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Torsiones a la palabra. Por Camilo Domínguez Escobar

El 8 de noviembre de 2019, una concurrencia que superó el millón de personas se congregó en una manifestación que quedó grabada en la historia con el nombre de “la marcha más grande de Chile”.

En la icónica Plaza Baquedano, rebautizada como Plaza Dignidad por los manifestantes, miles entonaron el cántico “¡El que no salta es paco!”. Lo celebraban gentes de condiciones y edades diversas, pacíficos y violentos por igual, y figuras de relieve como humoristas, parlamentarios o artistas de ideas progresistas.

De hecho, este grito viajó hasta el mismísimo Festival de Viña del Mar. Allí, en pleno concierto de Mon Laferte, pudimos oírlo desde las alturas de la Quinta Vergara. Con entusiasmo contagioso, la cantante se sumó al coro y dio saltitos sobre el escenario. El público respondió con una ovación.

Pasaron cerca de tres años y el ambiente había cambiado de un modo radical. El 5 de abril de 2023, en un trágico operativo policial, falleció el carabinero Daniel Palma, siendo la tercera pérdida en menos de un mes. En medio de un clima enrarecido, la periodista Paulina de Allende soltó por accidente la palabra “paco” para referirse al cabo asesinado, en una transmisión en directo por el canal de televisión Mega. Aunque ofreció disculpas de inmediato, el incidente escaló.

El General de Carabineros Alex Chaván, encargado de las comunicaciones, realizó un gesto desafiante a las afueras de una comisaría. Ante las cámaras y micrófonos, y visiblemente molesto, declaró que no daría detalles hasta que la señora Paulina de Allende —así, con nombre y apellido—se retirara del lugar. Los directores de Mega, antes de que finalizara el día, anunciaron el despido de la comunicadora por infringir sus principios editoriales. Mientras, el Consejo Nacional de Televisión recibía un aluvión de denuncias de televidentes furiosos.

Este incidente marcó la presencia definitiva de una torsión del juego semántico; que llegaba la hora del lenguaje restaurador, de la extinción del “desorden expresivo” de octubre y del reacomodo de las jerarquías. La restauración actual es el arte de eliminar las huellas del estallido social, de conjurar sus espectros, de arrancarle sus pancartas y de cancelar, en la medida de lo posible, todas sus reverberaciones. La reacción estomacal contra la periodista reveló el intento de desterrar de nuestras conversaciones cualquier código sospechoso de evocar el acontecimiento, por minúsculo que sea.

Recordemos que el octubre chileno fue una eclosión de palabras y símbolos vinculados a derechos sociales y asambleas constituyentes, a la dignidad y los abusos, al neoliberalismo y sus treinta años. El fracaso constitucional, sin embargo, sentó las bases de un contradiscurso: de la mano dura y la delincuencia; de la familia y los valores tradicionales; de la autoridad y las fuerzas armadas.

Nos encontramos en medio de un ajuste retórico que obedece a un nuevo índice de poder, porque es el poder —como razonaba Michel Foucault—, aquello que mueve los hilos invisibles de la palabra.

Cada texto tiene su contexto. Pero, en ciertas ocasiones, la experiencia del tiempo se acelera de manera tal que cambios que normalmente llevarían décadas suceden en cortos intervalos de años, e incluso meses. En un abrir y cerrar de ojos, voces antes incluidas vuelven a quedar silenciadas, y de la proliferación de opciones retrocedemos a los paradigmas previos.

El discurso restaurador ya exhibe efectos palpables. Por una parte, se encarnó en la composición —republicana— del actual Consejo Constitucional, órgano que pretende convertirse en normas e instituciones. Pero, además, viene aparejado de una nueva versión del pasado, y esto, justo en el año del cincuentenario del golpe de Estado. Del “manodurismo” insuflado en redes, diarios y televisión, hacía falta solo un paso para resucitar al “presidente” Pinochet y su “gobierno” militar.

Más allá de los términos, que de por sí cargan interpretaciones, es un hecho que se abrió un falso debate sobre posibles justificaciones de la dictadura. Lo que recuerda la frase de Walter Benjamin de que “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence”.

Camilo Domínguez Escobar
Desde Ciudad de México (camilo.dominguez@mail.udp.cl)

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