En la actualidad, el país atraviesa momentos complejos que no son casuales. Esta situación arrastra características que debieron superarse hace tiempo. En definitiva, los derechos sociales deberían gozar de una sólida estabilidad y permanencia, en lugar de estar rodeados por debilidades y riesgos; horadar el derecho social significa vulnerar directamente el bienestar común.
Si nos situamos frente a una línea de tiempo en constante movimiento, el "hoy" —lejos de la perspectiva de José Antonio Kast— debería proyectar plazos claros. El devenir se construye desde la claridad del qué hacer a corto, mediano y largo plazo, bajo el marco de una estrategia y un pensamiento de futuro enfocado en mitigar la inestabilidad que hoy afecta a las personas, la cual no se puede seguir ignorando. Existe una necesidad imperiosa de generar alternativas de transformación que vayan mucho más allá de la próxima elección presidencial, estableciendo lineamientos mucho antes de los comicios.
Para esto, es fundamental distinguir cuáles son los actores válidos para articular este nuevo escenario, donde la prevalencia ciudadana es clave. En este sentido, no se deben descartar reuniones preliminares como los cabildos autoconvocados.
Este planteamiento se basa en que el tiempo actual debió ser precedido por una estrategia clara. En el curso de la historia, idealmente deberíamos ser el "largo plazo" exitoso de un período anterior y parte de un futuro planificado que demostrara resultados positivos. Como indicador de este logro país, la evidencia más elocuente sería el bienestar de las mayorías, reflejado en condiciones de vida permanentes, un desarrollo acelerado de la igualdad de oportunidades y la instalación certera de la dignidad. Todo esto, impulsado por la participación ciudadana en un horizonte de 36 años transcurridos desde 1990.
Sin embargo, el presente nos obliga a mirar con ojos críticos y argumentados el período mencionado. No se trata de la visión con la que el gobierno de José Antonio Kast busca juzgar a sus predecesores, sino de analizar los factores que llevaron al país a tener un gobernante con profundas raíces en el ideario de la dictadura (1973-1989). En columnas anteriores evaluaba distintas alternativas para definir el período de la historia moderna en Chile; dadas las circunstancias actuales, optaré por situarlo entre 1973 y 2026, un lapso de 53 años.
Al respecto, es necesario mencionar otra vez la práctica dictatorial de "el fin justifica los medios". Su objetivo fue cimentar una estructura inalterable en áreas esenciales como educación, salud y previsión, protegida para perdurar en la historia sin variaciones; un propósito que logró el beneplácito de ciertos sectores.
Durante esos años, se cohesionaron grupos de poder económico que, con raíces ya existentes, adquirieron una hegemonía tal sobre la sociedad chilena que terminaron fijando las directrices a las cuales todos los gobiernos post-90 debieron adaptarse.
Los gobiernos ajenos a ese origen económico se amoldaron rápidamente al modelo. Al poco andar, debido a individualismos exacerbados y al acceso a los altos ingresos de sus cargos, validaron la frase que terminó por enlodar su accionar: "otra cosa es con guitarra". De este modo, entraron en la dinámica de administrar un sistema que mantenía las estructuras intactas. Los procesos de cambio se volvieron imposibles o, sencillamente, no hubo intención de realizarlos. Se cayó en un statu quo que se transformó en el sello de los gobiernos concertacionistas y progresistas, dejando atrás los eslóganes de campaña y las expectativas de los electores.
Sin criticar el concepto formal de lo que debería ser "una buena democracia", surge la inquietud al verla solo como un mecanismo básico y no como una herramienta para revertir las bases estructurales de la dictadura. En rigor, nunca se llegó a la práctica real de ese concepto. La democracia no se sustenta únicamente en el acto de votar; su trascendencia debe ser mucho más profunda.
La conclusión es que no existió un gran proyecto para dar paso a una sociedad diferente. Incluso siendo benévolos con las nociones de corto, mediano y largo plazo —asignándole a cada etapa una extensión de 10 años—, la falta de visión fraguó y abrió el camino a un gobierno de ultraderecha. Aunque este fenómeno se replica en otras latitudes, es oportuno analizarlo desde la identidad de Chile. Hoy asistimos no solo a la gestión de un gobierno que se parapeta tras medidas de seguridad articuladas con anterioridad, sino a una suerte de proteccionismo para implementar un nuevo modelo de negocios que pretende proyectarse más allá de la mitad del siglo XXI.
El gobierno del presidente Gabriel Boric pudo ser la oportunidad para marcar el inicio de un nuevo ciclo histórico; sin embargo, en la realidad, significó el fin de uno. Por lo tanto, el período actual representa el momento de construir una visión distinta hacia el largo plazo, mediante un proyecto que no deje dudas en sus términos y que responda con transparencia al ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿con quién?
Bajo este panorama, conviene iniciar acciones que superen la mera reacción institucional frente a la contingencia diaria. Es evidente la necesidad de transitar por un circuito paralelo que construya futuro desde ya, mirando hacia una sociedad que exige transformarse. Aunque en la administración anterior hubo logros, estos se opacan al ver la tendencia a mantener lo estructural por no saber cómo transformarlo, ni siquiera gradualmente. Así, cada momento vivido parece una respuesta de supervivencia para el día a día, más que parte de una proyección previa.
Ejemplo de esto es la entrega del litio a la administración de una empresa ligada a la figura del yerno de Augusto Pinochet, lo cual constituye un profundo desacierto.
Asimismo, el origen de las AFP —concebido en dictadura— representó el mayor desmantelamiento del Estado, privándolo de la recaudación para hacerse cargo del sistema previsional. Bajo esa lógica, se desprestigió al máximo la institucionalidad pública para traspasar las cotizaciones previsionales a manos privadas. Esto superó una simple "alianza público-privada": se entregó un área clave de la economía a la "industria previsional", consolidando el desmantelamiento estatal. Desde sus orígenes, esta estructura se ha mantenido intacta por falta de voluntad política para transformarla, lo que conecta directamente con la realidad que vive el país bajo el gobierno de José Antonio Kast y su ministro Quiróz. No cabe duda de que ese 1% más rico, beneficiado con rebajas tributarias, forma parte activa de esta industria. Paradójicamente, durante el gobierno de Gabriel Boric las AFP salieron fortalecidas, otorgándole mayor solidez a las estructuras de poder.
En otra arista, las ISAPRES comparten el mismo origen estructural y temporal que las AFP. En el gobierno anterior se reiteraba que el Ejecutivo no intervenía en las decisiones de otros poderes del Estado; sin embargo, cuando el Poder Judicial emitió un dictamen que perjudicaba a las ISAPRES, estas reaccionaron amenazando al sistema de salud (considerando que concentran cerca del 20% de la población). Ante esto, el gobierno del presidente Boric cedió y promovió la denominada "ley corta" en beneficio de estas instituciones.
De lo expuesto surgen reflexiones fundamentales. Lo primero es mirar el proceso de transformación del país desde otra perspectiva, sin centrarse únicamente en quienes tienen la responsabilidad de habernos traído hasta aquí. Decir esto de forma vaga es prácticamente "nada"; es imperativo precisar. Llegar a un gobierno de ultraderecha como el de José Antonio Kast tiene responsables y responde a décadas donde el proceso constructivo debió ser diferente. Evitar estas falencias habría impedido llegar a momentos como el actual, que a poco andar generan una profunda tensión social.
Para transformar hay que pensar y planificar desde la ciudadanía, que lo es todo, incorporando una visión amplia e integral. El tiempo pasó la cuenta y hoy es inevitable reinventarse, continuar con análisis y levantar propuestas focalizadas.
Por ahora, la prioridad es abordar el camino desde una participación ciudadana activa y la elaboración de un proyecto claro, sin eslabones sueltos.
Para quienes piensen que este escrito es un llamado a la acción: efectivamente lo es. Tenemos por delante una tarea urgente y de profundo sentido humano.
