Escribir sobre un acontecimiento del cual se deberían haber articulado algunas palabras días atrás, no es un hecho casual, es el reflejo de una decepción por haberse referido en forma reiterada a través del tiempo, a los acontecimientos generados el 11 de septiembre de 1973, enfatizando más de alguna vez en el fiel cumplimiento del fin justifica los medios, los medios son la violación de los derechos humanos y el fin la imposición de un modelo de sociedad con una férrea base estructural aún existente.
La condición de cambio y transformación era simple y consistía en pensar en algo diferente tomándose el tiempo necesario para ello, y compleja su articulación por el tiempo que habría requerido la implementación, el hablar en esas condiciones de 15 o 20 años, podía resultar un tiempo razonable dada la connotación de lo que había que realizar, pero 35 años es un tiempo excesivo. El principio básico, era un imaginario de una diferencia sustancial entre una sociedad ideada en la esencia de un gobierno dictatorial, y un país que debería haberse transformado tomando distancia de los ideólogos de esa época.
El acompañamiento de una ambientación para actuar con esperanzas y sueños estuvo presente como un catalizador a disposición de una sociedad diferente, pero todo indica que esa corriente en lo profundo no fue aprovechada y tomada en cuenta, en la actualidad se ha llegado al punto de un estado de cosas que dan cuenta de una forma en que no se debió actuar o lo peor sería comprobar que se tuvo un actuar de cierta forma de manera ex profesa, el pasar de la historia va dejando evidencias.
Hemos asistido por parte de las fuerzas progresistas, a la elaboración de programas gubernamentales para presentarlos en las campañas electorales, pero se ha omitido el trabajo constructivo de un proyecto de sociedad de largo plazo, ello sucedió y sigue sucediendo. Estamos en tiempos en los cuales es oportuno un juicio histórico, que marque un futuro y una perspectiva diferente, en el cual la elección pasa a ser algo circunstancial frente a una caracterización de lo actual, que se fue construyendo de manera sucesiva. Se fueron levantando esperanzas de cambio, pero éstas se fueron esfumando en un corto plazo, prevaleciendo un modelo que en lo sustancial tiene 45 años de funcionamiento.
No se trata de que no se haya hecho nada, pero la imposición de un modelo y la imposición de poder es mucho más gravitante.
Observar al gobierno actual que sí o sí no se puede dejar de ser tomado en cuenta al momento de asistir al proceso eleccionario en curso, y siempre en el contexto de la carga de 35 años que llevamos a cuesta, es ponderar como desaciertos el vínculo establecido con el litio y el yerno de Pinochet, la luz verde otorgada a tratados sobre los cuales no tanto tiempo atrás se denegaban en apreciaciones de los propios gobernantes, la tramitación de la ley que beneficio y sigue beneficiando a las ISAPRES y la reforma previsional que le otorga más ingresos a las AFP logrando que ese sector haya triunfado en sus aspiraciones de siempre.
Estamos aún estancados en la frase de “en la medida de lo posible”, representativa de los acuerdos lejanos a la ciudadanía que se gestaron antes de que asumiera el primer gobierno de la concertación.
Al referirse a los “máximos comunes divisores”, la referencia es al dividir para reinar, que tiene su expresión en algo característico de la imposición dictatorial traducida en un individualismo exacerbado y que marca tendencia en la caracterización de la sociedad, obstaculizando el sentido de unidad fundamental para levantar una convivencia diferente proyectada en una sociedad alejada de sus perfiles actuales.
Por otro lado, la referencia a los “mínimos comunes” cuando se hace mención a nueve sectores que están detrás de una candidatura reflejan la inmediatez y el corto plazo, sin llegar a un sentido de unidad que se ve mermada, sin lugar a duda por observar sensibilidades distintas y que en rigor representan debilidad.
Así las cosas, estamos en buen momento de realizar un análisis crudo, pero no se visualiza un país de grandes perspectivas para lo inmediato, por sobre la identificación de situaciones nefastas que podrían suceder, y al mismo tiempo una carencia de contrapeso que se fue generando en etapas sucesivas por lo no realizado y la omisión.
En materia eleccionaria con claridad los resultados son dos, se gana o se pierde. Cualquiera sea el escenario resultante, hay que sopesar el pasado e involucrarse en un proyecto de sociedad contundente y muy bien elaborado, la base tiene que ser la participación ciudadana real, dejar de lado el individualismo, aceptando que la única forma de cambiar es generando un aprendizaje de lo que no se hizo y se debe hacer, además de la huella que dejó marcada a una generación. Desde el ámbito local hay que sumar para incidir en lo internacional y desde lo internacional se debe propagar hacia lo de ámbito local. Las muestras de confianza son vitales.
No hay sociedades más justas, si éstas no están representadas por hechos marcados e irrefutables de altos grados de justicia social, dejando pendientes mínimos márgenes para mejoras. La inevitable cuestión, en lo nacional como acto de justicia, es si el aspirado monto de un salario digno o como se le quiera llamar, se expresará en el valor de la UF actual, sólo para identificar una línea de la forma en que se deben hacer las cosas y no caer en voladores de luces.
Aún tengo esperanzas y sueños, no para lo inmediato, pero sí para el futuro. Las lecciones sobran y dependen de la actitud de muchos, con sensibilidad humana y social, que no necesariamente van de la mano con la actitud de los que tienen en el centro la práctica de la política como cuestión hegemónica y que muchas veces no resuelve lo esencial, por la pleitesía a las leyes que regulan el mercado.
