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Sociedades pedófilas. Por Mia Dragnic-García, Paloma Castillo-Gallardo y Raúl Ortiz-Contreras

I

Entre las palabras más buscadas en Internet, junto a “bono de invierno”, “IFE Laboral” y “pase de movilidad”, se encuentran en los sitios pornográficos, las palabras “jovencitas”, “hentai” y “teens”. Estas son algunas de las categorías preferidas para los hombres que buscan porno, mientras que, para las mujeres, los tópicos más frecuentes en el millonario negocio de la pornografía son “lesbianas” y “tríos”. La historia patria ofrece una variada gama de acontecimientos que dan significado a estas pesquisas cibernautas, y que hasta el día de hoy pasan desapercibidos en la cotidianidad de los noticiarios, imagine entonces lo que navega en el profundo, gris y secreto mar del deseo sexual de un individuo.

Es larga la lista de los placeres pedófilos que tiene una sociedad católica, conservadora, militarizada y patriarcal como la chilena. La figura del “macho desvirgador” y la erotización de la edad escolar son expresiones comunes -casi intactas- de una cultura que elabora imaginarios de atracción sexual adulta hacia las niñeces. Extensa ha sido también la polémica provocada por un tuit que calificó como “apología a la pedofilia” una tesis de maestría realizada el año 2016 en la Universidad de Chile. Ni siquiera el listado de los 42 sacerdotes chilenos condenados por abusos sexuales a menores, inauditamente publicado el año 2018 por la iglesia católica, causó tanto revuelo. Llama la atención que nadie se pregunte ¿cómo se llega a una tesis de este tipo que fue escrita hace seis años?

La alarma que todo esto ha causado es asombrosa porque convive con tantas formas de pedofilia que parecen no incomodar a nadie ¿Ha leído la denuncia de algún padre, por ejemplo, por haber encontrado un “sexi” traje de colegiala entre los disfraces de pollito que buscaba para su hije en una tienda de Halloween? ¿Qué tipo de disociación permite que una sociedad se alarme de tal manera por una investigación teórica y guarde diario silencio frente al abuso sexual sistemático de menores en instituciones estatales como el SENAME? ¿Sabía usted que en Chile 1 de cada 5 personas afirma haber sido víctima de abuso sexual en su infancia?

La escalada de esta noticia ha sido tal, que hasta el gobierno se ha manifestado preocupado y ha interpelado a la universidad, existiendo tantos pendientes en la agenda pública. ¿Qué fantasma, trauma o síntoma recorre el desespero y el espanto de una población que desata una cacería de brujas en contra de una profesora e invoca la censura por haber leído la dedicatoria de una mediocre tesis universitaria? A propósito de esta controversia, deberíamos estar hablando sobre los mecanismos económicos y culturales que sostienen la desigualdad, el machismo, la promoción de la pedofilia y hasta la pederastia en el Chile actual. ¿Por qué esto no está sucediendo y a cambio lo que parece ocupar todo el debate es un miedo descomunal a que proliferen los pedófilos por culpa de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile en una sociedad colmada de pedofilia? Es necesario llevar la discusión hacia reflexiones más sensatas y profundas, que participen en la articulación de una mirada crítica sobre la producción de conocimiento en las universidades y las políticas identitarias, por ejemplo.

II

Quizás el problema es que las tesis universitarias no son verdaderas producciones de conocimiento, pero no lo son hace mucho rato. Hoy se transforman en polémica porque aparecen desarrollando temas que desde tiempos remotos han circulado en la crónica roja de la vulneración a las infancias. Vulneraciones que no pueden pensarse en Chile como actos aislados, ni románticos, ni individuales, actos en los que ha habido concertación, aprovechamiento, comercio y explotación, redes que involucran a la iglesia, la PDI, a Colonia Dignidad, a políticos, pediatras, entre otros. Sin embargo, estos ejercicios de conjetura “académica” parecen tener el privilegio de desentenderse de todas esas sujeciones materiales que enmarcan el acto pedófilo, que se justifica mañosamente como parte de la crítica al adultocentrismo, y eluden la desigualdad inherente a la posición social de la infancia cuya dependencia no se performa con la simple declaración de protagonismo y autonomía. ¿Cuándo un tema se convierte en un problema de investigación?, ¿cuándo en un asunto político?

III

Lo interesante de esta controversia para nosotras, que la derecha probablemente provocó y/o que sabrá aprovechar muy bien, es que nos permite pensar cuestiones que parecen ser tabú en la discusión “académica” de las universidades, y también al interior del campo feminista, comunidades que, por cierto, no están ajenas a la desorientación profunda que existe en el pensamiento crítico contemporáneo. La banalización que permite aislar de sus condiciones de producción el acto de la pedofilia es parte del somnífero ejercicio de buscar en las prácticas sexuales (supuestamente transgresoras) una identidad política que busca reconocimiento. La política como pregunta por la sociedad que queremos ser, se reduce finalmente a lo que en ella nos está permitiendo hacer y de ahí que lo central termine siendo quien se acuesta con qué/quién y de qué forma. Lo más revolucionario que han propuesto las Ciencias Sociales en los últimos años parece ser el popper, feetfucking, BDSM todas prácticas pensadas como panaceas para la destrucción de la heteronorma y el patriarcado.

IV

La autonomía progresiva de niños y niñas es justamente el lugar en el que se ancla el debate respecto al papel de la sociedad en el cuidado de quienes son más frágiles: los que no tienen protección porque son dependientes de otros, económica y emocionalmente. Los niños y niñas aman, eso no está en discusión; pero a la sociedad toda le corresponde acompañar el espinoso trayecto que supone el encuentro con lo sexual y con el deseo objetivante del Otro. Esta es quizás la única pregunta política que contiene este debate y es la gran ausente en todo este sintomático escándalo que se ha generado. El peor escenario es la deriva punitiva que estamos percibiendo, el castigo, la censura o el identitarismo a secas y su régimen de cancelación. Estos son vuelcos hacia los rincones más turbios de la derecha y del conservadurismo chileno.

V

Hoy se abrirán debates impensables en torno a la censura, la posibilidad de dar o no cabida a temas en el espacio universitario: si están fundamentadas o sostenidas metodológicamente, si son especulaciones teóricas o ejercicios empíricos. Poco se hablará acerca de la ética de la producción académica o del desasosiego que produce el hastío de un tiempo en el que lo transgresivo y lo revolucionario se confunde y se pierde entre lo que cada individuo supone que es su única y definitiva identidad. Poco se hablará también del efecto siniestro que tiene en las víctimas de abuso sexual el gustito de provocar con significantes que reescriben la historia de violencia que para muchos y muchas tanto costó construir. Eso no importa en nuestros criollos “jardines de Academo”; lo del cuidado, la fragilidad y la fuerza común no alcanza a ser una ética para generaciones que no logran ver el efecto real del descuido.

Mia Dragnic-García, Socióloga y feminista, maestra en Estudios de Género
Paloma Castillo-Gallardo, Psicoanalista e investigadora Fondecyt de Infancias _m Raúl Ortiz-Contreras, antropólogo, maestro en Antropología Social

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