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Sobre la sociedad civil y los intereses individuales. Una respuesta a Claudio Alvarado por Álvaro Ramis

El director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) Claudio Alvarado comentó en una carta en El Mercurio del 4 de septiembre pasado lo siguiente: “Nada de esto es trivial. Basta leer la carta del rector Álvaro Ramis publicada ayer para notar cuán extendido se encuentra el prejuicio según el cual todo aquello que proviene de la sociedad civil se reduce a meros “intereses individuales”. Me temo que si rectores de universidades privadas y estatales coinciden en esto, no solo los guzmanianos deben estar preocupados. Por desgracia —tal como sabe cualquier lector de Tocqueville—, pocas cosas resultan tan individualistas como negar la relevancia pública de la sociedad civil organizada”.

Creo que el “prejucio” que me atribuye Alvarado lo comparto con una larga tradición de autores, de derecha y de izquierda, desde Aristóteles y Pericles hasta Cicerón y Catilina. Lo mantuvieron también Maquiavelo, Montesquieu, Harrington, Adam Smith, Rousseau, los Jacobinos y los padres fundadores norteamericanos. Y por supuesto Hegel, Marx, Weber y Durkheim. Todos estos prejuiciosos autores parten siempre desde la descripción de una sociedad civil belicosamente escindida en clases o grupos de intereses materialmente arraigados e históricamente cristalizados, siendo sus diferentes proyectos normativos un intento de articular, ajustar, descartar o excluir algunos de esos intereses. Como observaba Hamilton (y no Marx) la sociedad civil se presenta escindida “principal y fundamentalmente entre propietarios y no propietarios".

Es cierto que Tocqueville buscó una salida a esta fractura desde una perspectiva moral exigente: la participación ciudadana en los asuntos públicos. Sin embargo, la revolución democrática tocquevilliana permanece en los marcos de la “libertad negativa” y los mandatos del mercado. Es difícil salir de una subjetividad basada en el individualismo, la maximización y el autointerés sin asumir la crítica al derecho “sagrado” de la propiedad individual y su status cuasi-trascendental, cuando no directamente ligado a la naturaleza humana. Por eso C.B. Macpherson insistía en que el “individualismo posesivo” del capitalismo es el que realmente limita el florecimiento humano.

Álvaro Ramis / Rector UAHC

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