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Tejiendo lazos con el alma nacional. Por Pedro Celedón Bañados

Cuando abordamos el trabajo de Teatrocinema, es fácil recordar que las artes escénicas son por excelencia un espacio del hacer colectivo, ya que en este grupo no existe en la larga cadena de creación y presentación de sus obras, un solo instante en que el proyecto intente sostenerse a sí mismo, sea esto desde un lenguaje, un (a) creador (a), o un recurso escénico específico.

Podemos por lo tanto afirmar que en su poética la autarquía está proscrita, en tanto que lo holístico respira con la profundidad que lo han hecho por milenios los actos sinérgicos que crean y cultivan lazos indispensables para la mantención de una comunidad, que en este caso es acogida activando su sensibilidad y memoria.

La actual propuesta, posible de ver hasta el domingo 22 de mayo en la Aldea del Encuentro (La Reina), es ofrecida en una puesta en escena de signos abiertos, en la cual situaciones, espacio y tiempo, vienen desde el colectivo de arte fecundados de realidad y fantasía, que se incrementa con la participación del imaginario de la sociedad materializada en cada publico receptor, ese “espectador emancipado” (Rancier) activo/traductor/ colaborador, que se fusiona e influye en el sentido final de la propuesta de arte.

La acción conjunta se sostiene desde la temática que está en juego: los inicios de la década del 70 y el Estallido Social de 2019, ambos inevitablemente leídos desde el hoy que aporta nuestra sensibilidad de espectadores perturbados por esta pandemia que no se acaba.

El universo escénico convoca desde un espacio construido y poblado solo por luz, ofrecido a modo de un cubo abierto asociable a un plano arquitectónico en sus orígenes, o a las figuras de Roberto Matta en cuadros como “El proscrito deslumbrante” (1966).

La luz en esta obra crea o hace desaparecer instantáneamente espacios interiores, urbanísticos, objetos y personas, según lo dispone (cual directora de orquesta) los gestos del único personaje de la obra. Este, que es una mujer, se expande, multiplica, interactúa y habita diacrónicamente dos acontecimientos nodales de la historia de nuestro país.

Laura Pizarro construye a Rosa, actriz de edad avanzada y entregada a una soledad poblada de recuerdos, la cual no re-visita para alimentar a su vanidad o a su nostalgia, sino que es impulsada a ellos en la deriva de sus emociones, cristalizando cuerpos y ensoñaciones de su propia historia confundida con la memoria de aquellas mujeres (personajes) a las cuales les prestó su vida para que existieran en un escenario. Rosa rememora a las mujeres que ha interpretado, instalando un juego de espejos borgianos, ya que al mismo tiempo que el personaje nos devela fragmentos de sus actuaciones pasadas, estas han sido extraídas de obras en las que realmente actúo Laura Pizarro.

Es interesante hacer notar que si bien Rosa es representada por un solo personaje que habita tanto en el presente como en su memoria, este no plantea al espectador un cara a cara con la soledad, ya que toda su narrativa está poblada por la vida, recuerdos y circunstancias que la comprometieron y comprometen con los grandes problemas que afectan el alma colectiva de ayer y de hoy, como son las huellas y repercusiones del Estallido Social en el que transcurre una parte de la obra.

En esa instancia de lucha colectiva categorizable al interior de los Nuevos Movimientos Sociales, para Rosa se comienza a desfondar la filosofía neoliberal de Von Hayek, aquella que olvida completamente que las ambiciones económicas son solo una parte del todo y que nunca debieran ser las maestras del actuar comunitario, ideario político que todavía como país estamos asimilando y que encuentra en la historia de la protagonista (y en la memoria del espectador chileno) ecos certeros a los inicios de la década del 70, cuando Rosa aportaba a la utopía de proponer la revolución social y del espíritu, en medio de una Guerra Fría, división mundial intelectualmente mezquina, mediocre y obtusa que dolorosamente se repite en la guerra Rusia/Ucrania.

A través de Rosa, Teatrocinema ha continuado depurando e investigando cada vez con mayor acierto en sus universos comunicacionales, invitándonos a conectar con el espesor de la existencia que se ha instalado en los grandes acontecimiento que nos constituyen como con nacionales, relativizando el tiempo con lo misma decisión que lo hacen actualmente los científicos, e invocando misterios que permanecen más allá de nuestra comprensión y lenguaje, como el deseo, el compromiso, la lealtad y la muerte.

Su propuesta nos hace transitar desde los marcos de la vida cotidiana a la estética y de allí a la esencia originaria del Teatro, el Ritual, esa instancia de encuentro colectivo que nos acompaña desde los albores de la humanidad y a la cual le es inherente el conectarnos con el esplendor de la eternidad, siendo capaz como se evidencia en la obra, de re-instalar el valor de culto aún en el desacralizado siglo XXI.

Para los amantes del Teatro, Rosa es un trabajo que no debemos dejar pasar y para quienes aún no conocen a Teatrocinema, es la oportunidad de iniciar un viaje con uno de los colectivos de arte más sólidos del Chile actual.

Pedro Celedón Bañados. Dr. Historia del Arte

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