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Solidaridad, o el profundo sentimiento de responsabilidad social. Por María Emilia Tijoux

Campaña La humanidad somos todes

Etimológicamente la palabra solidaridad proviene del adjetivo latino solidus que refiere a lo que es sólido, macizo o consistente, pero también a lo que es completo y entero. Es decir, a algo firme. Y del verbo latino solido que significa consolidar, dar solidez, asegurar, soldar. Luego, los sinónimos de solidaridad señalan palabras como adhesión, amor, apoyo.

El concepto solidaridad es uno de los primeros que aborda la sociología. Emilio Durkheim aborda la distinción entre “solidaridad mecánica” y “solidaridad orgánica” en la cual se apoya para analizar la evolución de las sociedades modernas. La primera (solidaridad mecánica) funda el lazo social de las sociedades tradicionales, pues da cuenta de la semejanza entre los miembros del grupo y las funciones que llevan a cabo. Pero cuando las funciones sociales se especializan y se diversifican, surge otra solidaridad, la solidaridad orgánica que sustituye a la anterior mecánica pues se basa en la diferenciación de las tareas que deben realizar los individuos cuando construyen lazos de interdependencia social.

La solidaridad está íntimamente atada a la noción de lazo social y refiere a sus diferentes formas, por ejemplo, las familiares, comunitarias, intergeneracionales, sociales, ciudadanas, etc. En una sociedad moderna los individuos que conforman un grupo cumplen funciones especializadas, pero son complementarias. Porque los miembros de un grupo se necesitan entre si para que la sociedad funcione. La solidaridad por lo tanto es más que una voluntad, es un sentimiento profundo de responsabilidad y de dependencia recíproca que tiene un individuo, un grupo o de una comunidad de personas que moralmente están obligadas a vivir juntas. Es este sentimiento que las conduce a comportarse como si estuviesen confrontadas a los problemas de los demás, pues estos le pueden afectar en uno u otro momento.

La solidaridad humana implica un valor que une (ata) el destino de los seres humanos entre sí, por lo tanto, contiene un enfoque humanista que impulsa a tomar conciencia sobre el hecho de que todos pertenecemos a una misma comunidad que tiene los mismos intereses. En momento de gran sufrimiento y de profundas crisis, si pensamos y actuamos solidariamente, podríamos dejar de diferenciar, catalogar y clasificar a las personas, pues cada una es plausible de ayuda o de solidaridad.

Ante la pandemia del COVID-19 que es una realidad y un desafío para la humanidad, es decir para todes y más que nunca es importante poner en práctica este sentimiento y esta acción permanente de solidaridad que consigue que una sociedad se mantenga unida. Ella permite llevar a cabo una carrera contra el reloj dada para salvar vidas en donde participan en primer lugar las personas de los sistemas de salud que intentan dar y hacer todo, luchando desde el impulso solidario contra el avance del virus -contra la muerte- aun desprovistas de los medios para realmente llevar a cabo dicha tarea. Las medidas de cuarentena declaradas por el gobierno a veces totales a veces parciales y dadas en discursos contradictorios y explicaciones poco comprensibles, buscan limitar la propagación del virus, pero no siempre lo consiguen, tanto por un lenguaje poco claro o por la lejanía que las personas tienen con autoridades que han perdido legitimidad.

Pero la solidaridad está presente. En las miles las personas que se organizan a lo largo del país para ir hacia los(as) demás, trabajando por sus vidas, desinfectando lugares públicos y privados, organizando ollas comunes, apoyando a personas mayores y familias que carecen de alimento y que ven como se diezma lo ahorrado, contribuyendo a contener situaciones de salud mental que escapan al manejo familiar, evitando situaciones de violencia, sensibilizando a las comunidades sobre los cuidados corporales y de higiene obligatoria, buscando e incorporando saberes y conocimiento de las mismas comunidades que hacen parte de la sociedad chilena hoy, o entregando información clara que facilite la comunicación. Una inmensa red solidaria se ha tejido para enfrentar la vida haciendo regresar prácticas históricas de las luchas de trabajadores y pobladores.

Además, las redes sociales se llenan de mensajes de afecto, apoyo y comprensión hacia quienes viven el aislamiento en soledad y dejan ver lazos de amistades nuevas y proliferación de sugerencias para enfrentar situaciones de vida que jamás imaginamos vivir. Esta solidaridad social sin embargo hace frente también al profundo individualismo antes construido y que hoy atiza el carácter del sistema político y económico que se expresa en el egoísmo frente a medidas de protección comunitarias, el rechazo de los protocolos, los discursos violentos hacia personas y grupos más excluidos, o a la falsa idea de que el individuo egoísta puede salir solo(a) de una pandemia que afecta al mundo.

Esta crisis sanitaria nos entrega la posibilidad de construir solidaridad en los barrios, las poblaciones y las comunas, y a fortalecer el lazo social que nos ata para que no dejemos en un estado de aislamiento a los demás, ayudándoles en sus compras, asistiéndoles si están enfermas o cuando su edad les imposibilita moverse y, cuando carecemos de herramientas, inventando formas colectivas de resolución de los problemas.

Tenemos ante nosotres la tarea de cuidar que la solidaridad sea permanente y extensiva, especialmente hacia quienes han sido dejados(as) fuera de la consideración social, fuera de la “solidaridad” de que el estado vocifera y a veces la sociedad los dejan: por su opción sexual, condición económica, edad, rasgos, color, nacionalidad, todas ellas categorías diferenciadoras construidas para dejarlos «fuera» del lazo social. Fuera de la solidaridad, por lo tanto. Si entendemos que el COVID-19 no discrimina y que el peligro no se ve ni tiene clase género color sexo ni condición, llamamos a practicar la solidaridad social hasta volverla sentimiento y convertirla en la emoción que primero estremece y después en la organización social que hoy día vemos florecer como una de las tantas formas que adquiere la solidaridad en todo Chile.

La autora, María Emilia Tijoux es académica de la Universidad de Chile, Coordinadora Académica de la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas y Directora del Proyecto Anillos ANID PIA SOC180008.

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