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Soy jóven, soy antiimperialista. Por Catalina Lufín Pacheco

Hace ya algunas semanas, Estados Unidos inauguró su nueva Estrategia Nacional de Seguridad con una brutal agresión a Venezuela: bombardearon la capital y secuestraron a Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores. Tan solo unos días más tarde, en un intento desesperado por recuperar el dominio continental, Trump lanzó graves amenazas contra Colombia, México, Cuba y sus propios aliados de la OTAN, Canadá y Groenlandia. Pero aunque el presidente intenta poner su sello sobre esta determinación; muchos sabemos que esto rima con la historia de intervencionismo y saqueo que desde la doctrina Monroe ha marcado la política internacional estadounidense.

Este escenario de violencia recrudecida deja en el aire una pregunta indispensable para Chile ¿qué haremos para prevenir el avance del imperio en nuestra patria? La agresión contra Venezuela ha demostrado no solo su falta de respeto por la soberanía de los pueblos; sino que están dispuestos a desestabilizar toda la región para satisfacer la glotonería del capitalismo salvaje. Con un presidente electo de ultraderecha cuya política exterior estará muy probablemente alineada con los deseos de Estados Unidos; no será necesario un ataque, muy por el contrario, bastará con un acuerdo administrativo, tan silencioso como letal, para que lleguen a Chile a apropiarse del litio y vaciar la patagonia ¿Cuál es el camino, entonces, para alertar del peligro que corremos todos y todas? En distintas épocas, la juventud ha destacado por su claridad para detectar a los invasores y ha sido vanguardia en los procesos de defensa de nuestra soberanía.

Recuerdo en ese sentido y con especial cariño, la emblemática la marcha de Solidaridad con Vietnam de Valparaíso hasta Santiago que en 1967 convocó a cerca de dos mil jóvenes que exigían el pronunciamiento del Estado de Chile por el cumplimiento del Convenio de Ginebra y el cese inmediato de los bombardeos. Durante seis días, la multitud caminó por la carretera sur junto a importantes líderes de la época, como Gladys Marín, Raúl Rodríguez, Alejandro Yañez, entre otros. Fue una movilización histórica y que demostró para posteridad la potencia de la articulación antiimperialista juvenil.

Pese a que en nuestra generación han penetrado los discursos antimigrantes y un sentido común individualista, conservador y defensivo; algo se mueve dentro de cualquier jóven cuando mira a los ojos la devastación, el hambre y la muerte que deja a su paso el imperio yankee cada vez que se autoproclama como el libertador de los pueblos. Antes fue Vietnam, hoy es Palestina y toda Latinoamérica la que sufre el asedio estadounidense.

Desde 2024 a la actualidad, el genocidio en Gaza ha producido conmoción en los jóvenes en distintas latitudes. Acampes universitarios que exigen a sus gobiernos el cese de relaciones con el Estado ilegítimo de Israel y una flotilla que dió vuelta al globo cargada de ayuda humanitaria dan cuenta de una profunda sensibilidad que sigue encendida en los corazones de esta generación. Sí, somos hijos e hijas de nuestro tiempo, pero eso no nos hace ciegos de la huella de miseria que se expande por todo el mundo y que se ha grabado a fuego en la memoria de nuestros padres y madres.

Estamos, al igual que hace sesenta años atrás, a merced de los caprichos y ambiciones de un imperio que ha renovado su apariencia pero mantiene la inmoralidad como su estampa. Aunque ahora la emergencia es acaso, mayor, pues ya no nos separan océanos, sino apenas unas cuántas fronteras. En este contexto tan desolador, cualquier iniciativa de solidaridad, de resistencia, de educación o movilización, sea material o simbólica, contra el colonialismo de nuestras vidas, es urgente.

Hoy, hemos de decir otra vez con fuerza que somos jóvenes y por lo tanto, somos antiimperialistas. Porque para dar rienda suelta a nuestros sueños, sean cuales sean, la libertad es imprescindible. En la policrisis del capital, necesitamos espacio para plantar ideas nuevas y cosechar horizontes. Pero nada puede crecer en una tierra asfixiada, por las pisadas de los soldados extranjeros, y esteril, por el impacto de las bombas. Ser jóven, especialmente en Latinoamérica, significa reclamar el derecho a decidir nuestro propio destino y eso no es posible si un águila calva sobrevuela la cordillera de Los Andes. Así, la lucha antiimperialista se transforma en un mínimo para ser plenamente libres, aún en el siglo XXI.

Catalina Lufín Pacheco, presidenta Juventudes Comunistas de Chile

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