En kioscos: Marzo 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Suicidio juvenil y educación emocional: cuando el malestar se reduce a un diagnóstico. Por Carlos Fernández Jopia

Desde hace ya un tiempo, en nuestro país, las alarmas por la salud mental de los jóvenes se encendieron con más preocupación. Comenzó a repetirse, casi por reflejo condicionado, el llamado a la falta de políticas emocionales en las escuelas. A nombre de lo anterior se llenaron de protocolos los colegios, se iniciaron talleres para la comunidad educativa, se dictaron charlas y, aun así, nada cambió. Por el contrario, las cifras asociadas a dicha problemática aumentaron mucho más. Y es que el problema no radica en la ausencia de conceptos, sino más bien, en que el sufrimiento lo convirtieron en un asunto técnico emocional, sacándolo del ámbito donde podrían encontrarse respuestas: lo social.

Como se ha señalado anteriormente, aquí surge una paradoja. En esta época de la historia, en la que más se habla de salud mental, de resiliencia, de bienestar, de emociones, etc. es también donde más crece el sufrimiento extremo. Prueba de eso es que, durante muchas décadas, el suicidio juvenil en nuestro país fue más que marginal. Hoy en cambio, y con planes nacionales de educación emocional incluidos, el suicidio juvenil es una de las principales causas de muerte en dicho rango etario.

En la visión de Byung-Chul Han, hemos pasado de las enfermedades infecciosas; esas de contacto, a las enfermedades del rendimiento; entiéndase depresión, ansiedad, burnout, etc. Es decir, ya no nos enfermamos por el otro, sino por nosotros mismos. Y esto porque estamos sobreexigidos por una sociedad del rendimiento extremo. En esa visión, la educación socioemocional resulta funcional a esa sociedad mencionada con anterioridad. Esto ya que dicha educación no hace la crítica de lo que genera el agotamiento mental, sino que, más bien, solo enseña a soportarlo.

En suma, entramos en una zona peligrosa. Cuando el sufrimiento es abordado por la educación socioemocional en su dimensión psicológica, este último se privatiza. Abandona preguntas colectivas tales como ¿Qué estamos haciendo como sociedad? Para, simplemente transformarlas en problemas individuales; ¿Cómo aquel estudiante puede gestionar mejor sus emociones?

Desde una perspectiva foucaultiana, puede sostenerse que la actual educación socioemocional, acorde a las instituciones modernas, define cuáles son las emociones correctas y cuáles no. En esta dimensión vemos cómo son marginados tanto el fracaso como la frustración del arcoíris emocional. A estas últimas no se les otorga un lugar simbólico ni menos legítimo. Solo las excluyen. La educación socioemocional convierte las emociones antes señaladas en indeseables, sin entender que son experiencias estructurales en los procesos de reconocimiento social.

En nombre del “cuidado emocional” en muchas escuelas se ha prohibió corregir con lápiz rojo, por ejemplo. O simplemente se bajó el nivel de exigencia y se impidió que el estudiante repitiera de curso para no “dañar su autoestima”. Sin embargo, con ello se despoja al alumno de un encuentro con el límite, con la experiencia social del no poder. Lejos de ser un aporte, dicha lógica produce fragilidad ante la frustración real, pues, tanto el fracaso como la frustración son necesarios para enfrentar la vida. Al no abordarlos a temprana edad o en edad escolar, estas se viven posteriormente como fallas del ser y no como instancias compartidas de aprendizaje. Por tanto, cuando la frustración aparece fuera de la escuela; en la vida real, en el trabajo, en las relaciones, etc. el estudiante queda sin recursos simbólicos para tramitarla. De ello aflora la vergüenza, el aislamiento y la desvalorización. En ese espacio, carente de reconocimiento, la frustración y el fracaso ya no aparecen como experiencia, sino que aparece como dolor a la dignidad. Y es ahí precisamente donde el suicidio asoma no tanto como deseo de morir, sino más bien como salida para enfrentar la existencia que ya no se siente como legítima.

Desde la perspectiva del superyó, no solo es inevitable fracasar, sino que, es muy necesario hacerlo. Con lo anterior, es la única forma en que el estudiante conozca sus límites. El problema lo cercamos en que la educación socioemocional ha operado marginando el fracaso y toda experiencia que pueda generar frustración. El error dejó de ser una experiencia transitable y el estudiante no logra asimilar que fracasar está bien, sino que aprende que el fracaso no debe ocurrir. La educación socioemocional produce y reproduce estudiantes obligados a mantener una idea permanente de bienestar. Por tanto, cuando el fracaso ocurre en la realidad, el golpe viene desde adentro y no desde afuera. El superyó castiga con culpa, con autoacusación. Y cuando esa ideación se vuelve imposible, el suicidio aparece como intento de arrancar a una exigencia interna que no sabe, porque nunca lo aprendió, cómo fracasar.

La educación socioemocional ha logrado introducir la culpabilización del individuo al lograr instalar la idea de que el sufrimiento es un problema solo de mala gestión de sus propias emociones por tener la persona, un déficit en la autorregulación. Sociológicamente hablando, este desplazamiento traslada la responsabilidad hacia el sujeto desde el orden social. La angustia ya no es reconocida como una respuesta al límite, sino que, se pasaría a ver como una falla del yo. De esta forma, el estudiante no padece, sino que, se siente culpable de padecer. Esto último gatilla en una violencia psíquica silenciosa que se transforma en un peligro real ante la ideación suicida.

El aumento del suicidio juvenil en Chile, como dijimos con anterioridad, coincide con la masificación de políticas socioemocionales en los colegios. Sin embargo, esa similitud no puede ser leída como una simple coincidencia. Mientras más se institucionalizan programas de gestión emocional, más aumentan las cifras de ideación suicida entre los jóvenes. Lo que sugiere que el problema no es la intervención propiamente tal, sino el tipo de intervención que se ha escogido.

La eliminación de experiencias tales como la repitencia escolar, la exigencia académica, el enfrentamiento con el fracaso, o la frustración como momentos de formación educativa, no fortalecen a los estudiantes, sino que los desarma simbólicamente frente a límites reales que la vida impone fuera de los establecimientos educacionales. Al no ofrecer una instancia donde el fracaso pueda ser vivido y reconocido sin culpa, se deja al estudiante solo frente a su propia caída. De esta forma, cuando el joven fracasa, y esto último, porque es elemento esencial en la vida, no lo vive como una etapa, sino como una falla personal que muchas veces se vuelve intolerable.

Es en todo el contexto anterior que, la educación socioemocional, al marginar la frustración y el fracaso, termina produciendo estudiantes más vulnerables ante el derrumbe psíquico. Asistiendo indirectamente a escenarios donde el suicidio aparece como una salida.

En síntesis, el problema no radica en que la escuela se haya preocupado por el bienestar emocional de los estudiantes. Más bien radica en cómo lo hizo al calor de la promesa de bienestar permanente. Psicologizar el malestar y, aliviar el camino académico en nombre del “cuidado emocional” ha terminado dejando a sus propios estudiantes abandonados frente a sus caídas. La salida no pasa por eliminar la dimensión emocional, sino que, pasa primeramente por tomarla en serio. Pasa por reintegrar el conflicto, validar el error. Pasa por reconocer la frustración y el fracaso como experiencias legítimas del ser humano. Se trata de reconocer que no todo dolor se resuelve con la llamada gestión emocional individual.

Dr. Carlos Fernández Jopia

Compartir este artículo