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“Todos mienten y se van”: la cotidiana existencia en tiempos de posverdad. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra

La escena del envejecimiento del ser humano es una de las realidades más controversiales, hay toda una industria del consumo que pretende maquillarla para esconderla. La negación de la realidad parece ser una característica curiosa de nuestra especie, ya que quien pretende ocultar algo es quien tiene plena conciencia de aquello. Compleja es la relación con la vejez en cuanto se sabe que al no asumirla sólo se puede disfrazar, apareciendo la figura que asiste a un triste carnaval como el payaso condenado a la risa sin correspondencia a sus emociones.

Esta cuestión es abordada por la obra de Alejandro Sieveking, protagonizada por él mismo junto a Anita Reeves, dirigida por Alejandro Goic y que está siendo presentada en el Teatro UC. Aquí la vejez no es maquillada, más bien es la aceptación de ésta por un tipo de sujeto social que no tiene razones para sentirse frustrado. La tranquilidad de los protagonistas está sustentada en que a pesar de los años mantienen vigencia, o en otras palabras no están en el olvido, son tan individuos como el resto de los personajes que aparecen en escena, por lo tanto son personas contemporáneas y no desfasadas, a pesar de lo ajeno de su forma de vida en relación a la de los otros sujetos. Son viejos que permanecen y que no han dejado de ser, su vida es tan absurda como la de otros.

Se abre una ventana a la existencia de la actualmente denominada “tercera edad”, a la que pertenece el autor-protagonista, que a través de su propio papel y subtexto del guión, reivindica el rol de este sujeto dentro de la sociedad contemporánea; un individuo con todo un potencial de interacción, tal es el caso del uso de las redes virtuales para establecer relaciones de pareja, presentándose a través de este hecho, el nuevo conflicto actual de la “mentira” a la que como sociedad nos encontramos expuestos con las redes sociales y su facilismo e inmediatez, los filtros fotográficos y los emoticones en reemplazo de la expresión de emociones. El conflicto se encuentra en la forma en que el protagonista (Guillermo-Sieveking) se encuentra cara a cara con su “fantasía-real” (lo virtual), que finalmente no es más que el reflejo “mejorado” por la virtualidad, de sus deseos no realizados; y que al enfrentarlo sin el maquillaje de la “mentira”, desencadena un feroz y esperable desenlace.

El contraste de las vidas individuales determinadas por los deseos de la inmediatez propia de las sociedades de consumo, aparece superponiéndose frente a las demandas sociales por las que otros sujetos gritan en las calles, como parte de otra historia lejana, distinta a las de los individuos que apenas ven interferida la vaciedad de sus vidas. Esto podría ser cualquier rincón de la ciudad ocupada por aquellos sujetos que no sufren la discriminación al acceso al consumo urbano (cafecito, redes sociales, sexo, etc).

Hay vidas absurdas que no son más que vidas simples cumpliendo el derrotero de sus existencias, sin condena, sin maldad; sólo la sensación del derecho a la vida, sin conciencia de los deberes a favor de ocupar un lugar en el anti utópico “mundo feliz”. Aguda radiografía de nuestros tiempos. Esta obra es la representación de una trágica comedia, fiel a uno de los principales géneros del teatro contemporáneo. Un final abierto que nos deja la esperanza del cambio, como respuesta al velozmente creciente individualismo del tiempo de la posverdad; o nos arroja a la desesperanza de la inevitabilidad del fin.

Paquita Rivera.
Alex Ibarra Peña.
Colectivo de Música y Filosofía:
“desde la reflexión al sonido que palpita”.

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