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Tremendo delirio. Por Sergio Reyes Tapia

Muchos análisis se han realizado a propósito de la cuenta pública que hizo el presidente José Antonio Kast a la ciudadanía. Qué dijo, qué no dijo o cómo lo dijo, se han preguntado, o respondido muchos.

Por nuestra parte, concordamos con quienes han dicho que fue un discurso plano, sin momentos emotivos, fome, carente de cosas concretas, claro él ha dicho que no es un orador, y estamos de acuerdo, y al parecer tampoco sería un estadista, y estaríamos de acuerdo, pero talvez para calar en la subjetividad de las personas, del oyente, no se requiere alardear o levantar los brazos, o subir la voz, para enfatizar el punto al que quiere llegar el presidente. Esa forma pausada, con cadencias, con que actuó Kast, es la forma de ser y transmitir: elegancia, un cierto aire de religiosidad, empatía, y seguridad.

Al igual que Marlon Brando, y Al Pacino en la película El Padrino. los Corleone sin alardear ante nadie y con elegancia, casi religiosa, cumplían los favores que los otros le rogaban.

La cuenta pública de José Antonio Kast ante la Nación, fue carente de medidas concretas en los distintos ámbitos de la política nacional, pero cuenta eso sí, de recursos que nos sitúan en una cruzada nacional, al igual que aquellas cruzadas religiosas de hace algunos siglos. Sí, el discurso de Kast está lleno de símbolos religiosos o místicos, de piadoso, de devoto.

José Antonio Kast proviene del mundo religioso, es un reconocido miembro del movimiento apostólico de Schoenstatt, y en su cuenta pública a la Nación, trató de envolvernos en aquellos parajes doctrinarios. Y concluimos que Kast es un orador monacal, religioso, que nos invita a estos sacrificios necesarios, a ese sufrimiento redentor. Y cómo no, lo hace con una fachada doctrinaria que está encubierta, y el mensaje institucional, al descubierto.

Sí, el discurso de Kast, tiene un doble fondo, aunque no ocupa la poesía, como otros mandatarios, para acercarnos al mundo trascendente, sí recurre a este tipo de mensajes del chovinismo con tintes místicos.

Es plausible sostener que el discurso de José Antonio Kast opera mediante una asimilación superficial y deficiente de autores como Mircea Eliade, Claude Lévi-Strauss, Carl Gustav Jung, Erich Fromm, Santo Tomás de Aquino o Joseph Campbell. Mientras que estos pensadores desentrañan científicamente los arquetipos que estructuran el inconsciente colectivo, el proyecto de Kast instrumentaliza dichos mitos con fines de control político.

Ahora, el peligro de esta apelación a la mística fundacional radica en su pretensión de conducir a la ciudadanía bajo la lógica del pastoreo; un diseño de gobernanza que reduce al cuerpo social a una masa dócil, desprovista de agencia deliberativa y pensamiento crítico.

Tal cual Odiseo, de Homero, Kast, nos invita a la gran travesía, él la llamó: la reconstrucción nacional, tal vez para justificar como dijo, que el país no se reconstruye en tres meses, es decir, habrá que hacer más sacrificios virtuosos con esa metáfora de los héroes, el viaje de largo aliento, es decir, el cambio o refuerzo de modelo político que pretende.

Kast dice que el alza de las bencinas hubiera provocado un estallido social en cualquier país del mundo, pero en el nuestro no, claro, porque a entender de Kast, ya se inició la gesta heroica de la reconstrucción nacional, este largo viaje, y que nos predispuso, desde el día de ser electo. Esto es igual a los meses anteriores y posteriores al golpe de Estado de 1973, y nos dice cómo debe actuar la población con actos estoicos, patrióticos, pero socialmente, silenciosos, sin manifestaciones.

Kast traslada el dogma de la salvación religiosa al debate económico al exigir que el impacto inflacionario, como el alza de los combustibles, sea asimilado con resignación cívica. Esta transfiguración del bolsillo ciudadano en un altar de sacrificio colectivo pretende vender la idea de que la precariedad actual, es el pasaje obligatorio hacia la prosperidad.

Veamos otro ejemplo, el gobierno pretende la construcción de un registro de vándalos, e incivilidades, y los castigos serán exclusiones de beneficios sociales, o estatales, es decir, todos vamos a ejecutar el castigo estatal, el castigo moral en otras palabras, todos vamos a purificar el espacio público, vamos a desterrar a las bestias, a quien no está junto al pueblo heroico, y resiliente, civilizado que resistió, por ejemplo, el bencinazo.

Ante esta medida se comienza a sembrar en el país el Miedo por un lado y la Esperanza por otro, en estos ambientes está situado el discurso de Kast, indudablemente él y quienes están con él, son la esperanza, los otros, los que protestan, los vándalos, la sombra, el miedo. El buen ciudadano no protesta, se asume callado.

También observamos que la militancia de José Antonio Kast en el Movimiento Apostólico de Schoenstatt parece proyectarse directamente en su plan de seguridad, otorgándole una curiosa estética providencial. Su plan de seguridad, bautizado “Las 7 tareas para combatir el crimen”, recurre a una numerología que evoca más al Génesis, la construcción del mundo en 7 días, y al relato bíblico del asedio de Jericó, las 7 trompetas, los siete ángeles, más que a la gestión técnica del Estado.

Sin embargo, detrás de esta mística de trompetas y murallas caídas orientada a la rectificación moral, la propuesta adolece de un vacío absoluto en materia de políticas públicas concretas. Más que un diseño técnico, el plan simula una liturgia de salvación nacional; una estrategia de autopercepción redentora que, lejos de ser original, mimetiza el mesianismo político ya ensayado globalmente por figuras como Donald Trump y Javier Milei.

Lejos de la frialdad técnica, la cuenta pública de la cabeza de la ultraderecha de nuestro país, se despliega como una liturgia de martirio y redención personal. Kast busca erigirse en el padre de la patria refundacional, como una respuesta disciplinaria al gobierno anterior, el de los jóvenes. Pero esta apelación a la autoridad paterna encierra una advertencia implícita: se trata de un padre castrador que busca subordinar la agenda pública a su propio dogma moral.

Sergio Reyes Tapia, periodista, ex seremi de Bienes Nacionales

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