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Tensiones políticas de la alfabetización: ¿transformar a través de la lectura nuestro presente?. Por Concepción López-Andrada

Un hecho representativo cuando se habla de las prácticas lectoras en la actualidad consiste en percibirlas como una herramienta que es necesaria para comunicarnos con el Otro, para comprender qué acontece en el mundo, para significarnos como individuos dentro de los territorios virtualizados. La lectura penetra en nuestra realidad acuosa en la cual proyectamos, miramos y traducimos nuestro presente. La lectura se inmiscuye en el campo social con su lógica política. Lo pensó Paulo Freire al revelar que la lectura ayuda a comprender dialécticamente y a reconocer el mundo que habitamos y el potencial subversivo de cada agente en su transformación. Leer un discurso es leer el mundo; ningún significado es neutro, leer no es una competencia (o no es únicamente una habilidad que ejercitar).

Se despliegan los discursos en este presente continuo a través de canales multimodales a los que la institución educativa se está adaptando (en esta era pandémica ha sido prácticamente una obligación) y también confrontando. A este respecto, el conocimiento no es un fin, sino una forma de complejizar la realidad para intervenir sobre ella. Emerge la figura del lector precario, el estudiante que se convertirá en ese futuro trabajador explotada/o por las dinámicas del capitalismo tardío que en palabras de James Paul Gee demanda la actualización de habilidades técnicas, colaborativas y comunicacionales y un compromiso vital con la empresa y sus “valores fundamentales” en condiciones de poca estabilidad. En paralelo se materializan discursos en los que domina ese control de los saberes, del conocimiento y la cultura. Los procesos y tensiones de la alfabetización desde una óptica política se asumen por el grado en el que esta se controla, especialmente desde la escolaridad, en relación con el habla, comportamientos y en la escritura.

En los procesos de enseñanza-aprendizaje se está produciendo un desplazamiento de lo crítico a lo técnico. Estas estrategias y habilidades de la lectura y escritura- términos en continua evolución en cuanto a sus nociones- se insertan en el viraje tecnócrata y utilitarista de la educación contemporánea. El análisis del iletrismo nos lleva a discernir que alfabetizar desde un prisma político consiste en comprender(nos) como ciudadanos plenos. La existencia de un modelo de lectura legitimado unido al criterio cuantitativo constituye la fragilidad de determinadas prácticas lectoras periféricas o en construcción. En suma, se ha construido la figura del estudiante que no acaba su proceso vital en la escuela o que resiste en la misma sin ser certificado debido a que no adquiere las competencias mínimas.

Dos categorías que se interrelacionan: la del “iletrado” y la del “fracaso escolar” que debe ser revisadas y resituadas en nuestro ahora socioeducativo para no volver a caer en los mismos errores de siempre en cuanto a la activación del dispositivo discursivo de la “insuficiencia” (nunca es suficiente lo que se haya aprendido dentro de los espacios de enseñanza-aprendizaje formales e informales) y de la culpabilización y estigmatización del sujeto.

Entre las tensiones del sistema educativo actual se demanda la actualización continua a través de la certificación de posgrados, másteres o de la competencia en varios idiomas, para que el estudiante logre entrar en las dinámicas laborales precarias. La educación a lo largo de la vida emerge en un imaginario social en el que las relaciones laborales y sociales se modifican por la globalización, conduciendo a una revisión de las propuestas educativas que deben satisfacer las necesidades de la economía mundial post-industrial fundamentada en el conocimiento y la información, orientada a los servicios.

De ahí que desde los estudios de literacidad la alfabetización representa un espacio epistemológico en el cual los distintos grupos sociales disputan por la forma en que esta ha ser expresada, reproducida y resistida. La práctica de la lectura con su vínculo con la escolarización deberá estudiarse como un fenómeno político, más allá de conceptualizaciones mecánicas y funcionales. Los estudios de literacidad indagan y buscan respuestas o nuevas espacialidades para leer el presente. Así, la literacidad estudia cómo las personas emplean, adaptan y modifican los diversos sistemas de códigos a los que se ven expuestos culturalmente. Los escenarios virtuales han posibilitado y ampliado nuevas comunidades discursivas y de interpretación, nuevos espacios donde la escritura y la lectura se extienden, se dispersan, se multiplican. Los códigos de comunicación han mutado en una hibridación de distintas variables del lenguaje donde se fusiona la oralidad y la escritura, creando una articulación propia y en movimiento.

Nos preguntamos sobre cómo leer colectivamente este presente en el que nos sentimos vulnerables; un presente que no sabe o no puede mirar al futuro, que cuando mira al pasado lo hace desde lo reaccionario. ¿Cómo imaginar un proyecto político otro?, ¿cómo crear a través de la lectura una praxis transformadora?, ¿cómo fomentar la toma de consciencia a través de la lectura? Al ser el lenguaje un medio para interactuar con el mundo, la conciencia crítica nos permite reflexionar y modificar nuestro entorno.

Repensar, entonces, los procesos de alfabetización y la escuela como formas de ser resistida y a la vez como campo donde provocar un extrañamiento del sentido común, de lo cotidiano y los géneros de la articulación de lo real será un paso para dialogar con estas y otras preguntas. Desde la tradición de la pedagogía crítica pensadores como Peter Mclaren han impulsado un campo teórico-práctico que se articula desde la lucha por un conocimiento crítico y democrático. Una teoría radical en la que la lectura como derecho fortalece la existencia del ser en el mundo, articulando una praxis liberadora en la que urge superar el efecto paternalista que generan las políticas y programas de lectura y de mediación cultural a grupos minorizados en la que se movilicen sistemas intelectuales que permitan comprender cómo operan los procesos institucionales sistemáticos que impiden a determinados colectivos disfrutar de los bienes culturales, a la vez que dichas tecnologías de exclusión limitan sus capacidades y posibilidades de acción, incidiendo en el destino social de la multiplicidad de colectivos y grupos sociales y en la capacidad de creación de nuevos horizontes políticos y culturales.

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Concepción López-Andrada es Directora del Observatorio sobre Educación Lectora, Nuevas Ciudadanías y Educación Lectora “Emilia Ferreiro” dependiente del Centro de Estudios Latinoamericanos de Educación Inclusiva (CELEI) de Chile y docente en la Universidad de Extremadura (España).

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