaciada de su dimensión de lucha, es decir, del conflicto entre proyectos de sociedad radicalmente opuestos. Al desaparecer el conflicto económico, el debate político se desplazó hacia la moral y la cultura. La izquierda sustituyó las categorías de “explotados contra explotadores” por “tolerantes contra intolerantes” . Mouffe advierte que el conflicto es constitutivo de la política, si lo expulsas por la puerta de la economía, regresa por la ventana de la identidad bajo formas mucho más hostiles y morales. La derecha radical entendió esto a la perfección, rompió el consenso tecnocrático, reintrodujo el eje “nosotros contra ellos” , y se ofreció como el único vehículo para canalizar las demandas de los que se sentían dejados de lado. El gran triunfo cultural de figuras como Donald Trump en Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia, Viktor Orbán en Hungría, o José Kast y Javier Milei en Sudamérica, radica en haber operado una inversión simétrica del lenguaje identitario de la izquierda. Cuando la izquierda identitaria académica comenzó a catalogar a la mayoría de la población trabajadora como usufructuaria de “privilegios estructurales” , generó una gigantesca masa de ciudadanos alienados. La derecha radical leyó este fenómeno y activó el identitarismo inverso. Construcción de la nueva víctima, la derecha le dijo a esa clase trabajadora precarizada, “ustedes no son los opresores” , encausando la frustración hacia los aparatos de poder de la élite intelectual y burocrática “que se preocupa más del lenguaje inclusivo y de las minorías” . De igual manera, activaron un orgullo defensivo basado en la tradición, la nación, la religión y la familia. La incorrección política se transformó en acto de rebeldía y liberación frente al “totalitarismo blando” de las directrices culturales de la izquierda.
En este mismo sentido, Guilluy demuestra que el eje de disputa política contemporánea ya no es estrictamente ideológico, sino socio-geográfico. Por una parte, metrópolis globalizadas, donde residen las élites financieras, las clases medias-altas profesionales y el progresismo intelectual. Son los beneficiarios del modelo económico y los principales “consumidores” de la política identitaria y los discursos de nicho. En contraparte, las periferias económicas, que comprenden a ciudades pequeñas, comunas rurales o asentamientos informales. Allí habita la antigua base de izquierda trabajadora, hoy Sobre la izquierda identitaria atomizada, que sufre el cierre de sus lugares de trabajo, la pérdida de servicios públicos y el aumento de la delincuencia.
La izquierda identitaria se convirtió en el partido de las metrópolis. Al adoptar un discurso moralizante, las élites progresistas urbanas comenzaron a mirar a las poblaciones periféricas con condescendencia y desdén cultural (acusándolos de “votar contra sus propios intereses” o de ser intrínsecamente racistas/machistas). Guilluy sostiene que el voto de estas periferias hacia la derecha radical no es necesariamente un giro ideológico hacia el fascismo, sino un voto de clase y de preservación. Es la única herramienta que perciben como desconectada de las condiciones más elementales de la supervivencia material. El aterrizaje local Mientras que en el “Norte Global” la política identitaria se superpuso a sociedades con Estados de Bienestar maduros (aunque en retroceso), en Sudamérica se implementó sobre estructuras sociales profundamente precarias. La izquierda local cometió el error de diagnóstico de priorizar las batallas de reconocimiento de nicho en un continente donde la urgencia sigue siendo la supervivencia material y la seguridad cotidiana.
Uno de los mayores desgastes teóricos de la izquierda sudamericana contemporánea ha sido su dependencia de las matrices conceptuales producidas en las universidades de élite de Estados Unidos y Europa. Conceptos diseñados para analizar dinámicas de segregación racial o de género de en sociedades postindustriales fueron trasplantados sin mediación a realidades donde el principal eje de exclusión es la línea de la informalidad laboral y la desprotección social.
El sujeto popular en Chile y la región opera bajo una lógica distinta a la de las identidades fragmentadas que suelen debatirse en los entornos intelectuales. Para gran parte de la población de comunas periféricas de Santiago, los trabajadores ambulantes o informales, la autoidentificación no se construye prioritariamente desde vectores abstractos, sino desde la experiencia cotidiana de gestionar el riesgo y la vulnerabilidad ante la ausencia de una red de seguridad estatal robusta. Su subjetividad es, ante todo, una respuesta pragmática a la precariedad.
Cuando los discursos progresistas adoptaron un tono predominantemente moralizante, centrado en la fiscalización de microagresiones o en agendas postmateriales, se generó un distanciamiento idiomático y cultural con estos sectores. Al reemplazar el lenguaje universal del empleo, la salud, la vivienda y la seguridad por los códigos específicos de las consultorías y las ONG urbanas, la política institucional tensionó su vínculo con las clases populares. El desafío actual de las fuerzas transformadoras no radica en tutelar o educar al sujeto popular bajo nuevos marcos teóricos, sino en volver a escuchar y co-construir un proyecto común. Esto implica reconocer que las demandas materiales no son “atraso político” , sino la base urgente sobre la cual se sostiene cualquier posibilidad de bienestar y cohesión social.
Sobre la izquierda identitaria El proceso constitucional que culminó el 4 de septiembre de 2022 en Chile quedará registrado en la historia política universal como el test de estrés más nítido de las políticas identitarias. Tras las movilizaciones masivas de la revuelta social de 2019, la izquierda institucional e independiente hegemonizó la Convención Constitucional. Sin embargo, operaron un severo error de traducción, interpretaron un malestar estructural contra los abusos del modelo neoliberal como un mandato para refundar el Estado bajo lógicas puramente identitarias.
El borrador constitucional propuesto se estructuró en torno a conceptos que enajenaron al votante medio, por una parte la plurinacionalidad, diseñada desde la teoría académica sin sintonía con el sentir de la mayoría de la población (incluyendo a los propios integrantes de pueblos originarios), introdujo la noción de sistemas jurídicos paralelos que fue percibida como una amenaza a la igualdad ante la ley y a la unidad nacional. Por otra parte, el maximalismo de nicho, en que se priorizaron debates sobre sistemas ecológicos hiperespecíficos y derechos de “minorías corporativas” , mientras las demandas universales y transversales que movilizaron la revuelta (el fin de las AFP, un sistema único de salud, el costo de la vida) quedaron diluidas en una arquitectura institucional confusa. El resultado fue un quiebre electoral tectónico. Las comunas más pobres y periféricas de Santiago y las regiones con mayores índices de vulnerabilidad socioeconómica y ruralidad rechazaron masivamente la propuesta. Las clases populares utilizaron el plebiscito como un mecanismo de castigo contra una élite progresista que percibían atrapada en sus propias fantasías identitarias y desatenta a las urgencias de la crisis económica inflacionaria en curso.
El desgaste definitivo de la matriz identitaria en el plano local se ha consumado en el manejo de la seguridad pública y la crisis migratoria.
Históricamente, la izquierda identitaria chilena observó el problema del orden público con sospecha, catalogándolo frecuentemente a través del lente exclusivo de los derechos humanos o el control punitivo del Estado. Asimismo, frente al fenómeno migratorio desregulado en el norte y centro del país, el progresismo se refugió en una retórica de “ningún ser humano es ilegal” y en la defensa abstracta de las identidades multiculturales.
Este enfoque demostró un profundo sesgo de clase. Quienes sufren de manera directa el hacinamiento urbano, la pérdida de espacios públicos, el deterioro de los servicios de salud locales y la emergencia del crimen organizado no son las élites académicas que habitan los barrios integrados y protegidos del sector oriente de Santiago, son los propios sectores populares.
Al negarse a abordar la seguridad como un derecho humano material y un bien público universal, la izquierda identitaria dejó el campo completamente abierto para que la derecha radical y el populismo penal capitalizaran el sentido común. La demanda de orden y control fronterizo pasó a ser leída por las mayorías no como una postura ideológica fascista, sino como un requisito mínimo de supervivencia biológica y social. Sobre la izquierda identitaria El retorno al universalismo La primera gran conclusión es que la izquierda no puede construir mayorías si continúa operando como una federación de minorías agraviadas. El desafío conceptual radica en transitar desde un identitarismo de exclusión mutua hacia un universalismo de base material. Las demandas de género, etnia u orientación sexual no son accesorias, pero su potencia política se activa únicamente cuando se vinculan con las estructuras de la desigualdad económica. Por ejemplo, la brecha de género no se resuelve únicamente con cuotas de representación en la alta dirección corporativa o con la modificación del lenguaje institucional, se disputa centralmente en la creación de un Sistema Nacional de Cuidados, en la negociación colectiva por rama de actividad y en el acceso a la salud pública universal.
Al universalizar las demandas, la izquierda puede volver a dialogar con los sectores populares, a quienes trabajan informalmente, ofreciendo un piso mínimo de certezas compartidas en lugar de un catálogo de privilegios y culpas cruzadas. El repliegue de la izquierda identitaria hacia las burbujas académicas y digitales le regaló a la derecha radical el monopolio de tres conceptos fundamentales para la psicología de las clases populares, la comunidad, la nación y la seguridad.
El progresismo local y global ha tendido a mirar con sospecha al patriotismo o la demanda de orden público, catalogándolos erróneamente como pulsiones autoritarias o reaccionarias. Sin embargo, en un escenario de globalización desregulada, precarización laboral y emergencia del crimen organizado, la frontera nacional y el orden público son percibidos por los sectores vulnerables como los únicos escudos protectores que les quedan ante el caos. Como izquierda debemos reconocer y comprender que la seguridad es el primer derecho social, sin orden público, los sectores populares son los primeros en perder su derecho a trabajar, a educarse y a habitar el espacio de manera digna. Recuperar una narrativa de patriotismo democrático y de orden social justo es indispensable para disputarle las bases trabajadoras al populismo de derecha radical.
El desgaste de la política de la identidad nos deja una lección metodológica crucial, la política es un ejercicio de persuasión, no de evangelización moral. La deriva punitiva del progresismo contemporáneo, manifestada en la cultura de la cancelación, la fiscalización del lenguaje cotidiano y la superioridad moral de las élites universitarias, ha clausurado la posibilidad de construir mayorías estables.
Cuando la izquierda asume el rol de un tribunal que juzga las costumbres, prejuicios o el lenguaje de las clases populares (en lugar de comprender las razones materiales y culturales detrás de sus conductas), fractura de manera irremediable el lazo de representación. Para volver a ser una fuerza de transformación real, es urgente abandonar la jerga tecnocrática y académica de las ONG y volver a sintonizar con el sentido común de la ciudadanía. La legitimidad de un proyector transformador no se decreta desde una Sobre la izquierda identitaria vanguardia cultural iluminada, se construye pacientemente, en la calle, el sindicato, el barrio y el territorio.
