La presentación de Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido mundialmente como Bad Bunny, en el Super Bowl trascendió el espectáculo musical para convertirse en un gesto cultural y político de alto significado simbólico.
El artista inició su intervención final nombrando a Chile, seguido de otros países de América Latina, posicionando la identidad latinoamericana en uno de los escenarios mediáticos más influyentes del mundo. No se trató únicamente de entretenimiento, sino de una narrativa cultural construida a partir de historia, memoria y comunidad. Incluso hoy, el Presidente de Chile, Gabriel Boric, se refirió al momento señalando que “fue un acto geopolítico, muy potente”, reconociendo que no se trató solo de un espectáculo musical, sino de un gesto cultural que posicionó simbólicamente a América Latina frente al mundo.
Los campos de caña evocaron la historia colonial del Caribe y las luchas obreras. Los postes de luz desde los cuales interpretó El apagón remitieron al desplazamiento de comunidades puertorriqueñas. La representación de la infancia en fiestas familiares, la presencia de integrantes de la comunidad migrante y escenas cotidianas de la cultura popular latinoamericana reforzaron la dimensión colectiva del mensaje. Al final de la presentación apareció proyectada una frase que sintetizó el sentido de la puesta en escena: “The only thing more powerful than hate is love.” — “La única cosa más poderosa que el odio es el amor”. En un contexto internacional marcado por el endurecimiento de los discursos anti-migrantes y la politización del miedo, este mensaje adquiere una relevancia particular.
Si bien el reggaetón - y el propio artista en etapas anteriores de su carrera - ha sido cuestionado por contenidos que reproducen estereotipos de género o imaginarios de cosificación, crítica legítima y necesaria, reducir la lectura de este acontecimiento cultural únicamente a ese debate implica ignorar la complejidad de los procesos culturales y sociales que atraviesan a las comunidades latinoamericanas. En este sentido, no podemos pasar por alto lo que ocurre en los conciertos masivos de música urbana, que va más allá de la música. Miles de personas cantando al mismo tiempo, moviéndose al mismo ritmo y compartiendo una emoción común generan una experiencia colectiva difícil de explicar desde las categorías tradicionales de la cultura. En el libro "Reggaetón religión", la escritora Camila Gutiérrez recuerda una frase pronunciada por Bad Bunny en un concierto en Santiago en 2019: “Mientras el mundo se divide, nosotros somos uno solo esta noche. Todos somos la Nueva Religión”. La frase puede sonar exagerada, incluso provocadora, pero también puede leerse como una metáfora potente sobre el lugar que hoy ocupa la música popular en la vida social.
El reggaetón y la música urbana dejaron hace tiempo de ser solo un género musical. Se transformaron en un lenguaje cultural compartido en América Latina. Para muchas personas jóvenes - y también adultas - son identidad, memoria, pertenencia y, en algunos casos, consuelo emocional, especialmente para quienes viven procesos de duelo migratorio.
En el caso de Chile, fenómenos como el de Pablo Chill-E muestran cómo la música urbana también se convierte en un espacio de identidad barrial, experiencia social y reconocimiento cultural para nuevas generaciones. En Argentina, propuestas como la de Milo J, vinculadas a lo urbano, al folclore y al imaginario del barrio y la tradición popular, dialogan con la memoria social desde nuevos lenguajes musicales. En Puerto Rico, incluso antes de Bad Bunny, figuras como Residente conectaron la música urbana con la historia política y cultural del Caribe, mostrando cómo la identidad cultural se reconfigura a través de la música contemporánea.
Escuchar esta música en otro país, cantar en español en un estadio extranjero o compartir canciones que hablan de barrios, familias y calles conocidas puede funcionar como un ancla simbólica. La música urbana latinoamericana acompaña la nostalgia, el desarraigo y la necesidad de reconstruir identidad lejos del lugar de origen. En ese sentido, no solo entretiene: también sostiene emocionalmente.
La música se convierte en territorio. Desde el Trabajo Social, la cultura se entiende como un espacio donde se expresan desigualdades, identidades y resistencias colectivas. Paulo Freire planteó que la cultura puede ser un acto de conciencia, mientras que Pierre Bourdieu mostró cómo la legitimidad cultural está atravesada por relaciones de poder y clase social.
Quienes trabajamos en intervención social conocemos de cerca la experiencia migratoria. Migrar no es únicamente desplazarse geográficamente; implica vivir lo que en el ámbito psicosocial se denomina duelo migratorio: la pérdida simbólica del territorio, de la lengua cotidiana, de las redes afectivas y de la identidad cultural vinculada al lugar de origen. Ese duelo suele ser invisible, pero se manifiesta en la nostalgia, en la búsqueda de comunidad y en la necesidad de pertenecer.
El reconocimiento público de la identidad latinoamericana fortalece lo que en Trabajo Social se comprende como sentido de pertenencia comunitaria, un componente central del bienestar social y de la resiliencia colectiva. Como plantean McMillan y Chavis, el sentido de comunidad se construye cuando las personas se sienten parte de algo mayor, reconocidas en una identidad compartida y validadas socialmente. Las comunidades no se sostienen únicamente por recursos materiales, sino también por símbolos, memoria compartida y reconocimiento cultural. Más allá de los gustos musicales, lo ocurrido en ese escenario puede leerse como la expresión de una generación latinoamericana que ya no solo migra para sobrevivir, sino también para existir con dignidad y ser reconocida.
La trayectoria de Martínez Ocasio - desde sus inicios compartiendo música en internet mientras trabajaba en un supermercado como empaque hasta convertirse en una figura global - ilustra una forma de movilidad social vinculada al origen, la comunidad y las redes culturales. Una experiencia que dialoga con lo que el Trabajo Social reconoce como capital social y comunitario, desarrollado por autores como Robert Putnam.
Para el Trabajo Social, este tipo de acontecimientos culturales recuerdan que la migración no puede comprenderse únicamente desde políticas públicas o indicadores económicos, sino desde las historias humanas, las identidades culturales y los vínculos de pertenencia que acompañan a quienes se desplazan.
Intervenir con personas migrantes implica reconocer sus trayectorias, respetar su memoria cultural y acompañar procesos de reconstrucción de identidad en contextos muchas veces marcados por la exclusión. Implica comprender que migrar no es solo adaptarse a un nuevo país, sino aprender a vivir con la ausencia del propio. Por eso, lo que ocurrió en ese escenario no se trata simplemente de gustar o no de un artista. Se trata del significado cultural y emocional de verse representado. Para muchas personas migrantes, escuchar su idioma, ver sus banderas y reconocer su cultura en un espacio global puede significar algo profundamente humano: sentirse visibles. Y algo tan simple como escuchar el nombre de un país propio - como ocurrió cuando mencionó Chile - puede despertar una emoción colectiva difícil de explicar, una sensación de reconocimiento que conecta con la identidad y la memoria compartida.
Eso no implica ignorar las críticas. Muchas letras del reggaetón han incomodado legítimamente, especialmente a mujeres, por reproducir imágenes de cosificación o relaciones desiguales. Esa incomodidad existe y es válida. Pero también es cierto que los fenómenos culturales son contradictorios y cambian con el tiempo. La misma música que puede incomodar en ciertos contenidos puede, al mismo tiempo, convertirse en un espacio de identidad, pertenencia y expresión colectiva para millones de personas.
Desde el Trabajo Social, comprender esas tensiones forma parte de una lectura crítica de la cultura: no romantizarla, pero tampoco simplificarla. Los fenómenos culturales y sociales no se leen solo en un momento ni desde un hecho aislado, sino como procesos históricos, colectivos y profundamente humanos que se construyen en el tiempo.
Porque América no es solo un país. Es un continente que, a pesar de la distancia, la migración y las fronteras, sigue diciendo: seguimos aquí.
Porque el Trabajo Social también es eso: escuchar las historias que viajan con las personas, reconocer la memoria cultural que las sostiene y acompañar la reconstrucción de pertenencia cuando la vida ocurre lejos del propio territorio.
Acompañar, en el fondo, la búsqueda de hogar incluso cuando el hogar ya no está en el mismo lugar.
