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La historia, en fin, la historia.

En los años 90 desde ATTAC proponíamos la aplicación de la tasa Tobin, ese impuesto por lo demás mínimo a las grandes transacciones internacionales. Para algunos sectores de la izquierda más ortodoxa, la tasa Tobin era una tabla de salvación para el capitalismo, y para la derecha era un atentado a la «libertad» de movimiento de capitales.

Hoy, tarde, se aprueba la aplicación de la tasa Tobin y de la llamada tasa Google, destinada a que las empresas multinacionales como Amazon, Google o Appel, paguen algo de impuestos en los países donde se generan sus ganancias.

La derecha saldrá a las calles denunciando este atentado «chavista» que pone en peligro la relación con nuestro aliado principal, Trump , ese mismo aliado que grava con aranceles abusivos los productos españoles como el aceite, el vino y la fruta.

Pensar, ¡qué bonito y sano era eso!

17 de febrero 2020


El triángulo rojo.

Hoy que las Marilós y el facherío de todos los pelajes ladran contra dos triángulos rojos, es bueno echar a andar los engranajes de la memoria. Con esos triángulos rojos los nazis identificaban a los prisioneros comunistas y socialdemócratas confinados en los campos de concentración, en los campos de exterminio masivo.

Esos triángulos rojos recuerdan el valor, el heroísmo y la entrega de mujeres y hombres que, sabiendo que tal vez no sobrevivirían al «KZ», al campo de concentración, seguían resistiendo aún en las peores condiciones, por ejemplo haciendo sabotajes en las fábricas de municiones en las que trabajaban como «mano de obra esclava».

Así lo hizo Simone Vilalta, prisionera española en Mauthausen.

«Saboteábamos las balas que teníamos que fabricar. Unas compañeras se dedicaban a cazar moscas y después las poníamos en la zona que albergaba el detonador. Cuando no teníamos moscas, escupíamos. Estoy segura de que muchas de las cajas de balas que salían de allí nunca pudieron utilizarse. Cuando regresábamos a la barraca nos preguntábamos entre nosotras: ¿Cuántas moscas has matado hoy? “Veinte, treinta, cincuenta”. Cada mosca era una bala que no serviría para acabar con la vida de algún compañero. Estas pequeñas cosas representaban para nosotras una gran victoria. Era peligroso y si te cogían no lo contabas, pero seguimos haciéndolo hasta el final».

Eso y mucho más significan esos triángulos rojos que se llevan con respeto y honor.

14 de enero de 2020


Dos rostros y una misma sangre.

Una de las fotos es de un joven estudiante chileno, dirigente de los estudiantes secundarios y se llama Víctor Chanfreau. La otra foto es un hombre valiente y digno, Alfonso Chanfreau, abuelo de Víctor, que fue torturado, asesinado y hecho desaparecer por los militares chilenos luego del 11.9.73.

Los que estuvimos y fuimos activos de la gesta emancipatoria chilena, quisimos dejar para nuestros hijos y nietos un país mejor, un país digno, un país justo, un país sustentado en valores universales y revolucionarios. Les fallamos en eso, no lo conseguimos mas no por nuestra voluntad, sino porque subestimamos el odio que generaba nuestra lucha emancipatoria, y la terrible fuerza de los enemigos de la libertad.

Hoy, a inicios de 2020, el joven Víctor Chanfreau lidera la lucha de los estudiantes chilenos por una educación pública, laica, de calidad democrática, que termine con las odiosas diferencias que condenan a los jóvenes impidiéndoles el libre acceso a la educación superior mediante una prueba de selectividad que sólo beneficia a la elites del poder.

Querido Víctor, tu abuelo y todas y todos los que fuimos sus compañeros te saludamos con orgullo, querido Compañero.

9 de enero de 2020



La decepcionante COP25 y...¡ella!

¿De dónde sacaron esta pájara? Ministra...¿de qué?

Eran las preguntas más frecuentes entre los más de 200 delegados de gobiernos y ONG´s participantes en la finalizada COP25 realizada en Madrid. Se referían a Carolina Schmidt, la ministra chilena, supuestamente de Medio Ambiente, y coincidían en que no estaba medio, sino absolutamente desambientada.

Le cayó de regalo la presidencia de la COP25, cumbre en la que tanto científicos, sociedad civil, organizaciones ecologistas y gente de sentido común tenían esperanzas de, por lo menos, asegurar el cumplimiento de los acuerdos de París.

Le cayó de regalo o premio de consuelo, porque el despertar de la sociedad civil chilena impidió que el gobierno de Piñera, consumado inepto, hiciera de esta cumbre un monumento a sí mismo, a su egolatría de patán de luces menos que limitadas.

Y ella se lució hasta el final, cuando empujada por el vehemente deseo de regresar a Chile, de huir de ese lugar en que se hablaba de temas que superaban su pobre y triste capacidad de entender, anunció: «Considerando la hora, y el hecho de que muchos tenemos prisa por llegar al aeropuerto, me gustaría plantear que las propuestas sean enviadas y subidas de manera electrónica…»

Es decir, chiquillos, se me quieren decir algo me lo mandan por email. Sólo le faltó agregar que tenía muchas ganas de mear, y fuera del tiesto, por supuesto.

¿De dónde sacaron esta pájara?

15 de diciembre 2019


El ridículo como método.

¿Qué diablos tiene que hacer o decir la delegación chilena en la COP25? Un país que desconoce sistemáticamente no sólo los Derechos Humanos sino también todas recomendaciones de preservación ambiental, y que hasta legisla para que los estudios de impacto ambiental sean considerados innecesarios con tal de «seguir creciendo».

En Chile hay una notable vocación de ridículo. Recuerdo, porque estuve ahí, la presencia chilena en la exposición universal de Sevilla en 1992. Todos los países presentes llevaron cosas, objetos, bienes, libros, alimentos representativos de sus respectivas realidades, pero Chile, ¡Ay Chile! decidió llevar un iceberg desde la Antártida a Sevilla.

Como los españoles no conocían el hielo, el efecto novedad, el asombro ante lo desconocido sería inmenso.

Y lo llevaron. En un barco refrigerado. Pesaba sesenta toneladas y era mantenido a una temperatura de 40º bajo cero. Lo instalaron en el stand chileno, pero ahí descubrieron un cierto detalle aparentemente sin importancia: en Sevilla había 40ª sobre cero, y el iceberg antártico empezó a derretirse.

Gracias a la oportuna intervención de una empresa experta en frigoríficos que construyó una urna transparente, los restos del pedazo de hielo que originalmente pesaba sesenta toneladas se conservaron, más o menos sólidos, hasta el fin de la Expo 92.

¿Y cómo terminó? Hay quienes sostienen que un bar sevillano se interesó por el hielo, pero al preparar un gin tónic descubrieron que era de agua salada, y hasta ahí llegó el negocio. Otros aseguran que terminó arrojado al Guadalquivir donde se derritió rápidamente, ante la estupefacción de las truchas.

Si algo tiene y puede hacer Chile en la COP25 es el ridículo, y así se encargaron de recordarlo hoy en Madrid los integrantes de los Pueblos Atacameños, que enfurecieron a la ministra chilena de medio ambiente, mujer muy medio desambientada, al recordarle que el Estado chileno destruye sin descanso los salares y glaciares atacameños.

Qué vocación para el ridículo.

3 de diciembre de 2019


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