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Un agujero en el alma: la desaparición de María Ignacia González. Por Verónica Zúñiga Carrasco

Boris Cyrulink , psicoanalista, sostiene que la pérdida “no es un duelo, es un agujero en el alma, un vacío sin representaciones, un quiste, una cripta en un mundo íntimo” (2000), es un dolor profundo. Es el dolor que la desaparición de María Ignacia González, concejala de Villa Alegre, ha marcado en la vida de su familia y en la comunidad. Desde hace casi 9 meses, su ausencia se siente como ese vacío, ese “agujero en el alma”, que Cyrulnik describe al referirse al trauma y al sufrimiento que acompaña a quienes han perdido a un ser querido. Penosamente, María Ignacia no es la única. Las desapariciones de mujeres en Chile, no solo reflejan el dolor de la familia, sino que también revela una problemática más amplia de la violencia de género que ha marcado la vida de millones de mujeres por décadas.

Desde su última aparición en junio de 2025, la búsqueda de María Ignacia ha expuesto una creciente preocupación no solo por su paradero, sino también por las causas detrás de su desaparición, lo que ha generado un ambiente de incertidumbre y temor. Así, surgen interrogantes: ¿Por qué?, ¿Quiénes son los responsables de su desaparición?, ¿Qué medidas se están tomando para esclarecer su caso? Pero estas interrogantes no son solo sobre María Ignacia; son un reflejo de un problema que continúa afectando a las mujeres en Chile.

La problemática de la desaparición de mujeres ha sido un tema de estudio en diversas investigaciones sobre género y violencia. María Ignacia, como figura pública, se enfrenta a una forma de violencia que es insidiosa y efectiva, a veces invisibilizada, pero siempre presente. Karla Salazar (2018) señala que la búsqueda de una persona desaparecida es una experiencia que transforma radicalmente la vida de sus seres queridos, afectando su salud mental y sus circunstancias económicas. Es un trauma que no se limita a la espera de respuestas, además, se convierte en un compañero constante, que interrumpe su cotidianidad y sumerge a las familias en un estado de duelo perpetuo.

Por su parte, Cyrulnik argumenta que en la pérdida, el verdadero desafío para el sobreviviente es enfrentar el primer trauma de la pérdida y enfrentar, a la vez, el trauma emocional y psíquico que sufre al lidiar con la falta de cierre y la incertidumbre social. Pero el anhelo por respuestas que nunca llegan, el anhelo de encontrar a quienes han desaparecido y no son hallados, solo exacerba el dolor y complejiza el proceso de sanación.

Aún con el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, en el pensamiento, la desaparición de María Ignacia se convierte en un símbolo de la lucha contra la violencia de género. Un doloroso recordatorio de que la lucha por los derechos de las mujeres no solo requiere visibilización, sino una acción colectiva para exigir el respeto y la protección que todas merecemos. La violencia hacia las mujeres, en cualquiera de sus muchas formas, debe ser repudiada. El 8M es cada día.

Mientras tanto, me imagino que la comunidad de Villa Alegre está lidiando no solo con la falta de su concejala, sino con un clima de temor. Me imagino que las mujeres deben sentir que su seguridad está amenazada. A lo que se suma que la falta de respuestas genera desconfianza hacia el Estado, que ha fracasado en garantizar los derechos humanos y la seguridad de sus ciudadanos. La falta de respuestas genera un vacío, un “agujero en el alma”, que se convierte en un obstáculo para la resiliencia y la reconstrucción emocional necesaria para sobrellevar la pérdida.

El caso de María Ignacia, como el de otras desaparecidas, no es solo una tragedia personal. Afecta a todas las mujeres y debe ser un llamado para que la sociedad en su conjunto se una para exigir justicia. No se puede olvidar que las voces de las mujeres desaparecidas aún no han sido escuchadas.

La reconstrucción de nuestro tejido social comienza aquí, haciendo eco de sus voces y exigiendo un cambio real y duradero en la lucha contra la violencia de género.

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