En kioscos: Julio 2024
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Sobre un Plan Nacional de Reforestación. Por Camilo Carrasco

Con profundo pesar por la destrucción experimentada por una importantísima cantidad de terreno y población de nuestro país. Vaya un cariñoso abrazo a quien lea, y a quien no, también.

Habita la tristeza en un país devastado, otra vez, por las llamas. Golpearon, esta vez, las ciudades, con una fuerza terrible. Lo que era evidente producto del avance previo de los incendios, se concretó. La trayectoria coherente continuó, dejando un rastro de luto.

“On and on the rain will fall, like tears from a star. On and on the rain will say how fragile we are”
Sting, Fragile.

Son horas de contención, de combate del fuego. De entrega, de solidaridad. De tristeza, evidentemente, una tristeza que se vuelve productiva en manos de cuerpos que se disponen, a mandato de corazones nobles y empáticos, dotados de profundas bellezas que exhiben con generosidad. Voluntades preciosas que se movilizan, que hacen de sus posibilidades el tope de lo que entregan, de lo que ofrecen. Corazones que van a ofrecer su corazón a corazones rotos, que se tienden sobre el corazón latiente y doliente de una tierra que arde desde las profundidades hacia una superficie con lenguas que gritan lamento, tragedia. Sobre el latido fúnebre de la madre, llevan su ritmia para curar la arritmia producida por el llanto de inhalación y exhalación tempestuosas.

Deberá venir el recambio para quienes agoten su capacidad de contener el llanto, para que puedan tenderse a llorar, esta vez, en tierra tranquila, templada, de contenido ardor, de controlado llorar. El cuidado de todo lo que ha ardido y ha respirado ceniza debe tener perspectiva de reparación, y sobre esa perspectiva de reparación corríjanse los anteojos y adopten la perspectiva, también, de urgencia. Brutal urgencia.

La consigna de que nunca más en Chile debe hacerse quehacer en nuestra memoria sobre los incendios, fenómeno joven y adulto a la vez, con un antecedente de magnitudes más que considerables en el año 2017, con titulares en televisión anunciando que los años venideros serían los peores hasta esos entonces. Del recuerdo memorizado sobre lo que el bosque, el campo y la ciudad han vivido debe surgir y emitirse una propuesta cuidadosa de reparación. Cuidadosa de amor, como es el cuidado. ¿El año 2023 debiese ser acaso, política, legislativa y administrativamente el año de los cuidados? Estando en curso lo relativo a las labores de cuidado, es sólo coherente. Es pertinente que el abrazo del presidente como jefe de estado a la zona sea duradero, un largo abrazo de contención hasta el cese del llanto. Es entonces el Estado como voluntad política y material del presidente el llamado a acompañar, a estar mano a mano en la reconstrucción de lo devastado. En ésta zona azotada por los incendios como otras azotadas por otros males, con la urgencia que éstas presentan. El abrazo de Chile debe ser ahora por sobrevivir, por pedirle así disculpas a una tierra vapuleada que arde por el descuido. Solo así una clase política puede reconciliar la desafección que les pesa, persigue y responsabiliza. Una disposición que debe ser evidente, constatable, tangible. Una tarea de reconstrucción que demanda como ninguna otra una diligencia urgente, para prevenir mayor destrucción, y porque de cuya reconstrucción depende la salud y sobrevivencia de la especie humana y muchas otras.

Evidentemente comprometidas las capacidades de la especie humana y de todas sus derivaciones / construcciones sociales, como la infraestructura sanitaria, sus economías; lo que corresponde, mientras se tose ceniza, es elevar humilde solicitud de reconsideración de las priorizaciones. La respuesta de un estado desplegado, presente, dispuesto, acompañado por una ciudadanía a su vez movilizada por un instinto y una sensibilidad imposibilitadas de mantenerse quietas ante la necesidad de esa respuesta. La movilización ha sido impresionante, ha tenido características similares a fenómenos político-sociales con asociada devastación como el estallido político y social de 2019, como precisamente una sensibilidad que es puesta en función de lo que está llamando la atención en el espacio público, colaborando así con ese llamado de atención haciéndolo efectivo y eficiente, y poniendo en valor lo que ese llamado de atención manifiesta, al menos de forma acotada, pero efectivamente. (en el caso del estallido social y político de 2019)

La fúnebre sensación de un cielo cubierto por cenizas de material altamente tóxico, de cadáver de árbol calcinado inhalado por grandes cantidades de población, generando un problema de salud pública a su vez, adicional a la catástrofe misma. O podría entenderse como parte de la misma, lo que busca señalar la línea anterior es que debemos considerarnos en crisis, anteriormente ya calificada así la pandemia del Covid-Sars2. Una crisis sobre una crisis, ambas de carácter respiratorio, ambas muy dañinas, muy masivas, y muy públicas. Muy colectivas, de afectación masiva, incontrolable o no tan controlable. Tan similares que ambas expansiones son visibles si se observan en un mapa geográfico. Tanto el virus como el humo partieron su trayectoria en un lugar, y se desplazaron dañando a lo que se encontraba con él. Las personas que vivieron las exposiciones a humo en calidad de damnificades, y las personas que las vivieron como voluntades desplegadas en los territorios damnificados, deben recibir atención oportunda, prioritaria, en los centros de salud del país. Ojalá haya infraestructura disponible para atender, estabilizar, cuidar y sanar a toda la población afectada, también, sanitariamente, por la catástrofe. Y donde no la haya hay una tarea apremiada por un invierno venidero, bajo el cual será difícil hacer los trabajos de reconstrucción, tenemos apenas meses.

Meses en los cuales también hacernos cargo de evidentes falencias que, como sociedad, estado, colectividad, que lo público tiene para con el país. Infraestructura que nunca estuvo y que debe desplegarse desde el centralismo para atender una emergencia. Los sectores afectados necesitan disponibilidad de especialistas, infraestructura nueva, adecuada y suficiente, un rediseño con categorización de emergencia, mandatada por la catástrofe, un rediseño en el que se inserte, o desde el cual emane, o con el que se coordine la nueva suficiente y adecuada infraestructura pública, en la cual también considerar infraestructura “verde”, viva, área bosque, construido y cuidado con fuerza de la alianza público-privada, la colaboración del estado con todas las esferas de las sociedades civiles, a través tanto de la consulta masiva como forma de participación, como la presentación de diseños, consideraciones y propuestas por parte de la ciudadanía de las comunas a reconstruir, ejecutadas por las mismas comunidades disponiendo del material, la asistencia técnica y la empleabilidad de parte de ésta alianza, sirviendo al país de forma remunerada en función pública o privada de interés público, como la infraestructura de la Universidad de Concepción, de libre tránsito, entendida, sentida y habitada como espacio público, más, declaración de monumento mediante, corresponde a propiedad privada. Si quienes tuviesen pudiesen disponer hacia lo público parte de lo privado, sin perderlo, más disponibilizando para el uso y la reconstrucción pública, por ejemplo, sometiéndose a criterios de seguridad medioambiental sugeridas por los protocolos con los que se destine la reconstrucción pública el impacto medioambiental sería incalculable si hoy se considera todo lo que el estado puede hacer, ya que depende de cantidades desconocidas de voluntariedad aún no declarada o silenciosa retención, por ende, pensar en todas las formas de la colaboración aparece como un asunto instintivo. Por fomento al cultivo privado de especies de valor eco-sistémico, por ejemplo, entender también la entrega, diseño, propuesta de áreas bosques para complejos habitacionales de copropiedad, la disposición de hierbas que puedan habitar un balcón, una ventana, un interior. Generar una fuerza nunca antes dimensionada, atravesada completamente por el fenómeno de la humanidad (si se acepta que el libre desarrollo de la naturaleza no cuenta con su intervención) al ser esta quien la gestiona, desarrolla, sostiene, promueve y ofrece a una naturaleza herida para su recuperación. La naturaleza, las plantas, las otras especies animales y la nuestra requieren de más de sí mismas para sanarse, cuidarse y reconstruirse.

Para el fenómeno de la naturaleza dañada por las formas de cultivo, diseño, industria y economía, consideración política de los valores y derechos humanos como el ambiente libre de contaminación, por la gentrificación, resultado y distribución de los cambios demográficos.

La infraestructura pública para reconstruir debe regirse por los criterios nominados como principios rectores del actual gobierno de Chile, como la conciencia respecto de la crisis climática en curso, una perspectiva de derechos y acceso a ellos, una perspectiva de libertades y el acceso a ellas. Un gobierno feminista, declarado, además, tendrá que suscribir rápidas y pre-elaboradas discusiones sobre espacio público en función de llegar a tiempo a las comunidades, para evitar errores del pasado como la compra de contenedores para montar “infraestructura” de emergencia de larga permanencia como infraestructura pública sin serlo. O el diseño de ciudades permisivas con actividades de riesgo medioambiental, o de seguridad, o económicas, o de salud, o de preservación medioambiental y patrimonial. Un diseño sustentado en la memoria de las ciudades, poblados, territorios sobre si mismas, sobre los bosques y ecosistemas que les rodeaban antes de la catástrofe. Una memoria histórica, historificada, atravesada por consideraciones geográficas, climáticas, de paisaje, de acontecimientos, de historia humana, de historia política, geográfica, económica, habitacional.

Esa historia debe re-priorizar sus consideraciones, introspectivamente debe incorporar y exudar prioridades, respirar el momento que le apremia. Esa función pública, la función económica, la función política, todas funciones, labores, saberes, profesiones, trabajos, vidas laborales y no laborantes se insertan en un contexto con anotaciones hechas con un lápiz bolígrafo rojo, unas condiciones ya anormales, anormalizadas (de acuerdo a lo que se ha establecido por normal, algún tiempo atrás) repletas de anomalías, emergencias, récords y contaminaciones que no sólo insuficientizan todas las medidas de cuidado admisibles en condiciones normales sino que asoman como asuntos de urgencia previa al mejoramiento de esas condiciones anormales. La atención a la emergencia es un primordial como el propio nombre lo indica y lo es de acuerdo al despliegue pluriestamental de un estado junto a otros estados, junto a una ciudadanía, a un mundo privado, incluso a unas condiciones meteorológicas.

Una intensa alergia, un ardor de la tierra en la capa de la piel que nos toca habitar es confortada, humedecida, enfriada y calmada por una sumatoria de esfuerzos sólo coherentes con la magnitud de la catástrofe. Si para entender el fenómeno de su cuidado, “combate” al incendio, la reparación que consiste en el apagado de incendios y la rehabilitación del terreno se entiende como una respuesta de emergencia, y además se problematiza, se puede ver más allá de este atardecer todo lo que hay que hacer.

Quizá haya que confesar cierta cobardía, incapaz, de poder apenas pensar en qué hacer cuando las raíces dejen de arder, que radica más que en cualquier otra cosa, en una intensa necesidad de resguardarse de la imagen y del frenético chillar del apagarse de las raíces ardiendo. Lamento que se diga que no son momentos para decir, también, pues pienso, por un lado, ¿qué pasa con quienes lo necesitamos? Y también, si me pongo a pensar en momentos históricos sobre los que haya o no haya documentación escrita, no sé cómo me hará sentir la petición, mandato incluso, de que no son momentos para escribir. Como si nadie, en ninguna parte del mundo, pudiese ofrecer su escritura y nada más. O que pueda, incluso, a través de ese ofrecimiento, disponibilizarse. Ya sea porque es lo que históricamente ocurre, lo que arde lo que motiva, dota y corporiza lo que se escribe, una escritura como metaexistencia pero puesta en valor desde lo que se experimenta, lo que se vive, lo que se historiza, los momentos y acontecimientos; O porque el ejercicio de la escritura pueda, en sí misma, significar una sanación necesaria del territorio que es el cuerpo y el habitar propio.

Como si no fuesen los dichos que se han dicho en hitos, en respuesta a aconteceres y acontecimientos los que sustentasen lo que se entiende común, colectivamente, para su ejecución. Los acuerdos tomados en medio de la necesidad de rearticulación que, por su naturaleza, significa una emergencia, en base a lo previo y las ideas como la restauración, la reparación, el diseño original y el rediseño, el aprendizaje, los momentos históricos que son, en fin, cualquiera que se historice. ¿No es también la memoria, la opinión, las visiones de sociedad las que también entran en crisis cuando la historia apremia? Creo que la historia apremia a todas las disciplinas a una generosidad inédita, a una disposición creativa y colaborativa para la reconstrucción que ya tiene, además, como antecedentes, condiciones insuficientes y urgentes de reparación, además de lo siniestrado.

¿Cuál será el centro de la reconstrucción? ¿lo habitacional? Más allá de la emergencia, ¿el espacio público, lo relativo al cuidado y la seguridad como algo común? ¿en ese cuidado y seguridad hay espacio para la seguridad medioambiental? ¿se entiende como un ítem de consideración administrativa, siquiera, la rehabilitación medioambiental a través de la incorporación de pulmones al diseño de los planos reguladores de todas las zonas y todos los espacios públicos? ¿Bastará con que se incorpore algo así como un área bosque a la planificación territorial, no como pretensión academicojipi de preservación ambiental en parques androcetristas, sino como un área pensada en criterios técnicos y de pertinencia territorial para la sustentabilidad y sostenibilidad de espacios dentro de las ciudades para la reparación y habitación de la naturaleza? ¿ha bastado la iniciativa privada de perspectiva jardín privado de cuidado de propiedad privada, de cosa, y no de especies de prioridad, de protección; y si no ha bastado, ¿no será urgente ya la incorporación de esa pretensión ya manifestada por tantas voces sobre el diseño del cohabitar con la naturaleza de forma armónica, balanceada, que en estas condiciones no es sino de devolver, reparar, restaurar? ¿qué se ha de limitar, que se ha de repriorizar, que se ha de poner como labor de emergencia y cuanta sostenibilidad han de tener? Cualitativamente, en diseño, transporte, construcción, materialidad, ¿con cuanta sostenibilidad se enfrenta la reparación de la catástrofe? ¿Cuánta colaboración lo hace sostenible? ¿Cuál? _ Yo, al menos, insistiré con los bandejones centrales de lavanda como reemplazo del pasto, quizá con un suspiro de urgencia casi de perspectiva patrimonial sobre la naturaleza, quizá pretenciosamente androcentrista y patriarcal; sobre la urgencia de ceder en las ciudades terrenos, recursos y trabajo en poner de vuelta la armonía entre las especies forestales nativas, exóticas, la humanidad y todas las especies.

Compartir este artículo