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Sobre zanjas y murallas. Por Francisco Ramírez Varela

Desde los nuevos enfoques que hoy quiere darse a la política migratoria, asistimos mediáticamente, como en el norte de Chile las retroexcavadoras abren zanjas y el debate público coquetea con levantar barreras físicas como respuesta a la migración irregular. La imagen es potente: tierra removida, límites marcados, la ilusión de que un obstáculo material puede ordenar un problema que lleva años desarrollándose. Aunque esta medida tenga alta aprobación —o sea tentadora como gesto populista—, no es solo una decisión de seguridad: arrastra consecuencias políticas, socioeconómicas y culturales que suelen quedar fuera del titular.

La crisis migratoria que golpea al país se viene expresando con fuerza desde 2020 y no nació de la nada. El cierre de fronteras durante la pandemia, el deterioro sociopolítico regional —con el éxodo venezolano como rostro dramático— y la falta de vías regulares accesibles empujaron a miles de personas a ingresar por pasos no habilitados. Y donde hay desesperación y rutas clandestinas, aparecen los inescrupulosos: redes que cobran por guiar trayectos, transportistas de personas, extorsión y abuso. El problema, entonces, no es solo el cruce irregular; es también el negocio que se monta sobre él.

En los últimos años, con más control y fiscalización, el flujo irregular ha bajado en parte. Aun así, el tema está lejos de cerrarse: las rutas cambian, las bandas se adaptan y la presión migratoria regional no desaparece porque Chile cave una zanja. Por eso, aunque estas obras pueden producir un efecto inmediato en puntos específicos, también pueden desplazar el tránsito hacia caminos más remotos, más peligrosos y más rentables para los traficantes. Una barrera puede interrumpir un trayecto, pero también puede incentivar el ingenio de los inescrupulosos que viven de rodearla.

Este debate, además, suele esconder lo que más incomoda: el costo. No solo el económico —infraestructura, vigilancia, mantención, despliegue de personal— sino también el social. En zonas fronterizas donde existe movilidad histórica e intercambio entre comunidades, las barreras pueden perjudicar economías locales legales, aumentar tensiones y reforzar una narrativa que asocia migración con amenaza.

Una zanja abre la tierra, la divide y la interrumpe; de forma parecida, las decisiones apresuradas o centradas solo en el control pueden profundizar fracturas dentro de la sociedad. Estas heridas no siempre se ven de inmediato, pero aparecen en la desconfianza, en la tensión entre comunidades y en la sensación de abandono que experimentan tanto quienes viven en la frontera como quienes intentan cruzarla.

Las murallas, por su parte, no solo delimitan espacios geográficos: también levantan límites simbólicos. Pueden terminar funcionando como una expresión concreta de exclusión, una señal de quién pertenece y quién queda fuera. En el contexto migratorio, ese simbolismo alimenta estigmas y puede empujar a la discriminación.

Antes de celebrar zanjas y murallas como solución, conviene mirarlas por lo que son: una medida parcial, de efecto limitado, con costos que se pagan en presupuesto y en cohesión social. Si el plan es serio, debe ir más allá del gesto: combinar control con tecnología, cooperación internacional, persecución de redes de tráfico, procedimientos migratorios claros y capacidad real de integración. De lo contrario, estas obras terminarán siendo más un símbolo de división que una respuesta sostenible.

Cavar zanjas da la impresión de acción inmediata: se ve, se fotografía, se aplaude. Y al gobierno le viene perfecto porque convierte un problema largo en una postal de “mano firme”. Pero si la política migratoria se reduce a eso, terminaremos administrando la migración como espectáculo: un gesto duro para la cámara y blando en resultados.

La frontera necesita orden, sí. Pero orden no es lo mismo que teatralidad. Si el gobierno quiere recuperar control, que lo haga donde realmente cuenta, porque una zanja puede cortar un camino, pero no tapa el vacío de una política que llega tarde.

Mi abuelo, que trabajó muchos años en construcción, repetía una idea simple: “No importa lo alta que levantes una muralla, siempre va a haber alguien que quiera saltarla”. En ese sentido guardaba toda la razón: siempre habrá alguien que busque saltar la frontera; la pregunta es qué hará el Estado después.

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· Francisco Ramírez Varela, Trabajador Social; Académico e Investigador

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