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Un alienígena menos: la impunidad de los crímenes hacia el pueblo. Por Nicol A. Barria-Asenjo

El reciente 5 de febrero los recuerdos se volvieron nuevamente tangibles, estructurándose como material vivo que emerge desde el dolor y se evapora en el recuerdo-pensamiento de ver como nueva sangre corre por las calles del país.

La muerte del Malabarista asesinado en la ciudad de Panguipulli demuestra la transgresión misma del modelo chileno y evidencia la brutalidad e humanización que caracteriza a la institución de Carabineros de Chile, todos se vuelve cuestionable con este hecho, recapitulemos: Asesinato en un lugar público, a plena luz del día incluso con testigos, con todos estos elementos el carabinero no vaciló en disparar en repetidas ocasiones al joven arrancándole la vida y, como si no fuera poco lo dejan en plena calle sin prestar atención alguna, limitándose a huir tal como lo harían ratas al sentir el menor ruido.

A partir de ese injusto y doloroso suceso, la percepción de la temporalidad se vuelve una ilusión: Presente, pasado y futuro colisionan a partir del despertar brutal de otra muerte que se va en manos del modelo, de la injusticia, otra vida que no tiene opciones más que ser parte de los innumerables crimines y violaciones de los derechos humanos que cuentan como sacrificios del sistema y del modelo.

Los recuerdo del año 2019 vuelven a nuestras memorias acarreando lo peor del proceso, aquellos eventos similares a los acontecidos hacen más de 40 años atrás, todo lo que se creía de un pasado lejano, de un pasado reciente pero levemente superado retorna. Y es ese retorno el que permite volver a mirar el escenario imperante.

¿Por qué es necesario que haya mártires? ¿Por qué las humillaciones, violencia y vulneración son tolerables mientras nos existan muertos? Lo cierto es que el hecho de estar vivo, respirar y poder caminar o comer en Chile no asegura la vida, ¿Qué clase de vida lleva o tolera la gran mayoría de la población?

No hay que olvidar, que hay muertes diarias, asesinatos que se aseguran desde el momento mismo del nacimiento de un amplio grupo de individuos, no es solo una metáfora, es la realidad de aquellos que han sido excluidos, olvidados por el sistema, todos y todas quienes no tienen opciones, porque tener opciones implica una posible desestabilización para la economía.

Las entrañas del Pueblo fueron rápidamente removidas, la muerte del joven malabarista trajo consigo la realidad, el abrir los ojos, salir de la inercia que busca la elite política y económica, la significante crisis entra en el campo en el momento mismo en que el pueblo sale a las calles.

Siendo las 00.40 del 6 de febrero, algunos medios de comunicación como el Diario UdeChile, informaba de la quema del edificio de la municipalidad, la oficina de correos y otros cuatro inmuebles, de esta forma, las protestas dan un pie inicial a propósito del crimen cometido en contra de un “Alienígena”.

El término alienígena, como tal, utilizado por la primera dama Cecilia Morel en plenos estallidos sociales del 18/O es capaz de aproximar a la realidad de aquella Elite, pues, no entienden lo que sucede, no logran comprender el despertar de la población, lo ven como algo externo, de otro país, y a las personas que buscan vivir dignamente se les tacha de alienígenas, personas que no podemos entender, los raros, inentendibles, peligrosos, desconocidos y todo lo que se puede venir a la mente desde el concepto.

El suceso se extiende a otros dilemas que prevalecen como retos pendientes en la sociedad chilena, y, tristemente evidencian aún más las prioridades del país, porque cuando la muerte de un ciudadano acontece, y, naturalmente las manifestaciones brotan, el foco es el resguardo de la infraestructura, de las instituciones, poco importa el motivo, el gatillante de los movimientos sociales, las energías se van en el buscar restablecer el orden que se ha perdido.

La impunidad de estos horrorosos actos es total, se pide acompañar el dolor de las muertes de fuerzas policiales, entender el actuar de los funcionarios, comprender la situación racionalmente, y un sinfín de sucias manipulaciones y discursos que buscan mantener la violencia, el abuso de poder y la represión. Se trata de cuestiones de clase, de abusar contra aquellos que no tienen otra opción que someterse y tolerar esta clase de abusos, porque este acto fue en contra de un ciudadano común, de un malabarista, alguien que vivía de su modesto trabajo en las calles de la Región de Los Ríos. Situación diferente y actuar diferente es el que se realiza cuando la clase alta porta armas y dispara en contra de los manifestantes, no olvidemos que durante el 2019 las fuerzas policiales defendían a todos los manifestantes de la derecha política que salían a atacar, disparar e insultar a los manifestantes.

Entonces, cuándo la clase política apelaba a una restructuración de sus ideas e imponer las que ha maquinado desde que el cambio de constitución se convirtió en un hecho podemos quizás, plantear algunas preguntas pertinentes: ¿Será este el momento de romper el escenario y cambiar la dirección de lo que depara el porvenir del país? ¿El despertar social vivido en Panguipulli será razón suficiente para que el resto de la población despierte o es necesario ver correr más sangre en las calles? ¿Seguiremos tolerando el vivir en un sistema que avala la impunidad de crímenes atroces? ¿Cuáles son los limites del poder y cuanto más nos someteremos voluntariamente a través de nuestro silencio y el no-actuar?

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