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Tiempos de un orden demudado. Por Francisco Javier Villegas

Hay un orden. Lo sabemos. Un orden que se presiente, en el país, más acoplado y acometido. Agazapado en la confianza. O revelado en la fascinación de una multitud de conexiones. Más aún en estos días en que se cuida la mentada expresión mezclada en vocablos como tranquilidad y responsabilidad; equilibrio y ponderación. El término orden, sin que tengamos una noción exacta de cómo funciona, pero, sí de cómo habita en nuestra piel, envuelve lo que somos y lo que vivimos en este tiempo policéntrico que nos toca compartir. Pero, el mapa de la realidad nos señala que por sobre esos términos siguen estando las necesidades de las personas, o de las familias de este largo país, que aún no podemos imaginar bien, como urgencias que hay que atender y que no hay que olvidar: entre otros, las pensiones dignas, que nunca llegan, por lo demás; el acceso a la vivienda, aunque aún nos sorprenda tanto trámite para conseguirla; el derecho a la salud y a la educación, de manera amplia y sin esos créditos rampantes ; la ansiada libertad a los presos políticos, de todo el territorio, sin letras pequeñas o artículos que nadie entiende.

Lo curioso es que el lenguaje, en la pretensión de una unidad casi obligatoria, en estos días, se va acomodando de cara a un universo vivencial que no se asume en todas sus vicisitudes y subjetividades y que nos va entregando, en medio del verano que se contrae y se dilata, descuidados raudales, según como lo observemos. De forma extensiva, se dice que, en la sociedad, la suma de observaciones con los experimentos, en ella, pueden validar lo que las personas, y la misma población, van adquiriendo en avances y conocimientos, inteligencias y destrezas. Y en medio de estos significados, que no revelaremos más allá de lo que son, podremos decir si estamos en el buen juicio o, a lo menos, afinados en el pensamiento; o bien, podremos caer en el yerro o en la equivocación directa. Pero, como dijo el poeta Maiakovski, aunque no tengamos toda la claridad o no tengamos todo el éxito que deseemos en la tarea solidaria y política que nos acometa, es de mucho más honor, o de vista saludable, repetir aquella frase de “mi alma está llena de angustia y la noche está con luna” como el único suceso por el cual deberíamos estar ahí. Una suma de compromisos intensificando la existencia de la búsqueda material y afectiva más allá de lo que puede aparecer, ahora, acomodaticio.

Las observaciones de estos días, entonces, me dictan que, al parecer, las personas sienten que pierden ganando y otros reparan que ganan perdiendo como les sucede a algunos que extraviando toda brújula vuelven a avanzar, incluso hasta sentirse sorprendidos por ese orden de las cosas; pero, que, con el sustituto del lenguaje a una medida, y comprobado por la objetividad de este tiempo, despliegan una operación sin belleza y sin transformar las palabras en acciones. El pensamiento que me sobreviene cuando miro la jaula donde nos atrapan, debiera ser motivo suficiente para animarnos a crear y extender nuevas posibilidades de las cosas de la realidad aportando lo suyo.

Por esa razón, muchos dicen que, en el país, la participación y los compromisos tienen una circulación baja lo que implica decir que existen ciudadanos poco comprometidos y poco involucrados en los asuntos públicos. El modelo democrático, que va acompañado con el ideal de la libertad de los países, no permite ir más allá, del verbo porque existe “el asombro de la fórmula perdida” como dijera acertadamente don Raúl Pellegrin Arias, destacado arquitecto e investigador nacional, en una breve obra, pero contundente: Los girasoles. Lo que sería reivindicar la supervivencia, en una historia de partículas y ternuras, a la vez, con el único propósito de avanzar y de contribuir a la reflexión alentando la construcción de una sociedad justa.

El conocimiento de las cosas, de lo que puede ser un maní, un dulce o un conflicto, puede desarrollar verdades y mejorías; cambios y optimismos. Cuán importante sería tener una gran intuición social para comprender el terreno de lo político más allá de lo que dice la prensa o de lo que señalen los integrantes de los poderes del Estado. Gente que describe puntos de partida; pero que suele extraviar dichos puntos basándose en algún mentor de turno, en el mentado influjo y cautivación personal o en la calibración de las ofertas gubernamentales. Pareciera, también, que no se puede criticar la condición y la contradicción de las cosas porque algunos quisieran detener el tiempo para disciplinar nuestros puntos de vista. Pero, al fin y al cabo, siempre traeremos, en esta lucha por la vida, dos convicciones que nos ayudan a mirar las regiones del mundo, y el propio orden y el poder, desde una fuerza propia: todo lo que creamos, que se llama invención y arte; y todo lo que podamos representar bajo el registro de lo traemos, desde cuando nacemos, que es lo único y propio de nosotros, sin alienación.

Atentos, entonces, a las nuevas interrogantes y respuestas consensuadas en “los idus de marzo” que se nos viene. Aunque, hay algunas que se han extendido por toda la prensa. Encubiertamente, desde el plano más conservador, hay visiones que le temen a la libertad y no ven que el país y la sociedad pobladora o ciudadana no podrá seguir la vida con restricciones. Y que, en contra de lo que se dice respecto de administrar las expectativas, hay que conseguir la paciencia, esa ardiente paciencia, como dijo el poeta Rimbaud, para hallar la presencia de una visibilidad mayor, imperfecta, sin exceso de palabras…ya que, por consiguiente, tanta opinión, o verdad modelada en el “equilibrio”, es también el cerrojo o la coacción de uno mismo porque contiene, en sí, su propio imaginario de colonización. Creo que todos queremos vivir, solo vivir, sin confundirnos en la racional pasión de mirar todo fenómeno como un mundo y universo mudos, sin compromiso y ruptura afectiva.

Francisco Javier Villegas, escritor chileno.

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