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“Trabajadores del mundo…” Por Alex Ibarra Peña

En la cultura marxista el concepto de trabajador alude a la clase proletaria, es decir, a aquella clase que históricamente ha sido explotada por el capitalismo. Con esto se refiere a un sistema mundo de dominación que permite la acumulación de los bienes, sin ningún tipo de control a favor de algunos pocos sujetos instituidos como clase dominadora, ya no es la simple “servidumbre natural” defendida por Aristóteles y que tanto incidió en la Conquista de América vía los argumentos de autores como Ginés de Sepúlveda, y sobre la cual impugnará Rousseau, convirtiéndose en el faro del llamado proceso de independencias nacionales modernos en América.

En la cultura judía el trabajo aparece como un castigo a la desobediencia del hombre a la autoridad de Dios: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelva a la tierra…” (Gn, 3.19). Es como la figura del asalariado que trabaja para asegurar el sustento de su alimentación vital, aunque la promesa cumplida de Yahvé, en la historia de la salvación, es que a sus hijos no les falta la provisión, de ahí la conocida imagen neotestamentaria en que Jesús señala: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni riegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mt, 6.26).

En la “Utopía” de Moro el trabajo es realizado por mujeres y por hombres, los hijos suelen repetir el oficio de sus padres, y en caso de que quieran realizar labores diferentes tienen que irse bajo tutoría a otras familias. Por cierto, que el trabajo aquí no es remunerado y el tiempo de realización es bien acotado, ya que es imprescindible el tiempo de ocio y recreación.

En nuestra historia social la imagen del trabajador-proletario ha sido reivindicada en distintos momentos, el roto a “pata pela” peón ocasional de fundos, el pampino de las salitreras, los gremios de oficio, hasta aquella epopeya de la Unidad Popular donde se llegó al Gobierno de lo trabajadores. Toda una historia de reivindicación social y popular que iba de la mano con ciertas ideas políticas internacionalistas. La imagen del trabajador en la década del sesenta fue reivindicada como sujeto político, pero también como un actor social y cultural, fundamentando incluso una estética. El arte mural; lo dirigentes políticos con overol; las creaciones musicales: “Para siempre el cobre está en las manos de los trabajadores”, cantaba Quilapayún.

La dictadura junto con las torturas, asesinatos y desapariciones de trabajadores, borraron la imagen de la dignidad del trabajador, colocando en el centro la imagen exitosa de los “gerentes”, cuestión que invisibiliza la explotación laboral en función del “crecimiento económico”. No sólo se abre la puerta a un régimen de trabajo injusto sino que además se permite el robo en los fondos de pensiones con las AFP. Esta cuestión ha sido elaborada desde el modelo chileno del neoliberalismo incubado en la Pontificia Universidad Católica y desde ahí a los centros formativos de la élite o de la clase media obnubilada por trepar en la escala social olvidando el origen proletario.

Con la “recuperación” de la democracia la Central Unitaria de Trabajadores no ha estado a la altura de una reivindicación importante de la clase proletaria, más bien asumió compromisos con los partidos políticos que están absolutamente desacreditados desde el 18 de octubre. Los trabajadores no estaban presentes en el contexto de las transformaciones sociales iniciadas por los estudiantes, pero también mantenidas por el pueblo mapuche. Quizá por nuestro continente el proceso social y político más relevante a manos de los trabajadores, en los últimos años, sea la elección de Lula Da Silva en Brasil, el cual fue duramente combatido por los dueños del capital con todas sus estrategias de control.

Sin embargo, en el Chile que despertó, los trabajadores nuevamente salieron a la calle, encendieron barricadas, boicotearon al capital transnacional y se hicieron parte de las reivindicaciones, fueron ellos lo que fortalecieron el movimiento estudiantil apoyando la causa por la recuperación de la dignidad. Los barrios obreros periféricos fueron los lugares sectoriales en los que se hizo notar con mayor fuerza la desobediencia civil.

En estos días tendremos un 1 de mayo triste, muy triste. El Gobierno ya ha aceptado el porcentaje de cesantía de dos dígitos, muchos trabajadores han sido desvinculados de sus empleos con los decretos políticos que favorecen a los empresarios y capitalistas en medio de esta “plandemia”. Por cierto, que la protección del Gobierno no fue para la clase trabajadora, sin ningún remordimiento los favorecidos son los que menos tienen menos riesgo de sufrir el hambre. Este 1 de mayo se presenta como una nueva oportunidad de reivindicación y de organización para la clase trabajadora, que junto con volver al trabajo tendrá que volver a la lucha social en el espacio público. Poco a poco tendremos que ir saliendo del temor que por estos días nos tiene recluidos en el espacio doméstico, como oportunidad para la creación de nuevas ideas y fortalecernos en el compromiso por la construcción de un mundo mejor, mucho mejor.

Alex Ibarra Peña.
Dr Estudios Americanos.

Pintura de Gabriel Assad

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