Jenofonte permite leer una mutación del poder estadounidense: ya no se trata solo de una deriva autoritaria interna, sino de la pretensión de reorganizar el mundo como una red de dependencias, amenazas y favores.
Conviene releer a los antiguos cuando el presente empieza a quedarse sin palabras. En el Hierón, Jenofonte no define al tirano únicamente por la violencia ni por la concentración del poder. Lo define por algo más profundo: por su incapacidad para habitar una ley común. El tirano no gobierna una comunidad de iguales. Gobierna un espacio de miedo. No tiene ciudadanos, sino dependientes; no tiene aliados, sino obligados; no tiene reglas, sino instrumentos. Y cuando ese patrón sale de la ciudad y se proyecta sobre el sistema internacional, la tiranía deja de ser un régimen interno: se convierte en una forma de ordenar el mundo.
Eso es, precisamente, lo que Trump representa hoy. No es un “tirano universal” porque reine jurídicamente sobre el planeta. Lo es porque intenta someter el orden internacional a la gramática del tirano: reemplazar normas por relaciones personales, instituciones por dispositivos paralelos, cooperación por obediencia y derecho por amenaza. António Guterres lo dijo casi sin rodeos el 29 de enero de 2026: los problemas globales no se resolverán con “una potencia dictando la conducta” ni con dos potencias repartiéndose el mundo en esferas de influencia. Lo que estaba nombrando era precisamente esta mutación: el paso de un orden, por imperfecto que fuera, a una escena de arbitraje imperial.
La primera señal de esa mutación es el trato a los aliados. Trump no ve socios: ve subordinados. Su amenaza sobre Groenlandia, su negativa a descartar la coerción militar o económica sobre Panamá, e incluso su manera de presentar a Canadá como una prolongación natural de Estados Unidos, no son simples exabruptos. Son la formulación de una doctrina. La alianza ya no significa límite; significa disponibilidad. El aliado deja de ser un participante en un orden común y pasa a ser un protegido condicional, útil mientras obedezca. Reuters recordó en marzo de 2026 que la presión estadounidense sobre Groenlandia pesó sobre la política danesa, llevó a varios países europeos a enviar tropas a la isla como señal de apoyo y empujó a Trump a amenazar con aranceles a aliados europeos hasta que se le permitiera comprar el territorio. La protección estadounidense se parece así menos a una garantía que a un mecanismo de tutela.
La segunda señal es el vaciamiento deliberado de las instituciones multilaterales. Trump no se limita a criticarlas. Las abandona, las debilita o las rodea con estructuras nuevas diseñadas a su medida. El 7 de enero de 2026 anunció la retirada de Estados Unidos de decenas de entidades internacionales, entre ellas 31 organismos del sistema de la ONU, incluidos la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, ONU Mujeres y el UNFPA. Washington justificó la decisión alegando que esas entidades operaban contra los intereses nacionales de Estados Unidos. El mensaje es claro: el tirano universal no acepta foros en los que sea un Estado entre otros. Si una institución no prolonga su voluntad, se vuelve sospechosa.
Por eso resulta tan reveladora la creación del Consejo de Paz. Lanzado por Trump en Davos el 22 de enero de 2026, ese organismo fue presentado como una herramienta para consolidar el alto el fuego en Gaza, pero el propio Trump dijo que debía ir mucho más allá. Él mismo lo preside de por vida y exige a los países que aspiran a convertirse en miembros permanentes del Consejo una contribución de 1.000 millones de dólares cada uno. La paz, en este esquema, deja de ser una construcción multilateral y se convierte en una mesa privada, convocada por el príncipe, presidida por el príncipe y financiada según las condiciones del príncipe.
La tercera señal es la privatización de la seguridad. El 25 de marzo, Volodímir Zelenski declaró que Estados Unidos condicionaba sus garantías de seguridad a que Kyiv cediera todo el Donbás a Rusia. Más allá de la negociación concreta, el principio es devastador: la seguridad deja de ser un compromiso basado en reglas y pasa a ser una gracia transaccional. El aliado ya no es protegido porque exista un deber, sino solo si acepta pagar el precio político exigido por el centro. Así funciona el tirano en Jenofonte: convierte la protección en favor, y el favor en obediencia.
Pero es en el recurso a la fuerza donde la lógica se vuelve más brutal. Ya no se trata de la fuerza como último recurso, limitado por la prudencia o por el derecho. Se trata de la fuerza como idioma natural del mando. Venezuela ofrece la imagen más desnuda de esa deriva. El 3 de enero de 2026, una operación estadounidense culminó con el secuestro de Nicolás Maduro, trasladado por la fuerza a Estados Unidos. En términos políticos, el hecho central es este: Washington se arrogó la facultad de entrar militarmente en otro Estado, apoderarse de su jefe y trasladarlo por la fuerza. Ya no estamos ante una simple operación exterior. Estamos ante la afirmación de un derecho de presa.
Cuba muestra otra cara de la misma lógica: no el golpe fulminante, sino el asedio. Tras la caída de Maduro y la toma de control estadounidense sobre las exportaciones venezolanas, Trump interrumpió los envíos de crudo de Caracas a Cuba. Poco después estableció un bloqueo marítimo contra las exportaciones de petróleo. La fuerza, aquí, no necesita desembarcar. Le basta con controlar los flujos vitales. El tirano universal no solo bombardea: también estrangula.
Irán representa un grado más en la escalada. La fase actual de la guerra comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Israel lanzó un ataque “preventivo” contra Irán en una operación que, según Reuters, había sido planificada durante meses en coordinación con Washington; ese mismo día, ya estaban en curso ataques estadounidenses contra Irán. Casi un mes después, el 25 de marzo, la Casa Blanca declaró que Trump estaba dispuesto a “desatar el infierno” y a golpear a Irán con más dureza si Teherán no aceptaba su derrota militar. Lo decisivo no es solo la violencia de la frase. Es la estructura política que revela: la guerra deja de ser un fracaso de la política para convertirse en su método privilegiado. La negociación existe, sí, pero bajo la forma del ultimátum. La diplomacia sobrevive, pero sitiada por la promesa de un castigo mayor.
No estamos, por tanto, ante un simple retorno del unilateralismo estadounidense. Estados Unidos ya fue unilateral. Lo nuevo es más grave. El centro imperial ya no pretende gobernar en nombre de un orden. Gobierna en nombre de su voluntad. Ya no dice: “esta es la regla”. Dice: “este es mi designio”. Ya no intenta presentarse como garante de una legalidad común, sino como fuente misma de la excepción. Eso es lo que vuelve útil a Jenofonte. El tirano no es solo el gobernante duro. Es el gobernante que vacía la ley, privatiza la protección y reorganiza el espacio político como una red de dependencias personales.
Las consecuencias son inmensas. Para Europa, que descubre que una alianza sin reciprocidad institucional fuerte puede degradarse rápidamente en una dependencia humillante. Para el derecho internacional, que no muere solo bajo los golpes de sus enemigos declarados, sino también bajo el uso instrumental que hace de él la potencia que durante décadas se presentó como su garante. Y para el resto del mundo, porque el tirano universal enseña por imitación. Si Washington se reconoce el derecho de secuestrar a un jefe de Estado, asfixiar energéticamente a una isla, vaciar organismos multilaterales, crear instancias paralelas de “paz”, convertir las garantías de seguridad en moneda de cambio territorial y normalizar el uso de la fuerza y el asesinato de jefes de Estado como lenguaje ordinario del poder, ¿con qué autoridad impedirá mañana que otras potencias reclamen sus propias zonas de excepción?
La cuestión, entonces, no es si la palabra “tirano” suena excesiva. La cuestión es si todavía sabemos reconocer el momento en que la seguridad del más fuerte se convierte en la medida de todas las cosas. Trump no gobierna el mundo como un soberano legal. Hace algo más decisivo: trabaja para convertir el orden internacional en corte, en clientela y en campo de chantaje. Y eso basta para decir que, en el sentido más preciso y clásico del término, se ha convertido en el tirano universal.
