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Suicidio en Chile: cuando la vida se vuelve inhabitable. Por Alejandro Castro Harrison

En Chile, hablar de suicidio adolescente y universitario es hablar de un espejo roto de la sociedad. Un espejo que refleja un país donde la salud mental ha sido históricamente relegada, encapsulada en cifras, protocolos y manuales clínicos que poco dialogan con la experiencia vital de quienes, al borde de la desesperación, buscan desaparecer. La paradoja es brutal: mientras los programas nacionales de prevención del suicidio —como el PNPS de 2013— exhiben metas y estrategias intersectoriales, los adolescentes siguen siendo la segunda población con más muertes por esta causa.

El discurso oficial tiende a insistir en la “detección temprana”, la “intervención oportuna” y la “vigilancia epidemiológica” como si el sufrimiento psíquico fuese solo un fenómeno clínico a rastrear. Sin embargo, la vida de los jóvenes muestra otra textura: angustias difusas, vacíos imposibles de nombrar, contextos de violencia familiar, precariedad laboral de sus padres y un modelo cultural que exige “ser alguien” a costa de la autoexplotación.

El sufrimiento psíquico como síntoma social

David Le Breton (2016) ha señalado que, para muchos adolescentes, el suicidio no es tanto la búsqueda de la muerte sino un intento de “desaparecer”. Dormir sin despertar, suspenderse del peso insoportable de la identidad y las exigencias sociales. No es el final lo que buscan, sino un intermedio: un paréntesis frente a la asfixia de un presente que se percibe interminable. Ese malestar no nace de la nada. La modernidad líquida descrita por Bauman y la presión del capitalismo tardío en Chile generan un escenario donde el yo debe reinventarse de manera constante, competitivo, flexible, eficiente. El adolescente —y también el universitario— es arrojado a un mundo que le demanda éxitos inmediatos, cuerpos moldeados, trayectorias académicas sin tropiezos, mientras la precariedad laboral y la incertidumbre económica reducen toda perspectiva de futuro. ¿Cómo no sentirse sitiados cuando el horizonte se limita a sobrevivir la semana?

El modelo gubernamental: burocracia de la prevención

El Estado chileno ha impulsado planes de salud mental desde 1993, con énfasis comunitario y enfoque biopsicosocial. Sin embargo, en la práctica la prevención del suicidio sigue atrapada en una lógica burocrática: programas con financiamiento insuficiente, metas de reducción en porcentajes, evaluaciones cuantitativas sin traducción real en las vidas de los jóvenes. El Programa Nacional de Prevención del Suicidio, por ejemplo, planteó disminuir un 15% las tasas de suicidio adolescente al 2020 . Más allá de la meta incumplida, lo crítico es la ceguera ante el trasfondo estructural: desigualdad social, violencia simbólica y falta de espacios de acompañamiento genuino. Se instala así una paradoja: se trata el suicidio como un fenómeno estadístico, pero no se confrontan las condiciones sociales que lo incuban.

El modelo biomédico: medicalizar el malestar

La otra cara de esta problemática es la hegemonía del modelo biomédico. Como han mostrado diversos estudios, la salud mental en Chile se encuentra profundamente atravesada por la lógica farmacológica y la industria psiquiátrica. La proliferación de diagnósticos y la expansión de psicofármacos —el “Prozac” como ícono cultural de los noventa— han medicalizado emociones que antes eran comprendidas como parte de la experiencia humana: tristeza, duelo, ansiedad existencial.

El resultado es un reduccionismo que convierte al adolescente angustiado en un “paciente depresivo”, al estudiante estresado en un “trastorno de ansiedad”, y al sufrimiento social en una “patología individual”. Se pierde de vista que gran parte de estas angustias son respuestas a un sistema que precariza la vida, que reduce las relaciones sociales a vínculos transaccionales y que margina a quienes no cumplen los mandatos de éxito.

El capitalismo emocional: jóvenes en el límite

La salud mental en Chile no puede analizarse sin considerar el peso del capitalismo en la vida cotidiana. Como recuerda Le Breton, la subjetividad contemporánea está marcada por la urgencia de “ser uno mismo”, de construirse una identidad coherente y rentable . Pero ¿qué ocurre cuando ese proyecto de sí fracasa? La respuesta, en demasiados casos, es la tentación de la desaparición. La presión académica, la deuda universitaria, la incertidumbre laboral y la colonización de la vida emocional por redes sociales y métricas de popularidad refuerzan la idea de que “no estar” es más soportable que seguir existiendo bajo esas condiciones. El suicidio juvenil y universitario no es, entonces, un misterio insondable: es el síntoma más doloroso de una sociedad que devora a sus jóvenes.

Posvención y silencio social

Cuando ocurre un suicidio, la posvención busca sostener a las comunidades afectadas, acompañar el duelo y prevenir contagios. Pero incluso allí, el estigma se impone: familias silenciadas, colegios que evitan hablar del tema, medios de comunicación que prefieren titulares morbosos a una reflexión seria. El suicidio se convierte en un tabú social, cuando en realidad es una grieta que revela las fallas más hondas de nuestra organización colectiva.

Es urgente reconocer que el suicidio adolescente y universitario en Chile no se resolverá solo con más psiquiatras ni con protocolos ministeriales. Se requiere una transformación profunda:

1. Un modelo de salud mental comunitario real, con redes de acompañamiento que superen la mera medicalización y reconozcan el sufrimiento como experiencia social y no solo como trastorno individual.

2. Un cambio cultural que desnaturalice la violencia del capitalismo sobre las emociones, que cuestione la idea de éxito basada en la productividad y que reivindique la vulnerabilidad como parte legítima de la vida.

3. Un Estado activo, que deje de ser un gestor de estadísticas y se convierta en garante de vínculos sociales protectores, espacios culturales y educativos donde los jóvenes puedan reinventar sentidos sin miedo a desaparecer.

El suicidio es menos un acto de muerte que un gesto de desaparición. Una forma desesperada de decirle al mundo: “No puedo más con este modo de existir”. Escuchar ese grito implica ir más allá de la clínica y la cifra. Implica hacernos cargo, como sociedad, de que los adolescentes y universitarios no están fallando en vivir: somos nosotros quienes les hemos fallado en ofrecer un mundo habitable.

Alejandro Castro Harrison
Departamento de Trabajo social
Universidad Alberto Hurtado

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