El año 1973, un 11 de septiembre, Chile vivió uno de esos momentos que marcarían su historia. Ese día se produjo el golpe militar que derrocó definitivamente al presidente Salvador Allende, siendo instaurada una junta de gobierno liderada por el entonces comandante en jefe del ejército de Chile Augusto Pinochet, quien extiende su gobierno de 1973 a 1990. Ya el 29 de junio del mismo año el teniente coronel Roberto Souper se había sublevado contra el gobierno de Chile, siendo sofocada su intentona por las fuerzas del predecesor de Pinochet, Carlos Prats. La Iglesia Latinoamericana está entonces en plena ebullición: amplios sectores de la misma se alzan contra la opresión institucionalizada con que las oligarquías explotan a las franjas más populares de la población. Altos vértices políticos, militares, judiciales, empresariales, y también eclesiales trazan una red que viene percibida y analizada como represiva; era necesario hacerse eco del mensaje de liberación que Dios trae a su pueblo, en el que ama con predilección y preferencia a los pobres. Surge lo que la historia de la teología y de la Iglesia reciente conoce como Teología de la liberación. Miles de cristianos en el continente emprenden caminos de compromiso y de lucha contra la opresión del pueblo. El régimen que surge en Chile del golpe de estado emprende una represión general contra este modo de ser y estar en la Iglesia y la sociedad, tildándolo de marxista. El resultado será la persecución en Chile de movimientos como Cristianos por el Socialismo. De este grupo, por ejemplo, son expulsados del país 120 sacerdotes católicos, 30 pastores protestantes, 35 religiosos y 200 laicos, buena parte de ellos después de ser detenidos y torturados: además, al menos 32 militantes fueron asesinados[1]. Y allí se encontraban los religiosos Dehonianos de la entonces Región de Chile. En un ejercicio de conservación de la memoria, el P. Carlos Luis Suárez Codorniú (VEN) ha animado a uno de los protagonistas del momento, el P. Hernán Leemrijse, a poner por escrito sus experiencias y recuerdos desde el momento en que se comete el golpe de estado y todas sus vicisitudes, finalizando el relato con el regreso a Chile 15 años más tarde. El relato de un exilio.
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El golpe que todo lo cambia
El 11 de septiembre de 1973 parecía un día normal. Para ese tiempo habíamos hecho un proyecto que nos permitió reunir un dinero para comprar en La Cisterna una casa para la confederación de Centros Juveniles de la Zona Sur de Santiago. Por ese motivo tenía que ir a una notaría para arreglar algunos documentos. Salí temprano de nuestra casa. La habíamos construido tres curas dehonianos en la población de La Portada en San Bernardo. Tomė un bus por la Gran Avenida, pero a la mitad del camino, a la altura del aeropuerto, un grupo de militares nos paró y todos tuvimos que volver a casa porque se había declarado estado de sitio.
Desde hacía días, semanas, había rumores de que el gobierno de Salvador Allende estaba en problemas. Unos dos meses antes algunos coroneles del Regimiento Tacna habían salido con tanques a la calle, pero fueron reducidos por el Estado Mayor del Ejército. Pero en esta ocasión, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que esto era otra cosa. De regreso en casa escuché el discurso del presidente Allende por Radio Magallanes desde la sede presidencial de La Moneda despidiéndose de su pueblo mientras estaban bombardeando el Palacio. ¿Sería esto el final del socialismo a la chilena?
Un grupo de sacerdotes y religiosas, unos ochenta, habíamos estado pensando juntos al respecto; fruto de nuestra reflexión nos expresamos afirmando que encontrábamos más valores cristianos en el socialismo que en el capitalismo. En consecuencia, en pleno campaña presidencial, en abril de 1969, varios sacerdotes fuimos a conversar con el candidato de la izquierda ofreciendo nuestro apoyo en su camino hacia un socialismo a la chilena. Posteriormente, aprovechando una asamblea internacional de la UNCTAD[2], en septiembre de 1972 organizamos el “Primer Encuentro de Cristianos por el Socialismo”. Llegaron delegados de casi todos los países latinoamericanos y algunos europeos para participar en este evento. Incluso participó un obispo mexicano, Mons. Sergio Méndez Arceo (1907-1992), que se presentó como obispo por el socialismo. Sin embargo, la idea de este encuentro no gustó al Sr. Cardenal Raúl Silva, sdb (1907-1999).
Este encuentro, en el que también participó una docena de religiosos dehonianos, quería responder a dos intereses diferentes y complementarios. Uno, la necesidad de una expresión y de un testimonio público del compromiso de los cristianos en el ámbito chileno y latinoamericano. El otro, la necesidad de hacer un análisis en profundidad de dicho compromiso. Se quiso responder a estas dos necesidades con objetivos externos e internos. En el acto inicial se esperaban unos cincuenta delegados extranjeros y llegaron trescientos, entre ellos el obispo de Cuernavaca, Mons. Sergio Méndez Arceo. Su presencia dio una dimensión eclesial que nos hacia falta, porque los obispos chilenos brillaron por su ausencia. En el discurso inicial dijo:
“Yo estoy aquí por la misma razón que ustedes, los encuentristas de toda América latina, porque parto de la convicción de que, para nuestro mundo subdesarrollado, no hay otra salida que el socialismo [...]. Estoy cierto de que no venimos, como cristianos, a tratar de forjar un socialismo cristiano, pues absolutizaríamos el socialismo y relativizaríamos el cristianismo, como en el pasado hemos absolutizado la civilización occidental, o la democracia, o el humanismo, o la misma religión, al denominarlas cristianas, y hemos relativizado y empequeñecido, anquilosado, el cristianismo, presencia vital de Dios en la historia. Trataremos, eso sí, de contemplar mejor la praxis en que estamos comprometidos para revisar mejor la teoría y formular o reformular el proyecto histórico de nuestra liberación. [...] He de asegurarles que no me siento extraño en medio de ustedes a pesar de ser obispo, ya que sigo siendo y quiero ser cada día más cristiano.”
Cito sus palabras, porque él jugó un papel importante en mi vida futura.
En cuanto al conjunto de los dehonianos en Chile, éramos entonces más de sesenta religiosos y en su mayoría holandeses, teníamos discusiones entre nosotros sobre la situación del país. Una parte, por lo general los más jóvenes, se mostraban partidarios del gobierno de Allende. Pero esto se vivía igual en muchas familias chilenas: los papás por lo general eran de derechas, mientras que algún hijo militaba en el Movimiento Izquierda Revolucionario (MIR). La última asamblea de los religiosos dehonianos de enero de 1973 en Longotoma, en una casa del obispado, pasó a la historia como “la asamblea del NO-diálogo”. Pudimos hablar sobre la comida y el tiempo, pero no sobre la situación del país. El pobre superior regional del momento padeció este ambiente.
Pero volvamos a septiembre del 73. Como ya sabemos, a los militares les gustó el poder y se quedaron. Los tres dehonianos, Juan van der Hulst, Guillermo van Zeeland y yo mismo nos quedamos en casa, escondiendo libros y discos “peligrosos”. Después de dos días pudimos salir para comprar algunas cosas básicas y saber de nuestros compañeros y cohermanos. Supimos que varios de ellos estaban presos y otros escondidos. ¿Qué hacer? Uno de los nuestros, ya antes, nos había invitado a participar en su boda en la localidad de Teno, en el sur. Para no defraudarlo, y dado que no había nada que hacer, decidimos ir en tren. Allí supimos que los militares habían estado de “visita” en nuestra casa en La Portada. Padre Cornelio Wijfjes, superior regional, que también estuvo preso en el Estadio Nacional, de donde fue sacado por el embajador de Holanda, nos dijo: “Ustedes van a Holanda por el momento, hasta que la situación se aclare un poco más cuando los militares vuelvan a sus cuarteles. Ahí ya veremos”. De inmediato regresamos en tren. Al llegar nos llevaron directamente a la embajada holandesa. Al día siguiente salimos en el primer vuelo a Holanda. Pero estas “vacaciones” duraron 14 años...
“Exiliados” en Holanda
Al final de septiembre llegamos a Amsterdam. Fuimos recibidos por nuestros cohermanos y familiares, que estaban llenos de angustia por todo lo que estaba pasando. Y ahora: ¿qué hacemos? Todos de alguna manera queríamos hacer algo. En los primeros días de noviembre de 1973 organizamos en Horst una asamblea en una casa rentada con cuarenta sacerdotes expulsados de Chile. Había un buen grupo de holandeses, pero también alemanes, franceses, austriacos, españoles y de otras nacionalidades. Algunos propusieron ir a Cuba, para apoyar a Fidel Castro y hacer un puente entre el régimen y la Iglesia cubana. De parte del gobierno cubano no había dificultad para favorecer el proyecto, pero del eepiscopado de la isla, sin embargo, la respuesta fue negativa. Una ola de “curas marxistas” no era bienvenidaa. Otros, especialmente holandeses, se dedicaron a recibir refugiados chilenos que llegaban por decenas a Holanda y a otros países. Un tercer grupo se juntó con el grupo de Juan Caminada, un sacerdote jesuita que había fundado en Chile el grupo “Calama”. Formados por el teólogo J. B. Metz, querían poner en práctica un “lo religioso entre paréntesis”, especialmente en el ambiente obrero. Habían empezado en Calama, norte de Chile, en las minas del cobre, trabajando como obreros para realizar desde el trabajo una evangelización del mundo obrero. Entre ellos había también algunos clérigos chilenos, como el sacerdote Mariano Puga y el jesuita Pepe Aldunate, que posteriormente continuaron el proyecto en Chile.
Personalmente, asumí el secretariado del grupo de los cuarenta curas expulsados, para mantener el contacto e informar a otros que estaban en la misma situación. Se hizo un documento de unas doce páginas, Cuarenta sacerdotes expulsados por el golpe de Estado en Chile, donde expusimos nuestra historia y los motivos de la expulsión de Chile.
En mayo del 74 recibí una llamada telefónica desde París, del padre Gonzalo Arroyo, jesuita, coordinador en Chile del “Movimiento Cristianos por el Socialismo”. También había sido expulsado por los militares chilenos. Me invitó a París a trabajar con él en el acompañamiento a los refugiados chilenos y para mantener la comunicación con otros grupos del movimiento. Acepté la invitación y viajé en vehículo a París.
Junto con grupos franceses formamos el “Centre Oecumenique de Liaisons Internationales” (COELI). Organizamos un segundo encuentro de “Cristianos por el Socialismo” en Quebec, Canadá, el año siguiente. En París, en la iglesia de Saint Germain de Préz, se organizó una parroquia chilena en el exilio. A la celebración dominical de la misa para los chilenos y otros latinoamericanos seguía un compartir donde no faltaban las empanadas chilenas ni el vino tinto. Muchos exilados llegaron sin nada, sin hablar francés y en situación deplorable. Gracias al gobierno francés del presidente Mitterand hubo buena colaboración y creció el trabajo. Desde París difundimos información sobre Chile por toda Europa.
México y El Salvador
Pero yo quería volver a Chile. Escribí al superior de los Dehonianos, aún el p. Cornelio, y me contestó en una carta del 8 de agosto 1975: “Nosotros no estamos de acuerdo con que regreses ahora a Chile”. Supe que el P. Santiago Thijssen, también dehoniano, andaba en Sudamérica buscando donde ir. Había hablado con Mons. Proaño de Ecuador, pero por la altura no pudo quedarse, pues sufría de presión alta. Por fin tomó contacto con Mons. Sergio Méndez Arceo en Cuernavaca, en México, quien lo recibió con gusto. Al saberlo mandé también mi solicitud. También otro dehoniano, Francisco Grafé, de Luxemburgo, fue aceptado. Se nos encomendó una parroquia obrera en el sur de la ciudad: Teopanzolco.
Don Sergio, así le gustaba que lo llamaran, fue un padre para mí. De él aprendí a ser cura y ser pastor de la gente. Él mismo, como obispo, decía que se había convertido estando en el Concilio Vaticano II en Roma. Antes parece que era bastante conservador, pero se dejó influenciar por otros obispos latinoamericanos y algunos teólogos como Y. Congar y E. Schillebeekx. Sin duda, fue una de las grandes figuras latinoamericanas en las sesiones del Concilio. Semanalmente enviaba un informe sobre los avances de las sesiones en Roma al diario del Obispado “Correo del Sur”. Fueron informaciones de primera mano sobre la marcha del Concilio y, al final de cada sesión, organizó siempre una asamblea con su clero para informar y dialogar. Su solidaridad con Chile fue ejemplar. Cada 11 de septiembre celebró una misa con todo el exilio chileno en memoria de la muerte de Allende, y en la primera fila la viuda Tencha de Allende. El mismo 11 de septiembre del 73 mandó tocar las campanas como señal de duelo por la muerte de Allende.
Sus prédicas dominicales en la misa de 11 de la mañana en su catedral fueron ejemplares. Entraba en el templo con la Biblia y los diarios de la semana bajo su brazo. Leía los acontecimientos más importantes y los calificaba de Palabra de Dios “acontecida”, después tomaba la Biblia para escuchar lo que decía el Señor sobre estos acontecimientos. En la primera fila estaban todos los políticos para escuchar sus comentarios y enseñanzas. Grabé sus homilías para posteriormente publicarlas. Era una figura nacional.
Después de un medio año me mandó de viaje por América Central con cartas de recomendación para establecer una red de comunicaciones en apoyo a las Comunidades de Base. Don Sergio se había enterado de mi experiencia en Chile y París. En aquel entonces había mucha represión en Guatemala, El Salvador y en Nicaragua, donde todavía gobernaba Somoza y el obispo quería apoyar el trabajo en las comunidades con información y solidaridad. Para esto fundamos en Ciudad de México el “Centro regional de informaciones ecuménicas” (CRIE), publicando cada tres semanas un boletín con informaciones y reproducciones de diarios locales de América Central. Fui en bus desde Ciudad de México hasta Panamá en un viaje de varias semanas. Iba contactando con religiosos, laicos comprometidos y organizaciones sociales con vistas a establecer una red de comunicadores y utilizar México, con su relativa libertad de expresión, como lugar multiplicador de información: la situación de los indígenas en Guatemala, la represión en El Salvador, la pobreza de Nicaragua -donde ya se gestaba la revolución sandinista-, la relativa tranquilidad de Costa Rica y los contrastes de Panamá. El flujo de información superó las expectativas.
En mi segundo viaje, el vicario general de San Salvador, Mons. Rivera y Damas (1923-1994), me dijo: “Espera, te voy a presentar al nuevo Arzobispo: Oscar Arnulfo Romero”, un hombre pequeño, sencillo e incluso un poco tímido. Yo había oído hablar sobre sus homilías. Le propuse retransmitirlas y multiplicarlas en México. Con gusto aceptó y, posteriormente, con ayuda de un amigo periodista holandés que después fue asesinado en El Salvador, pudimos retransmitirlas por onda corta a toda América Central y parte de México. Fue en sus homilías que Romero creció[3]. Tenía mayor audiencia en El Salvador que los partidos de fútbol, y eso que fácilmente duraban una hora o más.
Por todo esto estaba en la parroquia de Teopanzolco solamente los fines de semana. Durante la semana trabajaba en Ciudad de México y cada fin de semana viajaba en mi Volkswagen a la parroquia. Después de que mis dos compañeros dehonianos tomaran otros caminos, el obispo me liberó de la parroquia y me dio un nuevo territorio para iniciar una nueva comunidad. La capilla recibió el nombre de “Cristo Liberador”. Don Sergio, en sus 30 años de obispo, nunca creó parroquias; había comunidades de base y el registro de los sacramentos se centralizaba en las parroquias ya existentes. Posteriormente me trasladó a una comunidad de sacerdotes en el centro de Cuernavaca, más cerca de la catedral.
La asamblea del CELAM en Puebla
Uno de los acontecimientos más importantes del trabajo en CRIE fue el acompañamiento de la Tercera Asamblea del CELAM en Puebla. La segunda Asamblea en Medellín había sido un aggiornamiento para la Iglesia latinoamericana. ¿Dónde se podría celebrar la próxima Asamblea? La situación política en el cono sur del continente con varios regímenes militares no era un ambiente propicio para un acontecimiento de esta naturaleza. El Papa Pablo VI decidió entonces que la tercera Conferencia se celebrara en Puebla (México) en octubre de 1978. Pero la muerte del Papa y la pronta desaparición de su sucesor, Juan Pablo I, trasladaron la fecha del 27 de enero al 12 de febrero de 1979. Ya en la mitad del año 78 teníamos seguridad de que México sería la sede. Don Sergio convocó a un grupo de personas para prepararnos y asegurar que la línea de Medellín quedara intacta. El secretariado del CELAM estaba en manos del cardenal conservador Alfonso López Trujillo (1935-2008). Cada quince días nos reuníamos en una casa de religiosas españolas en Ciudad de México para preparar material para las comunidades y hacer aportes al documento de consulta lanzado por el Secretariado del CELAM. El CRIE asumió la divulgación de este material con una publicación quincenal sobre los avances del proceso. Se tomó contacto con teólogos y obispos amigos por todo el continente. Decenas de documentos y aportes se distribuyeron por todo el continente, especialmente en México. Obispos como Samuel Ruiz (1924-2011) de Chiapas y Arturo Lona (1925) de Tehuantepec participaron regularmente en las reuniones.
Acercándose la fecha se decidió estar presentes en la ciudad de Puebla cerca del Seminario Palafoxiano, sede de la asamblea. Se arrendó una sede, cerca del seminario para albergar a teólogos de liberación, ya que corrientes distintas a la de López Trujillo no tenían acceso a la asamblea. Había tres cordones de seguridad alrededor del Seminario. También CRIE tenía una oficina en una parroquia de los religiosos Claretianos en Puebla. Por medio de amigos obispos nos llegaron los documentos provisorios y las discusiones dentro de la asamblea. Figuras como el Cardenal Arns (1921), el mismo Romero y decenas de obispos amigos nos mantenían informados. Los veinticinco teólogos de la liberación, entre ellos Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ronaldo Muñoz y Sergio Torres, aportaron documentos y críticas a los textos. El texto: “Opción por los pobres” fue escrito por Gustavo Gutiérrez en la noche y presentado al día siguiente en la asamblea general para su aprobación. Se hicieron en la noche conferencias de prensa alternativas para la información a los periodistas, por ejemplo con Mons. Romero de El Salvador. López Trujillo estaba furioso y nos calificó como “cloaca ecuménica”. El mismo Don Sergio, que no pudo entrar en la asamblea, nos apoyó con su presencia y sus contactos. El resultado final de la asamblea es conocido. Un texto distinto al del documento de Medellín. Ya habían pasado once años. Gran parte de América Latina estaba en manos de militares y desde Roma empezaban a correr otros vientos, pero ¿qué hubiera pasado si López Trujillo hubiese tenido manos libres en la Asamblea de Puebla?
Volver a Chile
Pero yo seguía queriendo volver a Chile. Conversando con el superior acordamos hacer un intento. Entré en Chile unos días antes de Navidad en 1980 como turista, ya que mi permiso de permanencia en Chile había caducado. Participé en la asamblea general de la región Chilena y aproveché unos días libres para hacer un viaje a Concepción. Después de las fiestas fuí a las oficinas de Extranjería para iniciar los trámites de permanencia en Chile. Me trataron bien y me dijeron que volviera en una semana con fotografías. Cuando me presenté en Extranjería nuevamente, me dijeron que mi solicitud había sido rechazada y que a partir de este momento tenía cinco días para salir del país. Junto con el Superior fuimos a hablar con el cardenal Silva Enríquez, que mandó una carta que ni siquiera contestaron. El Nuncio Apostólico, Lozano, estaba muy ocupado. Por último hablamos con el embajador holandés. Dijo que estaban mejorando las relaciones económicas con el gobierno y este asunto no causaba más que problemas. El superior de los Dehonianos, p. Gerardo (apellido), llamó al gobierno holandés. No habían pasado veinticuatro horas cuando el embajador me llamó furioso: “¿Qué has hecho? ¡Informaste al gobierno! Venga inmediatamente aquí.” Él me informó de que, según el gobierno, entré ilegalmente en el país y estaba metido en política, también en México. Llamé entonces a Don Sergio en Cuernavaca y le dije: “Aquí está el hijo pródigo, me echaron de nuevo…”. Don Sergio contestó: “¡Venga no más! El padre te está esperando…”
Mientras tanto empezaron a correr los cinco días. Salí por Lima para reunirme con Gustavo Gutiérrez y para descansar un poco por Arequipa, en Cusco. De regreso en Cuernavaca pregunté por mi equipaje que había mandado por barca a Valparaíso desde Acapulco. Después de unos meses me presentaron una cuenta de más de 600 dólares. La caja había viajado tres veces ida y vuelta entre Acapulco y Valparaíso. Había alguna ropa y libros. No valía la pena.
Asumí de nuevo mi trabajo en CRIE y en la diócesis. El 1983 Don Sergio cumplió los 75 años y tenía que presentar su renuncia como obispo de Cuernavaca. El delegado apostólico, Mons. Prigioni, estaba esperando esa carta. La carta de aceptación de la dimisión llegó inmediatamente. “La conquista” de Cuernavaca estaba en camino. El abultado dossier sobre Méndez Arceo en Roma tenía suficientes elementos para este paso. Pero ya hacía treinta años la diócesis se había preparado para esto. El clero estaba ya casi completamente formado por Don Sergio en sus treinta años de pastoreo. Su sucesor, Mons. Posadas, fue promovido después de un año a Guadalajara donde murió misteriosamente en un conflicto de drogas. Tradicionalmente Cuernavaca era una diócesis pequeña, considerada el trampolín para puestos más importantes. No me acuerdo bien, creo que en los años siguientes, pasaron unos tres o cuatro obispos diferentes.
Don Sergio fundó el “Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los pueblos de América Latina” (SICSAL) bajo el patrocinio de Oscar Arnulfo Romero. Fundó también diversos Comités de Solidaridad en casi todos los países de América Latina y varios de Europa, incluso en Japón. Se creó la oficina del SICSAL en México y el mismo don Sergio, ya liberado de la diócesis, inició una serie de viajes para crear comités de solidaridad, especialmente con países de América Central como Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Viajó varias veces a Cuba, mejorando las relaciones entre el gobierno y los obispos cubanos. Dos veces me pidió que lo acompañara a Cuba como secretario. El problema fue que la revolución cubana se realizó antes del Concilio Vaticano II y los obispos, con un clero en buena parte español franquista, argumentaban desde las encíclicas de Pío XII sobre el comunismo “intrínsecamente perverso”. Sergio era muy amigo de Fidel Castro y como obispo tenía concordancia con sus colegas obispos cubanos. Ya hacía veinticinco años que no había ningún contacto oficial entre el gobierno de Castro y los obispos cubanos. La historia de SICSAL sería un capítulo aparte. Cada dos años se realiza una asamblea internacional con delegaciones de todo el mundo. La próxima será en Medellín, Colombia, para conmemorar la segunda asamblea del CELAM. Don Sergio recibió el título de “Patriarca de la Solidaridad”. El día 6 de febrero 1992 murió en Cuernavaca, mientras yo estaba en Chile.
Por otro lado, tenía buenos contactos con la provincia dehoniana de Estados Unidos, especialmente con John Klingler, que vino por varias semanas a Cuernavaca para aprender español. Desde hacía años había en Cuernavaca varias escuelas de idiomas, también dada la apertura de la Diócesis a religiosos que quisieran conocer mejor el ambiente hispano ante la gran cantidad de hispano parlantes en EE.UU. Nuestros cohermanos de EE.UU. tenían varias parroquias en áreas de gran presencia hispana, especialmente en Texas. Con John, que era entonces el provincial de la provincia norteamericana, surgió la idea de iniciar un trabajo de conjunto en vista a una posible comunidad dehoniana en Cuernavaca. Parecía que el asunto estaba avanzando, incluso había nombres para ir conmigo a Cuernavaca, hasta que hubo cambio de superior provincial en EE.UU. El día 6 de octubre 1986 el nuevo provincial, Michael Burke, me escribió que su provincia había decidido no iniciar una nueva obra en México. Entre tanto mi superior provincial en Holanda, Guillermo van Paassen, conversó conmigo y me ofreció tres alternativas: regresar a Holanda, integrarme a la provincia americana o volver a Chile. Volver a Holanda después de tanto tiempo afuera, no; tampoco me atraía mucho lo de incorporarme a la provincia norteamericana. Entonces volví a Chile. El 1 de agosto 1988 aterricé en Santiago.
P. Hernán Leemrijse, scj
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[1] Cf. M. Amorós, Después de la lluvia: Chile, la memoria herida, Cuarto propio: Santiago de Chile, 97.
[2] Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (CNUCYD o UNCTAD, del inglés, United Nations Conference on Trade and Development).
[3] Mons. Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (1917-1980) fue el cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980), hasta su asesinato el 24 de marzo de 1980. Reconocido su martirio, fue beatificado el 23 de mayo de 2015.
