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Todavía a tiempo. Pensar la unidad antes de que vuelva a ser tarde. Por Rossana Carrasco Meza

La pregunta por la unidad reaparece con fuerza en nuestro país después de cada derrota electoral, pero rara vez se aborda con la profundidad que exige el momento histórico. Hoy, más que un problema táctico, la unidad se ha transformado en una cuestión estratégica de supervivencia política y de responsabilidad con amplios sectores sociales que ven frustradas, una y otra vez, sus expectativas de cambio. Todo ello, además, en un contexto donde el margen de error se ha estrechado y las certezas son cada vez más escasas.

La unidad no puede sostenerse únicamente sobre acuerdos electorales de corto plazo ni sobre la evocación de ciclos pasados. Requiere ideas-fuerza compartidas, un horizonte temporal claro y liderazgos capaces de articular diferencias sin diluir proyectos. En esa perspectiva, no resulta irrelevante reconocer el valor político que tuvo, en su momento, la conformación del Frente Amplio como un esfuerzo unitario orientado a superar la fragmentación histórica de la izquierda, articulando generaciones y trayectorias diversas en torno a un proyecto común. Más allá de sus límites y contradicciones, ese gesto expresó una voluntad de convergencia que hoy vuelve a interpelar al conjunto del sector.

La historia política chilena ofrece, además, antecedentes elocuentes sobre la importancia de la unidad en momentos críticos. Desde los frentes populares hasta las alianzas construidas para enfrentar dictaduras o frenar retrocesos en derechos sociales, la izquierda y el progresismo han sabido articularse no solo para disputar elecciones, sino para defender conquistas democráticas y sociales frente al avance de proyectos conservadores. Esa memoria histórica recuerda que la unidad no ha sido un fin en sí mismo, sino una herramienta política frente a contextos de amenaza y regresión.

¿Qué ejes podrían sostener esa unidad hoy?

Un primer eje es programático. Resulta difícil imaginar una unidad duradera sin un mínimo común denominador que vaya más allá de consignas generales y se traduzca en prioridades reconocibles: reducción efectiva de las desigualdades, fortalecimiento del Estado social, seguridad entendida como derecho social y no solo como control policial, y una transición ecológica que no vuelva a recaer sobre los sectores populares. Sin este suelo compartido, la unidad corre el riesgo de ser frágil y meramente instrumental.

Un segundo eje es cultural y ético. Las últimas experiencias de gobierno y los procesos constituyentes dejaron en evidencia una distancia persistente entre la izquierda institucional y amplios sectores sociales. La unidad difícilmente será creíble si no se construye desde una actitud de escucha, autocrítica y sobriedad, dejando atrás toda tentación moralizante o identitaria que termine aislando al proyecto del sentido común mayoritario.

Un tercer eje es organizativo. La fragmentación en partidos, movimientos y sensibilidades ha tendido a expresarse más como competencia interna que como diversidad productiva. La unidad exige reglas claras de convivencia política, mecanismos democráticos para procesar disensos y una comprensión compartida de que la pluralidad no puede seguir traduciéndose en parálisis o conflictos públicos permanentes. Apostar por un proyecto unitario supone, además, evitar las medias aguas: no construir acuerdos ambiguos ni establecer vetos cruzados que terminan debilitando cualquier esfuerzo común. Del mismo modo, requiere asumir una responsabilidad comunicacional básica: resolver las diferencias políticamente, sin trasladarlas a la prensa ni convertirlas en declaraciones públicas que solo alimentan al adversario y refuerzan el hastío de una ciudadanía cada vez más cansada de “los políticos”.

El tiempo como variable política

El tiempo no es neutro. Los ciclos políticos se cierran y las oportunidades se pierden. Si la izquierda no logra recomponer un proyecto común en el corto y mediano plazo —antes de los próximos grandes hitos electorales— corre el riesgo de quedar confinada a un rol defensivo, reactivo y testimonial.

La unidad no se improvisa meses antes de una elección. Supone reconstrucción de confianzas, elaboración programática y despliegue territorial sostenido. Cada año perdido profundiza el desencanto ciudadano y amplía el espacio para proyectos conservadores o autoritarios que sí han sabido interpretar el malestar social.

¿Liderazgos para una nueva etapa?

Más que la ausencia de liderazgos, el problema parece residir en el tipo de liderazgo que se ha privilegiado. La etapa que viene parece exigir menos figuras carismáticas aisladas y más liderazgos colectivos, capaces de ordenar, ceder y articular. Liderazgos con credibilidad social, experiencia de gestión y capacidad de hablarle a mayorías, no solo a nichos ideológicos. Estos liderazgos pueden emerger desde distintas generaciones y trayectorias, pero su legitimidad dependerá de una señal clave: la disposición real a aprender de los errores y a anteponer el proyecto común a las identidades partidarias.

Las derrotas como advertencia

Las derrotas recientes no fueron meros accidentes comunicacionales ni producto exclusivo de campañas adversas. Expusieron fallas más profundas: sobreestimación del propio apoyo social, subestimación de los temores ciudadanos y dificultades para traducir transformaciones estructurales en mejoras concretas y comprensibles para la vida cotidiana.

Aprender de esas derrotas implica abandonar tanto la autocomplacencia como la tentación de atribuir responsabilidades únicamente a factores externos. Sin una autocrítica honesta, la unidad corre el riesgo de convertirse en una consigna vacía.

La izquierda chilena aún tiene una oportunidad. Pero esa oportunidad se discute en un contexto político concreto, marcado por señales de repliegue, cálculo defensivo y decisiones que hoy parecen tácticas —postergar debates, administrar diferencias, evitar definiciones incómodas— pero que pueden terminar teniendo consecuencias estratégicas difíciles de revertir. En una coyuntura como esta, pensar la unidad solo como una operación estratégica o electoral resulta particularmente delicado: sin coherencia, sin reglas compartidas y sin un compromiso efectivo con el proyecto común, la unidad se vacía de contenido.

La disyuntiva es clara: o la unidad vuelve a ser una reacción tardía frente a la derrota, o se convierte en el resultado deliberado de un proceso de aprendizaje político antes de que el ciclo termine de cerrarse.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

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