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Tiempos de crisis: agonía, creencia y utopía. Por Alex Ibarra Peña.

La pandemia nos ha acentuado la sensación de crisis de nuestra era del fracasado reconocimiento de la dignidad del ser humano, propiciada por el capitalismo salvaje y sus engendros neoliberales.

La sensación de crisis ha aumentado, tal vez aún sin hacer conciencia. Cierto optimismo, afirma el momento del establecimiento de una nueva forma humana, pero esto no sería tal sin el proceso previo de la concientización. La salvación siempre es esperanza, tal vez no sea nunca un hecho acabado. Los hechos toman bastante tiempo para su realización, pasamos más tiempo en la espera.

Esa realidad de nuestra condición cuando es asumida nos coloca frente a la sensación de lo agónico, ese estar ahí a la espera sin cumplimiento, un modo de existencia que no alcanza su ser en plenitud. La desesperación en las promesas que no se cumplen, pero así son los hechos, al igual que las verdades requieren de su tiempo, haciéndonos padecer la condena de la quietud con el llamado a la prudencia.

Este es el punto de arranque para la nueva neonatalidad, el volver a nacer o renacer. Como el converso que resucita en vida. Pensar lo agónico situados en la aurora, la mutación del búho en la calandria. El pensamiento auroral es fértil como tierra abonada. Como señala María Zambrano «somos problema viviente».

Es esta filósofa española que nos describe la «perplejidad» como ese estado de estar abierto a las posibilidades sin una clara decisión. En la «perplejidad» está el riesgo a la disolución del sujeto, la tentación posmoderna del vacío es causa de una forma de pensar. Lo agónico puede ser superado en el agarrarse a un sistema de creencias. Las creencias tienen esa función de estabilizar al ser y a la identidad del sujeto. Aquí está la razón de la permanencia del cristianismo en Occidente que transita hacia la filosofía más allá de lo estrictamente religioso.

Asumir el vacío de la existencia negando el amparo de un sistema de creencia reúne aquello que Zambrano describía en las siguientes palabras: «Desprendimiento que es en su primer paso una herida y una lucha violenta, una melancolía y una angustia, sentir el vacío del mundo como chico perdido en tarde de fiesta». La vocación por un cristianismo serio aparece recurrentemente en esta filósofa española que afirma la importancia de una filosofía occidental, incluso en sus críticas al cristianismo moderno que la reafirman en su catolicismo: «Sobre esta escondida fuerza religiosa, sobre esta esperanza que engendra nuestras creencia, creencias en que se afirma un orden del mundo, en que la realidad obscura ha adquirido transparencia, permanencia y sentido, surge la Filosofía. Y Filosofía es razón, lo fue al menos en su comienzo. Y éste es el drama».

Herencia de pensamiento español, agonía unamuniana y creencia orteguiana en recuperación del cristianismo filosófico occidental: «...la visión de la propia vida en unidad con lo demás, es la que cura la perplejidad». Así es como vamos descubriendo la vía «Hacia ’un’ saber sobre el alma» como reza el título del libro que estoy estudiando de esta filósofa.

Los tiempos de crisis son una posibilidad para el delirio, tomando esta palabra en un sentido negativo. Delirar, así entendido -hay otras formas también de entenderlo- es la pérdida de orientación. Así son los tiempos de crisis, son la ausencia de un paradigma común. Pero, para eso están ahí la poesía y la filosofía, como las herramientas del pensamiento que ayudan en nuestra búsqueda hacia el encuentro de la palabra que sirve de origen: «Filosofía y Poesia desde siemore han buscado la palabra que crea el ser». Hermosa pretensión que comparten la filosofía y la poesía alimentos necesarios para las utopías que exigen nuestros tiempos.

No olvidemos la importancia de la razón poética, esa poesía que piensa. En Chile bien sabemos como la poesía se anticipa a las otras formas del pensamiento. Tal vez no sea casual que Zambrano se haya interesado en nuestros poetas y no en nuestros filósofos. Zambrano afirma: «sin poesía previa la razón no hubiera podido articular su claro lenguaje».

La crisis reclama la visión de la poesía y la filosofía, se espera de ellas el soporte para la utopía, pero estas naufragaran sino utilizan la memoria. La historia es una buena fuente para la ficción: «Por ello hemos de volver la vista al pasado, a los instantes que son nuestra raíz, que son todavía nuestro ayer para encontrar a la esperanza perdida». No olvidemos que estábamos iniciando el proceso de recuperación de nuestra identidad, aún no es el tiempo de la expulsión de los poetas. Todo hecho requiere de tiempo y las verdades tardan en llegar así como tardan las estrellas en explotar a pesar de nuestro delirio frenético.

Alex Ibarra Peña.
Dr. Estudios Americanos.

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