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Tauromaquia y protesta callejera: un “deep play” latinoamericano. Por Pablo Policzer y Alejandro García Magos

“...íbamos a los mítines callejeros con el corazón de un torero antes de que se abran los rediles y aparezca el toro-granadero.” Luis González de Alba. 1968. La fiesta y la tragedia

El juego profundo de la protesta callejera latinoamericana es la tauromaquia. Aclaramos que no entendemos tauromaquia como un simple matadero de reses, sino como todo aquel espectáculo que tiene al toro de lidia como protagonista, tales como las corridas, los encierros, los concursos de recortes, y las capeas, entre otros. Espectáculos algunos que se remontan a la Grecia clásica o antes, y que poseen un doble carácter: uno meramente dionisiaco y otro de jugarse el pellejo y burlar la muerte. El placer y el dolor, la íntima conexión de la euforia de la adrenalina a través del riesgo mortal, son elementos que están también presentes en la tradición contestataria de la protesta callejera latinoamericana. El espíritu cultural del que se nutre esta tradición sería la fiesta y la burla a la autoridad del poderoso. Hacemos eco aquí del trabajo de Clifford Geertz, y su interpretación de las peleas de gallos en Bali como un “deep play” donde se juega tanto la suerte de los gallos y del prestigio social de sus dueños como también de los conflictos más amplios de la sociedad Balinesa. Nuestra lectura sirve no solamente como una reflexión de la tauromaquia en el espacio latinoamericano del siglo veintiuno, alejado de posturas y afectaciones maniqueas, sino principalmente para trazar los orígenes y significado de la tradición de protestas contestatarias latinoamericanas, difíciles de explicar a través de perspectivas que ponen el énfasis en su racionalidad o utilidad. Las protestas callejeras no son necesariamente racionales. Su irracionalidad es justamente la idea.

Empecemos por lo obvio: las protestas callejeras, frecuentemente violentas, son comunes en América Latina. Varios han sido los gobiernos que han caído y otros que se han encumbrado a patada limpia. En las últimas décadas están los casos del ex presidente De la Rúa en Argentina (1999-2001), a quien sacaron en helicóptero de una Casa Rosada acosada por una multitud, o las protestas lideradas por Evo Morales y el movimiento de cocaleros en 2005 en Bolivia que provocaron la renuncia del Presidente Carlos Mesa, o las masivas protestas del movimiento estudiantil en Chile en 2011 para exigir una mejor calidad de educación, una temprana advertencia del estallido social que sacudió al país en 2019. Esto sólo para nombrar algunos casos notables, pero una somera mirada al pasado reciente deja ver que la protesta callejera está viva y coleando. Se puede ver en el paro nacional de Colombia de 2021, cuyos protagonistas desafiaron incluso los riesgos de contagio por COVID-19. O en las protestas en contra de las políticas de austeridad en Ecuador que comenzaron en 2019 y que continúan hasta el día de hoy. Y aun en países que por mucho tiempo se creyeron referentes de estabilidad, progreso y paz social, las protestas violentas han surgido en diferentes momentos para cuestionarlo todo. En el estallido social de 2019 en Chile, la calle por poco revienta y reinventa al país. Son ejemplos recientes pero que encuentran su antecedente en los “azos” del siglo veinte latinoamericano —Bogotazo, Cordobazo, Caracazo— y los movimientos estudiantiles de la región —el 68 mexicano, por ejemplo.

La literatura académica en las ciencias sociales para entender y explicar las protestas y las rebeliones ha crecido en las últimas generaciones, especialmente desde los primeros análisis de los movimientos sociales en EE.UU. en la década de los sesenta. Estos estudios, un referente importante para la literatura sobre las protestas en América Latina, ponen el énfasis en diferentes factores, tales como las estructuras de oportunidades políticas, los incentivos de los diferentes actores a través de la teoría de juegos, los sistemas complejos y sus “tipping points”, la teoría de redes, las injusticias económicas, o la racionalidad de la violencia versus la protesta pacífica, entre otros. Sin descontar los grandes avances en este campo, una perspectiva que está muy poco representada en estos estudios es la interpretación, el tipo de análisis desarrollado entre otros por Clifford Geertz. Un punto ciego que merece mayor atención.

Una de las obras clásicas de Geertz en este ámbito es su análisis de la pelea de gallos en Bali. Para Geertz la pelea misma es una simple punta de iceberg. Lo que está en juego no es solamente la suerte de cada uno de los contrincantes —los gallos, sus dueños, y las apuestas— sino una manifestación de profundas tensiones y jerarquías sociales. Hay un elemento masculino en las peleas, donde el referente de gallo —cock en inglés— no es aleatorio. Las peleas en general son ilegales, vistas por la élite Balinesa como un vicio popular que se debe erradicar. Geertz describe esos esfuerzos como un puritanismo que en vano trata de modernizar el país eliminando tradiciones crueles y violentas. Similarmente, la tauromaquia en la tradición hispanoamericana expresa una profunda complejidad de conflictos y tensiones sociales, vista similarmente como una cruel y vergonzosa práctica atávica, en muchos casos al borde de la legalidad, donde si bien en muchos casos participan mujeres, también los hombres juegan un rol central.

Como ya adelantamos, la tauromaquia no es un simple acto de matarifes. Muy por el contrario. Es un concepto amplio que define espectáculos variados que tienen como protagonista al toro de lidia. Una actividad de profunda raigambre en Occidente, que se remonta no solamente a la Grecia clásica sino aun a la Edad de Bronce. El espectáculo taurino más conocido son las corridas españolas, dadas a conocer en el mundo anglosajón por Ernest Hemingway por primera vez en su novela The Sun Also Rises (Fiesta en español) y después en otras como Death in the Afternoon (Muerte en la tarde). Pero hay otras actividades menos conocidas pero no menos importantes: existe el rejoneo que es el toreo que se realiza a caballo; los forcados portugueses (y forcadas, porque también las hay mujeres) que a mano limpia logran inmovilizar a un toro; los recortadores que logran esquivar a veces por centímetros las embestidas del animal; y otras suertes que han caído en desuso como el salto de la garrocha, o la suerte de don Tancredo.

La tauromaquia vista desde la perspectiva de Geertz revela mucho de lo que ocurre en las protestas callejeras latinoamericanas. En un sentido profundo éstas son un “combate” entre los que protestan y las autoridades del Estado, sean policías o militares, que tiene largas raíces culturales en la historia latinoamericana. Frecuentemente al borde de la legalidad o simplemente ilegales, las protestas son un “deep play” latinoamericano cuyo sustrato es la tauromaquia, en particular dos elementos clave de ella.

El primero sería el dionisiaco. En efecto, existe un elemento puramente de fiesta y de desmadre en la protesta, de andar en “la bola” como se dice en México. Ese aspecto festivo tendría también en ocasiones un elemento teatral comparable a lo que dramatiza el torero con su traje de luces y montera, al utilizar el disfraz de ocasión: encapuchado, punk, revolucionario, anarco, anarcopunk, zapatista, o lo que dicte la época.

El otro aspecto es retar a la autoridad y al poderoso o, si se nos permite una expresión malsonante, tocarle los huevos al gorila. Es un entrar en un combate desigual en papel, pero que en los hechos se ha demostrado parejo. Bajo esta mirada, que suponemos que Geertz compartiría, las protestas callejeras latinoamericanas serían un juego de muchachos que retoma la larga tradición latinoamericana de “torear” a lo que evidentemente es más grande y poderoso que uno. Un juego festivo que, como la tauromaquia, puede llegar a ser cruento y fatal incluso, y en donde el objetivo no se trata tanto de vencer a la autoridad sino de confrontarla cuerpo a cuerpo y, con suerte, burlarse de ella en sus narices. A diferencia de protestas en culturas como la anglosajona, donde la ilegalidad y por cierto la violencia son vistas como un fracaso, una protesta malograda, en América Latina el riesgo, el peligro, y la ilegalidad son justamente el punto. No se trata solamente de gritar en las calles lo que los pasillos del poder no quieren escuchar. Si ese fuera el único propósito, las protestas violentas serían menos comunes de lo que son. Se trata de crear situaciones límite de gran drama y de alto riesgo. Geertz plantea lo mismo en las peleas de gallos. Son difíciles de explicar desde una perspectiva meramente utilitaria. El riesgo de las apuestas es alto, el cálculo de costo y beneficio generalmente es negativo. Pero el alto drama es el punto. Así se parecen a las grandes obras dramáticas como Antigone o King Lear, que tampoco producen nada especialmente útil, pero que son referentes claves que nos permiten experimentar grandes emociones y que le dan significado a la vida. Para Geertz es mejor interpretar la pelea de gallos según este significado dramático, como un espectáculo a través del cual podemos vivir intensamente acercándonos a la muerte, sea a través de personajes teatrales como Lear, o en Bali a través de los gallos. En la tradición iberoamericana de la tauromaquia, el riesgo es aún mayor para aquellos que se arriesgan a enfrentar a un toro. A diferencia de Bali, donde los humanos se pelean a través de los animales, en la tauromaquia el humano se enfrenta directamente con el animal. Al igual que en las protestas callejeras, con combates directos y de alto riesgo con la autoridad. Vistas como una manifestación cultural de patrones de larga trayectoria, las similitudes entre las protestas y la tauromaquia no son un mero accidente. Son diferentes expresiones de una misma cultura. Este es el sentido en que planteamos que la tauromaquia es el juego profundo de la protesta callejera latinoamericana.

Las cosas cambian y seguirán cambiando. El futuro de la tauromaquia en el espacio iberoamericano se discute hoy en parlamentos y tribunales. En la Ciudad de México, en junio pasado un juez ordenó la suspensión de actividades taurinas en la Plaza México, la mayor del mundo. Una decisión quizá exagerada pues, como hemos visto, la tauromaquia es más que las corridas de toros. En cualquier caso, que sirvan estas líneas para señalar que la tauromaquia se expresa en otros y variados sentidos. Que se halla en la matriz de la identidad latinoamericana y su relación muy sui generis con la autoridad: se sufre por su carencia pero también se le desprecia y en muchas ocasiones se le agrede violentamente. Esa es la grandeza y la desgracia de nuestros países. Así que podrán sacar los toros de la Ciudad de México o de dónde quieran, pero mucho más difícil será sacar el torero que habita en nuestra psique y en nuestra política.

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